martes, 20 de diciembre de 2016

NUESTROS DIEZ FAVORITOS INFANTILES

La navidad es el reino de los niños. Y para ellos hemos seleccionado nuestros diez cuentos favoritos para estas fiestas. La mayoría son novedades de este año y hemos querido mantener un equilibrio entre la diversión, la fantasía y el compromiso, porque creemos que el juego, si va acompañado de una conciencia social, es todavía más atractivo.
¡Cosecha Benedetti!

1. ¿Hay un perro en este libro?, de Viviane Schwarz (Mil Razones, 20,50€).
Aparecen tres gatos asustados: ¿dónde está, dónde está? Vamos a escondernos, corre, que no nos vea. Debajo de la cama, dentro del piano, detrás del sofá, cualquier sitio es bueno para escapar de él. Y tú, niño lector, nos vas a ayudar, ¿verdad que sí? ¡Socorro! 
Un cuento divertidísimo lleno de solapas y sorpresas sobre tres gatos asustados sin motivo por un perro nada aterrador. 
2. Una última carta, de A. Papatheodoulou e I. Samartzi (Kalandraka, 14€).
El cartero de esta isla griega no es un cartero cualquiera. Además de repartir todas las cartas que a sus vecinos les llegan, es la voz que anuncia todas las noticias en este rincón del mundo adonde no llega la informática. Hasta que llega el último día y la última carta, dirigida especialmente para él, con una cita que nunca podrá olvidar. Premio Compostela 2016, un álbum delicado y evocador.



3. El viaje, de Francesca Sanna (Impedimenta, 16,90€).
La autora escuchó el relato de dos muchachas que habían llegado a un campo de refugiados de Italia y de sus palabras extrajo la idea para esta historia conmovedora de una familia que tiene que huir de su país en guerra. Las ilustraciones, de inspiración oriental, son excepcionales y logran un efecto sorprendente con su colorido y su expresividad. Una delicia necesaria.




4. El rebaño, de Margarita del Mazo (La Fragatina, 15€).
Miguel no puede dormir. Y como todo niño bueno, hace caso de lo que le aconsejan: se pone a contar ovejas. Tiene la suerte de contar con un equipo personal de ovejas estupendo. Nunca se equivocan, son muy disciplinadas y saltan su valla con una eficacia perfecta. Pero la oveja nº 4 es diferente. No quiere saltar, ¡es muy aburrido! No salta y no salta. Hasta que llega un irresistible cartero luciendo un irresistible bigote con una carta para la oveja nº 4. De Miguel. Y aquí es cuando se abren las sonrisas y la fantasía. Este cuento salió en 2015 pero es tan irresistible que le hemos dejado colarse en nuestra cosecha de este año. No conocemos mejor polizón para este barco. 




5. Con Tango son tres, de Richardson, Parnell y Cole (Kalandraka, 15€).
Hay cuarenta y dos pingüinos barbijo en el zoo de Central Park y unos diez millones en todos el mundo. Pero sólo hay una pingüina con dos papás. Sólo hay una Tango. El cuento más entrañable que cuenta una historia tan bonita que cuesta creerla: la de dos pingüinos machos enamorados y sus esfuerzos por formar una familia pese a los desafíos de la naturaleza. 
Con Tango son tres, sin duda. Pero nosotros, con Tango, somos más.


6. La librería perdida, de Aurora Ruá y Óscar Perales (La Fragatina, 15€).
Una niña en busca de un libro.
Un librero que le abre un puerta y le enseña otra forma de vivir.
Caminos que se abren delante de los ojos asombrados de la niña con la facilidad con la que se despliegan las páginas de un libro.
Y al final de cada camino, la sonrisa del librero que siempre tiene más y más puertas abiertas a más y más caminos que recorrer leyendo, que recorrer viviendo.




7. Akim corre, de Claude Dubois (Lóguez, 12,95€). 
Este es el más serio y el más comprometido de los cuentos de nuestra cosecha de este año. Akim es un niño asustado que cree haberlo perdido todo. Corre, huye de su casa destruida, de su ciudad desolada. Pasa de mano en mano, de campo en campo, en busca de algún ser querido que se convierta en su hogar, que lo reconstruya de la nada con una caricia o una sonrisa. Akim son los miles de niños refugiados, víctimas de la guerra y de la avaricia de los políticos. Akim, si cerramos los ojos, somos todos.



8. Azul y Bertie, de Cristina Rodríguez Fischer (Blume, 11,90€).
Bertie es una jirafa amarilla, como todas las jirafas. Duerme, come, bebe, se echa la siesta, vuelve a comer, vuelve a beber y vuelve a dormir. Siempre igual, con su manada. Hasta que un día, al despertarse de la siesta ve que ¡oh, no hay nadie! ¡Qué susto! Nunca en su vida había estado sola. ¿Qué hacer? Se pone a buscar al resto de su manada, cruza praderas desconocidas, charcas misteriosas, hasta que se encuentra con otra jirafa... azul. ¡Una jirafa azul! De pronto, conoce a una criatura igual que él, pero totalmente distinta. A partir de entonces, nada volverá a ser igual. Una mágica historia sobre la amistad, que aparece bajo las formas más insospechadas.


9. La casa de los erizos, de Ángel Alberto Domingo (A buen paso, 17€).
El señor y la señora erizo con sus nueve hijos deben mudarse. Hace tantísimo frío que hasta se congelan sus estornudos. Así que parten en busca de un hogar más cálido, recorren bosques y prados pero en ningún sitio hallan refugio. Ni la madriguera del topo, oscura y asfixiante, ni el nido de la cigüeña, inalcanzable para sus diminutas patitas. Hasta que un día tropiezan con una construcción metálica abandonada con una extraña chimenea horizontal y logran convertir una oxidada máquina de guerra en un hogar acogedor y confortable.



10. Los calzoncillos del oso blanco, de Tupera Tupera (Andana, 15,80€).
El oso blanco ha perdido sus calzoncillos, ¡qué desastre! ¿Cómo va a ir por el mundo desnudo? Así que le pide a su amigo el ratón que le ayude a encontrarlos. En cada página encontrarán unos calzoncillos, y tendrán que averiguar, con ayuda del lector, si son los que ha perdido el oso blanco. ¿Serán unos calzoncillos con dibujos de golosinas? ¿O tal vez esos otros pequeños y con muchos colores? Las combinaciones disparatadas de calzoncillos de todo tipo harán reír al niño más remolón (y al adulto más serio). Una historia divertidísima de los ilustradores japoneses más desenfadados.





lunes, 19 de diciembre de 2016

NUESTROS DIEZ FAVORITOS

Al final de cada temporada, los recolectores se ponen manos a la obra para recoger su cosecha. 
Al final de cada año, los libreros también tenemos nuestra cosecha particular: la de los libros que más hemos disfrutado, que más hemos recomendado y que más nos han enriquecido de alguna u otra manera. 
Por si se os ha escapado alguno, aquí va un resumen de nuestros favoritos en 2016. 
¡Cosecha Benedetti!


1. Patria, de Fernando Aramburu (Tusquets, 22,90€). 
Los últimos cuarenta años en el País Vasco a través de la historia de dos familias, marcadas por la huella del terrorismo. La crítica ha sido unánime: por su valentía, por su calidad literaria, por la potencia y la profundidad de sus personajes, Fernando Aramburu ha escrito la novela del año. 


2. Ante todo no hagas daño, de Henry Marsh (Salamandra, 19€). 
Con una franqueza admirable, y a veces aterradora, uno de los mejores neurocirujanos británicos, a punto de jubilarse, revisa su vida profesional en un relato testimonial fascinante sobre el cerebro, el alma y los quirófanos. 



3. ¡Así de grande!, de Edna Ferber (Nórdica, 19,50€).
Este clásico norteamericano de los años veinte se ha publicado por primera vez en español en 2015 y ha sido uno de nuestros descubrimientos más gozosos de los últimos meses. Una historia bella y delicada con un lenguaje preciosista sobre una mujer portentosa a la que nada se le resiste. 



