miércoles, 16 de marzo de 2016

LA HABITACIÓN

Para Jack, un niño de cinco años, la Habitación es el mundo entero, el lugar donde nació, donde come, juega y aprende. Por la noche, Mamá lo pone a dormir en el Armario, por si viene el Viejo Nick. Para su madre, la Habitación es el cubículo donde lleva siete años encerrada. Con gran tesón e ingenio, ha creado en ese reducido espacio una vida para su hijo, y su amor por él es lo único que le permite soportar lo insoportable. Pero la curiosidad de uno crece a la par que la desesperación de la otra. Sólo queda urdir la huida, un plan más arriesgado de lo que ambos puedan imaginar.

Un libro demoledor sobre cómo afrontar el horror del cautiverio y al mismo tiempo un libro lleno de una ternura inimaginable. La voz del narrador, un niño de cinco años, es como un velo de colores que distorsiona nuestra percepción de la realidad, y al terminar el libro nos damos cuenta de que hemos incorporado esa distorsión en nuestra vida para siempre, que la realidad a través de ese velo es infinitamente más rica y sorprendente.

Hace unos días fuimos a ver la película basada en este libro, y me alegré muchísimo cuando Brie Larson se llevó el Oscar a la mejor actriz. El libro se publicó en español en 2010 y con el paso de los años parece que había ido cayendo en el olvido. Nosotros lo recomendamos mucho cuando salió pero otros libros muy buenos fueron llegando, pilas y pilas y pilas de novedades frescas e invasoras ocuparon su espacio y relegaron esta maravilla a un fondo de biblioteca con más polvo del que debería. Y me alegro por esta nueva vida que la película le ha dado a esta historia. Porque es impactante y emotiva y remueve muchas cosas que nunca deberíamos dejar que se durmieran en nuestro interior. Y porque el mundo se vuelve más complejo después de leerlo. Y mucho, mucho más interesante.



viernes, 11 de marzo de 2016

QUÉ VEMOS CUANDO LEEMOS

Leo un libro sobre una ruta a pie por los Apeninos. Me imagino los pinos, los bosques, los crujidos que provocan los animalillos en la maleza, el calor (aunque no recuerdo que el autor precise la época del año), veo el caracol que intenta cruzar imprudentemente el camino, toco su caparazón. Veo todo eso. Es decir, me lo imagino. Como nunca he estado en los Apeninos y cuando los crucé lo hice por los túneles de la autopista que va de Florencia a Bolonia, sustituyo sus bosques y su realidad por bosques y realidades similares que con los años he ido almacenando en mi memoria. Cambio los restos de la Via Flaminia por los restos de la calzada romana que más conozco, la que parte de Cercedilla; cambio aquellos pinos por los pinos de la Sierra de Guadarrama, o quizá los de Menorca, por aproximarme un poco más a Italia; rebusco en la galería de fotos y sensaciones de mi memoria para imaginar lo que estoy leyendo y así, poder verlo. Y lo hago, reconstruyendo el libro a mi manera. En el fondo, inventándomelo. Así, mi lectura de la ruta a pie por los Apeninos nada tiene que ver con la tuya,  lector de este blog, porque tu galería de recuerdos es otra. Ni, por supuesto, con la del autor, que sí que ha estado en los Apeninos, y además ha vivido el viaje antes de contarlo. 

Leer es crear. Es inventar. Es trasladar a nuestra realidad una realidad que, en buena medida, nos resulta totalmente desconocida. O mejor, sustituir esa realidad desconocida por nuestra propia experiencia. 
¿Qué vemos cuando leemos? 
¿Vemos las facciones de Anna Karenina? Tolstoi nos habla de manos delgadas, de elegancia en los gestos, de impulsividad. ¿Cómo es un rostro elegante, impulsivo y de manos delgadas? 
Aunque pensemos que sí vemos las facciones de Anna Karenina, en realidad no es así. Vemos una idea, un concepto construido en nuestra percepción mediante datos imprecisos: manos delgadas, elegancia, impulsividad. Anna Karenina es una abstracción, reducimos el personaje a un símbolo en nuestra cabeza (un símbolo que se va transformando a medida que vamos avanzando en la lectura y añadiendo información) para hacerlo comprensible. 

A casi nadie le gusta una película basada en un libro que ya ha leído. La ambientación, y sobre todo los actores, a menudo traicionan la idea que nos habíamos hecho de ellos. Y la traicionan no porque sean en sí mismos inexactos o poco fieles al original, sino porque nuestra lectura del libro los había convertido en nuestros. Al leer, nos apropiamos de la historia. Los Apeninos del autor son mi Sierra de Guadarrama, y no quiero que me la quiten. El rostro de Anna Karenina es una nebulosa en mi cabeza, un concepto casi abstracto que difícilmente podré materializarlo en unas facciones concretas, sin embargo sí sé que no puede ser el rostro de Keira Knightley, por mucho que me guste la película.

Sobre estos temas, y muchos otros relacionados con lo que significa ese cotidiano acto de leer, trata este libro. Meterse en él es como mirarse hacia dentro y analizar qué hacemos cuando leemos. A simple vista, parece que poca cosa. Pero observado de cerca, con el microscopio que nos facilita la argumentación escrita y visual de Peter Mendelsund, los engranajes mentales que se ponen en marcha cuando leemos son verdaderamente fascinantes. 



martes, 8 de marzo de 2016

MUJERES

Erasmo de Rotterdam: "La mujer es mujer, es decir loca, sea cual sea el disfraz que adopte".
Aristóteles: "La mujer es inferior por naturaleza, es un varón mutilado".
Santo Tomás de Aquino: "La mujer es un error de la naturaleza: nace de un esperma en mal estado".

La tradición cultural ha sembrado de agujeros la historia de la Humanidad. Ha tratado a las mujeres como personas inferiores, con capacidades inferiores, relegando sus vidas y sus logros al menosprecio, y de ahí, al olvido. Recuperar la presencia de las mujeres en la historia requiere a menudo un esfuerzo arqueológico. Sus vestigios están en ruinas, rotos y desperdigados por siglos de indiferencia masculina, y para llegar a ellos hay que apartar los restos de los hombres, abrumadores, totalizadores y con una estúpida e infantil tendencia a querer ocupar toda la atención y todo el espacio. 

La historia de la civilización occidental es un gran puzle cuyas piezas femeninas han sido sustituidas, sistemáticamente, por piezas masculinas. Y este libro de Galeano se propone devolver a su sitio alguna de esas piezas robadas y olvidadas, arrebatando del olvido pequeñas historias de mujeres conocidas por su talento (Camille Claudel, Marie Curie, Frida Kahlo) o por su lucha por una causa (Rosa Luxemburgo, Rigoberta Menchu). Y también, historias de mujeres anónimas, que nunca entrarán en los libros de historia, mujeres que participaron en hazañas colectivas como la Comuna de París o la revolución mexicana, prostitutas, modelos, actrices o panaderas que en algún momento de sus vidas se negaron a obedecer, servir y callar y se atrevieron a salir a la calle, a no atender a soldados que hubieran participado en represiones de obreros, a cantar y actuar y enseñar cuando la Iglesia lo prohibía y a desafiar a Aristóteles, San Pablo, Erasmo y demás eminencias misóginas de la historia para reivindicar que ellas también tenían alma, sabían impartir clases y no, señores filósofos, no estaban locas. 



lunes, 7 de marzo de 2016

LA FLOR PÚRPURA

Hay una autora de nombre imposible de recordar cuyos libros se venden como si estuvieran prohibidos. La gente se los lleva con ansia, con secretismo y ojos encendidos. A veces los envuelvo para regalo y, al pegar el último trocito de celo en el papel estampado, la clienta me lo quita de las manos y se lo mete en el bolso con premura, rechazando la bolsa que le ofrezco, como si alguien se lo fuera a arrebatar y no quisiera que nadie viera lo que ha comprado. Los títulos de sus libros sugieren colores fogosos, nombres exiliados y plantas exóticas. Y también, una actitud ante uno mismo y ante la vida que, como ella bien dice, todos deberíamos compartir. 

