lunes, 30 de noviembre de 2020

LA MUJER SIN NOMBRE

El olvido que ha sufrido María Lejárraga me sorprende hoy muchísimo. Mi interés por la generación del 27 fue siempre una constante durante años. Más allá de Lorca, Salinas, Cernuda, Alberti, Guillén o Aleixandre, detrás estuvieron mujeres tan importantes como María Zambrano, Rosa Chacel, María Teresa León, Marga Gil o políticas como Clara Campoamor o Victoria Kent. De todos ellos se ha hablado mucho, de ellas menos, pero de María Lejárraga muy poco, solo la idea generalizada de que había escrito todas las obras que había firmado su marido, Gregorio Martínez Sierra, o sea un papel de víctima y la imagen de una injusticia machista. 

Siento un profundo agradecimiento a Vanessa Montfort por esta novela que nos aporta tanta información, para mí desconocida, de un personaje tan interesante, más allá de su relación con Gregorio al que llevaba siete años y le consideraba su "niño", en una relación casi materno-filial. Se casaron, él con 19 años y ella con 26, profundamente enamorados. Ella le cuidaba porque la salud de Gregorio era muy frágil. Para mantener el matrimonio ella aceptó un trabajo de maestra, que en aquella época era tremendamente degradante, y que además no le permitía publicar ninguna obra con su firma, motivo por el que acordaron que pondrían la firma de Gregorio. Ese fue el inicio de una iniquidad. 

Gregorio era un hombre de teatro. Lo que le gustaba y hacía era dirigir y le pedía libretos a su mujer a un ritmo vertiginoso. El éxito de las obras hizo que ella abandonara su trabajo de maestra después de diez años. Escribió más de un centenar de títulos, Tú eres la paz alcanzó las cincuenta ediciones, Canción de cuna se llevó varias veces al cine. De alguna manera, y es una paradoja, ella se inventó el personaje de Gregorio Martínez Sierra y como le quería no le importó quedar en la sombra, pero no era una víctima.

María no sólo fue maestra y dramaturga, la más importante de su época. También tradujo a Shakespeare, Stendhal, Ibsen y Sartre, fue diputada de la Segunda República por Granada, diplomática y formó parte del grupo que fundó el Lyceum Club Femenino. Mantuvo siempre una amistad profunda con Juan Ramón Jiménez y Zenobia Cambrubí, con Falla, con quien colaboró escribiendo los libretos de El amor brujo y El sombrero de tres picos, con Turina, con García Lorca...

Cuando empezó la guerra civil se exilió a su casa de Niza, para entonces ya se había separado el matrimonio porque Gregorio había iniciado una relación con Catalina Bárcena, la primera actriz de su compañía, con quien tuvo una hija y a quien presentaba como su mujer haciéndose pasar por viudo en América, adonde se llevó la Compañía. Esa fue una etapa durísima para María, pasó hambre en Niza, perdió veinticinco kilos y él, en su egoísmo, inconsciencia o crueldad, no se ocupó de su mujer, de la que nunca se divorció, más que para seguir pidiéndole libretos. La censura franquista borró su nombre por ser republicana, fue fácil porque no aparecía en ningún lugar y su marido se ocupó de no declararlo más que en una carta privada que le envió. Afortunadamente, ahora contamos con una circunstancia favorable: se han recuperado ciento cuarenta y cuatro cartas que permiten reconstruir la vida de esta admirable mujer.

Gregorio murió de cáncer en 1947 pero María vivió casi cien años, murió en 1974, le faltaron seis meses para cumplirlos en su exilio de Buenos Aires. Una lástima que no pudiera conocer la muerte de Franco, un año más tarde. Allí en Buenos Aires se le tributaron homenajes que aquí inexplicablemente ni siquiera se divulgaron. Sólo el año pasado, en 2019, se estrenó una obra de teatro, Firmado Lejárraga, en el Centro Dramático Nacional, escrita también por Vanessa Montfort. Ojalá sea el inicio de un reconocimiento tan merecido.




jueves, 26 de noviembre de 2020

APUNTES PARA UN NAUFRAGIO

Esta novela cabe en una mano abierta. Sus 240 páginas entran en un bolsillo y uno puede llevarlas en el abrigo sin que nadie sospeche que esconde un tesoro inmenso e inabarcable. Una explosión de vida, dolor y amor que todavía siento cada vez que cierro los ojos y evoco ese nombre: Lampedusa. 

"Lampedusa, de lepas, la roca erosionada por la furia de los elementos, que resiste en la vastedad del mar abierto. O Lampedusa, de lampas, la antorcha que brilla en la oscuridad". Lampedusa es una condena y una salvación. Una fosa común y un renacimiento. Y las páginas de esta novela son un homenaje a los que tratan todos los días de convertir esa condena en salvación, a los que llegan huyendo del infierno y encuentran en ella la posibilidad de volver a vivir. 