4. Tú no eres como otras madres, de Angelika Schrobsdorff (Errata / Periférica, 24,50€).
Otra mujer de armas tomar es la protagonista de esta novela biográfica, madre de la autora, judía alemana en la primera mitad del siglo XX, que vivió lo mejor y lo peor de su época con una mentalidad ciertamente adelantada para su tiempo. 



5. La España vacía, de Sergio del Molino (Turner, 23€).
Un ensayo entretenidísimo sobre esa España rural que vemos a través de la ventanilla del coche o del tren cuando salimos de las grandes ciudades y sobre cómo ha condicionado y sigue condicionando nuestra manera de ser y de pensar. 


6. Americanah, de Chimamanda Ngozi Adichie (Literatura RH, 24,50€). 
Feminista, carismática, combativa. La autora de este libro es una abanderada del feminismo y de la lucha contra el racismo y las desigualdades sociales. Y su última novela, traducida en 2015, es un retrato perfecto sobre lo que significa, hoy en día, ser una mujer negra en Estados Unidos. 


7. Eres como eres, de Melania G. Mazzucco (Anagrama, 17,90€).
Una maravillosa historia de amor entre dos hombres, padres de una adolescente desorientada, cuya paternidad los convierte en seres excepcionales. Esta autora italiana, quizá la más brillante de su generación, nunca defrauda en sus novelas sociales. 


8. El amor del revés, de Luisgé Martín (Anagrama, 18,90€).
Y hablando de homosexualidad, Luisgé ha escrito el libro autobiográfico más explícito y turbador de la temporada, espejo magnífico en el que muchos homosexuales verán retratada su lucha por salir de la sombra para reclamar la libertad de amar y ser amados.


9. Sofía o el origen de todas las historias, de Rafik Schami (Salamandra, 22€).
El gran contador de historias de Siria nos vuelve a regalar una preciosa novela de amor, con el telón de fondo de las coloridas calles de Damasco de su juventud donde convivían en paz judíos, cristianos y musulmanes, una realidad que parece ya tan lejana e inalcanzable en la Siria de hoy en día. 


10. Instrumental, de James Rhodes (Blackie Books, 19,90€).
Y para terminar nuestra lista de este año, uno de los homenajes más bellos e impactantes a la música como refugio y salvación de las heridas más crueles. James Rhodes, pianista de éxito, ha conseguido encogernos el corazón y entusiasmarnos con este maravilloso himno al optimismo. 



viernes, 16 de diciembre de 2016

UNAS GOTAS DE ACEITE

Después de las últimas lecturas, que he disfrutado por su intensidad, su fuerza y su dramatismo, por ejemplo Tan poca vida o Patria, he agradecido el bálsamo que ha supuesto zambullirme en una Sicilia que, por esta vez, no está relacionada con la mafia ni tiene connotaciones dramáticas como nos tienen acostumbrados autores como Camilleri, Pirandello, Sciascia, Quasimodo e incluso la misma Simonetta Agnello Hornby, que escribió libros tan importantes y profundos como La Mennulara.

En estas Gotas de aceite vuelca sus recuerdos de la niñez en Mosé, cerca de Agrigento, en la isla siciliana. Es un relato entrañable, costumbrista, en época de posguerra, los años 50 del siglo XX, en una familia idílica de la aristocracia siciliana. El padre era barón y tenía una casa solariega en la que había olivos, pistacheros, almendros, trigo, algodón y viñas que daban trabajo a muchos obreros, algunos solo temporeros. 

En esa finca de Mosé vivían su hermana Chiara, sus padres y ella, y a menudo se reunían alrededor de veinte personas, primos, tíos y demás parientes, en un continuo ir y venir que hacía las delicias de tanta gente que disfrutaban de su mutua compañía. Recordando hábitos de abuelas y madres, la autora nos cuenta multitud de anécdotas de aquella época, como por ejemplo la manera en que los colchoneros daban forma anualmente a los colchones con sus agujas rectas y curvas, una costumbre inalterable durante siglos, el rito de la elaboración semanal del pan o el truco de meter en agua caliente el cuchillo para cortar fácilmente los helados.

A pesar de la escasez por la posguerra, allí tenían un huerto y se abastecían de todo lo que la finca proveía pero sin acceso apenas a carne, pescado u otros alimentos, que solo comían cuando estaban en la ciudad durante el invierno. Era el reino de las mujeres, que organizaban con cariño y esmero su casa para que todos pudieran sentirse cómodos y a gusto y sobre todo, cocinaban. La colaboración, el apoyo y la solidaridad eran valores que se vivían en el día a día y que quizá en alguna medida se han perdido en aras de esta individualidad competitiva y autosuficiente que ha invadido la sociedad occidental.

Este libro es un soplo de aire fresco que nos trae la memoria de lo que debería ser el placer de disfrutar la vida en compañía, con los elementos básicos, sin consumismos estériles, en unión con la naturaleza, utilizando lo que nos ofrece para hacer de la cocina un arte entrañable, lleno de matices, y compartir en una comunidad cohesionada de personas que son felices de estar juntas. 

Incluye veintiocho recetas de Chiara, la hermana de Simonetta, basadas fundamentalmente en los productos de la huerta. 


miércoles, 14 de diciembre de 2016

CON TANGO SON TRES

En Central Park hay un zoo con pingüinos. Son pingüinos barbijo y su característica principal es una fina línea de plumas negras que pasa por debajo de sus picos formando una especie de collar. Roy y Silo son dos de los cuarenta y dos pingüinos barbijo que hay en el zoo, dos pingüinos que no sienten especial atracción hacia las chicas pingüino y que sólo desean estar juntos, abrazarse y ser una pareja más. Sin embargo, cuando las demás parejas se ponen a incubar sus huevos, ellos no pueden seguir imitándolas. A pesar de que se construyen un nido como los demás, a pesar de las horas que pasan encima de una piedra en forma de huevo para tratar de hacer nacer un bebé pingüino con el calor de sus cuerpos, no consiguen ser padres. Hasta que su cuidador se da cuenta y coloca en el nido de Roy y Silo un huevo abandonado que necesita unos padres para vivir, unos padres como Roy y Silo, cuyo mayor deseo es crear una familia. Cada día le dan la vuelta al huevo para que se caliente por todos los lados. Se turnan para ir a buscar comida y para salir a nadar. No se apartan ni un momento de su lado, al igual que todas las parejas de pingüinos. Hasta que un día escuchan resquebrajarse la cáscara del huevo y ven asomarse por un agujerito el pico diminuto de una bebé pingüino, una bolita de pelo friolera con un plumaje blanco y rizado llamada Tango, pues se necesitan dos para bailarlo. 

Y allí están desde el año 2000. Roy, Silo y su hija Tango. Junto a sus amigos: Nipper, Squawk, Charlie, Wasabi y Piwi. 
Hay cuarenta y dos pingüinos barbijo en el zoo de Central Park y unos diez millones en todos el mundo. 
Pero sólo hay una Tango. 


lunes, 12 de diciembre de 2016

EL PÁJARO AZUL

He leído este cómic furtivamente, entre cliente y cliente, a lo largo de una tarde helada de otoño. Con el rumor lejano de los coches que aceleraban sobre el asfalto mojado de camino hacia algún sitio más hospitalario que la calle, iba pasando páginas de atrás hacia adelante, en el sentido japonés de lectura, inverso al nuestro, totalmente inmerso en la delicadeza de esta historia. ¿Cómo es posible transmitir la más profunda desesperanza con ilustraciones tan inocentes e infantiles, tan alejadas de la representación amarga de los abismos adultos a la que estamos acostumbrados? ¿Cómo es posible que, con tres palabras y un dibujo naíf, el autor pueda hacerme pasar sin transición de la sonrisa a las lágrimas?

En 2011, Takashi Murakami (nada que ver con el eterno candidato al Nobel, Haruki Murakami) recibió el encargo de una revista manga para escribir una historia sobre la familia. Mientras la preparaba, se produjo el devastador tsunami en la costa este de Japón, y su perspectiva sobre la historia que estaba contando cambió radicalmente. ¿Cómo afrontar la desesperación ante la muerte de los seres queridos? ¿Cómo convivir con una pareja que ya no puede seguir valiéndose por sí misma? ¿Qué mueve a las personas a agarrarse a la vida y no ceder ante la inmensidad de las adversidades? 