Acabo de terminar su primera novela, La flor púrpura, escrita con 25 años, y ando fascinado. ¿Qué vivencias se esconden tras una escritura tan serena, tan sabia, tan desprovista de ira y de afán de venganza? Lo más lógico sería esperar que esta historia hubiera sido contada para saldar cuentas; desde el dolor, por ejemplo, para asumir el papel de víctima que ansía reconocimiento, o desde la rabia, para asumir el papel de vengadora que reclama justicia. Pero no. La voz de la protagonista, una adolescente de quince años, es de una inocencia desarmante, una inocencia rota que sabe mucho más de lo que quiere admitir, pero que no busca redimirse ni encontrarse en su herida sino contar una historia que realmente merece ser contada. 

Eugene es un héroe en Nigeria. Defensor de la democracia en tiempos de revueltas militares, empresario de éxito, generoso con los pobres, un perfecto producto colonial en su devoción por lo inglés y la educación. Poderoso, influyente y carismático de puertas afuera. Dictador, maltratador y represor con su mujer y sus hijos. 
Eugene es un padre modélico. El padre que todas las chicas querrían tener. Y Kambili lo venera como a un ser superior. Y se adapta a las normas, al silencio de su vida cotidiana, al estricto horario diseñado por su padre para que nunca dude qué debe hacer o en qué tiene que emplear su tiempo para convertirse en la mejor estudiante de su instituto, en la futura mujer perfecta. Se adapta a la violencia escondida detrás de cada gesto de amor, otorgado como un regalo que debe devolverse de una manera determinada, una inversión que debe ser retribuida. Se adapta a una exigencia siempre en busca de cotas más altas de sacrificio hasta que pasa unos días con su hermano en casa de su tía Ifeoma y al volver, la superficie impoluta de su rutina, con su ritmo invariable de éxitos y castigos, empezará a resquebrajarse hasta desmoronarse por completo. 

La tía Ifeoma es el contrapunto de Eugene. Viuda, profesora de universidad, enérgica, descarada, exuberante, llena de vida. En su casa, los niños preguntan, los niños gritan, se increpan. En su casa, las preguntas se abren como mangos maduros y nadie admite que se queden sin respuesta. Kambili, por primera vez en su vida, ve cómo en las comidas sus primos hablan libremente, se dirigen sin temor ni vacilación a cualquiera y respiran aire a voluntad. Se ríen. En casa de Ifeoma se ríe y ella dirige la alegría de sus hijos con el orgullo de un entrenador de fútbol contento con su equipo. Y el aprendizaje de esa risa y de esa complicidad será un viaje del que Kambili regresará transformada para siempre. 

Chimamanda Ngozi Adichie

La flor púrpura es una novela de iniciación. De iniciación a la vida, al amor, a la brutalidad, a la búsqueda de preguntas que conformen su identidad, a la pérdida de un referente paterno y la necesidad de encontrar algo sólido que pueda rellenar ese vacío. La violencia del padre, aislada en fogonazos que llegan de improvisto y dejan al lector aturdido por su intensidad, es producto de la enfermedad que genera el fanatismo religioso: Eugene se considera en el deber de establecer lo que es correcto y lo que es impío, impartiendo castigos para expiar el pecado de cada conducta de sus hijos y de su mujer que él cree que debe corregirse. Con golpes, con latigazos, con quemaduras, con una violencia que él ejerce con dolor, con lágrimas en los ojos, convencido de que es lo mejor para ellos, que deben aprender a corregir sus errores. Una violencia que deja en su familia vidas interiores hechas pedazos, personas rotas que nunca logran recomponerse del todo porque los lugares en los que encajaban dichos pedazos han desaparecido. 

Sin embargo, cuando ya no queda nada, cuando Ifeoma emigra del país en busca de un futuro mejor, o agua potable, o electricidad, o una vida un poco más digna para sus hijos, Kambili sabe que siempre podrá volver adonde fue feliz, al lugar donde conoció la libertad de preguntar y de amar, un lugar que lleva ya incorporado en su interior y que "tenía el poder de liberar algo atrapado en el fondo de su estómago que subía hasta la garganta y surgía en forma de canción de libertad. En forma de risa". 


viernes, 4 de marzo de 2016

MOIRA

Una literatura inquietante la de Julien Green, nacido en París de padres norteamericanos con raíces sureñas. Nació en 1900 y murió en 1998, así que prácticamente abarcó todo el siglo XX. Fue el primer miembro no francés (nunca perdió la nacionalidad norteamericana ni aceptó la francesa que le ofrecieron) que perteneció a la Académie de France. Escribió una obra ingente que incluye novelas, ensayos, teatro, cuentos, hagiografías, diarios, etc.

Moira es una novela a medio camino entre el género negro y el relato gótico y me ha recordado algunos de los perfiles de los personajes de Dostoievski. Una obra maestra de la literatura en la que Julien Green nos adentra en la mente desquiciada de un personaje que hace de la religión un fanatismo y una desmesura.

Joseph Day, el protagonista, es un joven hipersensible y paranoico que se inicia en la universidad con una fijación fanática religiosa pero que llegamos a conocer y a sentir muy próximo, con una conciencia que le aboca a la marginación y a sentimientos encontrados de soledad y exaltación. Una vida que busca lo absoluto a través de dios, volcada en el lado oscuro de la religión, ignorando que hay un abismo entre el yo ideal y el yo cotidiano. Busca formas de evasión en su necesidad vital de encontrar espacios que den un significado a su existencia y aboca su vida a la tragedia.

Profundidad y amenidad en un relato que te absorbe hasta la última línea, con un final inesperado.



martes, 1 de marzo de 2016

Editoriales afines (II): Nórdica

Hay una viñeta en los libros de Astérix que me encanta. Se repite en unas cuantas historietas y cada vez que la veo me parto. Aparece la nariz de Obélix en primer plano, girada en un ángulo casi imposible hacia el olor a jabalí que acaba de llegarle, proveniente del bosque. A veces no puedo evitarlo y mi nariz cobra vida propia y hace cosas parecidas al volver a casa cuando el olor de la cena inunda la escalera hasta el portal. Pero no solamente sucede con el olor a comida (o a futura comida, como en el caso de Obélix). También ocurre con la visión de cosas hermosas. A mí me pasa, en concreto, con la visión de libros hermosos. De muchos libros hermosos juntos. Me pasa, por ejemplo, cada vez que paso por delante de los libros de la editorial Nórdica, todos bien juntitos en su sección, y cometo la imprudencia de mirar sus portadas. Se me olvida si iba o venía de la trastienda o la novedad que justo en ese momento estaba recibiendo y sólo pienso que quiero leer éste de Kipling y ése de Irving (pero ¿lo has visto?) y aquél de Dostoievsky (¡pero qué pintaza!).

10 años.
200 títulos.
Una editorial que nació con la ambición de convertirse en un "referente de las diferentes literaturas de los países nórdicos", por citar a Diego Moreno, el editor, y que con los años ha ido incluyendo clásicos de otras procedencias en libros ilustrados editados con una calidad excepcional.
A mí me admira su trabajo. Editar veinte libros al año, lograr una selección cuidada, inteligente, exquisita, reunir a los mejores ilustradores para convertir cada título en una joya y conseguir que nos apetezcan sus libros, sean cuales sean, simplemente porque los editan ellos.

Me admira su trabajo.
Al igual que muchos clientes me dicen con envidia que siempre han querido ser libreros y que qué trabajo más bonito, ahí, tan a gusto, rodeado de libros, yo a veces sueño con crear una editorial así como Nórdica, con un proyecto definido y generoso que dé sentido a unas cuantas ambiciones y haga felices a libreros y lectores exigentes y curiosos. Y ya, si es capaz de estimular los sentidos como los jabalíes la delicada nariz de Obélix, sería la gloria.

De Nórdica nos gustan muchos libros, decenas de ellos. Aquí os dejamos las reseñas que hemos escrito de algunos imprescindibles:












jueves, 25 de febrero de 2016

PARIS-AUSTERLITZ

Leo en la faja de este libro: 
"El mejor escritor español del siglo XXI". 
"El cronista moral de la realidad española reciente".

