domingo, 20 de abril de 2014

LOS BIENES DE ESTE MUNDO

Un regalo maravilloso volver a leer a Némirovsky, para mí la mejor escritora del siglo XX. Hablaba siete idiomas: ruso, francés, polaco, inglés, vasco, finés y yiddish, y con 39 años había escrito ya una obra completa. ¿Qué más no hubiera hecho si no hubiera muerto de tifus en el campo de concentración de Auschwitz?

La Suite Francesa fue para nosotros la gran revelación, hace ya diez años, cuando se descubrió el manuscrito en el baúl que su hija conservaba sin abrir y que se encontró a su muerte. Éxito internacional traducido a más de veinte idiomas y premios de libreros y lectores, su prosa y el relato de la entrada de los alemanes en Francia al inicio de la Segunda Guerra Mundial nos desvelaron a una escritora inmensa, de una categoría excepcional.

A partir del año 2004 se empezaron a traducir las obras publicadas en Francia desde 1929, cuando se publicó David Golder, hasta su muerte en 1942. Afortunadamente todavía nos quedan muchos títulos sin traducir que confiamos vayan saliendo de la mano de la editorial Salamandra. Ahora acaba de publicar Los bienes de este mundo, una preciosa historia con el telón de fondo de las dos guerras mundiales europeas, llena de matices, de sentimientos, intimista, costumbrista, que nos deja el sabor de las grandes novelas. Su alma rusa, su adaptación a Francia, adonde llegó con 16 años, su cultura y, especialmente su sentido crítico, hacen de esta mujer uno de los iconos literarios del siglo XX.

Disfrútenla para celebrar el próximo Día del Libro, 23 de abril, será el mejor regalo que puedan hacerse.

lunes, 14 de abril de 2014

LOS ÚLTIMOS DÍAS DE STEFAN ZWEIG

Laurent Seksik y Guillaume Sorel han recreado cómo pudieron ser los últimos días del gran escritor humanista Stefan Zweig en una novela gráfica de una especial sensibilidad. Uniendo realidad y ficción, han conseguido una fascinante narración del tiempo último que vivió con su mujer Lotte antes de suicidarse en 1942, en la bella ciudad brasileña de Petrópolis.
La nostalgia por el fin del sueño europeo por el que había vivido y luchado tanto, una enfermedad bipolar que algunos de sus biógrafos le atribuyen, el sufrimiento en los inicios del nazismo con Hitler viviendo a pocos kilómetros de su casa de Salzburgo, viendo quemados sus libros y prohibidas todas las libertades además de algunas tragedias personales como la muerte de varios jóvenes amigos que iban a interpretar sus obras, quizá fueron desencadenantes de una depresión continua en el tiempo.

Pacifista declarado y enemigo de todas las dictaduras, no podía soportar el ascenso de Hitler y en 1934 se exilió, primero a Inglaterra, luego a Estados Unidos y finalmente a Brasil. Ocho años de exilio observando el auge del nazismo y también del franquismo acabaron con sus ganas de vivir, no podía soportar la visión de esa Europa tan querida y tan alejada de sus sueños.

Uno de los escritores que mayores y mejores obras nos ha dejado, fue un testimonio irremplazable de los años de entreguerras europeos, escribió maravillosas novelas como "La embriaguez de la metamorfosis", ensayos históricos como "Castellio contra Calvino", biografías inolvidables como las de María Estuardo o Erasmo de Rotterdam, obras maestras en sus relatos cortos como "Mendel, el de los libros", correspondencias con los más importantes personajes de la época como Freud o Rilke. Sus "Momentos estelares de la Humanidad", catorce miniaturas históricas que nos cambian y amplían la visión de la historia, y su mejor ensayo:  "El mundo de ayer, memorias de un europeo". Toda su obra es un gran calidoscopio que nos enriquece.

Una oportunidad estupenda para celebrar el próximo Día del Libro, esta novela gráfica, originalísima y creativa, nos trae de nuevo a uno de los mejores escritores del siglo XX.

miércoles, 9 de abril de 2014

12 de abril: una cita para celebrar la vida. Encuentro con Maite Hernández‏.

El próximo sábado día 12 de abril a las 12 del mediodía tendremos la suerte de contar en nuestra librería con Maite Hernández, profesora y autora de libros como "Esencias florales, signaturas y práctica" y "Flores en cuerpo y alma" entre otros, para hablar de un tema tan importante como es el de nuestra salud física y mental, a través de medicinas alternativas que nos proporcionan cuidados menos invasivos, terapias más humanas, como complemento a la medicina tradicional que tantos avances ha experimentado.
Conseguir transformar la tensión en calma y pasar de lo denso a lo luminoso es un reto para convertir la vida en un viaje hacia el bienestar, y en el debate que tendremos Maite nos ofrecerá una sesión de relajación y nos contará desde su experiencia los efectos positivos de la práctica de filosofías y ejercicios como yoga, chi-gong, kábala, radiestesia, geobiología o feng-shui. También está especializada en esencias florales y reflexología.
Será una manera de dar la bienvenida a esta primavera que se ha hecho esperar y que necesitamos recibir como bálsamo después de un invierno tan duro en todos los sentidos.
Me encantaría contar con tu presencia y poder darte el abrazo luminoso de los que formamos parte de la LIBRERÍA BENEDETTI.

lunes, 24 de marzo de 2014

LA PLAZA DEL SILENCIO

La primera novela de Rafael Herrero, periodista, guionista, director de teatro y de programas culturales, contaba ya con la garantía de una experiencia, de un saber hacer literatura, que te atrapa en sus redes para no dejar escapar tu atención, en una novela de intriga que me ha recordado al mejor Dennis Lehane.
Transcurre en los últimos días del franquismo. En la plaza de Chueca se comete un asesinato contra un homosexual que es observado por Chema, el protagonista de esta historia que no interviene ni denuncia, por miedo, aquel miedo que estaba enquistado en la época de la dictadura hasta unos límites que alteraba la percepción de la ética. En aquellos días de 1975, cuando Franco muere, la plaza de Chueca no tenía nada que ver con la actual. Era un lugar tenebroso donde la policía actuaba como una mafia, aplicando la ley de vagos y maleantes a los homosexuales, en una persecución encarnizada.

Chueca es el barrio donde vivió en su infancia el autor y consigue ponernos en su piel para revivir la época del colegio, los amigos, Paloma, su primer amor y ese personaje espléndido que es Elena, por quien tiene un sentimiento fuerte pero ambivalente. La relación con los padres, tan distinta a la actual y ese otro escenario que es Hoyo de Manzanares donde tuvieron efecto los últimos asesinatos ordenados por Franco.

En una reflexión, Chema dice que su vida no es la real y que la verdadera está en sus sueños y desea que llegue la hora de dormir y cerrar los ojos para vivir la vida que no puede vivir despierto. ¡Ese era un sentimiento tan arraigado en la mayoría de aquella juventud!

Un historia de denuncia social, de persecuciones angustiosas, de tensión psicológica, de odios y fanatismos homófobos que mantienen nuestra atención hasta la última página sin decaer en ningún momento.

domingo, 16 de marzo de 2014

LA HONDONADA

Descubrí a Jhumpa Lahiri hace algún tiempo en un libro muy interesante, Tierra desacostumbrada, donde, igual que en este último, nos cuenta de forma muy amena y atractiva las situaciones emocionales y también prácticas que se derivan del contraste de culturas, en este caso entre India y Estados Unidos. Pero va más allá: sin hacer crítica o juicio de valor, destaca especialmente las injusticias ancestrales que todavía perduran en el trato a las mujeres. Y lo más triste es que en este caso sea tan habitual que esto lo provoquen también otras mujeres a causa de las terribles tradiciones indias.
Dos hermanos, Subhash y Udayan, viven su infancia y adolescencia en un humilde barrio de Calcuta donde la temporada de lluvias inunda un cauce habitualmente seco convirtiéndose en un gran espejo de agua que oculta tanta pobreza en los vertidos contaminados.

La entrañable relación entre los dos hermanos se ve truncada cuando llegan a la universidad y Udayan dedica una parte de su tiempo a la revolución política implicándose peligrosamente mientras que Subhash, más tranquilo y conservador, acepta una beca para estudiar en Rhode Island. Sus caminos se separan y la tragedia está al acecho destruyendo el entramado familiar, donde la mujer de Udayan es un ejemplo de cómo las tradiciones culturales pueden destruir vidas. 

Quizá en un mundo convulso como el que retrata Lahiri, que contemplamos cada día sin que veamos mucha voluntad para mejorarlo, sólo tendríamos que grabar en nuestro corazón aquella Declaración Universal de Derechos Humanos que se firmó en 1948. 

Bienvenidas todas las historias que, además de hacernos pasar unas horas preciosas, fijan nuestra atención en situaciones tan complejas como las que ocasionan tantas tradiciones injustas.

martes, 11 de marzo de 2014

Presentación este sábado a las 12h: QUÉ HACEMOS POR UNA MUERTE DIGNA

El próximo sábado día 15 a las 12 de la mañana presentamos un libro muy especial: se titula Qué hacemos por una muerte digna, y contaremos con la presencia de uno de los autores, el doctor Luis Montes, médico anestesista del Hospital Severo Ochoa de Leganés y presidente de la Asociación Federal Derecho a Morir Dignamente (AFDMD).