En la escena inicial del primer capítulo de la serie Eden (Filmin), un grupo de turistas en una playa del Mediterráneo contemplan el desembarco de una lancha llena de inmigrantes subsaharianos. Mientras estos se tiran al agua y corren hacia la orilla dando grandes zancadas, los europeos reaccionan de maneras muy diversas: su perplejidad, su curiosidad, su miedo y su instinto de ayudar son los mismos que sentiríamos cualquiera de nosotros si pudiéramos ver de cerca el terrible espectáculo de esta tragedia cotidiana con nuestros propios ojos. El instinto del miedo lo tenemos desde que nacemos. El instinto de ayudar se aprende toda la vida. Para que el segundo venza sobre el primero hacen falta series como Eden y novelas como esta. Muchas, muy buenas, cuantas más mejor. 

Los cinco mil habitantes de Lampedusa viven del turismo pero su isla es conocida por la llegada de inmigrantes. Lampedusa es un símbolo pero también un espacio árido donde "el cielo está tan cerca que casi se te viene encima. La voz omnipresente del viento. La luz que golpea por todas partes. Y ante los ojos, siempre, el mar, eterna corona de gozo y espinas que lo circunda todo". Belleza y muerte, placer y sufrimiento. La prosa de Davide Enia se desnuda en estas páginas hasta cortar como una lámina de metal. Y la poesía surge espontáneamente, a ráfagas, en frases cortas de una belleza jadeante. Parece escrita con urgencia. Por momentos parece una crónica periodística, un poco al estilo de los libros de Svetlana Aleksiévich, en la que el narrador da voz a varios personajes que cuentan su contacto con la llegada de inmigrantes en una serie de testimonios sobrecogedores. 

Un buzo de rescate: "Aquí salvamos vidas. En el mar cualquier vida es sagrada. Si alguien necesita ayuda, nosotros lo salvamos. No hay colores, etnias ni religiones. Es la ley del mar". Una ley que dice que no siempre se puede salvar a los que piden ayuda. Que muchos brazos alzados acaban desapareciendo bajo el mar, poblando de pesadillas las noches de aquellos que no llegaron a tiempo para salvarlos, pero sí para oír sus gritos y ver cómo poco a poco se iban apagando para siempre.

Los que se dedican al salvamento marítimo "llevan escritos encima los sonidos y los olores de la guerra". Parecen impasibles, silenciosos, o a veces también cordiales y habladores. Pero hay un abismo en su mirada cuando dejan de hablar, cuando evitan seguir describiendo y tiran de elipsis para mantenerse a flote. Y terminan las conversaciones con frases brutales como tajos. Frases que conmocionan no tanto por lo que dicen, sino por lo que ocultan: "no hay nada más hermoso que ver llegar a los niños, vivos". 

Pero Davide Enia no sólo ha escrito una novela sobre los refugiados que llegan a Lampedusa. Estos Apuntes para un naufragio tratan también sobre la relación entre el narrador y su padre, una relación definida por él mismo como una "Siberia emocional": "En el sur expiamos una tara comunicativa hija de una cultura secular en la que callar es sinónimo de virilidad. Omo di panza es la manera lisonjera de definir a aquel a quien se le supone un estómago tan recio que lo guarda todo dentro: las dudas, los secretos, los traumas". Y poco a poco, con cada viaje que realizan juntos a Lampedusa, el hielo silencioso de su relación se va resquebrajando, y por esas grietas empiezan a infiltrarse las palabras de ternura y de afecto de las que está hecha esta esplendorosa y durísima novela de amor. 

Esa "Siberia emocional" es muy compleja y tiene muchos deshielos. Hay belleza y hay ternura. Hay todo un lenguaje de amor que se desarrolla sin palabras, tenaz como los peces bajo el hielo, como plantas en el desierto. Los hombres de esta novela no saben cómo hablarse pero son conscientes de compartir un mismo vocabulario y una misma forma de afrontar la alegría y la angustia, de percibir la belleza. Quizá la antesala de la muerte, con esa Lampedusa bella y terrible batida por el viento, sea el escenario más propicio para que todos ellos encuentren el tono y la cadencia de la ternura perfecta. 





lunes, 23 de noviembre de 2020

CARMEN MOLA Y LA CRUELDAD VACÍA

Admito con facilidad la crueldad en las novelas. Y más en las novelas negras, en las que suele ser uno de los ingredientes imprescindibles. Mientras pueda explicarla de alguna forma, siempre encuentro un hueco donde encajarla bien para que no me saque de la historia. Pero la verdad es que la crueldad en las novelas de Carmen Mola me ha puesto a prueba. Y no sólo lo digo yo: hay escenas que bordean lo inadmisible. Y paso por ellas y sigo leyendo y, aunque quizá me habría gustado que fueran de otra manera (porque madre mía, ¿de verdad hacían falta?), las acepto como un rasgo específico de la forma de escribir de esta escritora (o escritor) escondida tras el pseudónimo de Carmen Mola, que se ha convertido en uno de los mayores éxitos de la novela negra española de los dos últimos años. 