Y a raíz de su muerte en agosto de 2015, escuchaba: 
"La gran pérdida de las letras españolas". 
"La literatura española se ha quedado huérfana". 
Y me callaba, ante tanto aplauso unánime, el hecho de que el único libro que había empezado de él, En la orilla, no había podido terminarlo.

Todas las reseñas que he leído de Paris-Austerlitz, su librito póstumo, publicado en enero, se centran en la obra del autor, en su importancia, en que aunque sin duda este es un libro menor dentro de su imponente legado, está lleno de su más íntima esencia, y se lanzan a trazar análisis comparativos, a destacar temas comunes y subrayar sus triunfos más logrados. 

Yo poco puedo añadir al respecto. De En la orilla recuerdo un mundo oscuro, sórdido, moralmente envenenado que me repelió al instante y del que quise alejarme instintivamente, sin meditar mucho las razones. Y algo de eso he encontrado también en Paris-Austerlitz, pero enfocado de otra forma, o quizá con otros caminos más transitables para mi sensibilidad. He encontrado algo en esta historia, algo que sé que no me pertenece, un paisaje que, aunque no me acoja ni refleje nada de lo que soy, me es familiar, como una vieja canción cuya melodía podría tararear pero de la que jamás podría recordar la letra. En el mundo literario de Chirbes podría vivir, pero sólo de paso, de visita. Admiro su lenguaje, las imágenes, las dobleces sutiles y perfiladas de su fluidez narrativa. Releo ciertos párrafos y me gustan, me gustan de verdad. Pero de lejos. Con cuidado. Espero no llegar nunca a vivir ni sentir como sus personajes. Su París no es mi París (que conozco, como Chirbes, por haber vivido un tiempo). Su París es una ciudad gris perla, color pastis, invernal, que me afecta y que visito como un invitado fascinado y a la vez intimidado por su rudeza y su hostilidad.

Paris-Austerlitz cuenta la relación sentimental entre un hombre maduro, de clase obrera, agonizante en una cama de hospital, y un joven pintor extranjero cuyo amor ha languidecido hasta convertirse en compasión, o desagrado, o responsabilidad. Es una historia de amor desigual, de amor que se hunde en palabras emborronadas y dispersas, en una vida de bares, de suspicacias y desencuentros. Ambos son víctimas en busca de afecto, de una piel, la que sea, contra la que hundir sus miedos y su deseo; un calor en la cama, un cuerpo sobre el que dormirse cada día, una compañía para tratar de olvidar. Ambos aman, quizá, para pedir auxilio, para no estar solos, para no ceder a la evidencia de que el amor caduca y el deseo se extingue. 

Es posible que lea algo más de Chirbes. Crematorio, cuyo tema me apasiona. O alguna de sus primeras novelas. Pero si lo hago, ya estoy avisado de que será una lectura de visita, un viaje con el billete de vuelta sacado de antemano. 


lunes, 22 de febrero de 2016

¡ASÍ DE GRANDE!

¡Un gozoso descubrimiento en la librería! Hacía meses que ¡Así de grande!, una novela de Edna Ferber publicada por Nórdica Libros, estaba ahí sin que nadie le dedicara una mirada. Óscar me la ofreció sin haberla leído, pero confiando en la excelente opinión que le merece esta pequeña y exquisita editorial.

Este fin de semana tormentoso se iluminó para mí gracias a la lectura de esta novela deliciosa que hizo vibrar todas las cuerdas de mis emociones. Me enamoré de Selina, su principal personaje, una mujer fuerte, personalísima, de carácter firme e ideas claras que ama la belleza y no decae en el esfuerzo, que busca la verdad allí donde se encuentre.

No conocía nada de esta escritora estadounidense, hija de judíos húngaros y mi sorpresa ha llegado cuando veo que esta novela, escrita en 1924, ganó el premio Pulitzer el año siguiente. Además, fue llevada al cine en tres ocasiones: la primera en versión muda, la segunda en 1932 y la tercera en 1953, protagonizada por Jane Wyman. En 1942 se hizo una versión radiofónica.
En Estados Unidos se le dedicó una serie de sellos postales y en su ciudad natal, una escuela de primaria lleva su nombre. Escribió cuentos, novelas cortas, musicales, guiones, obras de teatro, una obra amplísima que tuvo mucho éxito. Películas tan famosas como Cimarrón y Gigante están basadas en sus novelas. No se casó nunca y en la amplia bibliografía sobre la autora y también en sus dos autobiografías se hace eco de su lesbianismo.

¡Así de grande! está inspirada en la vida de Antje Paarlberg. Ocurre en un suburbio de Chicago, y Selina, su protagonista, se inicia en la vida al lado de su padre, un jugador que cuando dispone de ganancias ofrece a su hija lo mejor: restaurantes, teatros, una buena vida..., y cuando pierde, hace lo posible para adaptarse a lo que tienen. Muere su padre cuando ella tiene 18 años y decide irse de maestra a un núcleo rural cercano a Chicago donde ejerce la profesión durante un curso en condiciones miserables. Se enamora de un granjero bondadoso pero de pocas luces y ahí empieza su lucha por salir adelante, puesta su ilusión en su hijo Dirk a quien de bebé llama "So big" ("Así de grande"). Ese niño será el motor de todos sus esfuerzos. Cuando se queda viuda consigue transformar una pobre granja en una exquisita explotación que aunque es pequeña le sirve para poder dar estudios a su hijo.

La relación que en el inicio estableció con Roelf, un niño de 12 años, hijo del matrimonio que el primer año de maestra la acogió, es el punto de inflexión que marca la búsqueda de la belleza que durante toda la vida de Selina será una utopía. Un importante personaje final, Dallas O´Mara, pondrá a Dirk ante el espejo de la verdad que representa su madre y el éxito económico pero falso que le hizo abandonar su carrera de Arquitectura por bonos financieros.

Una pequeña obra de arte de 293 páginas que da pena que se nos termine.

viernes, 19 de febrero de 2016

LOS ASESINOS DEL EMPERADOR

Casi nunca releo un libro. ¿Para qué? Hay tantísimos libros maravillosos que nunca tendré tiempo de leer, que releer me parece un vicio indefendible. Aburrido, además. Es como viajar siempre al mismo lugar, esa idea tradicional que nunca entenderé de los veraneos en la casa de la playa. Con lo estimulante que es salir a conocer sitios nuevos, arriesgarse con los destinos y dejarse sorprender por lo que venga. 
Releer es como refugiarse en ideas antiguas con las que ya estuvimos de acuerdo para huir de aquellas más nuevas que pueden ponernos en un aprieto. Arrebujarse en el sofá de siempre a ver fotografías ya vistas. 

Sí, releer es un vicio indefendible. Así que no voy a tratar de defenderlo ahora. Y menos cuando acabo de releer un mamotreto de 1224 páginas con una excitación que me recuerda a cuando me embarqué por primera vez junto a la tripulación de Long John Silver rumbo a la isla del tesoro.
Despertarme, desayunar, leer leer leer, ir a trabajar, comer, volver al trabajo y contar las horas que faltan para volver a leer leer leer. Un frenesí de chiquillo, de deslumbramiento ante una historia que no pierde encanto ni frescura con la relectura. Debe de ser una cuestión de química neuronal provocada por la evocación de la antigua Roma. Sí debe de ser eso: la construcción del Coliseo, guardias pretorianos, traiciones, envenenamientos, la erupción del Vesubio, gladiadores y gladiadoras, emperadores conspiranoicos y unos asesinos armados hasta los dientes reptando sigilosamente por las cloacas de la ciudad más populosa del mundo para llevar a cabo un plan imposible. Todo eso junto y bien contado es como la chispa que enciende una hoguera, como escuchar el tema musical de La Comarca al inicio de la película El Señor de los Anillos y volver a un estado de excitación infantil que no se experimenta casi con nada más. 