Acercarse al tema de la muerte siempre genera un cierto recelo y, a menudo, mucha controversia. Sin embargo, es un hecho consustancial a la propia vida y, al igual que todos deseamos vivir dignamente, es necesario reclamar el derecho a una muerte digna. La experiencia de Luis Montes nos servirá para enfocar el tema desde su punto de vista de práctica diaria y tratar de combatir los tabúes que lo rodean.
Como ejemplo de lo que propone el libro y de lo que significa o debería significar una buena muerte, el siguiente párrafo del libro:
"Se da el consenso generalizado por el cual morir en paz, con serenidad, pudiendo despedirse de los suyos, en casa, sin dolor y, si puede ser, en un suave sueño, es el ideal de una buena muerte. También que si en vida tenemos derecho a procurarnos un suficiente bienestar, para el proceso final tenemos también el derecho de reclamar nuestro ideal de buena muerte. Evitar cuanto sea posible un final de sufrimiento estremecedor es, hoy en día y con los avances de la ciencia médica, un mínimo exigible desde cualquier planteamiento ético."

viernes, 7 de marzo de 2014

YO MATÉ A SHEREZADE

Joumana Haddad es una mujer árabe furiosa. Una mujer árabe furiosa y poeta. Una mujer árabe furiosa, poeta, periodista y fundadora de la revista cultural Jasad, muy controvertida en Líbano por el protagonismo del cuerpo en sus contenidos. Y una mujer árabe furiosa que escribe un libro para explicar qué significa ser una mujer árabe hoy en día, con sus contradicciones, sus libertades y su necesidad de gritar su rebeldía.
De alguna manera, es la versión árabe, culta y poética de Caitlin Moran y su libro Cómo ser mujer. Ambas comparten una perplejidad contestataria sobre la forma de afrontar la feminidad y ambas emplean su indignación para fustigar sus respectivas sociedades machistas, retrógradas y violentas en las que la mujer es vista y concebida como un complemento decorativo, en ocasiones útil y finalmente desechable de la vida del hombre.
No es fácil ser una mujer así en una ciudad como Beirut. Una ciudad "en la que no se vive, se sobrevive". Es cierto que tiene fama de ciudad abierta, más cosmopolita e igualitaria que la mayoría de las ciudades árabes de Oriente Próximo. Pero es una ciudad que rechaza con violencia cualquier iniciativa como la de Haddad.
Fundar una revista cultural con fotos de cuerpos desnudos, tanto de hombres como de mujeres.
Escribir poemas en árabe utilizando la palabra pene y publicarlos sin seudónimo a los veintiséis años.
No rehuir ninguna polémica, desafiar a la censura con cada palabra, con cada número de la revista, con cada libro publicado, con cada declaración beligerante.
Actividades todas ellas muy poco "propias" de una mujer árabe y que le han valido a la autora numerosos insultos, difamaciones y amenazas de muerte y de todo tipo de tormentos medievales y apocalípticos.
Porque Beirut es una ciudad donde se censuran las alusiones sexuales de las películas, "donde los homosexuales tienen que esconderse como si fueran una plaga letal, donde las autoridades religiosas siguen teniendo la última palabra en cuestiones públicas y privadas de la gente, donde la anarquía se considera orden y la idea del honor va estrechamente ligada a lo que hay entre los muslos de una chica." En un lugar así, criticar la religión es un acto de valentía. La autora fue a colegios cristianos durante catorce años. Recibió una educación que la llevó a pensar que la religión encorsetada en las escuelas sólo es capaz de producir dos tipos de personas: las "cargadas de complejos" y las "adictas a la transgresión". Y ha dedicado buena parte de su vida a destrozar ese corsé, esa muralla infranqueable hecha de tabúes con la que las sociedades religiosas (musulmanas, cristianas y judías) se defienden de la libertad de pensar, de actuar y de expresarse. La cita que recoge Haddad al hablar de religión en Bierut es reveladora: "Tenemos la religión justa para que odiemos pero no la suficiente para que amemos". (Jonathan Swift 1667-1745).
Joumana Haddad
El título del libro alude al personaje de Las mil y una noches, Sherezade, una mujer ensalzada en la cultura árabe por haber tenido la inteligencia y la astucia necesarias para escapar de la muerte sobornando al hombre con sus historias infinitas. Y la autora de este libro aborrece este personaje. ¿Qué mensaje se puede extraer de una historia en la que una mujer tiene que sobornar a un hombre para que no la mate? ¿Cómo se puede identificar el ingenio o la resistencia femenina con un personaje que se ve obligada a negociar por el derecho a vivir?
La furia de Joumana Haddad ha matado a Sherezade. La ha matado con sus dos manos. Y con las manos de todos aquellos que escupen sobre lo que desean y pretenden obligar al mundo a renunciar a lo que temen. Ha matado un símbolo cultural en un acto íntimo y revolucionario, ha matado la idea de sumisión y humillación que condena a las mujeres, y a las mujeres árabes en concreto, a una vida en perpetua espera, a una vida en muerte.
Siento una admiración incondicional hacia los escritores y periodistas que no se dejan amedrentar, que atacan la hipocresía criminal de su sociedad para tratar de vivir dignamente. Joumana Haddad reclama su derecho a la libertad de escribir con libertad, de escandalizar, de ser todo lo explícita que quiera ser, no como un lujo o una extravagancia, sino como una necesidad vital. No es fácil ser una mujer que escribe sin concesiones en un país árabe. Pero lograr serlo, tener éxito y publicar libros que se venden, se leen y se traducen a otros idiomas supone, en palabras de la autora, "una realización como persona verdaderamente fabulosa".
Generalmente, un libro me gusta cuando me reconozco en él. Y me gusta todavía más cuando ese reconocimiento me parece improbable y sorprendente. Me gustan los libros como espejos que te devuelven tu reflejo desde perspectivas diferentes, no como espejos que te embellecen para reafirmarte en tus propios prejuicios ni como espejos distorsionadores que te hacen parecer un monstruo. Me gustan los libros como espejos que te devuelven tu reflejo desde dimensiones desconocidas, con iluminaciones insólitas, y que, como en este caso, me hacen reconocerme, de la forma más inverosímil, en pequeños manifiestos feministas árabes y en su rebeldía, su pasión, su intensidad, su poesía, su furia, su delicadeza y su gigantesca necesidad de libertad.

miércoles, 5 de marzo de 2014

TREN NOCTURNO A LISBOA

Un libro exquisito y profundo que se tradujo al español en 2008 y siento no haberlo descubierto hasta ahora. He demorado lentamente su lectura para saborear e interiorizar su belleza, nos lo exige para poder compartirla.

Dos personajes, Gregorius, profesor de lenguas clásicas en Berna, y Amadeu do Prado, poeta y médico en Lisboa, nos llevan a una visión sobrecogedora de la vida, el amor y la literatura. En Berna, una mujer bajo la lluvia apoyada en la barandilla de un puente y un libro del poeta portugués descubierto por azar, cambiarán la vida del profesor Gregorius que, en medio de una clase de latín, la abandona y en pocas horas marcha a Lisboa en tren en busca del poeta, militante de la Resistencia a Salazar, dando la espalda a una vida cómoda, metódica, poco poética, sin saber la gran aventura que el libro de Amadeu y la luminosidad y belleza de Lisboa le van a deparar.

Fascina la forma profunda que tiene de tratar el amor, la amistad, la muerte, la ética, el coraje. La llegada a Lisboa le pone en contacto con personajes inolvidables que formaron parte de la vida del poeta y, gracias al descubrimiento de los textos de Amadeu, constata cuánto se ha perdido en la vida por no arriesgar. Palabras llenas de conceptos que enriquecen la vida.

Pascal Mercier, pseudónimo de Peter Bieri, filósofo y escritor suizo, estudió en Londres y Heidelberg filosofía y filología inglesa y estudios indios. Fue asistente científico de filosofía de la Universidad de Heidelberg y cofundó la Unidad de Investigación "Cognición y cerebro". Sus investigaciones se orientaron a la filosofía de la mente, la epistemología y la ética.

viernes, 28 de febrero de 2014

EL PESO DE LA RESPONSABILIDAD

La editorial Taurus acaba de traducir un ensayo de Tony Judt de 1998 titulado El peso de la responsabilidad. Está dividido en tres partes, dedicadas a tres intelectuales franceses del siglo XX que, de una forma u otra, combatieron el radicalismo político y la homogeneidad ideológica de su tiempo en defensa de una responsabilidad moral, intelectual y política, necesaria para la convivencia y la paz social. Los intelectuales elegidos por Judt son Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron. Sus vidas abarcan temporalmente todo el siglo XX y, a pesar de sus evidentes diferencias, comparten un compromiso con la sociedad que les tocó vivir y una inquebrantable resistencia contra cualquier tipo de dogmatismo o conformismo político. 