En torno a estas preguntas Murakami ha creado una historia preciosa y sobrecogedora. Una historia de lealtad y amor, de fortaleza frente a la enfermedad, de valentía para tratar por todos los medios de no dejar que las heridas nos separen de nuestros seres queridos, de nosotros mismos y del mundo. El pájaro azul es un libro raro sobre el duelo y sobre el amor más allá de la enfermedad. Raro por la sutileza de las emociones y por la aparente ingenuidad de la ilustración que, a la vez que amortigua el impacto de la tristeza de la historia, acentúa la cercanía con los personajes, borrando de un plumazo las diferencias culturales y cualquier distancia entre el dibujante japonés y un lector occidental. 

Un lector occidental, sentado en su taburete alto de Ikea, tras el mostrador de una librería en una tarde desierta, escuchando sin escuchar el rumor de los coches que aceleran bajo la lluvia y profundamente agradecido por el calor que emana de esta historia universal sobre la enfermedad y la muerte y el amor como redención última de todas las catástrofes. 


miércoles, 7 de diciembre de 2016

ELOGIO DEL POLITEÍSMO

Yo quiero ser politeísta. Quiero adorar a muchos dioses y tener ganas de conocer a los de otras culturas: quién sabe, a lo mejor alguna de esas extrañas divinidades egipcias o galas me viene de perlas por si paso por un mal bache. Quiero comprar estatuillas y pintarlas. Quiero salir a la calle en diciembre a celebrar la Saturnalia, ("el mejor momento del año", según Catulo), disfrutar del festejo y disfrazarme y mezclarme con quien quiera porque por unos días se acabaron las normas sociales. Quiero venerar al dios que quiera de la manera que se me antoje y que nadie se atreva a decirme cómo hacerlo ni para qué. Quiero que mi religión sea mía y de todos, y que por ser de todos, nadie pueda apropiársela.

Los dioses existen porque los veneramos. Ellos lo saben. Están ahí para nosotros. Nosotros les damos nombre, los honramos con sacrificios, contamos sus historias. Sin nosotros, no serían nada, ya que ellos imitan la vida, forman parte de nosotros, nos ayudan a ser lo que somos: ciudadanos libres de una república, de un imperio, de una civilización cuya cultura ha conquistado el mundo. Yo quiero ser politeísta para que tú también lo seas. Y para que lo sean todos. Y así pierda sentido, poco a poco, esa loca idea de insultar y de matar en nombre de un dios. 

Mientras que el arte, la filosofía, el teatro, la política y la cultura clásica en general siguen siendo hoy en día una inagotable fuente de inspiración y están presentes en nuestro día a día de las formas más variadas, la religión que formaba parte de esa cultura y, en buena medida, la definía, ha quedado reducida a una serie de mitos que se enseñan a los niños como cuentos fantásticos. De hecho, se le ha quitado hasta el nombre de religión y, para referirnos a ella, utilizamos un término de categoría inferior: mitología. La causante de esta devaluación terminológica fue sin duda la religión cristiana, que se construyó contra las religiones clásicas y las trató de paganas y bárbaras para legitimarse. Tanto éxito tuvo esta campaña de difamación que incluso hoy se sigue pensando que el politeísmo de los romanos es una religión superada. Pero, ¿cómo se supera una religión? ¿Y una cultura? ¿Acaso Homero o Virgilio están superados? Si los productos de la cultura no se miden con los parámetros del tiempo o de la evolución, la religión tampoco. 

Este libro defiende que el politeísmo no solamente no es una religión superada, sino que puede servir para cambiarnos la forma de mirar los efectos de la religión (monoteísta) en nuestra sociedad y mejorar muchos aspectos de la convivencia entre culturas distintas. Sin ir más lejos, si fuéramos politeístas no existiría el conflicto religioso: en nuestro panteón cabrían todos los dioses y se adoptarían los nuevos que fueran surgiendo de la misma manera que adoptamos palabras extranjeras a nuestra lengua a medida que incorporamos nuevas costumbres y necesidades. No habría conflicto, pues, ni ofensa posible: si tu velo es un símbolo de un dios al que ambos podemos venerar, ¿cómo podría ofenderme? Es más, si me gusta, es posible que te pregunte dónde lo has comprado para usarlo yo también. Al fin y al cabo, a los dioses hay que respetarlos, pero no hay que olvidar que son creaciones humanas, narraciones humanas: de la misma forma que el cuadro proviene de la mente del pintor y el edificio de la mente del arquitecto, las divinidades provienen de la mente de los hombres. 

Hoy en día, el cristianismo es la religión predominante en occidente. Ha llegado a un punto en que muchos piensan que es una religión más o menos tolerante con otras religiones. Todos hemos visto alguna foto de algún Papa dándole la mano a algún emir o a algún rabino. Teniendo en cuenta que hace pocos siglos los Papas fantaseaban con exterminar a todos los infieles, el apretón de manos es un progreso notable. Pero, ¿es en realidad suficiente este grado de tolerancia?

Tolerar significa aceptar, pero desde la discrepancia. Cuando un cristiano es tolerante significa que no está de acuerdo con la religión del otro, que piensa que el otro está equivocado, que no le gusta, pero que no tiene motivos para agredirle. Los romanos politeístas no sabían qué era la tolerancia religiosa. No lo sabían porque para tolerar hace falta considerar que la religión del otro es incompatible con la tuya. Y sólo los monoteístas tienen religiones incompatibles con las de los demás. Si tus dioses caben en la casa de los míos, y los míos caben en la casa de los tuyos; es más, si tus dioses dejan de ser tuyos para convertirse en nuestros, ¿qué sentido tiene que yo tolere lo que ya forma parte de mi vida? Si lo llevamos al lenguaje, la palabra inglesa whatsapp se ha convertido en wasap o guasap precisamente porque la hemos incorporado al español y ya no es extranjera ni hay que tolerarla: se ha vuelto nuestra. 

En las últimas décadas se ha producido un auge del nacionalismo. Se privilegia la pertenencia étnica, cultural, lingüística o religiosa en detrimento de la cívica. Garantizar los mismos derechos y mismas leyes para todos, independientemente del origen, credo, ideología, lengua o etnia de los ciudadanos está en la razón de ser de todo Estado democrático. Pero cuesta mucho esfuerzo conseguirlo. Si todos nosotros, en lugar de una educación cristiana (por mucho que hayamos ido a colegios e institutos laicos), hubiéramos tenido una educación politeísta, no sólo nos lo habríamos pasado mucho mejor en las fiestas religiosas (bendita Saturnalia), sino que probablemente no desconfiaríamos de las religiones de los demás, no estaríamos sometidos a dogmas morales paralizantes y castradores, seríamos más capaces de entender y asimilar otras culturas, creeríamos más en las leyes y en la libertad y menos en la pertenencia y en las fronteras y nuestra visión del mundo sería más abierta, más mutable y más permeable a la diversidad. 

Ningún romano habría quemado en la hoguera a ningún Galileo por decir que la Tierra se mueve, por la sencilla razón de que ni la ciencia, ni ningún logro humano son competencia de los dioses. Los cristianos se pasaron trece siglos matando a hombres por pensar. Y llevan unos dos siglos intentando, por las malas, volverse tolerantes. Me temo que su religión autoritaria nunca les dejará aprender que la tolerancia es una forma muy frágil de respetar al que no piensa como tú. Y que el politeísmo es una religión mucho más humana y divertida. 



lunes, 5 de diciembre de 2016

UNA ÚLTIMA CARTA

De nuevo la editorial Kalandraka nos hace un especial regalo gracias al trabajo preciosista de Antonis Papatheodoulou e Iris Samartzi que merecidamente ha ganado el IX Premio Internacional Compostela para álbumes ilustrados.