1224 páginas. 
P. me mira entre curiosa e incrédula: ¿en serio? 
Sí, porque es el primer volumen de una trilogía sobre la vida de Trajano, el primer emperador romano de origen hispano, y no he leído la continuación, Circo Máximo, y el tercero sale ya, el 23 de febrero y no me acuerdo bien de éste, y es que me lo paso bomba. 
Y poco importan, al final, las pequeñas torpezas lingüísticas del texto, las erratas aisladas y el hecho un poco incomprensible de que ni el autor ni el corrector de las pruebas sepan que en español, además de "porque", "porqué" y "por qué", existe también "por que". La historia y el pulso narrativo de Posteguillo lo pueden todo. Y me olvido de la precisión literaria (como me olvido de los gazapos de mis películas favoritas) porque hay muy pocos libros, poquísimos, que tengan el poder de hacérmelo pasar tan bien. 

En la librería lo suelo recomendar como el mejor escritor español de novela histórica. Lo suelto sin más, sin pretender herir a nadie ni arriesgarme a muchas comparaciones. Porque es una evidencia. Nadie escribe con el rigor histórico, la pasión y la eficacia de Santiago Posteguillo. 
Sus libros son como monumentos. Novelones a los que uno regresa con admiración infantil, con los ojos de acercarse, por ejemplo, al acueducto de Segovia o al teatro romano de Mérida, acariciar las piedras y mirar hacia arriba mientras viajamos en el tiempo.


martes, 16 de febrero de 2016

CARTAS A KATHERINE WHITMORE

Con un placer especial, esta semana he vuelto a tener en mis manos una nueva edición de las Cartas a Katherine del poeta Pedro Salinas, unas cartas que se publicaron por primera vez en 2004 después de que hubieran transcurrido veinte años de la muerte de Katherine, según fue su voluntad. Abarcan desde 1932 a 1947.

Esas maravillosas y apasionadas cartas cambiaron la perspectiva que hasta entonces se había tenido de la vida de Salinas y especialmente de la identidad de la persona que había inspirado lo mejor de su poética, la trilogía formada por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento.

Cuando las leí por primera vez hace doce años me deslumbraron. Antes había leído su poesía, pero después de leer las cartas tuve que volver de nuevo a ella con otra mirada porque su significado cambió. En esa correspondencia y también en la que mantuvo tantos años con su mejor amigo el poeta Jorge Guillén, con su mujer, Margarita, con sus hijos, con tantos amigos poetas de la Generación del 27 donde también estaban las mujeres, aquellas que llamaban "Sin Sombrero" como María Zambrano o Rosa Chacel, descubrí su nostalgia, su profundo amor por España y también su dolor por el exilio, por no haber podido regresar a su país, del que se marchó de forma provisional para realizar un curso como profesor invitado y al que la guerra civil impidió regresar, como le pasó a la mayoría de la disidencia intelectual. 

Escritores, poetas y artistas tan importantes como Alberti, León Felipe, María Zambrano, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Max Aub, Ayala, Bergamín, Buñuel, Sender, Pau Casals, Halffter, Madariaga, Margarita Xirgu..., todos tuvieron que exiliarse.

Una reflexión sobre su poesía que refleja la nostalgia del exilio: "estos poemas los escribí lejos de mi país, cada vez más mío en mi querer y sueño..., abrazado a mi idioma como incomparable bien".

En estas cartas, Salinas refleja de forma bellísima y explícita el "amor en vilo" que en su madurez le inspiró Katherine, una profesora norteamericana de literatura con la que compartió un tiempo breve pero intenso de esa vida poética, donde exponía y deshacía sus juegos intelectuales, sus pasiones, sus temores y sus esperanzas más recónditas.

Dentro de mí, Pedro Salinas sigue viviendo en su poesía. Ha sido uno de los regalos más importantes que he recibido en mi larga travesía como lectora y librera.


domingo, 14 de febrero de 2016

SPOTLIGHT

Ayer fui al cine a ver Spotlight. Me alegró mucho ver la sala llena y formar parte del silencio sepulcral en el que se quedó el público al terminar la película. Está nominada a seis Oscars. Se los merece todos. 

Esta no es una reseña de un libro, porque lamentablemente no hay ningún libro disponible actualmente, ni en inglés ni en español, sobre este caso. Si lo hubiera, no dudaría en llenar escaparate, mostrador y estanterías con decenas de ejemplares. Cualquier cosa, cualquiera, para contar esta historia.

Un cura escoge a un niño, preferiblemente pobre, de familia desestructurada, con pocos recursos y dependiente de la beneficiencia católica. Le demuestra afecto, le protege, le acaricia, le sonríe. Y al cabo de unas semanas, le viola. Durante meses. Un año. Dos. La curia lo sabe y antes de que la familia se queje o el niño crezca lo suficiente como para reunir coraje para denunciarlo, lo traslada a otra ciudad. Donde el cura escoge a otro niño, preferiblemente pobre, de familia desestructurada, le demuestra afecto, le protege, le acaricia, le sonríe. Y le viola. Al cabo de otros dos o tres años, otro traslado. Y así, una y otra vez. Diez curas. Cincuenta, cien, quinientos, miles de curas en todo el mundo. Miles de curas abusando de niños, violando niños.

A veces, algún niño saca fuerzas suficientes para superar el trauma y la vergüenza y denunciar a su violador. A veces, tiene la suerte de encontrar a un abogado con la fortaleza y la sensibilidad necesarias para llevar el caso a los tribunales. Entonces, la curia se reúne con la parte demandante para llegar a un acuerdo, con un cheque encima de la mesa y un pacto de silencio sobre un hecho aislado, "una manzana podrida", según sus palabras, que no merece salir a la luz y enturbiar la buena obra de la Iglesia en la sociedad. 

Miles de curas católicos que violan a niños bajo la protección de sus superiores. Con la complicidad de sus superiores. Y cuando estalla el escándalo, cuando un grupo de cuatro periodistas de The Boston Globe publica un reportaje con los datos de 87 curas pedófilos solamente en la ciudad de Boston que violaron a niños durante décadas con la connivencia de sus superiores, el cardenal Law, máximo responsable de la impunidad de estos violadores, dimite de su cargo en la ciudad y es nombrado, apenas dos años después, arzobispo de la Basílica di Santa Maria Maggiore en Roma por el papa Juan Pablo II, en lo que éste último calificó de "un paso importante en el proceso de curación". 

No sabemos a qué curación se refería, si a la de la pobre alma atormentada del viejo cardenal o a la imposible curación de los miles de niños violados por curas católicos de todo el mundo, niños que vivirán ya toda su vida con ese trauma y cuyos violadores han quedado y siguen quedando, en su inmensa mayoría, impunes, protegidos por una Iglesia corrupta y criminal. 


viernes, 12 de febrero de 2016

ELLA, TAN AMADA

Melania G. Mazzucco ha llevado a cabo una recreación memorable en esta novela inspirada en la apasionada y azarosa vida de Annemarie Schwarzenbach, uno de los personajes más inquietantes de la intelectualidad europea. Escritora, arqueóloga, fotógrafa, periodista, pianista y viajera, excepcional por su valentía, siempre huyendo y también siempre en espera de algo que nunca alcanzó porque una muerte temprana y accidental se la llevó con 34 años.

Su madre Renée, en un fatal juego de espejos, la amó y la odió profundamente, primero haciéndola exactamente como ella hubiera querido ser y después, cuando su hija se manifestó libremente sin prejuicios ni ataduras al convencionalismo de la época, no aceptó sus pasiones y siempre la castigó incluso con violencia, cuando se dio cuenta de que establecía relaciones demasiado íntimas con profesoras, compañeras o primas.

Renée siempre había respetado las apariencias encerrando en el sagrado círculo de lo privado sus secretos, el más importante la relación sentimental que mantuvo con Emmy Krüger, cantante de ópera que formó parte de la familia más tiempo que su propio matrimonio.

Huyendo del papel que su madre le había asignado, tuvo una apasionada relación con los dos hijos de Thomas Mann, Erika y Klaus, y se casó con Claude Clarac, un diplomático francés con el que convivió durante seis meses en Irán y con el que tuvo una peculiar relación casi fraternal. 

Mi primer contacto con Annemarie fue a través de El camino cruel, libro escrito por Ella Maillart donde relata un viaje desde Suiza hasta Afganistán que realizaron estas dos mujeres solas en 1939 en un Ford huyendo de la barbarie nazi que se estaba extendiendo por toda Europa. Como periodistas y fotógrafas, emprendieron un camino de huida, en el caso de Annemarie que pasaba por una etapa de intoxicación por drogas. Parece que hubo una forma de amor platónico.