Léon Blum fue el líder moral del socialismo francés desde 1920 hasta 1940. Tres años después de la Revolución Rusa, tuvo la clarividencia necesaria para denunciar los abusos del leninismo y desmarcarse de la influencia creciente del recién fundado partido comunista francés. Partido que, debido a su dependencia de Moscú, no dudó en calificar como "partido nacionalista extranjero", lo que le valió un aluvión de reproches y odios que le acompañaron durante toda su carrera política. En una declaración muy significativa y muy valiente, Blum distinguía a los comunistas de los socialistas de la siguiente manera:
Léon Blum
"Por primera vez en la historia del socialismo estáis pensando en el terrorismo no simplemente como un recurso final, no como una medida extrema de seguridad pública impuesta a la resistencia burguesa, no como una necesidad vital para la revolución, sino como un medio de gobierno. Es eso, ese énfasis en el terror dictatorial, en el modelo ruso como una cuadrícula aplicable, quiérase o no, a Francia, junto a lo que supone de obediencia esclavizada e incuestionable a Moscú, lo que os diferencia, y siempre os diferenciará, de nosotros."
A la general antipatía que despertaba su independencia ideológica con la izquierda radical, se sumó su condición de judío, en un clima de profundo antisemitismo: aquel "respetable" antisemitismo francés de los años 30, endémico a la vida francesa, tan extendido e interiorizado por amplios sectores de la población, incluida la judía. Fue la cabeza del gobierno del Frente Popular en 1936, odiado por la derecha, que asociaba su condición judía con elitismo cultural y una amenaza de revolución social, y considerado el "enemigo número uno" por los comunistas. Fue denigrado, agredido, insultado, acusado de pederasta, lascivo, afeminado, rata, andrógino, simiesco, mujer histérica, y un sinfín de epítetos a cada cual más imaginativo. Fue el político que introdujo en Francia por primera vez las vacaciones anuales pagadas y a la vez el hombre más odiado del país. Él se sentía integrado, como francés y como judío. No veía contradicciones en sus identidades, pero sí reivindicaba la necesidad de su neutralidad, de su no afiliación a una ideología agresiva ni cómoda. Reivindicaba la distancia necesaria para no perder la perspectiva política ni dejarse llevar por la pasión revolucionaria. Esa no pertenencia a una idea, a una ideología, le situó en una posición difícil en numerosas ocasiones, por ejemplo, en su no intervención en la Guerra Civil Española o en su denuncia del régimen de Vichy. No fue un político especialmente exitoso, fracasó en el Frente Popular y fracasó al elegir reprimir sus instintos morales cuando estos entraban en contradicción con su deber con su partido. Pero tuvo la entereza de no dejarse arrastrar por los odios ideológicos y racistas de su época y combatirlos con tesón y un profundo sentido de su responsabilidad como hombre público. 

En palabras de Hannah Arendt, Albert Camus fue durante años "el mejor hombre de Francia, muy por encima del resto de intelectuales". Premio Nobel de Literatura en 1957, es sin duda el más conocido de los tres retratados en este libro. Participó activamente en la Resistencia durante la ocupación alemana y, en los primeros años de la posguerra, sus columnas periodísticas ejercieron una enorme influencia en la sociedad francesa, por lo que tenían de intersección entre literatura, pensamiento y compromiso político. Renegó de la justificación histórica de la violencia, remontándose a la Revolución Francesa y cualquier legitimación del terror para lograr un fin social. Esto le llevó inevitablemente a denunciar el comunismo como ideología y como forma de gobierno, en una época en que los partidos comunistas de Europa Occidental habían salido moralmente reforzados por su compromiso contra los nazis en la Resistencia y eran observados, si no con simpatía, sí con respeto por gran parte de la opinión pública.
Albert Camus

Al igual que Léon Blum, siempre estuvo en contra de cualquier afiliación política, y esta forma de desmarcarse de las ideologías radicalizadas de su época le convirtió, para una mayoría de su público y sus colegas, en un personaje decepcionante. Le criticaron la "falta de mensaje" de su obra literaria. Una de las críticas más virulentas fue la de Simone de Beauvoir, que consideró La peste una obra políticamente irresponsable al no asignar una lección, una enseñanza o una denuncia a los elementos que la componen. La vida intelectual francesa en los años inmediatamente posteriores a la segunda guerra mundial fue furiosamente absorbida por las pasiones políticas y casi nadie comprendió que Albert Camus pudiera escribir una obra como La peste sin establecer un paralelismo claro entre epidemia y culpa, entre victoria y dogma filosófico. Pero Camus veía más allá de las dos opciones por entonces admisibles por la población bajo la ocupación, veía una gama infinita de grises entre el negro de la colaboración y el blanco de la Resistencia. Etiquetar las decisiones de la gente sin tener en cuenta la complejidad del contexto y las situaciones extremas en las que se encontraban, es un ejercicio simplificador y empobrecedor. Y en muchos casos, peligroso. Un ejemplo fue la negativa de Camus de apoyar las purgas judiciales contra colaboradores del régimen de Vichy en 1945 y 1946. ¿Se puede castigar a un hombre por hablar bajo tortura? ¿Se puede condenar a un hombre a la muerte por sus opiniones, aunque sean nauseabundas? ¿Dónde termina la "purificación" y empieza el terror? Su crítica de los intolerables excesos de la posguerra y su insistencia en que la división entre héroes y traidores es casi siempre ilusoria, le valieron la pérdida de la confianza y del favor del público y un recelo permanente por parte de los intelectuales. Contra la pena capital, argumentó que en este mundo sólo es posible una aproximación a la justicia y nadie puede matar por una aproximación. En una época en la que los intelectuales se esforzaban por tener algo que decir sobre todas las cosas, reduciendo su complejidad a su punto de vista, a menudo Camus no compartía ninguna opinión y prefería quedarse en silencio. Nunca estaba convencido de tener razón, decía que "si existiera un partido de los que no están seguros de tener razón, [él] estaría en él". En este sentido, defendía una ética de la responsabilidad frente a una ética de la convicción. La duda como herramienta necesaria para distanciarse de los extremismos políticos y poder establecer los valores morales necesarios para combatir la violencia y las derivas totalitarias de cualquier tipo.


Raymond Aron fue un intelectual liberal y moderado con una clara influencia como pensador opuesto al romanticismo radical de Sartre. Al igual que Blum y Camus, Aron se consideraba un socialista profundamente anticomunista, en un mundo, y más concretamente un país, Francia, donde tales distinciones eran eminentemente sospechosas. También compartía con ellos una posición al margen de las corrientes ideológicas y de las pasiones políticas que le permitía erigirse en un juez moral imparcial cuyas opiniones eran recibidas con un respeto, e incluso una admiración, nunca exentas de cierta desconfianza. Aron fue a menudo acusado de frialdad, de "claridad helada" en sus opiniones, de no tener en cuenta la visceralidad de los asuntos políticos, como por ejemplo la íntima tragedia de ciertos conflictos, como la guerra de Argelia. Pero no era un observador desapasionado de la realidad. Como él dijo, "uno no puede limitarse al papel de observador de los disparates y desastres de la humanidad". Su compromiso era con la razón, con la capacidad intelectual de comprender el mundo para poder cambiarlo. Y criticaba la tendencia de sus coetáneos de saltarse la comprensión y el cambio de la realidad para ir directamente a su denuncia. Atacar "el mal" es siempre fácil, comprenderlo para poder cambiarlo implica un grado de incomodidad difícil de aguantar. Y contra la polaridad tan cómoda, tan ideológica entre los conceptos de bien y mal, escribió: "la nuestra nunca es una batalla entre el bien y el mal, sino entre lo preferible y lo detestable." De nuevo, como Camus, Aron se atrevió a bucear en los infinitos tonos de gris de la condición humana, tan poco etiquetables y tan difíciles de digerir.

Raymond Aron

Léon Blum, Albert Camus y Raymond Aron compartieron un punto de vista de la responsabilidad moral totalmente opuesto a la visión dogmática dominante de la izquierda. Desafiaron doctrinas, ideologías e interpretaciones históricas del presente para denunciar los excesos del fervor político y la instrumentalización del terror que siempre conllevan las mareas revolucionarias. Y los tres pusieron un celo especial en denunciar la falta de integridad e independencia de políticos e intelectuales y en luchar por mantener una responsabilidad moral en un mundo azotado por el servilismo y la complacencia ideológica. Su lucha es universal, en cuanto que se ha repetido, en una lamentable desigualdad, a lo largo de la historia política. Y hoy en día, sólo basta con abrir un poco los ojos a la realidad de cualquier país, y en especial el nuestro, para darse cuenta de la vigencia e importancia de su clarividencia y su necesidad.