Una última carta es un homenaje a esas cosas que han quedado en la memoria, relegadas por las nuevas tecnologías y que todavía nos traen su fragancia. No hace tanto, la vida no habría tenido el mismo color, la misma ilusión y esperanza de no haber existido las cartas: esos sobres enviados desde lugares distintos, unos muy lejanos, otros menos, pero todos con las noticias tan esperadas por padres, hermanos, amigos, amantes... que en cada letra esperaban una caricia para el alma, para sentir cerca a la persona querida, tan cerca como el papel en su piel, como el tacto en sus manos.

Es el último día de trabajo en la vida del señor Costas, cartero muy querido, en una pequeña isla del Mediterráneo donde no hay teléfono ni correo electrónico y todas las noticias viajan a pie. Algunas son para abuelos mayores que no saben leer y el cartero se las lee en voz alta. Cartas indispensables que se len y releen muchas veces para sentirse cerca de aquellos que se han tenido que ausentar por tantos motivos.

Llega la última carta en el fondo de su cartera, en el último día de trabajo antes de jubilarse, después de cincuenta años de repartirlas, y el señor Costas descubre sorprendido que justamente esa es para él. Una carta que le cita al otro lado de la isla para ofrecerle el cariño y el reconocimiento de todos los vecinos.

Estas navidades el precioso cuento del señor Costas, con una exquisita presentación, dentro de un sobre atado, es sin duda un regalo perfecto para los niños.



jueves, 1 de diciembre de 2016

MÃN

La literatura asiática demuestra muy a menudo, al igual que la africana, una capacidad para describir los olores y los sabores que nunca encuentro en la literatura europea. Es como si hubiéramos perdido dos sentidos y nos conformáramos con ver, escuchar y tocar. Las descripciones de los sabores y los olores en el último libro de Kim Thúy dominan el relato e influyen en las emociones de la protagonista, hasta el punto de condicionar sus recuerdos, sus expectativas y su forma de entender la realidad que la rodea. Con este libro uno descubre que existen olores duros y blandos, tiernos u olvidadizos. Que los sabores pueden venir cargados de obsesiones e impotencia o, al contrario, llevarse consigo la preocupación de una dura jornada laboral y dejarnos ligeros y relajados para disfrutar de la noche.

La capacidad de percepción de los olores y los sabores define parte de la cultura del Sudeste Asiático, pero hay muchos más rasgos característicos descritos en este libro que me han llamado la atención. Por ejemplo, para empezar una conversación, los vietnamitas suelen hablar de la familia y de su lugar de origen. Se consideran parte de algo más que ellos mismos, un grupo que les da sentido y sin el cual se sentirían de alguna forma desnudos, desorientados. Ese grupo al que pertenecen define su identidad por su lugar de origen. Es decir, son lo que son porque pertenecen a una familia y porque vienen de un lugar. Esta vinculación a la familia y a la tierra cobra todavía más importancia cuando dos vietnamitas se saludan en el exilio. Lo primero que hacen es preguntar por los parientes del otro y por su pueblo o barrio natal, esperando conocer a los unos y al otro para establecer un contacto en los orígenes que los hermane en tierra de extraños, que les proteja del desarraigo.
Esta forma de mirarse a través de las raíces es conmovedora, pero también conlleva una pérdida de inocencia y de individualidad: ya nadie, excepto los extraños occidentales que pueblan el país de acogida, te mirará como quien eres, una mujer sola y sin historia, una página en blanco que quizá desee escribir su propia historia, desvinculada de sus raíces.

La literatura de Kim Thúy es suavidad, ternura y delicadeza. Gestos íntimos y mínimos que ocultan las heridas como un sabor dulce oculta y envuelve en su calidez otro más amargo. Sonrisas tenues que esconden historias de horror que el tiempo y el silencio ha ido puliendo hasta volverlas suaves al tacto, inofensivas y misteriosas como una habitación en penumbra. Y también, amor. Amor inesperado y fulgurante que sólo puede vivir escondido en habitaciones de hotel o en cartas con mensajes cifrados, pues exponerlo a la luz o a la palabra explícita podría convertirlo en catástrofe. 

Este libro es delicioso. Es una sopa de fideos con gambas caramelizadas que te tomas como si te bebieras tu tierra, a quince mil kilómetros de distancia, la tierra en la que has crecido y en la que un día te amaron, y cuyo sabor te arrebataron a cambio de la promesa de un trabajo, un sueldo y un porvenir. Es la historia de una joven refugiada vietnamita en Canadá, casada con el propietario de un restaurante, en busca del sabor de su tierra, de ese condimento que significa alegría o seducción u olvido. Es elegante, es evocadora. Y con muy pocas palabras me ha abierto los sentidos a los detalles sin importancia. A la amistad, a las sonrisas que saludan todos los días "con el entusiasmo de una arqueóloga que hubiese descubierto la huella del primer beso". A lo que se ignora si no prestas atención, a la poesía que se esconde de los ojos que no saben mirar más allá de lo literal. A la importancia de "respirar siempre profundamente, no sólo lo necesario".

Hablar de este libro es un poco inútil. Es como tratar de explicarle a alguien las características de una llama en la oscuridad. Mejor cogerle del brazo y decirle: ven, entra, lee y disfruta tú mismo de esta luz. 



lunes, 28 de noviembre de 2016

155. SIMÓN RADOWITZKY

Simón Radowitzky fue un anarquista ruso de origen judío. De adolescente hizo de enlace sindical en varias fábricas en el sur de Rusia y con apenas catorce años participó en la revolución fallida de 1905 hasta que, buscado por la policía secreta zarista, se vio obligado a huir a Argentina. En Buenos Aires entró a formar parte de los círculos anarquistas y sufrió la brutal represión de la policía durante la llamada Semana Roja en 1909, en la que murieron asesinados decenas de manifestantes que celebraban en las calles el 1 de mayo. Pocos meses después organizó en solitario el atentado que acabó con la vida de Ramón Falcón, jefe de la policía y responsable de la represión de los sindicatos y de las matanzas indiscriminadas de la Semana Roja. Radowitzky fue detenido y condenado a pena de muerte, conmutada en cadena perpetua por no haber cumplido aún dieciocho años. De los veintiún años que pasó en el penal de Ushuaia, en los confines argentinos de Tierra del Fuego, Simón Radowitzky, el preso 155, permaneció casi la mitad en celdas de aislamientos, las llamadas "heladeras", y, a la vez que sufría continuas torturas por parte de sus carceleros y contraía tuberculosis, se convirtió en un símbolo de las protestas obreras anarquistas en todo el mundo. Fue indultado en 1930, tres meses antes de un golpe militar de corte fascista que, sin duda, hubiera acabado con su vida, y, expulsado de Argentina, emigró a Montevideo. Enfermo de paludismo, viajó a España para luchar por la República contra las tropas franquistas, fue internado en un campo de concentración en el sur de Francia, y terminó sus días en México, trabajando en una fábrica de juguetes y editando revistas para el movimiento anarquista internacional. 

Simón Radowitzky se pasó la vida escapando de una jaula a otra. Buscando alguna cuyos barrotes le dejaran respirar y moverse con la libertad necesaria para luchar contra la injusticia. Se convirtió en un mito, muy a su pesar, gracias a su extraordinaria capacidad de resistencia. Mientras sus compañeros de cautiverio morían o se volvían locos, él se aferró a su ideal, a su identidad anarquista, y la convirtió en su escudo contra las palizas y las violaciones, en su arma contra aquellos que querían doblegar lo que representaba y sólo consiguieron destrozar su cuerpo. 

La vida de este anarquista mítico ha encontrado en los dibujos del argentino Agustín Comotto una plasmación a la altura de su intensidad. Me maravillan sus personajes en blanco y negro, perfilados con trazos duros y definidos, y el uso de la acuarela en manchas rojas para expresar dolor o añoranza me parece un recurso de una potencia expresiva fabulosa que no había visto nunca antes. Narrada en flashbacks desde la cárcel de Ushuaia, y tejida en torno a una imaginada historia de amor adolescente con Lyudmila, la joven ucraniana que supuestamente iniciaría a Simón en los ideales revolucionarios, esta historia de un anarquista sin infancia contiene ecos de la propia historia personal del autor. Agustín Comotto también perdió su infancia en huidas varias, hasta que se exilió con su familia a España en 1976, huyendo de la dictadura argentina. También, como Radowitzky, ha tenido una vida errante y ha vivido dentro de distintos tipos de jaulas. 