Es una novela intensa, apasionada, de 560 páginas, que me ha dejado con frecuencia sin aliento y he tenido que aparcarla por un tiempo, sabiendo que no podía dejarla, que me estaba esperando, porque una vida como la de Annemarie no puedes perdértela y si te la cuenta Melania G. Mazzucco, además es una obra de arte.

lunes, 8 de febrero de 2016

CANSASUELOS

Me gustan los libros que te mueven a hacer cosas. Se meten en tu circuito sanguíneo con algún párrafo especial o una ocurrencia insólita y la adrenalina que te inoculan ya no te deja en paz. Libros cojoneros, a veces, que se te quedan zumbando en la cabeza y hasta que no vas a visitar a tu tía la del pueblo que hace mil años que no ves o te decides por fin a adoptar un perro bonachón que no suelte mucho pelo, no hay forma de que se callen. Libros que no están hechos para leer en plan erudito, con la tacita de té y el bloc de notas y la barbilla ligeramente levantada para pretender mirar el mundo desde un poco más arriba. Libros que te pinchan las ganas y están dispuestos a darte una buena patada en el culo como te rindas a la pereza dominguera de acumular lecturas sin terminar en el sofá. 

He leído este libro en ratitos robados a un sábado en la librería. A veces entraba un cliente silencioso y tardaba en darme cuenta, o no me daba cuenta en absoluto, hasta que venía al mostrador con cara de no quería molestarte, pero... y me sacaba de la historia para consultarme sobre un autor. Ojalá muchos más libros se dejaran leer así, a ráfagas, con deleite y vorazmente, sin sentir que el autor te obliga a pensar cada frase y admirar la arquitectura artística de sus juegos literarios. Una primera frase resultona. Un propósito. Un placer para compartir. Y adelante con tu viaje. 

Este libro tiene muchas historias. Seis días a pie por los Apeninos, en buena compañía, dan para mucho. Sobre todo si viajas, como Ander, con la imaginación alerta para distinguir nazis entre la maleza, penes minúsculos que según desde dónde los mires pueden recuperar su tamaño verdadero, exprimidores de limones en cúpulas renacentistas y sutiles dilemas morales sobre qué hacer con un caracol que cruza un camino de montaña. He señalado pasajes para leérselos a P. en nuestras pausas, con la voz de mira mira mira esto, que no te lo puedes perder, y eso no lo hago casi nunca. Y sobre todo, Cansasuelos me ha transmitido el virus de la montaña, ese que te hace desear a toda costa desgastar suelas por senderos no asfaltados y respirar la naturaleza al ritmo silencioso de tus pasos. 

Me gustan los libros que te mueven a viajar. Y éste es uno de ellos. 
De hecho, si me quedaran un poquito más cerca los Apeninos y tuviera seis días libres seguidos, no habría dudado en proponerle a P. una escapadita para triscar por los montes y buscar todas esas ruinas antiguas, vestigios nazis, trocitos de calzadas romanas y naturaleza casi virgen que invita al silencio que describe el autor de este libro. De momento, nos conformaremos con esperar a las próximas vacaciones y tirar para el norte de España con mapa, provisiones y cantimplora, para añadir nuestras huellas a todas las huellas de viajeros que a lo largo de los siglos han probado a cansar el suelo sin conseguirlo y, por qué no, terminar de decidir qué hacer con los caracoles suicidas que se lanzan a cruzar los caminos sin mirar. 

Ander Izagirre

miércoles, 3 de febrero de 2016

SHAKESPEARE Y LA BALLENA BLANCA

No tengo ni idea de cómo nació este libro, pero me imagino que pudo ser algo así: un escritor joven llamado Jon Bilbao, fascinado con Shakespeare y con Melville, decide meter a los dos autores en el mismo saco como si fuera un prestidigitador itinerante, removerlo todo bien, decir sus palabras mágicas (esas que nadie más que él conoce) y sacar esta fábula asombrosa de la chistera para encandilarnos y dejarnos a todos con la boca abierta.
Lo he pensado despacio, le he buscado un poco las cosquillas a la estructura de la novela, y aún no sé cómo lo ha hecho. ¿Shakespeare soñando con llevar la historia de Moby Dick a las tablas de su teatro? ¿Convertir a una ballena y la obsesión de su perseguidor en protagonistas creíbles de una función? ¿Shakespeare soñando los sueños de Melville? ¿En serio?
Pues sí.

La historia transcurre en 1601 a bordo de un buque de guerra vaciado de sus componentes bélicos para transportar una misión diplomática a Dinamarca. Marineros curtidos, viejos soldados, un puñado de nobles entre los cuales se encuentra Henry Wriothesley, probable inspirador de los sonetos del dramaturgo, si no de otras pasiones más mundanas, y el propio William Shakespeare. En medio del Atlántico, unas nubes densas y de color extraño se ciernen sobre el buque y acercan tanto el cielo y el mar que ambos acaban confundidos en una misma humedad azul verdosa. Este hecho sume en el desconcierto a todos los tripulantes y, como si fuera un heraldo de sucesos extraordinarios, anuncia la llegada de la gran ballena blanca, monstruo fabuloso que el dramaturgo ya no podrá sacarse de la cabeza. Es lo que siempre había ansiado, un protagonista excepcional, un ser portentoso que llegaran a conocer incluso aquellos que nunca hubieran pisado un teatro. Un Aquiles moderno, un Edipo, "un personaje que fuera sinónimo de una actitud. Un personaje de nombre contundente y sonoro, al mismo tiempo un grito y un lamento". 

Moby Dick. 
Shakespeare. 
El sueño de una obra de teatro en la que aparezca una ballena en escena, con la locura logística y conceptual que eso supone.
Una historia poderosa que no se deja representar, como si "poseyera vida propia y anduviera a la búsqueda de un cuerpo en el que encarnarse, pero ninguno se ajustara a sus dimensiones". 
Y una travesía en barco de la que nadie, ni los posibles personajes en la cabeza del autor, conseguirán salir ilesos. 

Jon Bilbao ha escrito un libro originalísmo. Una fiesta de los sentidos y de la imaginación. 


viernes, 29 de enero de 2016

Editoriales afines (I): Libros del K.O.

Que la filosofía editorial es importante lo sabe cualquier autor que haya pasado de una editorial a otra. Importan el proyecto, la coherencia y la sensibilidad a la hora de elegir la publicidad. Importan la ambición de llegar hasta el lector, la relación con los libreros y los buenos materiales. Importan, claro, el papel, el diseño de portadas y que sea reconocible en medio de cualquier otra. El tipo de letra, las fajas, qué palabras utiliza para promocionarse, los textos de las contraportadas, las tapas, el olor, el cosido o el pegado. 
Importan tantas cosas que a la hora de inaugurar un proyecto editorial, uno debe de volverse loco eligiendo. Como un niño con miles de piezas dispares que ensamblar y sólo un resultado posible: el que tiene ya en la cabeza y con el que lleva soñando semanas, meses, años. 

A veces leo libros por la editorial que los publica. El mismo libro en otra editorial no me llamaría en absoluto la atención. Hay editoriales que tienen implícito un sello de garantía. Se lo han ganado, año tras año, por haber conseguido ensamblar un proyecto sólido y atractivo en el que uno se siente reflejado.
Libros del K.O. es una de esas editoriales. Hace años, Jordi Herralde, editor de Anagrama, dijo en una conferencia que una editorial de no ficción era inviable en España. Ellos demuestran cada día hasta qué punto se equivocaba. 
Aquí os dejo las dos reseñas de Libros del K.O. que hemos publicado en nuestro blog. Son dos libros estupendos, no os los perdáis.

lunes, 25 de enero de 2016

LOS BASTARDOS DE PIZZOFALCONE

Ay, qué bueno es este hombre. Ocho libros lleva. Ocho libros suyos que he devorado con pasión, con avidez infantil y complacida por la certeza de disfrutar siempre con su forma de llevarme por sus tramas y su Nápoles de ayer y de hoy. 