Tony Judt

miércoles, 19 de febrero de 2014

SOL TROPICAL DE LA LIBERTAD

¡Qué suerte encontrar siempre sorpresas en la literatura! Descubrir que, por muchos años que una viva y lea, siempre va a encontrarse con los testimonios de otras gentes que han vivido otras vidas diferentes a las nuestras y han sido capaces de trasmitirlas con la belleza de sus palabras. Es la impresión que me ha causado el libro de Ana María Machado, Sol tropical de la libertad, que nos cuenta en primera persona la experiencia de vivir una dictadura como la brasileña de los años 60, de la que se ha hablado mucho menos que de la argentina, chilena o española. Quizá por el carácter suave de los brasileños, por ese clima exuberante y esos paisajes espectaculares de su capital que envuelven de forma protectora la realidad menos bella de la pobreza que todavía persiste a pesar de los avances.

En esta novela, Ana María Machado, pintora, periodista y profesora universitaria, traducida en 18 países, miembro de la Academia Brasileña de las Letras, ha recreado la experiencia de Lena, una intelectual que, a través de su hermano revolucionario enfrentado a la dictadura, nos hace vivir la rebeldía de una juventud luchadora en una familia de clase media.

El exilio en París, un matrimonio feliz que se agrieta, las dificultades con otros exiliados políticos, la enfermedad neurológica que subyace y los recuerdos infantiles con su abuelo, nos ofrecen un final poético que nos deja la emoción de haber disfrutado una espléndida novela de casi 400 páginas para leer suavemente, para poder madurar, que en definitiva es uno de los logros de la buena literatura: hacernos pensar y formar nuestro criterio con el que podemos afrontar la vida.

miércoles, 12 de febrero de 2014

EPITAFIO PARA UN ESPÍA

Si exceptuamos la novela romántica, no creo que haya ningún género literario que produzca obras tan efímeras como la novela de espías. Se publican miles de ellas cada año y duran en las librerías y en la mente de quien las lee medio suspiro. Todos ansiamos que alguien de nuestra elección nos venere, por eso leemos novelas románticas. Y todos queremos descubrir los secretos de personas fascinantes, por eso leemos novelas de espías. Y, además de descubrirlos, nos encanta tener poder sobre ellos. Nos encanta la fascinación de los hombres enigmáticos, las gabardinas oscuras, los cigarrillos que iluminan una cara durante una fracción de segundo, la seducción desplegada con virtuosismo en la ironía de una sola sonrisa, el peligro constante, el doble sentido en cada palabra, lo oculto en cada intención. Nos encantan las persecuciones, la repercusión trágica de un mensaje deslizado por una mano invisible debajo de una servilleta, las maletas llenas de dinero y de pasaportes falsos, la adrenalina de adoptar una personalidad distinta en cada país, en cada estación de tren, con cada confidente o policía o amante. 
Así que cojo Epitafio para un espía, me arrellano en el sofá y me preparo para un suspense eléctrico y desechable. ¡Emoción barata y a dormir!

Pues no. Nada de eso. Resulta que el héroe es prácticamente un idiota. Vassady, un profesor de lenguas torpe y bocazas, de escaso atractivo, a cuyas manos van a parar accidentalmente unas fotos comprometedoras. Y que termina en comisaría, sin poder probar que él no es un espía, (Dios mío, ¡un espía!), y temblando ante la posibilidad de que lo deporten a su país de origen, un país que en realidad ya no existe. Todo muy vulgar, muy anodino. Ni siquiera el contexto -Costa Azul, 1938- tiene el encanto peligroso que podría tener. ¿O sí lo tiene? Vassady tiene que encontrar al verdadero espía para poder quedarse en Francia, y así comienza sus pesquisas, sus torpes y entrañables pesquisas, en el Hotel Reserve. Nueve inquilinos, todos de apariencia banal, afables y simplones, y tres días para desenmascarar al autor de las fotos.

Eric Ambler

Supongo que el hecho de que esta novela de espías se haya convertido en un clásico debería de haberme dado un pista sobre lo que iba a encontrarme. Nada de James Bond ni de Jason Bourne. Un hombre pobre, atemorizado y solo, sin esa misteriosa flexibilidad intelectual que despliegan los verdaderos espías para ganarse la confianza de la gente y arrebatarles suavemente sus secretos. Un hombre común y sin patria que tendrá que desvelar una trama de espionaje prebélico para salvar el pellejo. Y meterá tanto la pata como podríamos hacerlo tú y yo.
Es esta humanidad del personaje, creo, su verdadero atractivo, lo que hace que leamos sus ingenuas elucubraciones con verdadera simpatía y el hecho de que, mientras miles de novelas de espías nacen y mueren como la llama de una cerilla, las novelas de Eric Ambler permanezcan y no envejezcan con el paso del tiempo, para deleite de generaciones y generaciones de lectores ávidos de secretos ajenos. 

sábado, 8 de febrero de 2014

CÓMO SER MUJER

Lo primero que tengo que decir de este libro es que soy un hombre y, por lo tanto, no tengo ni idea de cómo ser mujer. Por lo visto, es algo bastante extendido, también entre las propias mujeres, lo cual me tranquiliza. La misma Caitlin Moran reconoce que tampoco tiene mucha idea. De hecho, ha escrito un libro entero para averiguarlo. Fijaos la importancia. 
Lo que me llega de este libro es que va de feminismo y es un bombazo de diversión y desvergüenza, lo cual me intriga enormemente. ¿Feminismo divertido y desvergonzado? Vamos a probarlo.

El libro empieza el día en que la autora celebra sus trece años, huyendo de una panda de vándalos que la insultan, le tiran piedras y la persiguen por el parque como una manada de hienas descontroladas detrás de un pobre antílope. Un antílope gordo, grande y que tiene tan poco de chica como esos cretinos de inteligencia. Un antílope que empieza a preguntarse, aterrorizado, mientras llora su miedo y su humillación antes de entrar en casa, cómo va a conseguir convertirse en mujer. Parece una historia dura, pero Caitlin Moran no te deja ni el más mínimo margen para que te compadezcas de ella. Te bombardea, desde la segunda página, con un humor a prueba de cualquier tipo de compasión. Probablemente es el libro más descaradamente divertido que he leído nunca. 

 También es el libro con más signos de exclamación: la tecla del ordenador de la autora correspondiente a este signo ! debe de tener a estas alturas una bonita hondonada en forma de yema de dedo furiosa. Y eso provoca que su lectura te suba el ritmo cardíaco, te contagie un estado de exaltación constante, con frases enteras en mayúsculas como cejas levantadas y enfatizantes, como alguien que vive en un estado de euforia permanente y no para de gesticular, de hablar sin respirar, de reírse, de enfadarse, de señalarte con el dedo, de exasperarse, de desplegar una energía absolutamente arrolladora hasta que acabas rendido y tirado por los suelos riéndote con ella y pensando que esta mujer está encantadoramente chiflada. 


La historia de este libro es la historia de la autora. Es autobiográfico, escandalosamente autobiográfico. Porque hablar de pudor, de timidez o de vergüenza con ella quizá lo único que provocaría sería una sonrisa y un encogimiento de hombros. Caitlin Moran es una «desenfadada columnista de periódico serio», no es una erudita. No habla de los temas fundamentales del feminismo: desigualdad salarial, ablación femenina o violencia de género. Habla de las cosas cotidianas, las cosas pequeñas y estúpidas que le pasan a cualquier mujer y que resultan igual de dañinas para su integridad. Habla de los novios, de la sexualidad, de la moda, de la ropa interior, del amor, del aborto, de la prensa sensacionalista, de la maternidad, siempre desde su propia experiencia. Y lo hace con un tono de celebración. El feminismo que defiende no es un puñetazo de rabia en la mesa ni materia académica para eruditos. Es un feminismo festivo y gritón. Un feminismo que nos interpela a todos por igual, hombres y mujeres, y te dice que, en el caso de que estés de acuerdo con que las mujeres deban ser tan libres como los hombres y puedan votar y tener una cuenta bancaria y no quieras que ganen menos, ni que las humillen, ni las violen y las condenen a más siglos de dependencia, entonces no tendrás ningún problema en subirte con Caitlin a una silla y gritar a pleno pulmón: ¡¡SOY FEMINISTA!! 

Sé que el tono de este libro puede resultar ofensivo para algunas personas, pero la naturalidad con la que está escrito es desarmante. Su humor espontáneo y brutal lo vence todo y, sobre todo, el tema que trata necesita urgentemente esta escritura hilarante y desvergonzada para sacudirse el corsé de intransigencia que le oprime. Me resultaría muy triste que la gente lo leyera, atraída por el humor que promete, como un libro de anécdotas chistosas. Es cierto, es desternillante, pero también es lúcido, imaginativo y muy beligerante con el machismo y la sociedad patriarcal en la que vivimos. Mete el dedo en el ojo de muchísimos comportamientos cotidianos, tristemente arraigados. Caitlin Moran no es solamente una provocadora, una mujer chillona, excéntrica y deslenguada que habla de masturbación femenina con cualquiera que se le ponga delante. Es una mujer que dedica al aborto, desde su propia experiencia de madre que decide abortar después de dar a luz a dos niñas, el capítulo más serio, intenso y perturbador de todo el libro. Probablemente el mejor alegato que he leído contra cualquier legislación restrictiva sobre la libertad de abortar y contra el aborto como estigma, no sólo social, sino también privado, que parece siempre conllevar pena, arrepentimiento y traumas indelebles. 

