lunes, 7 de septiembre de 2026

EL DETALLE

A veces tardan muchos años. A veces pocos meses. Pero el momento en el que una pareja empieza a expresar molestia, exasperación, cansancio o aburrimiento en público, a menudo es el principio del fin del amor. Eso no quiere decir que la relación vaya a terminar. Hay parejas que nunca deberían haber pasado de la segunda cita y terminan pasándose sesenta años faltándose al respeto y despreciando algunos pilares básicos de la dignidad humana, como son la autonomía o la capacidad de una persona para valerse por sí misma. Las relaciones se pueden alargar todo lo que dure la vida, pero ¿a qué coste? 

Esta novela de Jesús Carrasco explora con una mirada aguda, jocosa y muy cercana cómo, con el paso de los años, el amor puede ir intoxicándose poco a poco de rutina, de comodidad, de cansancio, de molestia, de irritación y de ira hasta volverse un monstruo, una cárcel, una violencia diaria. Pero un monstruo invisible, una cárcel sin barrotes, una violencia aceptada y domesticada que nadie parece ver. 

Felipe y Leticia (pocas bromas reciben para la fortuita pareja de nombres que tienen) llevan veintitrés años juntos. Y han visto cómo la planta florecida e incontrolable de su primer amor se iba convirtiendo poco a poco en una planta más modosita, menos colorida hasta llegar a su estado actual más cercano a un repollo, que ni siquiera es planta, es hortaliza. Todo regado con el abanico completo de sinsabores que tantos millones de matrimonios viven y aceptan como la dinámica normal de un matrimonio: la discusión permanente, los reproches, los gestos de contrariedad y toda la gama de lenguaje no verbal silencioso que constriñe, pincha y humilla igual o más que cualquier bronca con mil palabras. 

Puede haber tantas señales de alarma en una pareja como personas. Pero algunas se repiten tanto que parecen universales. Por ejemplo, la degradación de la ternura, que se contrae y se marchita hasta volverse del color parduzco de la impaciencia. O la sensación de soledad en compañía, que es la peor soledad de las posibles pues recuerda dolorosamente una presencia perdida que ya se ha vuelto indeseada, y lacera el corazón con un vacío que nos vuelve invisibles, insignificantes, incluso para nosotros mismos. También la obcecación por conservar intactas las expectativas respecto al comportamiento de la otra persona, a pesar de las incontables veces que estas se estrellan contra la terca e indomable realidad. 

De esta novela me ha gustado el humor irreverente y la inventiva desbordante con las que suelta verdades que pueden arrojar luz  —o caer como bombazos— en cualquier pareja. Por ejemplo, que nuestra pareja no está para satisfacer nuestras expectativas, sino para, con nuestra ayuda, desarrollarse tan plenamente como elija hacerlo. Y si ese desarrollo la lleva lejos de nosotros, un gesto de amor puede ser celebrarlo y desearle buen viaje. 




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