155 es un cómic poderoso. Importante. Se nota la ambición del autor y su propio dolor en ciertos dibujos y ciertas obsesiones. Es una historia sobre la lucha por la libertad. La lucha por mantenerse firme contra la injusticia, por encontrar un lugar dentro de uno mismo adonde no puedan llegar los golpes ni las ofensas y considerar cualquier sufrimiento como un periodo transitorio hacia esa vida que cualquier ser humano merece, esa "jaula más grande y lo suficientemente infinita como para no encontrar nunca sus paredes". 




viernes, 25 de noviembre de 2016

TAN POCA VIDA

Un relato estremecedor de vivencias masculinas en la voz de una mujer, Hanya Yanagihara, neoyorquina de origen oriental. Ha sido finalista del Man Booker Prize y del National Book Award. Ignoro cómo serán los primeros premios pero dudo mucho que puedan ser mejores que esta novela.

Tan poca vida nos habla sobre la culpa, el abuso y la violación de los menores en seminarios y ambientes de carretera, esa lacra que es la pederastia y a la que hasta hace poco tiempo ni siquiera se le daba un nombre, porque los niños eran propiedades y se hacía con ellos lo que apeteciera. Especialmente en el ámbito familiar, todavía hoy en muchos países sigue sucediendo sin que sean siquiera conscientes del daño físico y moral que ocasionan. Los trastornos mentales, los fantasmas y pesadillas que pueblan las mentes dañadas de estos niños muchas veces impregnan toda su vida.

Pero no todo son dramas. Al tiempo y de manera espléndida, la autora nos acerca a la amistad, la generosidad, al silencio y las emociones, al precio de la vida cuando uno ha dejado de valorarla y, sobre todo, al amor. Al amor en sus distintos matices, que, a medida que la sociedad evoluciona, muy despacito, hacia un mayor y mejor humanismo, quizá pueda ser entendido en toda su diversidad y deje de estar constreñido por los estereotipos mayoritariamente heterosexuales que nos han inculcado. 

A través de siglos nos han trasmitido los límites y las costuras dentro de las que podíamos delimitar los cánones del amor, ese sentimiento tan poderoso que consigue mover el mundo en todas direcciones y que siento que tiene muchos matices todavía poco explorados. Hanya Yanagihara introduce aquí una relación de amor entre dos hombres que se adentra en territorios poco transitados con una intensidad que nos conmueve hasta las lágrimas. 

El mejor regalo para las próximas navidades: mil páginas que nos regalan emociones, reflexiones y sentimientos impagables.



martes, 22 de noviembre de 2016

LA PIEDRA OSCURA

Miro su fotografía y me lo imagino con Lorca. Trotando por media España con La Barraca, llevando a Lope y a Calderón por pueblos y ciudades. Con apenas veinte años, prendado de Lorca. Embriagado de Lorca. Sin creerse ese fuego que le ha nacido nuevo en venas desconocidas, él, que siempre había ido con chicas, muerto de vergüenza ahora al verse convertido en la sombra enamorada de ese hombre. Pero qué hombre. Qué pasión. Qué versos le escribe. Sonetos del amor oscuro, amor extraño e imparable, amor-vendaval que todo lo arrasa, dulce y terrible. Para Rafael, cartas y versos. Y amor en camas de hotel, cuerpos enlazados en la clandestinidad, "¡Oh gruta de algodón, penumbra y llama!"

Pero qué hacer, cómo ser siempre la sombra del gran hombre. Ahí va ese chico, pegadito a Federico, escucha Rafael que murmuran a su paso. Y se va de vacaciones cuando toda España tiembla, violenta y descontrolada como su amor por el poeta, en el verano de 1936. Se va y le deja en Madrid, sin saber que ya no volvería a verlo, sin saber que ya no volvería a amar y que le sobreviviría exactamente un año, hasta el 18 de agosto de 1937, cuando murió desangrado en el Hospital Militar de Santander, tras haber sido herido en el frente adonde se fue a luchar, quizá, para vengar la muerte de su amante, de su poeta, o para olvidarlo todo y dejarse llevar por un mundo convertido en infierno. 

Esta pieza teatral de Alberto Conejero recrea lo que pudieron ser las últimas horas de Rafael Rodríguez Rapún, último amante de Federico García Lorca e inspirador de los Sonetos del amor oscuro. Herido de muerte en el transcurso de un ataque aéreo, su tenso diálogo con su carcelero desvela su trabajo como secretario de La Barraca, su compromiso con los valores de la República y su amor por el gran poeta, que abandonó en Madrid el verano que lo mataron y al que no pudo proteger de sus asesinos. Por estar con él, no se fue Federico a Argentina cuando Margarita Xirgu se lo pidió. Rafael, su amor, le dejó solo y lo mataron. ¿Puede alguien perdonarle eso? ¿Cómo ha podido seguir viviendo desde entonces? 

Federico García Lorca y Rafael Rodríguez Rapún

Federico le dejó a Rafael dibujos, fotos, cartas y manuscritos desaparecidos durante el asedio a Madrid en la Guerra Civil. De su amor está publicado poco más que los seis sonetos.Y es imperdonable que algo así no se sepa, que no se escriban libros sobre ello. Que Lorca siga enterrado en una fosa sin nombre y que los asesinos lograran reunir a un país entero de cómplices para su pacto de silencio. Esta pieza de Alberto Conejero es emocionante. Emociona su pasión, la tensión de los dos personajes siempre a punto de saltar en pedazos, la ternura, también, cuando aciertan a dialogar y dejan el miedo por la compasión o el entendimiento. Ambos víctimas de un país enloquecido, saturado de dogmas y muerte, podrido de violencia e impunidad. La poesía de Lorca está en las frases de Rafael, en sus súplicas y en sus recuerdos. Y con ella, el autor pone nombre a este amor, el último, el más intenso de nuestro poeta más universal, para que no se olvide su nombre perdido en alguna maleta llena de papeles viejos. 

Nombrar las cosas para que no desaparezcan. Traerlas a la luz. A los libros. A la verdad. Porque, por mucho que les pese a los que desprecian la memoria histórica, los cadáveres no se han ido. Siguen ahí, en sus cunetas, cada uno con una herida, un nombre y un apellido. Y no van a desaparecer mientras haya alguien que quiera contar su historia. 

La piedra oscura está en cartel hasta febrero.
Sin memoria no hay vida. Ni justicia.
No se la pierdan.




jueves, 17 de noviembre de 2016

PATRIA

No basta con matar. El muerto tiene que escarmentar. Tiene que avergonzarse, mientras se pudre. Tiene que ser testigo de cómo se escupe sobre su nombre. De cómo se insulta su memoria. 
No basta con matar un cuerpo. Hay que matar lo que representa. Silenciar lo que se dice de él. Borrar lo que se dijo de él. Como a un traidor en una guerra, sin cuartel, hay que expulsarlo de esta tierra para siempre. Y no sólo a él, a sus familiares también. Sus posesiones. Sus vínculos. Y a todos los que sean como él y se nieguen a colaborar con la causa. Con la lucha de este pueblo por sus derechos. Por su dignidad. Por su libertad. 

En algún momento de los años setenta, o incluso ya entrados los ochenta, buena parte de la población vasca se dividió en dos bandos: los abertxales y los españolistas. O estabas con unos o estabas con otros. Si estabas con los primeros, tenías que asistir a manifestaciones por la independencia de Euskadi, agitar la ikurriña con pasión, hablar euskera, apoyar la lucha armada y odiar a los españolistas. Si estabas con los españolistas, tenías que condenar los atentados, defender la unidad de España, hablar sólo castellano y odiar a los abertxales. El fervor nacionalista polarizó la sociedad vasca y dividió a la gente en función de su lengua, origen, nombre e ideología. Y quien no tenía ideología tuvo que hacerse con una a toda prisa o marcharse adonde no se le exigiera una demostración pública de sus filias políticas. 