Me pregunto qué voy a leer después de esto. Todo me va a parecer previsible, aséptico y monótono. Me van a faltar toneladas de controversia y carcajadas. ¡¿Cómo voy a leer páginas y páginas sin un solo signo de exclamación ni una mísera frase gritona en MAYÚSCULAS?!
Antes de leer este libro no tenía una idea cabal de qué era el feminismo. O, mejor dicho, tenía una multitud de ideas confusas mirándose mal unas a otras en mi cabeza. Caitlin Moran me ha enseñado que el feminismo es algo simple y universal, es un concepto que no hace falta aprender leyendo a Simone de Beauvoir o a Germaine Greer. Al final, ser feminista es una simple cuestión de buena educación. 




viernes, 7 de febrero de 2014

Cita del día: CÓMO SER MUJER (Caitlin Moran)

"Junto con la ropa interior, el amor es una tarea de las mujeres. Las mujeres se tienen que enamorar. Cuando hablamos de las grandes tragedias que pueden ocurrirle a una mujer, una vez descartadas la guerra y la enfermedad, la idea que más nos estremece es la de no ser amadas, y por tanto que no nos necesiten. Es posible que Isabel I estableciera las bases del imperio británico, pero nunca se pudo casar: pobre y pálida reina cubierta de mercurio. Jennifer Aniston es una hermosa y triunfadora millonaria que vive en una casa junto a la playa, en Los Ángeles, y nunca tendrá que hacer cola para devolver unas botas en Topshop resfriada; y, sin embargo, toda su treintena se describió como la década en que no fue capaz de retener primero a Brad Pitt, y luego a John Mayer. La princesa Diana, ¡con tanta mala suerte! Cheryl Cole, ¡sola! Hilary Swank y Reese Witherspoon..., bueno, ganaron un Oscar, ¡pero sus maridos las abandonaron!
 El lenguaje nos dice exactamente lo que pensamos sobre las mujeres sin pareja; todo está ahí, en la diferencia entre "solteros" y "solteronas". Para los solteros todo es un juego. Las solteronas se lo juegan todo en ello, y rápido. La ley de la demanda fija el valor de una mujer: si está soltera, nadie la quiere, por lo que, cuanto más se alargue ese estado, menos deseable se vuelve.

 Así que, como las mujeres saben la importancia que se da al hecho de que tengan pareja, no es raro que se obsesionen con la idea del amor y de las relaciones. Pensamos en ello todo el tiempo. A veces, cuando explico a los hombres el modo en que las mujeres imaginan posibles relaciones, empiezan a sentirse muy, muy alarmados. Si comentas lo mismo con las mujeres, en cambio, te responderán con un ladrido avergonzado de reconocimiento.

 Fíjate, por ejemplo, en la típica oficina o lugar de trabajo. Si la plantilla es mixta, habrá varios coqueteos en marcha, más o menos obvios para un observador curioso. Eso ya lo sabemos.
 Pero, si existiera una especie de Casco Psíquico que permitiera leer los pensamientos de las mujeres, cualquier hombre que lo llevara se quedaría aterrorizado al descubrir el nivel oculto de locura femenina.
 Mira a esa mujer de la esquina, una jefa de departamento completamente normal, nada psicótica, tranquila y agradable con todos los que trabajan con ella. Que se sepa, no le gusta nadie de la oficina. Parece estar escribiendo un largo e importante email. Pero ¿sabes lo que hace en realidad? Está pensando en ese tipo sentado cinco mesas más allá, con el que sólo ha hablado una decena de veces.
 "Si nos fuéramos un fin de semana largo juntos, no podríamos ir a París..., ha estado allí con su ex novia", piensa. "Lo sé. Lo contó una vez. Me acuerdo. No pienso andar por el Louvre para que me compare a mí, con mi gabardina de primavera, con ella, con su gabardina de primavera. No es que vayamos a ir en primavera, de todas formas; teniendo en cuenta en qué punto está nuestra relación, si él diera un primer paso HOY, podríamos irnos de puente como muy pronto en...", cuenta con los dedos, "noviembre, y entonces llueve mucho y mi pelo se quedaría todo aplastado. Necesitaría un paraguas."
 "Pero", continúa, tecleando enfadada, "entonces no podríamos ir de la mano, porque yo llevaría el paraguas en una mano y el bolso en la otra. Así que sería una mierda. ¡A MENOS QUE...! ¡A MENOS QUE... pudiera meter todo lo necesario en mis bolsillos! Entonces no tendría que llevar un bolso al Louvre. Pero entonces estaría sin medias de repuesto si me las salpican, y tendría que ir con las piernas al aire, y haría tanto frío que mis piernas se pondrían moradas, y yo estaría tan nerviosa cuando volviéramos a follar al hotel que intentaría taparlas con una toalla, y él pensaría que me estoy insinuando y yo dejaría de gustarle. ¡HAY QUE JODERSE! ¿POR QUÉ TIENE QUE LLEVARNOS A PARÍS EN NOVIEMBRE? LE ODIO."
 El tipo ni siquiera le gusta. Apenas ha hablado con él. Si la invitara a tomar algo, probablemente diría que no. No le apetece lo más mínimo tener una relación con él. Y, sin embargo, cuando vuelva a hablar con ella, se mostrará muy cortante con él, que, ni en sus fantasías más salvajes y cargadas de opio, podrá adivinar jamás ni remotamente el motivo de su cambio de humor. Supondrá quizá, encogiéndose de hombros, que le va a venir la regla o sencillamente que tiene un mal día.
 Nunca llegará a saber la simple verdad: que pasaron juntos un puente imaginario en París, que fue desastroso y acabó con su ruptura por culpa de unas medias."

(Cómo ser mujer. Caitlin Moran. Editorial Anagrama)

Caitlin Moran

martes, 4 de febrero de 2014

ELEANOR & PARK

Me encanta la ironía de este libro. La ironía como esa cosa en la que nos envolvemos para protegernos de las desilusiones. Quizá uno sólo se enamora sin ironía la primera vez. Y ni siquiera eso, porque resulta aterrador. Después, empezamos a reírnos un poco de lo que sentimos para tratar de que no nos importe tanto. Nos reímos de las situaciones, de los agobios, de las vergüenzas. Nos reímos de nosotros mismos y nuestras infinitas torpezas. La risa nos protege del dolor, la utilizamos para amortiguar los impactos. Para intentar, desesperadamente, no tomarnos las cosas tan en serio. 

Eleanor y Park se ríen mucho de ellos mismos. Se ríen hasta cuando se besan por primera vez. O eso intentan.
Ella se ríe de Romeo y sus cursiladas insoportables. Piensa que Shakespeare se burla de sus personajes. Que Julieta es una niñata repelente y que su amor es superficial, confuso y absurdamente exagerado.
Él se ríe del pelo rojo e indomable de ella. De su aversión por la música punk. De su reticencia a acercarse a la cama de su cuarto a pesar de que siempre dejen la puerta abierta.
Ella viene de un hogar roto, con un padrastro borracho y maltratador. Se viste de una manera estrafalariamente masculina y siente que ninguna parte de su cuerpo tiene el tamaño adecuado.
Él tiene la piel de ámbar y los ojos rasgados de su madre coreana, se agarra a las correas de su mochila y se mira los pies cuando ella se acerca y hay algo en él que no puede evitar ser femeninamente encantador.

Se ríen porque no encajan, porque perciben que su entorno les devuelve constantemente su propia desilusión. Se ríen como si se aferraran a algo, porque no saben por qué ni cómo es posible que les guste tanto estar juntos. Pero cuando son capaces de aguantarse la mirada más de dos segundos seguidos, cuando se atreven a no soltarse las caricias de la mano o a explorar los dulces peligros del asiento trasero del coche, el mundo se convierte en un lugar profundo, en una burbuja donde sólo caben ellos dos y su miedo, ellos dos y su deseo, ellos dos y su clandestina necesidad de que el otro no le rechace. 

Esta historia de amor adolescente es como muchas otras historias. Pero a la vez es distinta. Como una canción que no se acaba nunca. Como si se hubiera puesto guapa para salir. Con los rasgos más nítidos, más perfilados. Con un maquillaje más intenso que en realidad no la vuelve distinta. No. Es ella misma. Divertida y sexy. Y desgarradora. Es ella misma, pero a más volumen.


domingo, 2 de febrero de 2014

LA OTRA GUERRA



Este es un libro de fotografía. Y de testimonios. Las fotografías son obra de Miquel Dewever-Plana, un fotoperiodista francés que estuvo en Guatemala durante muchos años retratando la violencia, primero del genocidio maya de la década de los 80 y, más recientemente, de las pandillas o "maras" que han convertido el país en uno de los más peligrosos del mundo, con más de 18 asesinatos al día, de los que un 98% quedan impunes. Y los testimonios pertenecen a madres de hijos asesinados, policías, fiscales, psicólogos, y también a los propios integrantes de las pandillas, los "mareros", jóvenes tatuados que desde la infancia viven inmersos en una vida de violencia.