Esta vez al comisario protagonista le acompañan cinco bastardos. Cinco policías que, como él, cargan con pasados conflictivos. Turbios, enigmáticos, indeseables en sus lugares de origen, van a parar a la comisaría maldita de Pizzofalcone. Los bastardos de Pizzofalcone. Todos ellos con algo que ocultar, con vidas secretas inconfesables, todos ellos furiosos y heridos, dispuestos a cualquier cosa para redimir su pasado y encontrar un equilibrio para sus pasiones. 

Cuando les asignen el asesinato de Cecilia de Santis, una dama de la alta sociedad, empezarán a buscar por donde siempre: el dinero y el odio. Buscarán en las relaciones cansadas, en los rencores nimios que se van acumulando, año tras año, hasta formar una masa compacta de frustración y desprecio. Buscarán en los contratos y sus intereses, en el estatus que da el dinero y la pose y al que, una vez alcanzado, ya es imposible renunciar. Buscarán por donde buscan todos. Pero quizá sólo ellos, los despreciados bastardos de Pizzofalcone, sepan buscar también donde nadie busca. En las mentiras, en los suspiros y en la piel que se ofrece sin reticencia. Quizá sólo ellos prueben a buscar en el amor. Porque tal vez ahí, precisamente, esté la razón de todo, "en una amistad de hace tiempo, en una mirada que alguien fijó en los ojos de otra persona durante más de una fracción de segundo. Porque así es como se genera una ilusión, con una mirada y una fracción de segundo. Y se imagina algo, y se acuna ese algo en brazos como un recién nacido para que crezca, y se alimenta ese algo hasta que se hace grande y ocupa todo el espacio."

Recibí este libro ilusionado, como un niño al que le plantan delante una de sus tartas favoritas y le dicen: es para ti. Pero la ilusión se convirtió en asombro, en incredulidad, y al instante en risas de felicidad cuando leí la faja promocional que la editorial le había puesto y descubrí que era una frase, sacada de este mismo blog, de la reseña que escribí sobre el primer libro de la serie, El método del cocodrilo. Y ahora, cada vez que paso por delante del libro en la librería, no puedo evitar guiñarle el ojo al bueno de Maurizio de Giovanni, pensando que la librería Benedetti le recubre la cintura con elogios, y no hay mejor reclamo que una librería rendida a la maestría de un autor.





jueves, 21 de enero de 2016

Presentación de UN PERRO en la librería

Cuando hace un par de meses, Alejandro Palomas se puso en contacto con la librera madre para anunciarle que vendría a la librería a presentar Un perro, la alegría no pudo ser mayor entre todos nosotros. Uno de nuestros escritores fetiche, autor de libros que habíamos leído y recomendado con tanto gusto, nos vendría a visitar y a hablarnos de su última novela. Aquella era una excusa fantástica, porque sabíamos que en realidad vendría a hablarnos de los grandes temas e intereses de su obra: la familia, la soledad, la emoción, la risa, la intensidad o la propia vida, sin más.

Y así fue. Ayer nos reunimos todos en un rincón de nuestro centro comercial, en círculo, alrededor de él, para escucharle hablar sobre sus novelas y para, como en una reunión con amigos de toda la vida, intentar averiguar por qué escribimos y leemos, cuáles son las fuentes de los personajes de sus novelas y cómo es eso de escribir.


La presentación corrió a cargo de Isabel, que no desaprovechó la ocasión para hablarnos no sólo de su pasión por la obra de Alejandro, sino también para reflexionar sobre la lectura y la escritura. Luego comenzó el diálogo y supimos que la vida y la obra de Palomas se rozan constantemente, que buena parte de lo que es Amalia, es él mismo o es su madre, y que lo que él quiere es que "la gente quiera a esta familia, porque es la mía". Y la queremos. Para los que hemos leído Una madre y Un perro, Amalia, Fer, R, Ingrid, Emma y Silvia son como nuestros vecinos simpáticos. Sacaríamos a pasear a R si Fer nos lo pidiera y reiríamos ante las ocurrencias de Amalia un día de paseo por el parque.

Alejandro Palomas e Isabel tejieron una conversación interesantísima sobre el mundo de la escritura y de la publicación de textos; y aprendimos que este autor ha sido capaz de crear su particular mundo con pequeñas piezas de un rompecabezas que va encajando poco a poco mediante la interrelación de pasado, presente y futuro. También aprendimos que escribió Un perro en dos meses y medio. Encerrado en su casa de campo, escuchando sin cesar el piano de Satie, modificó algún episodio para incluir en la novela las carpas que tan bellamente habían diseñado para la portada, reescribió la novela entera y devanó la creatividad para hacer creíble y entrañable el personaje de Amalia, el más lúcido y a la vez más desternillante de la novela. En esa casa de campo, acompañado por su perro Rulfo, dejó que los personajes le fueran hablando. Los escuchó y les fue dando vida de la forma tan natural como la leemos en su novela. Y, sin darse cuenta, dio nombre y vida a las realidades de todo aquél que se acerca a su obra y que ya no puede despegarse de ella por la atracción que ejercen su estilo, la sombra de Virginia Woolf en sus páginas y sus personajes.

Estamos agradecidos a todos los que os acercasteis ayer a conocer un poco más a Alejandro Palomas y su obra. Y, por supuesto, queremos mostrar nuestra gratitud al autor que hizo un alto en la Librería Benedetti y nos regaló su tiempo y su compañía y nos advirtió de que si nos habían encantado Una madre, Un hijo, o Un perro, no dejáramos de leer la que para él es, sin duda, su mejor obra, El tiempo que nos une.


Por Patricia Bejarano

lunes, 18 de enero de 2016

UN PERRO

Creo que el amor es lo que nos da seguridad y por eso es tan importante en nuestra vida, pero el miedo es un lastre terrible que hace naufragar los mejores sentimientos. Sólo cuando se vence el miedo empieza la vida a ser merecedora de disfrutarse, y el amor. ya sea familiar, de pareja o hacia un animal, puede ser experimentado en toda su grandeza. El amor, si conseguimos que se convierta en la mayor realidad de nuestra existencia, da sentido a la vida aun cuando esta parezca no tenerlo.

Alejandro Palomas retoma los personajes de Una madre para seguir ahondando en sus relaciones familiares, desnudando sus almas y el vacío dejado por el padre ausente, que hizo todo el daño necesario antes de desaparecer para que el miedo se incrustara en el alma de su mujer y sus hijos. El amor que une a esta familia salva todos los escollos en una historia que, a través del hilo conductor de R, el perro del protagonista, va desplegándose poco a poco con los recuerdos familiares llenos de abandonos y soledades.

Alejandro Palomas nos divirtió enormemente con Una madre, nos emocionó hasta las lágrimas con Un hijo y ahora vuelve a remover los cimientos de nuestra sensibilidad con la singularidad de unos personajes que radiografía en sus más íntimos sentimientos.

(Recomendado por Isabel)



sábado, 16 de enero de 2016

POESÍA ÚLTIMA DE AMOR Y ENFERMEDAD

Un silencio sobrevuela la poesía de Lois Pereiro. Un tipo de delicadeza cotidiana en las relaciones humanas, conversaciones telefónicas que callan mucho más que lo que dicen y no logran enmascarar la distancia que define su soledad, y su necesidad de sortearla. Un silencio enfermo, también. El silencio de un hombre que sabe que no llegará a viejo, que por sus venas corre, a toda prisa, desbocada, la muerte. El silencio de quien acepta su derrota, y apura, apasionada y sabiamente, toda la calidez y el amor a los que puede tener aún acceso.

Hay un libro de Lois Pereiro que siempre está bien visible en nuestra sección de poesía. Lo editó una editorial ya desaparecida llamada Libros del Silencio y se llama Poesía última de amor y enfermedad. Es de esos libros que uno saca de su estante cada cierto tiempo, abre al azar y lee. Para impregnarse de algo que en su vida cotidiana suele quedarse fuera de su alcance.