Toda lucha por la libertad necesita sus traidores y, en poco tiempo, muchos pueblos señalaron entre sus vecinos a sus víctimas propicias: generalmente, empresarios que se negaban a pagar el impuesto revolucionario, simpatizantes declarados de partidos no nacionalistas o redactores de periódicos contrarios al independentismo. Convertirse en traidor era muy fácil. Bastaba con no apoyar públicamente a ETA. Primero aparecían unas pintadas en la calle. Acusaciones anónimas. Luego los vecinos te retiraban el saludo. Te rayaban el coche. Y así, poco a poco, la espiral de violencia podía acabar con tu exilio o con tu muerte, sin que nadie se sintiera verdaderamente responsable. "Fulano hace un poco, mengano hace otro poco y, cuando ocurre la desgracia que han provocado entre todos, ninguno se siente responsable porque, total, yo sólo pinté, yo sólo revelé dónde vivía, yo sólo le dije unas palabras". 

Nadie se hace responsable pero todos defienden a sus muertos como héroes. Entran en las casas, sacan el luto de las familias por las calles y venden su dolor en los escaparates de la opinión pública como trofeos de la lucha. Razones para continuar. Para vengarse. Para seguir tratando de imponer, cada bando por su lado, su idea de justicia. "Ni me dejaron preparar el entierro. Cogieron a mi hijo y montaron con él un numerito patriótico. Les vino de perlas que se "moriría". Para usarlo con intenciones políticas, ¿sabes?, como los usan a todos". 

Dos familias protagonizan este libro. Dos familias unidas por una amistad muy estrecha que el auge del nacionalismo rompe en mil pedazos. Un asesinato. Una reivindicación. Un exilio forzoso. Y una madre y sus dos hijos pasan a convertirse en "satélites de un hombre asesinado". Ya es duro sufrir la pérdida de un familiar. Pero si tu duelo pasa a formar parte de un trauma público, enquistado en la política y la sociedad que le rodea, con sus manipulaciones mezquinas y sus mercadeos con la muerte, el dolor se vuelve inmanejable. Saber que unos encapuchados han matado a tu marido o a tu padre por negarse a financiar la lucha armada, te destroza. Pero vivir con la constatación diaria de que decenas de miles de personas consideran legítima esa muerte, puede volverte loco. E ilustra cómo la necesidad de pertenencia a un colectivo determinado puede hacer creer a las personas que tienen derecho a decidir la vida o la muerte de los demás.  

Patria es un monumento literario a la historia reciente de Euskadi. A esos años de violencia y tensión que fracturaron una sociedad y cuyas secuelas aún palpitan en muchos rincones, con las heridas abiertas. Es una descripción de cómo la violencia ideológica puede acabar con las relaciones personales y transformar la convivencia en odio por los motivos más espurios. De cómo una idea puede convertirte en el asesino de tu mejor amigo. Es un libro abierto, una versión del autor de lo que ha podido ocurrir de puertas para adentro en la intimidad de las víctimas de la violencia ideológica. Y de lo que todavía ocurre, de los pactos de silencio que aún no se han roto porque la gente sigue sin poder remover su pasado, sin atreverse a hablar de lo que hicieron, ahora que las motivaciones que legitimaban aquellos actos van poco a poco perdiendo apoyos y sentido. 

No recuerdo haber leído ningún libro tan potente, tan intenso, tan plural y tan visceral en años. Es una bomba, un puñetazo en la historia íntima de Euskadi. Un río de palabras sobre aquello que mucha gente apenas osa nombrar. 
Tardaré bastante tiempo en digerir el impacto. 




lunes, 14 de noviembre de 2016

LA LIBRERÍA PERDIDA

Los que amamos los libros y dedicamos nuestra vida profesional a ellos, desarrollamos una especial sensibilidad hacia los libros que hablan de librerías y de libreros. Este precioso cuento ilustrado para niños (a partir de siete años, aproximadamente) me descubre a una escritora, Aurora Ruá, que también, como nosotros, desarrolla su trabajo en una librería (ella en Valencia, especializada en Arte y libros ilustrados).

Las ilustraciones de Óscar Perales recrean a una niña llamada Marta, en un pueblo sin horizontes, y a un librero que le descubre la magia de la literatura. Le muestra un libro y le dice: "si lo lees, te adentrarás en un mundo nuevo, lleno de lugares que se harán tuyos, tan íntimos que no dudarás haber pisado..., de historias ajenas que se entrelazarán a la tuya como la hiedra a un árbol, de manera que no sabrás dónde acaba una y donde empiezan otras. De personajes desconocidos a los que acabarás amando, y que a partir de ese instante, te acompañarán siempre... de momentos futuros ya vividos y de momentos pasados por venir, de forma que no sabrás lo que es soñado o recordado. Un mundo, en definitiva, del que no podrás regresar".

Creo que es una definición clara y bella de lo que significa la literatura para los que disfrutamos de ella y un regalo precioso por la calidad de su presentación y de sus ilustraciones. 



jueves, 10 de noviembre de 2016

EL INTÉRPRETE DEL DOLOR (Firma invitada)

Hay una literatura, que yo llamo del desastre, que tiene la cualidad de hacer que quiera más a la gente a la que quiero. Esa literatura que es tan humana que es capaz de enganchar con lo profundo que hay en mí, zarandearlo y ponerlo delante de mis ojos con otra nueva luz, una perspectiva diferente. Estas palabras las usé hace una semana cuando leí el primer relato de El intérprete del dolor, el último libro de Jhumpa Lahiri que publica la editorial Salamandra. A pesar de estar casi recién salido de la imprenta, se escribió en 1999, cuando la autora, de origen bengalí pero nacida en Inglaterra y criada en Estados Unidos, tenía treinta y dos años y había acumulado muchas historias cotidianas para escribir y reunir en un compendio maravilloso. Esa primera impresión que me quedó del relato “Una anomalía temporal”, es la que se ha mantenido a lo largo de la lectura de todas las historias.

Reconozco que he empezado con la literatura de Jhumpa Lahiri tarde. Me la han recomendado mucho dos grandes lectores, uno de ellos especialista en cine y literatura indios; el otro, lector empedernido de cuyo criterio me fío siempre. Me hablaron de ella con entusiasmo y me lancé a la estantería de novedades cuando vi su último libro. No fue hasta varios días después de traerlo a casa cuando lo empecé y descubrí que se trataba de relatos. Me sumí en un pequeñito desasosiego porque nunca leo relatos, no me terminan de convencer del todo. Pero la atracción por la figura de esta autora pudo más y su prosa me retuvo del todo.

Los nueve relatos que componen el libro tienen como protagonistas a hombres o mujeres bengalíes, bangladesíes o indios. Además, los sentimientos de soledad y desarraigo recorren todas las páginas del libro. Todos son relatos del desastre de alguna u otra manera. A veces el desastre se suaviza con el tiempo hasta que parece como si nunca hubiera existido; en cambio, en ocasiones, el desastre mata interiormente a los personajes, quizás momentáneamente, o quizás para siempre, pero los vuelve seres nuevos que deben descubrirse a sí mismos con otras máscaras o en otras realidades.

Los relatos que abren y cierran el libro son para mí los más redondos: la historia de un desamor que guarda un secreto nunca revelado y que acaba saliendo a la luz como una especie de venganza, y la historia del joven de Calcuta que recuerda su juventud, su matrimonio concertado y su vida como un deambular por tres continentes diferentes. Y el relato que da título al libro cuenta la historia de un guía turístico cuya profesión es la de interpretar el dolor de los pacientes de un médico que no conoce la lengua de la zona donde trabaja; el intérprete se ve invadido por la vana ilusión de entablar una relación epistolar con la mujer indoestadounidense de una familia a la que lleva de visita por Konark. Parece una historia sencilla, pero en su sencillez reside la humanidad y la universalidad. Porque todas y cada una de ellas, vidas que transitan en algún momento por la soledad, son nuestra vida o la vida de alguien que está muy cerca de nosotros.