Verónica J., una trabajadora social de 32 años, describe la situación de esta manera:
"La violencia es un monstruo de mil cabezas, le cortas una y salen dos. Quitas la vida a un pandillero pero hay dos niños que sueñan con ocupar su lugar. Siento que todos los esfuerzos que realizan las organizaciones para la reinserción y la rehabilitación de esos jóvenes son como un grito en el desierto. Al final la voz se pierde y nadie la escucha. Porque, como dice Eduardo Galeano: "Se condena al criminal y no a la máquina que lo fabrica." Y esa máquina es la que ha provocado el conflicto armado, la que ha generado todas las injusticias sociales que alimentan la violencia familiar y, por ende, la que arroja cada vez más jóvenes a la calle. Una calle que, como única salida, tiene la cárcel o el cementerio."

Decir que este libro es una enciclopedia del horror sería lo fácil. Cogemos la palabra horror y hacemos de ella una máscara para ocultar la realidad que la sustenta. Cuando decimos "qué horror" estamos protegiéndonos de ello, poniendo distancia, susurrándonos a nosotros mismos que esa no es nuestra realidad, que nuestro contacto con ella es efímero, que dejará de ser real cuando cerremos el libro y dirijamos nuestra atención a otra cosa. Y no se trata de que Guatemala nos pille con un océano de por medio. Ni de que no sepamos cabalmente lo que significa la palabra pandillero. Ni violación. Ni impunidad. Se trata de la propia supervivencia. Quienes no hemos estado allí para verlo y sufrirlo en nuestra propia piel no podemos entender la magnitud de esa "otra guerra" que se libra en Guatemala. Sólo podemos asomarnos a una realidad que como mucho acertaremos a comprender superficialmente. Porque mirar al infierno a los ojos es un ejercicio peligroso. "El que lucha con monstruos debe tener cuidado de no convertirse él mismo en un monstruo. Cuando miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti." Una cita de Nietszche con la que el autor abre el libro.

Hablar de la violencia en Guatemala es fácil. Lo difícil es adentrarte en ella. Mirar las fotos, una a una, de sus muertos. Mirar las fotos y leer los testimonios de sus supervivientes, de los hombres y mujeres a los que se adhiere el sufrimiento de sobrevivir. Mirar las fotos y dejar que ellas miren dentro de ti. Víctimas. Culpables. Todos luchando por sobrevivir en su mundo de violencia. 

Miquel Dewever-Plana

viernes, 31 de enero de 2014

LA INSENSATEZ DE CRITICAR

Uno de los principios de este blog consiste en no criticar los libros que no nos gustan. Teniendo en cuenta que abandono más de la mitad de los libros que empiezo, ya sea por aburrimiento, desagrado o simple incomprensión, si tuviera que reseñarlos todos espantaría a cualquier lector asiduo y no tendría tiempo para hacer nada más que leer y escribir sobre lo que leo. Un bucle que enloquecería a cualquiera, como un hámster corriendo en su rueda hasta la extenuación. 

Leo en una recopilación de ensayos de Auden titulada El arte de leer, un párrafo que me reafirma en mi idea: "Lo único sensato por parte de un crítico es permanecer en silencio frente a las obras que considera francamente malas, mientras defiende vigorosamente las que cree buenas, sobre todo si estas son ignoradas o menospreciadas por el público." 

Permanecer en silencio ante lo que no nos gusta es fácil. Todos tendemos a buscar la compañía de cosas estimulantes que encajen con nuestras inclinaciones estéticas o morales, así que supongo que es lo natural. Además, nos evita esa enojosa costumbre de menospreciar a la ligera. Cuando criticamos algo que no nos gusta, tenemos que explicar nuestros motivos. Entonces, empezamos por necesidad a etiquetar las cosas como buenas y malas, empezamos a separar lo que sí vale de lo que no, según nuestro criterio. Tomamos criterios prestados de donde podemos, para cubrir las irremediables lagunas que inundan nuestro paisaje intelectual. Y para que no nos puedan acusar de complacientes o de tibios, tomamos partido en todo lo que se ponga a nuestro alcance. Después de destrozar dos o tres textos que podrían merecerlo o no, empezamos a cogerle el gustillo, y el rojo inquisidor del profesor se convierte en nuestro color favorito. Con él tachamos las oraciones subordinadas, los puntos suspensivos, las metáforas. Tachamos las repeticiones inútilmente poéticas, los gerundios al principio de las frases, los signos de exclamación. Tachamos las simetrías y los adjetivos demasiado sonoros y las comas y los puntos y el título y hasta la firma del autor en una orgía de rojo con la que embadurnamos páginas y páginas como un Jackson Pollock en éxtasis. Y cuando, milagrosamente, llega a nuestras manos un texto que nos gusta un poco, un texto que incluso nos emociona, nos extrañamos y encogemos el cuerpo para evitar todo contacto y convertimos los poquitos conceptos que aún admirábamos en nuevos defectos que tachar y tachar, enrabietados, furibundos y enloquecidos ante la visión de toda la estupidez que aniquila el buen gusto. Un buen gusto a su vez aniquilado por una superposición de criterios que no dejan de gritarse y amenazarse unos a otros en nuestra cabeza y de los que acabamos huyendo sin conseguirlo, como el pobre hámster corriendo en su rueda. 

Así pues, para conservar la cordura, y a riesgo de pecar de complacencia, en este blog nos dedicamos a escribir solamente sobre lo que nos gusta, algo que también nos obliga a explicar nuestros motivos, a afinar la percepción de nuestras afinidades para hacer elogios en los que podamos reconocernos. Porque en realidad, cuando sentimos la necesidad de escribir sobre un libro que nos ha gustado, estamos interrogándonos a nosotros mismos. Estamos modelando nuestro criterio, definiendo nuestros miedos, nuestros asombros y nuestros pequeños traumas a través de las palabras que ha elegido el escritor para retratarse. 

Estoy de acuerdo con Auden, aunque en realidad su propuesta me parece demasiado fácil. Él habla de sensatez y quizá mi esquinita de desacuerdo con él provenga de mi espíritu insensato. Lo que me incomoda es ese "permanecer en silencio". Callar. Mirar para otro lado. No tengo ningún problema con ignorar la literatura mediocre. Pero no todo lo malo es mediocre. No todo lo malo es inofensivo. Siempre me ha inquietado la famosa frase que dice "me da igual lo que lea, con tal de que lea", pronunciada por madres desesperadamente orgullosas, pero también por adultos que intentan introducir un poco de gramática en la cabeza de su pareja, hermanos o padres. Y uno tiene que tener cuidado con la manera de formular una objeción a tamaña irresponsabilidad, porque la palabra "censura" brota enfurecida de las bocas humanas con una facilidad asombrosa. Me inquieta ese liberalismo lector porque existen libros verdaderamente perversos. Y no me refiero a si Juego de tronos es apropiado para once años, o si los niños de primaria deben empezar a leer con historias de la Biblia. Allá cada uno con su precocidad y sus creencias. Me refiero a que hay libros con muy mala leche. Libros que incitan al odio de la forma más explícita posible. Libros que proponen tratamientos para "sanar" la homosexualidad. Libros que ensalzan las virtudes y la necesidad de la sumisión de las mujeres. Libros que inventan ultrajes históricos para justificar agresiones recientes, presentes y futuras. Libros que están escritos con una gramática que echa espumarajos por la boca y si te descuidas, te plantan una bota militar en la nuca hasta que aceptes ser esclavo de su odio. 

No creo que sea saludable volver siempre la mirada al pasar por delante de esos libros. Creo que a veces es necesario pararse y mirarlos y cometer la insensatez de denunciar sus imposturas, sus necedades, su ridículo e infatigable afán de cizaña. Hay gente que dice que los libreros estamos para vender libros y no para juzgar las lecturas de la gente. Sería tan cómodo hacer de nosotros unas bonitas y entrañables plantitas, felices al sol, vendiendo sin mirar todo lo que la gente nos pide. Pero no somos plantitas. Somos personas sensibles, nos indignamos como personas sensibles y tomamos partido como personas sensibles. Y, a riesgo de pecar de insensatos y acabar por ofender la susceptibilidad de otras personas igualmente sensibles, procuramos no vender odio empaquetado cuando nos lo piden. Aunque sólo sea por una cuestión de dignidad personal.


miércoles, 29 de enero de 2014

TÚ Y YO

Después de leer Te llevaré conmigo, lo que más me seducía era encontrar otra novela de este fantástico escritor que es Niccolò Ammaniti. Y se me cruzó esta pequeña joya, Tú y yo, que me ha confirmado su maestría para conseguir la perfección en un relato que conmueve e impacta.
Lorenzo, su personaje principal, parece ser que refleja la infancia del autor, sus problemas de adaptación en el colegio, con una personalidad llena de conflictos en la búsqueda de su identidad.  Desconfía del mundo y de todo lo desconocido, todo lo que no pertenece a su hogar y su familia, donde además se encuentra Olivia, su media hermana, con la que apenas ha tenido contacto pero que irrumpe en el reducido espacio de un sótano donde se ha recluido, engañando a sus padres, para pasar una semana que oficialmente debía estar esquiando en Cortina con la familia de una compañera.

