
Leer es crear. Es inventar. Es trasladar a nuestra realidad una realidad que, en buena medida, nos resulta totalmente desconocida. O mejor, sustituir esa realidad desconocida por nuestra propia experiencia.
¿Qué vemos cuando leemos?
¿Vemos las facciones de Anna Karenina? Tolstoi nos habla de manos delgadas, de elegancia en los gestos, de impulsividad. ¿Cómo es un rostro elegante, impulsivo y de manos delgadas?
Aunque pensemos que sí vemos las facciones de Anna Karenina, en realidad no es así. Vemos una idea, un concepto construido en nuestra percepción mediante datos imprecisos: manos delgadas, elegancia, impulsividad. Anna Karenina es una abstracción, reducimos el personaje a un símbolo en nuestra cabeza (un símbolo que se va transformando a medida que vamos avanzando en la lectura y añadiendo información) para hacerlo comprensible.
A casi nadie le gusta una película basada en un libro que ya ha leído. La ambientación, y sobre todo los actores, a menudo traicionan la idea que nos habíamos hecho de ellos. Y la traicionan no porque sean en sí mismos inexactos o poco fieles al original, sino porque nuestra lectura del libro los había convertido en nuestros. Al leer, nos apropiamos de la historia. Los Apeninos del autor son mi Sierra de Guadarrama, y no quiero que me la quiten. El rostro de Anna Karenina es una nebulosa en mi cabeza, un concepto casi abstracto que difícilmente podré materializarlo en unas facciones concretas, sin embargo sí sé que no puede ser el rostro de Keira Knightley, por mucho que me guste la película.
Sobre estos temas, y muchos otros relacionados con lo que significa ese cotidiano acto de leer, trata este libro. Meterse en él es como mirarse hacia dentro y analizar qué hacemos cuando leemos. A simple vista, parece que poca cosa. Pero observado de cerca, con el microscopio que nos facilita la argumentación escrita y visual de Peter Mendelsund, los engranajes mentales que se ponen en marcha cuando leemos son verdaderamente fascinantes.
No hay comentarios:
Publicar un comentario