Mi primera lectura de Jhumpa Lahiri ha sido del primero de los libros que publicó. Sin embargo, para entonces, su voz ya había alcanzado un tono, una calidad y una universalidad que podrían resultar poco creíbles en unos relatos de carácter tan localista. Estoy emocionada con esta lectura y con ganas de lanzarme a leer sus novelas, entre otras, The Namesake, obra en la que se basa la maravillosa película del mismo nombre dirigida por la cineasta Mira Nair.



lunes, 7 de noviembre de 2016

ROBERTO INNOCENTI. EL CUENTO DE MI VIDA

Cuando vi el nombre de Innocenti en un libro que no era de ilustraciones infantiles me quedé muy sorprendida. Siempre he asociado ese nombre al que, en mi opinión, es el mejor ilustrador del mundo. Lo descubrí a finales de los ochenta en un maravilloso cuento que se llamaba Rosa Blanca, hablando de los nazis a los niños, y me impactó por el mensaje y sobre todo por la calidad de esas minuciosas ilustraciones realistas.

Años más tarde, la versión de La Cenicienta, original y divertida, recreando la alta sociedad inglesa, me pareció una obra de arte llena de ironía. Luego vinieron El cascanueces, Pinocho, Canción de Navidad, y todas me confirmaron en mi idea inicial: era el mejor ilustrador que yo había conocido.

Ahora Rossana Dedola le hace una entrevista en su estudio de Florencia, donde nos cuenta su trayectoria profesional y también algunos datos personales curiosos, como el de que su matrimonio por lo civil le costara su empleo en aquellos años de intolerancia religiosa, de los que todavía quedan tantos resabios. Un valor añadido de esta interesante entrevista son las 23 ilustraciones que vienen al final y nos permiten disfrutar del arte de Innocenti.

La  editorial Kalandraka ha publicado sus obras más recientes, desde La historia de Erika hasta La niña de rojo, en las que se aprecia la evolución de este fantástico ilustrador. 

Gracias, amigos de Kalandraka, por hacernos disfrutar de tantos libros exquisitos y, en este caso, además, por acercarnos a la personalidad de uno de los artistas gráficos más importantes de la historia del diseño y la ilustración.



martes, 1 de noviembre de 2016

SPQR

En uno de los primeros exámenes en la facultad me preguntaron algo sobre la fundación de Roma, su datación y sus repercusiones. Recuerdo que por entonces me lo tomaba muy en serio y me esmeraba en redactar con claridad todo aquel embrollo de Rómulo y Remo y la política de raptos y violaciones en masa como método para conseguir ciudadanía. De hecho, no se me ha olvidado aquella fecha, 753 a. C. Hoy me pregunto si los profesores disfrutaban confundiéndonos, si se irían después de clase a sus despachos riéndose maliciosamente por hacernos creer que lo que nos contaban eran hechos históricos. O si por el contrario se creían todo aquello, si pensaban que Eneas era de carne y hueso y había vuelto efectivamente de la Troya de Homero, prolongando su vejez unos quinientos años para fundar después la ciudad de Roma. Me pregunto si de veras creían que las ciudades se fundan, así, por decreto, o que los famosos gemelos sobrevivieron gracias a una loba de pezones acogedores. 

Es curioso cómo lo que nos cuentan en nuestra formación académica se nos queda ahí incrustado y lo difícil que es después desembarazarnos de ello. Por eso, aunque todo el mundo sepa que ciertas cosas no pudieron suceder tal y como nos las contaron por simple sentido común, viene muy bien que alguien autorizado nos lo diga y aproveche el detalle concreto para poner en duda todo el contexto que lo sustenta. "El trabajo de un historiador, y más si su campo es el mundo antiguo, es tratar de diferenciar entre hecho y fantasía", dice Mary Beard. Yo añadiría: diferenciar entre lo que es probable y lo que es improbable. Porque ya se sabe que el pasado es en realidad el relato de ese pasado. Y todo los relatos construyen, asocian e inventan la realidad que quieren contar. Una de las razones por las que me gustan tanto los libros de historia es esta: enseñan a desconfiar del pasado tal y como nos ha llegado y a dialogar con lo que posiblemente fue, en vez de asumir lo que sus protagonistas insisten en hacernos creer. Sirve para aprender historia antigua, por supuesto, pero también para comprender por qué aquel político ha mencionado a sus abuelos para insultar a otro político. Y sobre todo, para comprenderse mejor a uno mismo y establecer una relación con el propio pasado, y su relato, lo más flexible y dialogante posible. 

Mary Beard recibió hace unas semanas el Premio Princesa de Asturias. Es catedrática de Clásicas en Cambridge y una de las más reconocidas historiadoras del mundo en su campo. El mundillo académico, como tantos otros, es un coto privado de hombres, por lo tanto, que una mujer sea su referente global es una excelente noticia. Pero lo mejor es que Mary Beard es lo opuesto a lo que estamos acostumbrados a encontrar en un historiador: es mujer, es divertida, es feminista, viste de forma desenfadada (para muchos, estrafalaria) y le gusta tratar a Cicerón más como a un colega que como a una eminencia (trato que Cicerón no aprobaría, por cierto, ¡es una mujer!). El desparpajo de esta señora es un soplo de aire fresco en los rancios círculos de los historiadores. Y su relato de la historia de Roma es un diálogo divertido, refrescante e inteligentísimo entre su cabeza privilegiada y las fuentes escritas, en el que admira y saca los colores por igual a los historiadores antiguos con su mezcla de rigor y descaro.

SPQR es una historia de Roma en seiscientas páginas. ¿Qué decir sobre los casi diez siglos de historia (desde los inicios en el siglo VIII a. C. hasta el 212 d. C., año en que el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio Romano) que recoge este libro? Por supuesto, por él desfilan los grandes personajes que aparecen en las guías turísticas, las grandes batallas y los grandes acontecimientos. Sin embargo, no se puede comprender la historia de una civilización solamente a través de las biografías de sus hombres ilustres. Sería como leer una biografía de Franco y pensar que ahí están las vidas de nuestros padres y abuelos. Conocer la vida de los grandes hombres (nunca de las mujeres, por cierto) no nos permite casi nunca ver de cerca el mundo en el que vivieron. Cómo eran las calles, a qué olían los portales de las casas, cuánto costaba una barra de pan o qué peligros conllevaban los embarazos. Lo cierto es que la población no notaba grandes cambios entre un gobierno y otro. El 99% de la población vivía al margen de las intrigas palaciegas y las grandes gestas, que ocupan a su vez el 99% de lo que nos cuentan los relatos contemporáneos y los libros de historia tradicionales. 

Una vez que sabemos lo que las fuentes nos quisieron contar, una vez que hemos aprendido de qué va la función, es mucho más interesante y divertido levantar una esquinita del telón y curiosear entre bambalinas. Ver a las mujeres y a los esclavos, a los indigentes y a los niños no deseados berreando desconsolados en los vertederos. Arrojar algo de luz en toda esa zona de sombra que ocupa la inmensa mayoría de la población y que constituye la verdadera esencia de esta civilización tan revolucionaria y asombrosa. Ahí es donde se suele cocer lo más jugoso de las historias y donde Mary Beard nos lleva con su mirada. Con muy pocos restos arqueológicos, sin apenas fuentes escritas, sin testimonios de primera mano, la vida cotidiana en la época romana es esencial para comprender su civilización. Y sin ella, su historia se queda en poco más que una consecución de batallitas más o menos emocionantes de unos hombres obscenamente ricos.

Los romanos no son un ejemplo pero nos enseñan muchas cosas. Muchas de sus ideas nos parecen injustas y sádicas, y otras, sin embargo, tan modernas que hasta finales del siglo XIX no se han dado las circunstancias necesarias para poder recuperarlas. Nuestra forma de entender el poder, la ciudadanía, la responsabilidad, la violencia política, el lujo, la tolerancia y la belleza es heredera directa de aquella civilización, y Mary Beard, con este libro excepcional, nos muestra que dialogar con los clásicos no solamente es divertido y apasionante, sino que nos enseña muchas cosas de nuestra propia manera de ver el mundo.