Hoy lo saco del estante para leerlo y para compartir un poema que hemos grabado Patricia Bejarano y yo, voz y piano, en nuestro blog Los sábados, un poema. Por Lois Pereiro, los Beatles, Galicia y la poesía silenciosa. 

miércoles, 13 de enero de 2016

NO VIOLENCIA

Siempre me ha llamado la atención la cantidad de violencia a la que estamos expuestos en nuestra vida cotidiana. Un conductor exasperado que pega el morro de su coche a tu maletero y te dispara ráfagas de luces largas porque si no va más rápido no se siente realizado, el turista que te empuja y que apenas murmura una disculpa porque está más pendiente de la foto que quiere sacar que de las personas que le rodean, los familiares que se gritan de todo en las cenas de navidad porque ya no pueden acumular más frustración o complejos o envidia o lo que sea que no han sido capaces de gestionar. 
Violencia que soportan los profesores y los alumnos diariamente en las aulas, las mujeres al cobrar menos que los hombres por los mismos trabajos e incluso nosotros, los que estamos detrás de un mostrador y tenemos que responder con calma y mano izquierda a las provocaciones de la gente que no sabe tratarnos con respeto. 
Siempre he pensado que hay otra forma de tratarse, más humana, más comprensiva y, sobre todo, más inteligente. Porque, como demuestra este libro con decenas de ejemplos, la violencia no resuelve nada; siempre produce más violencia. 

La no violencia es un concepto para el cual no existe una palabra. Al contrario que el pacifisimo, es una forma de persuadir, una técnica para el activismo político, un sistema que aspira a prevalecer. Un sistema, además, que requiere valor e imaginación. Es mucho más complicado ejercer presión mediante boicots, sentadas, huelgas y desobediencia civil que armar a un grupo paramilitar y señalarle su objetivo. Hace falta voluntad e inteligencia para aceptar las razones del contrario y tratar de llegar a un acuerdo. Lanzar una piedra o un misil siempre es más fácil. Pero lo que parece que no entienden, ni han entendido nunca, los dirigentes de nuestra sociedad, es que optar por la violencia para tratar de resolver un conflicto significa, en la inmensa mayoría de los casos, perpetuarlo. 

Mark Kurlansky hace un breve repaso por la historia, desde los primeros cristianos hasta hoy en día, señalando las repercusiones de la violencia en la resolución de conflictos, y cómo los métodos no violentos siempre fueron despreciados, ignorados, cuando no directamente reprimidos y exterminados. Por ejemplo, destaca el origen no violento de las religiones monoteístas y cómo, al hacerse con el poder, olvidan su compromiso con la paz y la concordia y se vuelven asesinas. Y también al revés, estados plurales y tolerantes que, al abrazar una fe exclusiva, se vuelven dictaduras represoras. Quizá el caso más llamativo de esta contaminación en ambos sentidos fuera el triunfo estatal del cristianismo en el Imperio Romano: como dice el autor, una "calamidad de la que la Iglesia nunca se ha recuperado". 

La violencia ha sido siempre esgrimida como un recurso necesario para el cambio. Locke, Hobbes, Rousseau, Robespierre, Marx o Lenin estuvieron de acuerdo en defender las revoluciones como movimientos armados. Lo cierto es que a las principales revoluciones violentas (la francesa, la rusa) les siguieron años, incluso décadas, de guerra civil, masacres y terror. Y sin pretender hacer historia-ficción, me pregunto: ¿no era el recurso fácil? ¿No había soluciones alternativas al uso de la fuerza? ¿No será que el origen de la violencia no está en la naturaleza humana, como creía Hobbes, y que la guerra no es más que el resultado de una clamorosa falta de imaginación por parte de quien la declara?

Mark Kurlansky
Guerras consideradas "justas", como la Guerra de Secesión americana o la Segunda Guerra Mundial, fueron, al fin y al cabo, conflictos brutales parecidos a los demás cuyos objetivos tuvieron mucho más que ver con intereses económicos y geopolíticos que con la emancipación de los negros o la liberación de los judíos. Al echar un vistazo a las motivaciones y los resultados de las guerras en la historia occidental, es imposible no asombrarse de la incapacidad de los gobernantes para aprender del pasado y dejar de utilizar la violencia para responder a la violencia. Es comprensible que Gandhi, cuando le preguntaron por su opinión de la civilización occidental, respondiera: "creo que sería una estupenda idea".

La no violencia ha cosechado éxitos importantes en la lucha contra las dictaduras y la represión: jugó un papel fundamental en el desmoronamiento de la URSS, en la dictadura argentina con las madres de la Plaza de Mayo, en la igualdad racial en EEUU con Martin Luther King o en la caída del Apartheid en Sudáfrica con Nelson Mandela. Es una idea poderosa. Cualquiera que ostente poder en el mundo lo sabe. Y por ese motivo es necesaria: porque es la manera más eficaz de desafiar los abusos, de controlar los desmanes y de responder a la violencia. De aspirar a convivir con respeto y en paz. 


viernes, 8 de enero de 2016

EN MOVIMIENTO

En febrero hará un año que Oliver Sacks nos anunció que un cáncer amenazaba de forma seria su vida mediante un bellísimo artículo en el que nos decía: "en el tiempo que me queda tendré que arreglar mis cuentas con el mundo".

El tiempo se le acabó en agosto pasado. Perdimos a una gran persona, un profesor de neurología y un escritor que supo acercarnos los trastornos de la mente de forma divulgativa en libros tan interesantes como "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", "Un antropólogo en Marte", "Despertares", "Veo una voz", "Musicofilia" o "Alucinaciones".

Nos ha dejado sus memorias en este interesante libro que a mí me ha sorprendido tanto. La imagen que yo tenía de Sacks era la de un amable y serio profesor condecorado por la reina Isabel de Inglaterra, recibido por la reina Sofía, merecedor de tantos premios, y sin embargo en este libro nos desvela una juventud contradictoria, apasionado de las motos, de la natación, culturista y adicto a las drogas hasta los 35 años. Supo conducir todas esas experiencias hacia la sabiduría mediante el conocimiento de su profesión de médico y neurólogo. Describe también la intensa relación que tuvo con su madre, que en aquella época (años 50 del siglo XX) no pudo asimilar la homosexualidad de su hijo, y con su hermano esquizofrénico en un ambiente exquisito de Londres, donde sus padres eran prestigiosos médicos.

Huyendo de la rígida Inglaterra, se fue a Estados Unidos con veintipocos años y su condición de judío le ayudó a relacionarse con otros médicos, que de alguna forma le apoyaron para abrirse camino en su profesión. 

Amsterdam, un lugar que marcó una etapa de su vida, las intensas relaciones con sus pacientes, con actores como Robert de Niro o Robin Williams con los que colaboró en la adaptación al cine de sus obras, forman parte de una autobiografía inusual, espléndida y singular, como su autor.

(Recomendado por Isabel)


domingo, 3 de enero de 2016

EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS

Cada navidad elegimos dos o tres libros estrella para recomendar a todo aquél que nos pregunte por una buena historia. Otros hacen listas de lo mejor del año, nosotros elevamos un podio sin vencedores en el que, este año, por ejemplo, han triunfado por igual la inteligencia, los bares, la risa loca, la lagrimilla, el drama familiar y la tragedia colectiva. Sin números uno ni orden de ningún tipo. Este año comparten podio "Una madre", "La familia Karnowsky" y "El bar de las grandes esperanzas". Y ya que todos, esta vez, están aquí reseñados por nuestra librera madre, me apetece ahora soltar un par de apuntes sobre este último, que acabo de terminar, para que si no lo leéis sea únicamente porque aún no os lo han regalado. 

"Cuando oía a mi padre por la radio, mi madre no oía sus bromas, ni su encanto, ni su voz. Lo que oía era la cuota de manutención que él no le pasaba." Y las broncas, los gritos y quizá el cuchillo de cocina que apareció de repente en la mano de él mientras se le acercaba amenazante con los ojos vidriosos de alcohol. Brutalidad e indiferencia. Un hombre-castigo. Pero para J.R. es La Voz, el vacío de un padre cuya ausencia permite rellenar solamente con las inflexiones melodiosas y seductoras de esa voz omnipresente. El hijo sabe ciertas cosas de su padre y por eso trata de ocultar el anhelo y la fascinación que le provoca su voz en la radio. La madre hierve de rabia y frustración por haberse casado con un hombre así pero por discreción y respeto a su hijo se oculta tras una máscara de calma fingida como si se escondiera detrás de un biombo. Y así va creciendo J.R., esquina de un triángulo desigual que intentará equilibrar durante toda su vida acudiendo al bar Publicans, maravilloso microcosmos de vidas itinerantes, en busca de ejemplos masculinos que rellenen la carencia que deja La Voz en su interior. 
"Mi madre era la palabra impresa: tangible, presente, real; mientras que mi padre era la palabra hablada: invisible, efímera, convertida al instante en memoria."

