
Me gustan los vikingos. Me gusta verlos administrar justicia en sus tribunales populares, primitivos, con códigos intuitivos que me parecen siempre más justos y saludables que sus contemporáneos cristianos, supeditados al poder de una nobleza legitimada por un dios inaccesible. Me gustan sus dioses, también, Thor, Odín, Loki, seres poderosos y temibles pero también interpretables desde múltiples puntos de vista. Sin libros sagrados, sin miedo constante al castigo, sin penitencias, sin símbolos que representan debilidad, miedo y tortura.
Me gustan tanto los vikingos que estoy pensando seriamente convertirme en uno. Y lo mejor es que ya he encontrado manual para aprender todo lo que necesito saber sobre salir de expedición por el Atlántico norte hacia costas desconocidas, sentir la adrenalina del combate hirviendo en mis venas, saquear tesoros escondidos, quemar monasterios, recibir fortunas de grandes señores cristianos por no atacar sus miserables tierras y convertirme en un guerrero famoso en todo el mundo conocido. Bueno, algo así.
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