Mary Beard



jueves, 27 de octubre de 2016

EL AMOR DEL REVÉS

De este libro me gustan muchas cosas, tantas que no sé por dónde empezar. Me gusta el arranque, con esa descripción de la educación católica y los estragos que puede causar en la sensibilidad de un muchacho homosexual. Me gusta la profundidad a la que ha llegado el autor buscándose a sí mismo, la disección sentimental de sus amores y sus desgracias. Me gusta la elegancia del ritmo de su prosa: si sus palabras fueran un hombre caminando por la calle, muchos volveríamos la cabeza subyugados al verle pasar. Pero sobre todo, me gusta la ternura. Esta es una historia contada con una ternura desarmante, ternura hacia las personas que desfilan por las páginas y, sobre todo, hacia sí mismo. Recordar el propio pasado y ser capaz de recorrer los pliegues más dolorosos con ternura me parece un don muy poco común. Y si además es a través de una prosa exquisita, entonces el libro se vuelve un privilegio. Luisgé Martín lo ha hecho. Leer su último libro es un privilegio. 

El autor entró en la adolescencia en los últimos años de la dictadura. En el colegio le enseñaron, como a la inmensa mayoría de adolescentes de su época, que el sexo era pecado si su fin no era la procreación. Que los pensamientos pecaminosos le acercaban a la condenación y que la homosexualidad era una perversión de la que nunca se recuperaría. A los quince años supo con certeza que era homosexual y se juró a sí mismo que nunca nadie lo sabría. Se sabía distinto. Enfermo. Extraviado. Portador de un secreto que, de desvelarse, podría arruinarle la vida. Se avergonzaba profundamente de su condición. Se sentía una cucaracha. 

Con el paso del tiempo su secreto fue perdiendo parte del peso y del terror, pero la culpa no terminaba de desaparecer. Ni siquiera al racionalizar su identidad sexual, al comprender que no existe ningún dios a quien repugnen sus amoríos ni pecado posible en su naturaleza, la culpa persiste. El hábito de esconderse. De fingirse otro. De estar siempre alerta, vigilante, a la entrada de cualquier bar nocturno de Chueca por si aparece alguien conocido, algún posible delator. Porque aunque tus amigos lo sepan, aunque tus padres lo intuyan y sonrían con benevolencia, aunque nadie te haya agredido nunca por la calle ni hayas estado tan solo y desesperado como para acercarte al borde de la locura o del suicidio, la sociedad nunca se cansa de recordarte, desde muchos frentes, que eres diferente. Que escondes, en alguna parte de tu cuerpo, una cucaracha. 

Este libro describe un círculo completo. La conversión de homosexual reprimido en homosexual militante. De cucaracha en ser humano. Un proceso vital en el que la búsqueda del amor es la guía que dirige los pasos del autor, por un camino lleno de baches y trampas, lleno de sobresaltos. El orgullo público, la transgresión que esconden actos tan cotidianos como besar a la persona que amas en un restaurante o andar de su mano por la calle, cuenta Luisgé, es la forma de despojarse de las últimas escamas de la cucaracha. Reivindicar que "estaba orgulloso de haber sobrevivido, de seguir teniendo sexualidad y razón de amor, de mantenerme en pie y no sentir vergüenza, de haber evitado la traición, el suicidio o la locura. Estaba orgulloso de haber ido descubriendo, a contracorriente, que todo aquello de lo que habían querido apartarme era lo único por lo que merecía la pena vivir". 

No sé cómo nació este libro. No sé qué lo impulsó. Tampoco sé cómo se puede salir indemne después de haberlo escrito. Aunque el autor haya ido contando partes de su vida en sus anteriores novelas, siempre estaba hasta cierto punto a resguardo. Protegido por nombres inventados, por el envoltorio dulce de la ficción. 
En estas páginas ha salido desnudo al escenario y la historia que ha venido a contarnos lleva su nombre real. Es él, Luisgé. Vestido únicamente con su historia. Y la ternura de sus palabras. 


Luisgé Martín




lunes, 24 de octubre de 2016

TODA PASIÓN APAGADA

Una de las magias de la literatura es que nos abre ventanas a otros lugares que no habíamos imaginado antes. Hace unos días disfruté de la lectura de A Virginia le gustaba Vita, de Pilar Bellver, del que escribí una reseña en este blog. El personaje de Virginia Woolf ha sido tan reconocido que ha eclipsado a Vita Sackville-West en su faceta de escritora, que yo desconocía. 

No sé si ha sido coincidencia la publicación en un espacio de dos meses de la novela de Vita Toda pasión apagada, cuando todavía resonaba en mi mente la relación tan interesante que mantuvieron estas dos mujeres en una época, los años 20 del pasado siglo, en la que la moral victoriana mojigata y misógina en Inglaterra hacía tan difícil que ideas liberales y humanistas como las del Grupo de Bloomsbury prosperasen. 

Abrí las primeras páginas de Toda pasión apagada con poca convicción de que me fuera a interesar. Más bien imaginaba un capricho de aristócrata millonaria que Vita quiso permitirse, influida por la intelectual Virginia, a la que admiró y amó toda su vida. Sin embargo, la sorpresa ha sido muy agradable. Es una delicia de historia, con un personaje femenino, Lady Slane, de 88 años, que nos cautiva y nos conduce con inteligencia y sensibilidad por la senda de la vida con una crítica visión de la clase alta social británica. Lady Slane rescata el placer de la libertad cuando se queda viuda y puede disponer de su independencia, aunque llegue tan tarde, porque la felicidad está hecha de esos pequeños detalles: una mirada que cincuenta años atrás había dejado huella, encontrar complicidad y admiración en personajes entrañables como su doncella francesa, el coleccionista millonario y excéntrico que se enamoró de ella cincuenta años atrás en la India, su casero y el maestro de obras. 

Una tarde lluviosa de sábado que las 225 páginas de este relato han convertido en un placer.


viernes, 21 de octubre de 2016

A VIRGINIA LE GUSTABA VITA

Pilar Bellver nos ha regalado una historia muy sorprendente. Yo quizá habría matizado mejor el título y le habría puesto "Virginia amaba a Vita", ya que eso es lo que se desprende de la correspondencia, incluida en este libro, entre estas dos mujeres: Vita, arrolladora, vitalista, valiente aristócrata que vivió como quiso sin atender a prejuicios y Virginia, intelectual, feminista, algo mística, con problemas de salud mental desde la infancia que se enamoró y supo enamorar a Vita, sin dejar de querer a su marido Leonard. Los amores diversos creo que todavía no han sido bien estudiados.

La falsa moral victoriana y la influencia de la Iglesia en la sociedad fueron dos temas que el Grupo de Bloomsbury al que perteneció Virginia trató por todos los medios de rechazar. Integraron este grupo muchos intelectuales y artistas entre los que destacan Bertrand Russell, Wittgenstein, Gerald Brenan, Katherine Mansfield, las hermanas Virginia y Vanessa Bell, Dora Carrington, el economista John Maynard Keynes...

En un juego literario de alta calidad, Pilar Bellver mezcla realidad y ficción e incluye un apéndice en el que una conversación en el momento actual entre tía y sobrina nos sitúa respecto a un tema que tanto va evolucionando en la sociedad actual: los amores diversos, que por ser amores jamás deberían haber sido estigmatizados, incluso hoy en muchos países.

Las especiales relaciones que unieron a estas dos mujeres con sus maridos respectivos, con los que mantuvieron una gran complicidad y un buen entendimiento, dan idea de la inteligencia de todos ellos para desarrollar convivencias satisfactorias, cada una de acuerdo con las necesidades que tenían. 

También es un reflejo de la sociedad inglesa en los primeros años del siglo XX, con todas las complejidades y características contra las que Virginia y el grupo de Bloomsbury se rebelaron ofreciendo criterios mucho más liberales y humanistas, especialmente en el tema del feminismo.