Sus problemas quedarán minimizados por los de Olivia, atrapada por las drogas, y le servirá de revulsivo para conectarse de nuevo con el mundo real, donde está también su abuela.

Una breve novela de 130 páginas, maravillosamente construida, que me llevará a seguir buscando otros títulos de este autor (Que empiece la fiesta o No tengo miedo), para seguir contándolas.

domingo, 26 de enero de 2014

JULIANO EL APÓSTATA

Hace un año y medio, en julio de 2012, murió Gore Vidal. Escribió de todo: obras de teatro, guiones para Hollywood, ensayos y novelas históricas como ésta. La publicó en 1964 y, al igual que Yo, Claudio, de Robert Graves, está narrada en primera persona. Un recurso delicado, que puede caer fácilmente en una visión ambigua y deshonesta de los hechos, pero que el autor resuelve con ligereza y una pizca de humor, lo cual le da una perspectiva muy interesante. Aunque, si he dedicado unas cuantas horas de mis ajetreados días a leer las 750 páginas que tiene (letra bien grande, he de decir, propia de Edhasa), no ha sido tanto por la prosa del autor como por la fascinación del personaje.

Juliano, el último emperador pagano del Imperio Romano, apenas duró dos años en el puesto (361-363), víctima de su propia imprudencia en una campaña militar en lo que hoy es Irak. Pero resulta estimulante pensar cómo podría haber cambiado el curso de la Historia de haber tenido un poco más de tiempo. Su tío, el emperador Constantino, legalizó el cristianismo en 313 y a partir de ese momento, y con el respaldo institucional, los cristianos empezaron a perseguir la "herejía pagana", es decir, el culto a cualquier dios que no fuera el suyo y, de paso, toda la cultura helenística existente hasta entonces. En menos de medio siglo, convirtieron la libertad de culto otorgada por Constantino en un verdadero terrorismo de estado, asesinando a los herejes de la misma forma en que ellos habían sido asesinados, de manera más o menos continuada, en los tres siglos anteriores. Toda la cultura pagana era una provocación para el cristianismo y especialmente la filosofía griega, filosofía en la que se educó el joven Juliano y que el adoctrinamiento cristiano recibido en su infancia y juventud no logró erradicar de sus creencias. En un momento del relato, después de contemplar la paliza que reciben dos atanasianos a manos de unos exaltados arrianos (ambos cristianos, con opiniones contrapuestas sobre la naturaleza del cuerpo de Cristo y muy dispuestos a asesinarse masivamente por ello), el joven Juliano piensa: "Hasta un niño podía notar la diferencia entre lo que los galileos [los cristianos] decían creer y lo que en realidad creían, a juzgar por sus acciones. Una religión de hermandad y moderación que diariamente asesina a los que están en desacuerdo con su doctrina sólo puede ser considerada hipócrita, o algo peor." 




Y al convertirse en emperador, renegó del cristianismo e intentó, de múltiples formas, poner coto a la creciente hostilidad religiosa en el imperio. Trató de volver a la literatura griega, a los poemas homéricos como principal fuente de sabiduría, y proclamó la libertad de culto, arrebatando a la jerarquía cristiana el papel dominante y represor que había ido acumulando en las décadas anteriores. Pero en realidad no le gustaban nada los cristianos y empezó a tomar medidas contra ellos. La más llamativa, y quizá la más lógica: les prohibió enseñar gramática y retórica, en un intento radicalmente moderno de extirpar la religión de las escuelas.

Ciertamente, Juliano no fue un héroe. Adoraba al dios Sol, se creía la reencarnación de Alejandro Magno basándose en la teoría platónica de la transmigración de las almas y quizá habría acabado persiguiendo activamente a los cristianos, exasperado por su fanatismo y su voluntad de destrucción de toda la cultura clásica. Es posible que un solo hombre no hubiera podido cambiar el curso de la Historia, desde luego no tuvo tiempo de hacerlo en sus veinte meses de mandato. Pero fue la última resistencia contra la intransigencia y el terror. El último intento de acudir al esplendor cultural del pasado para reinstaurar un régimen tolerante con todos los credos que frenara la marea de odio y de culto al castigo que iba a asolar Europa durante una cantidad de siglos espeluznante. 

viernes, 24 de enero de 2014

VENGANZA, O LA IRRESPONSABILIDAD DE LEER NOVELAS

Siempre que viene algún señor serio e inteligente diciendo con su mejor sonrisa que me agradece la recomendación pero que no lee novelas, me siento un poquito culpable. Como un niño al que pillan con caramelos hasta en los calcetines. En su sonrisa intuyo que está implícita la crítica de que las novelas son mero entretenimiento, pertenecen a esa edad inmadura en la que todavía podemos permitirnos alimentar nuestra cabeza a pájaros con todo tipo de aves exóticas. No veo decepción en su sonrisa, por lo que parece que aún me considera lo bastante joven como para tener derecho al atolondramiento propio de los lectores de novelas. Por supuesto, mi querido señor no sabe de mi adicción por los detectives, los asesinos y demás seres indeseables que pueblan mis lecturas nocturnas y la fruición obsesiva con la que me entrego a los misterios más intrincados. Si lo supiera quizá incluiría una pizca de ironía en su educada respuesta y huiría a la sección de ensayo para rebuscar en soledad esas lecturas sólidas, verdaderas y rezumantes de conocimiento que parecen pertenecer a la edad adulta y responsable.

"¿Cómo puedes seguir atiborrándote de novelas pasados los treinta?" Otra pregunta (cita literal) que me lanza un cliente en una conversación amigable (con toda la sorna del mundo, pero amigable). Parece que alimentar la imaginación con imaginación es algo que deja de tener sentido a los treinta. ¡Muerte a Anna Karenina, que viva Carlomagno! Supongo que sufro de una disfunción poética que hace que me apasione todo lo que no existe, todo lo que nace de la imaginación de una persona que se sienta a inventarse cosas. Todo lo irreal, lo que no ha existido antes, lo que es creado y no reproducido. Me encanta esa fama de irresponsables que tenemos los que nos pasamos las noches leyendo novelas, soñando novelas, abriendo los portones de nuestro castillo particular a todos los personajes que surgen de la insensata imaginación de un autor. Nuestra mente se convierte así en un lugar ciertamente pintoresco, lleno de pasadizos ocultos, de escaleras que suben hasta las nubes y de espejos multicolores, un castillo infinito y desordenado donde no hay fechas, ni hechos, ni ninguna materia de la que extraer una enseñanza útil, un castillo loco e irresponsable del que no me canso nunca.

De un ensayo uno espera la revelación de una verdad determinada, o al menos la propuesta de un acercamiento a algún tipo de verdad. De una novela yo sólo espero las más maravillosas mentiras y, con un poquito de suerte, la magia de que esas mentiras hagan germinar en mi imaginación alguna revelación que a su vez se convierta en algún tipo de verdad individual e intransferible.

Acabo de leer una novela que, estoy seguro, acentuaría la ironía en la sonrisa de mi querido señor. Se llama "Venganza" y es una novela de detectives. Pero apenas salen detectives. Hay un muerto, pero el misterio es relativo. Cazar al culpable al final es lo de menos. Lo que importa en este caso es la elegancia decadente de los personajes y la maravillosa agudeza del lenguaje. Con un libro escrito así, no me importa si el asesino huye, si al detective lo traicionan o si la víctima se dedicaba a desfalcarse a sí misma. Al igual que de un amigo íntimo que admiro no me importa que me hable de su último ligue o del catarro de su hermana o de la importancia del feminismo anticapitalista. Me importa lo que queda detrás de las palabras y de las anécdotas concretas. El tono de voz, la calidez de una confianza día a día renovada. De este libro me importa el refinamiento, el puro placer de disfrutar de la agudeza del lenguaje, porque sólo ella puede perforar mis defensas y hacerme ver que la vida puede ser aquello y lo otro y lo de más allá, y que los puntos de vista sobre lo que pensamos o percibimos son múltiples, tantos como sea capaz de imaginar. La agudeza del lenguaje de este libro es el cincel que ha moldeado durante unos días mi percepción de las cosas. Lo demás es barniz.

miércoles, 22 de enero de 2014

CONVERSACIÓN ENTRE TERESA FORCADES Y ESTHER VIVAS

¡Qué lúcidos y valientes son los argumentos que Teresa Forcades y Esther Vivas desgranan en este breve e intenso librito!
En dos meses van por la segunda edición y creo que no hay mejor inversión que los 9€ que cuestan estas 107 páginas. Es una conversación entre Teresa, monja benedictina, doctora en salud pública y en teología fundamental por la Universidad de Barcelona, actualmente profesora de teología en la Universidad de Humboldt en Berlín, y Esther Vivas, licenciada en periodismo y magíster en Sociología por la Universidad Autónoma de Barcelona. 