J.R. quizá haya escrito este libro autobiográfico para atrapar la palabra de su padre, convertirla en real y despojarla de los mitos con los que construyó su personaje. Un libro-búsqueda. Como todos, en realidad. Pero éste, en concreto, de búsqueda explícita por las propias raíces, por los recovecos de la fragilidad de la infancia y de un amor inestable e imposible, que no deja de plantar semillas de árboles bajo cuya sombra nunca podrá refugiarse. 
¿Por qué hemos aupado este libro al podio de lo más recomendable? Pues porque cuando lo recomendamos, nuestra sonrisa previa al argumento define mejor nuestro entusiasmo que cualquier resumen de su historia que se nos pueda ocurrir. 
Felices lecturas para 2016.


martes, 22 de diciembre de 2015

TANIA VAL DE LUMBRE

Un delicioso relato que inaugura Nórdica Infantil, una editorial que se precia por la exquisitez en la publicación de sus libros.

La autora Maria Parr y unas preciosas ilustraciones de Zuzanna Celej recrean el mundo de Tania en Val de Lumbre, un valle paradisíaco en medio de montañas nevadas donde hay cabañas de viviendas tuteladas para mayores, un camping donde no se admiten niños porque hacen ruido, un bosque encantado, la ciudad a 63 kilómetros de distancia y donde, sobre todo, está Tania, con rizos pelirrojos que a veces nos recuerdan a Pippi Calzaslargas.

Tania vive con su padre porque su madre tiene un trabajo muy interesante a muchos kilómetros, relacionado con el calentamiento global de la Tierra y sus efectos en el polo Norte. Vuelve a casa de vez en cuando y entonces es una gran fiesta, pero no por eso Tania deja de echarla de menos. Para mitigar la nostalgia tiene a su padrino Gunnvald de 74 años, con quien es feliz compartiendo los trineos que fabrica y que ella prueba arriesgando muchísimo su integridad física.

Gunnvald esconde una vida anterior que no le ha contado a Tania y, de pronto, ocurren muchas cosas que desvelan situaciones insospechadas, acercándonos a unos valores que la sociedad actual nos pone en disyuntiva: los afectos filiales, su vulnerabilidad, la lealtad, la necesidad de afecto, de ternura...

Un libro ideal para regalar estas Navidades, sus 236 páginas se leen con fruición y sus lectores, como Tania, pueden tener diez años o noventa y nueve. Yo lo he disfrutado mucho y tengo setenta y dos.

(Recomendado por Isabel).


viernes, 4 de diciembre de 2015

VOCES DE CHERNÓBIL

26 de abril, 1986. Un reactor de la central nuclear de Chernóbil explota y produce una de las mayores catástrofes medioambientales de la historia. En decenas de kilómetros a la redonda, la tierra queda contaminada, los animales enferman y mueren con extraños síntomas y los seres humanos no saben cómo reaccionar. Los gobiernos soviéticos de Ucrania y Bielorrusia eluden responsabilidades y en el Kremlin se establece un pacto de silencio. No ha pasado nada. Un incendio. Todo controlado. Sin embargo, a la gente del lugar los ojos le lagrimean y las gargantas le escuecen, la radiactividad arde en la ropa, en el agua, en las paredes y en la piel de los que no fueron advertidos del peligro. Algo pasa. Algo no está bien. En pocos días, los efectos de la radiación empiezan a cobrar forma: pérdida de sensibilidad en las extremidades, fiebre, piel supurante, ampollas, debilidad, pérdida del cabello, hemorragias espontáneas. Y ante el espanto de una enfermedad que no se ve ni se puede curar, una enfermedad que arde en el agua, en la tierra y en el aire, la gente no sabe qué hacer ni qué decir. Los gobiernos callan. La gente calla. Una calamidad innombrable, sobrecogedora, peor que cualquier guerra, ha venido para quedarse. Porque las guerras pasan, acaban. Y esto vive en nosotros. 

Aparte de la radiación, la gente de los alrededores de Chernóbil puede morir de muchas cosas: de frío, de hambre, de una fiera salvaje escapada, de soledad. Y de los propios pensamientos. Los habitantes de la ciudad evacuada echan de menos sus camas, sus cocinas, las puertas en las que, a lo largo de los años, fueron marcando con lápices de colores el crecimiento de sus hijos. Aún no saben que jamás podrán volver, ya que la radiación tardará, no décadas ni siglos, sino muchos miles de años en desaparecer del aire y los objetos. Los campesinos, en cambio, sí intuyen ese exilio definitivo al que el reactor incendiado los ha enviado y entonan un llanto colectivo y estremecedor por su querida tierra, ya para siempre envenenada. 

Chernóbil ha resucitado el olvidado léxico estalinista. Parece que hemos vuelto a 1937. Se vuelve a hablar de héroes, de salvación nacional, de gestas heroicas del imbatible pueblo ruso. Una catástrofe de este calibre necesita héroes. La gente quiere figuras ejemplarizantes. No interesa la verdad. Se reprimen las noticias. Se clasifican los informes. La medicina y la ciencia se someten al dictado de la política, que no puede permitirse un pueblo informado, porque entonces cundiría el pánico. Se castigan las preguntas y las protestas con penas de cárcel y se trata a la población como si fueran niños pequeños, dando instrucciones minuciosas y ridículas sobre cómo lavarse o medir la radiación. Y así, el socialismo soviético vuelve a sus orígenes, a aquella esencia que la Perestroika de Gorbachov estaba dejando en el olvido, a su funesta mezcla de prisión y jardín de infancia.

Svetlana Alexievich

Los comisarios políticos arengan a los miles de voluntarios que se han presentado para combatir el desastre. Liquidadores, los llaman. Y a eso van, a liquidar al enemigo. Hay que vencer, les dicen. Resistir y vencer. Y poco a poco, en grupos, y en turnos de pocos minutos para exponerse lo menos posible a la radiación, se suben a los tejados, retiran el grafito ardiente, cavan túneles, sellan fisuras. Allí donde los robots creados para reparar la central se paran, se averían y mueren con las entrañas quemadas, los fieles soldados soviéticos se afanan, corriendo con sus trajes inútiles y sus guantes de goma, funcionando sin problema. Hasta que vuelven a sus casas, tras meses de exposición constante al aire ardiente, y enferman. Y la fiebre les consume, en la cama. Y sus hijos les preguntan: papá, ¿qué ha pasado allí? Una guerra, hijo. Una guerra. Y quizá sigan oyendo las voces de los comisarios políticos lanzándolos al ataque: hay que vencer; resistir y vencer. Y quizá se pregunten: vencer, sí, pero ¿a quién? ¿Al átomo? ¿A la física? ¿Al cosmos?
Rusia no tendrá rascacielos como Estados Unidos ni seguros sociales como Europa, pero tiene héroes. Los pobres, tristes héroes de Chernóbil. Todos enfermos, desconcertados, todos vencidos por un enemigo invisible al que no se puede vencer. Un enemigo que ha penetrado en sus huesos y al que han pasado a pertenecer. Yo ya no soy bielorruso, dicen. Ni ucraniano. ni ruso. Soy de Chernóbil. Chernóbil, el estigma de una nacionalidad envenenada. De una guerra interminable. 

Svetlana Alexievich ha escrito un libro coral compuesto de las voces de la gente que sufrió directamente la catástrofe de Chernóbil. Voces, voces, voces. Atronadoras, gimientes, enfurecidas, sollozantes, serenas, enloquecidas. Voces que componen un mosaico inmenso, inabarcable en la diversidad de sus quejas, insoportable en la intensidad de su dolor.