Con palabras sencillas y comprensibles, nos acercan a la realidad política que en estos años de crisis ha desbordado a tanta gente. Desde el gran conocimiento que demuestran sobre política internacional, nos traen a nuestra vida cotidiana ejemplos comparativos como el Tratado de Lisboa en la Unión Europea, las experiencias reales de Grecia con el peligro de la extrema derecha, la Primavera Árabe o la situación argentina de los últimos años, para hacer un alegato de justicia y paz, tan amenazadas hoy en este país donde el presupuesto para material antidisturbios ha subido un 1780% (!!!), porque al desmontar el estado social tienen que acudir a un estado policial. El imparable aumento de la deslegitimación de las instituciones, desde la Monarquía hasta los jueces pasando por el Ejecutivo, impregnados de corrupción y, lo peor, de impunidad.
Reformas como la laboral que nos dejan sin empleo o la de la Constitución que en unas horas se reformó para poner techo al déficit y en cambio permite recortes en derechos tan esenciales como la educación y la sanidad, sin hablar del derecho a tener una vivienda digna y un trabajo que está recogido en esa misma Constitución a la que tanto aluden y que no se cumple jamás.

Teresa Forcades ha trabajado como médico en Estados Unidos y también en Alemania, impartiendo clases. Sus comentarios son certeros y llenos de lucidez y sabiduría. Una excepción tan de agradecer en la Iglesia que tenemos.

¡Bienvenida esta reflexión tan necesaria en los tiempos que vivimos!

sábado, 18 de enero de 2014

TE LLEVARÉ CONMIGO

Son dos historias de amor, pero que nadie se engañe, Ammaniti puede herir la sensibilidad de cualquiera que vaya buscando brumosos atardeceres toscanos, florecillas líricas y caritas de Bambi. Su prosa es rápida, brutal, con profusión de registros vulgares, violenta y sórdida, y tiene el ritmo de una locomotora sin frenos cuesta abajo. Le da una buena tunda de golpes bajos a cualquier búsqueda de delicadeza pero luego te sorprende con una escena tierna o un párrafo hilarante y te quedas pensando que otra vez, otra vez te la ha jugado.

Son dos historias de amor con escasas probabilidades de éxito en un pueblito marginal al lado de una laguna llena de mosquitos. Es la Italia fea y mísera del abandono, donde sobreviven personajes muy malvados, muy inocentes y muy maltratados por una variedad asombrosa de desgracias, muy locos y dados a las extravagancias y a las decisiones más radicales. Y es una historia de violencia adolescente, de un matón de instituto que encuentra un placer sádico en aterrorizar al chico más tímido y débil de su clase, Pietro Moroni, verdadero protagonista de esta novela. Pietro Moroni, que sólo quiere estudiar mucho para aprobar sus años de escuela y huir de una familia devastada y violenta. Pietro Moroni, que casi tiene que pellizcarse cada día para creerse que la maravillosa Gloria, la chica más guapa, audaz y popular del colegio, sigue siendo, después de tantos años y para envidia de todos, su mejor amiga. Pietro Moroni, que siempre cede ante los golpes, que acepta como una fatalidad del destino sufrir las palizas de los más fuertes pero que guarda en su interior una secreta resistencia a dejar que su pequeño infierno cotidiano entre del todo en su interior, le contagie su veneno de violencia y le acabe convirtiendo en un monstruo. Pietro Moroni, que no sabe las cosas terribles que podría ser capaz de hacer para huir de su mísero pueblo, huir a un lugar donde la esperanza sea una autopista de cinco carriles de dirección única y pueda decirle a Gloria "prepárate, porque cuando pase por Bolonia te llevaré conmigo."


Me quedo con los ojos transparentes de Pietro Moroni, un niño en el umbral del mundo sucio y extremadamente hostil de los adultos, una cara alzada que mira hacia las nubes, hacia todo lo que no comprende, y que espera encontrar, contra todo pronóstico, algún tipo de recompensa para su inocencia.

miércoles, 15 de enero de 2014

IN MEMORIAM JUAN GELMAN

Ayer, martes 14 de enero, murió Juan Gelman. Poeta comprometido, militante, poeta de la rabia, el amor y la tristeza, la dictadura argentina de Videla secuestró y asesinó a sus dos hijos mientras él estaba en el exilio. Decidió no olvidar, no pasar página, y luchar por todos los medios para encontrar el rastro de sus hijos y llevar a los culpables ante la justicia. Porque, según decía, "lo contrario del olvido no es la memoria, es la verdad".
Me apetece recordarle hoy con estas pocas palabras y dedicarle esta improvisación al piano sobre la pena y la memoria y el poder de nuestros actos para no dejar que la muerte se convierta en olvido.


"Ha muerto un hombre y están juntando su sangre en cucharitas,
querido Juan, has muerto finalmente.
De nada te valieron tus pedazos
mojados en ternura.
Cómo ha sido posible
que te fueras por un agujerito
y nadie haya puesto el dedo
para que te quedaras. [...]"

Juan Gelman 1930-1914



domingo, 12 de enero de 2014

LA MUJER DEL MÉDICO

Acabo de comprobar que La mujer del médico es la única novela de Brian Moore disponible en castellano y me parece una pequeña catástrofe. Me dan ganas de hacer una recogida de firmas pidiendo a la heroica editorial Contraseña que por favor, por lo que más quiera, publique todas y cada una de las obras de este señor para que podamos disfrutar de unos domingos invernales de niebla como éste, arropaditos bajo una manta, con una taza humeante de cualquier cosa y la compañía insuperable de la prosa de Brian Moore. Y se lo pediría a Contraseña y no a cualquier otra más grande por cuatro motivos concretos: 
1. Se ha arriesgado a publicar una novela de 1976 de un autor olvidado en España. (Las grandes casi nunca rescatan).
2. La traducción es excelente (bravo, Ismael Attrache).
3. Hacen libros sin erratas (algo escandalosamente raro hoy en día), agradables al tacto, con buen papel, con portadas ilustradas ex profeso, bien maquetados, libros que da gusto leer.
4. Son pequeños, humildes, se emocionan cuando agotan una edición y hace tres años publicaron un libro de Edith Wharton llamado Las hermanas Bunner que sin duda estará entre los que me lleve a mi isla desierta cuando la gente se canse de las librerías.

La historia de La mujer del médico es bien sencilla, incluso puede resultarnos vagamente familiar porque evoca anécdotas anteriores y posteriores, literarias y cinematográficas. Una mujer casada, irlandesa de Belfast, espera a que su marido se reúna con ella en un pueblecito de la Costa Azul para pasar unas vacaciones en el mismo lugar donde dieciséis años antes disfrutaron de su luna de miel. El marido se retrasa unos días y la mujer se entrega a una pasión desbordante por un hombre diez años más joven que le descubre una felicidad a la que, quizá sin saberlo, ya había renunciado. Un libro sobre un adulterio, pues. En una época en la que, para disuadir de tales males a las mujeres, ya no se podía recurrir a la moral religiosa (fuera de España el temor de Dios ya no daba tanto miedo) y se esgrimían argumentos disuasorios como la depresión crónica, las crisis nerviosas e incluso la salud mental, en un pobre intento de rescatar a Freud de su diván trasnochado para poner coto a la incipiente libertad femenina.

En esta historia casi no hay sentimiento de culpa. La euforia y el renacimiento apenas dejan lugar para que pueda haberlo. Sheila Redden, la protagonista, siente de pronto que la excitación eleva su ánimo a ese "alambre de funámbulo" por el que corre risueña, inconsciente de la fragilidad de su felicidad. Su vida se convierte en una fuga hacia delante, por habitaciones de hotel con la cama siempre deshecha, de Niza a París como amantes clandestinos, pero no se para a pensarlo, todo es coherente, tiene que vivir lo que está viviendo, tiene derecho a disfrutar de ese "estado de gracia" inesperado al lado de ese joven, experto en el amor, que se entrega a todo tipo de pequeñas extravagancias por ella y que la mira con ese gesto entusiasmado e íntimo al que no puede resistirse. Siente que el pecado es su vida pasada, su matrimonio gris y frustrante en Belfast, y que su adulterio con ese joven es su paz y su pureza, su gracia. 

Personajes complejos, sólidos, con estados de ánimo en constante movimiento, descritos con cambios súbitos de la tercera a la primera persona que desconciertan y deslumbran, como focos que de repente iluminan la vehemencia de una emoción desde dentro. Y por encima de todo, una rebeldía soterrada, oculta en lo más hondo de un carácter sosegado, que no se conforma con la vida predecible de un matrimonio cansado, y toma las riendas de su vida para disfrutar, aunque sea bailando en un "alambre de sonámbulo", de toda la felicidad que se ponga a su alcance. Al igual que uno de los personajes del libro en un momento determinado, me he sorprendido leyendo esta historia "de la misma manera que otros se dan a la bebida", y quizá por las mismas embriagadoras e imprudentes razones.