¿Qué es una novela negra? ¿Para qué sirve? Más allá de las respuestas obvias, yo me eduqué en la novela negra con Henning Mankell y aprendí que casi siempre lo más interesante de estas novelas no eran las investigaciones ni la intriga ni las sorpresas de la trama. Lo que de verdad me enganchó a ellas para volverme un fan incondicional siempre fueron los retratos psicológicos de los personajes y lo que el autor quería contar a través de ellos. La intriga y la investigación eran los medios para armar algo que iba mucho más allá de un argumento y que, en las manos de, por ejemplo, Henning Mankell, podía convertirse en un dedo en cada llaga de la idílica sociedad sueca de finales del siglo XX. 

Las novelas de Carmen Mola están muy bien construidas. Me he pasado horas y horas al borde del sofá, pasando páginas entretenidísimo, pero sin darme cuenta de que una vez resuelto el caso y digerida la crueldad, no había gran cosa detrás de esa construcción cuidada. Aunque a veces algún pequeño párrafo cambiara el tono general, como este de La novia gitana

"Se pregunta hasta dónde llega la responsabilidad de una madre, en qué momentos hay que dejar a los hijos volar solos, sin la mirada vigilante y la tutela obsesiva. No hay tregua ni descanso, se dice. A los hijos hay que cuidarlos todo el tiempo, incluso cuando no estás con ellos. Un hilo de plata debe mantener la comunicación, un hilo del que tirar si asoma el peligro, si se encienden las alarmas interiores. Si el hilo se rompe, el niño se pierde para siempre. Y no hay perdón para la madre que no supo estar al acecho". 

Tras este párrafo, quizá el más intenso de las tres novelas, todo gira en torno a una maldad inimaginable (que no inverosímil) y el esfuerzo de una serie de personajes por hacerle frente y digerirla. Pero, ¿qué pasa con ellos? ¿Qué hacen con esa digestión, cómo viven, qué sueñan, qué contornos tiene su desesperación? Son incógnitas que en estas novelas quedan desdibujadas, a veces totalmente en blanco. Y al terminar de leer cada una de ellas, en especial la más reciente (La nena, 2020), he tenido la sensación de que la intriga y la investigación, es decir, el andamiaje de toda novela negra, era en realidad el decorado final de estas. Que lo que yo estoy acostumbrado a interpretar como el medio, era en realidad un fin en sí mismo, todo aderezado con una crueldad impactante que desvíe la atención del vacío que queda cuando pasas la última página. 




jueves, 19 de noviembre de 2020

DRÁCULA (firma invitada)

No hay mayor placer lector que el de tachar de una lista un título que llevaba años rondándote la cabeza y las estanterías. Sobre todo si ese título es el de un clásico. No hay vida para tanto libro y hay más libros que años por leer, pero hay clásicos a los que sí o sí hay que acercarse para desterrar de una vez el prejuicio o para cerciorarse de su genialidad, de lo que los convirtió en los clásicos que hoy son.

Por profesión y formación, soy una gran lectora de clásicos. Fundamentalmente, de los clásicos de la literatura española, pero aunque a veces la pereza me atenace las ganas de leer libros de otras literaturas europeas o de otros continentes, me pongo a la tarea con buen ánimo. Drácula, sin embargo, se me ha atascado durante lustros. El hecho de no ser una apasionada del terror es la razón más importante de que no me hubiera animado con él hasta ahora. Pero, ¡ah! la magia de las comunidades lectoras que se crean en las redes sociales, me animó a leerlo acompañada. Y en ella me adentré.

Una de las sensaciones más persistentes durante y tras la lectura de Drácula es que la obra contiene todos los clichés que posteriormente el cine y las secuelas vampirescas han incluido: los colmillos afilados, la transmutación en animales salvajes de Nosferatu (la versión rumana de 'vampiro' según Stoker pero cuyo origen no está asegurado en el folklore de esa región), los ajos, crucifijos y hostias consagradas para protegerse de la bestia o la estaca puntiaguda con la que atravesar el corazón del ser infectado por el conde para salvar su alma.

A pesar de todos estos elementos, no hay que olvidar que Drácula es el producto de una época y, como tal, procura acercarse a la figura del vampiro desde una perspectiva de lo más empírica y científica posible, algo muy propio de finales del siglo XIX con las nuevas disciplinas que estudiaban los fenómenos sobrenaturales desde la seriedad de las ciencias (hipnosis, espiritismo o mesmerismo). Es cierto que hay terror en varios pasajes, pero lo que predomina es el estudio científico de los casos de personas que han sufrido la mordedura fatal. Por eso, la forma es tan importante y encontramos diarios y cartas de los personajes que van sacando a la luz la naturaleza del conde y van descubriendo sus objetivos.

Lo que más me ha gustado del texto ha sido precisamente la parte fantástica, las descripciones del vampiro y del poder ejercido sobre sus víctimas, la serie de tópicos que rodean su figura, las descripciones de las tierras del Bósforo y las anécdotas legales y científicas de la época. Como historia de terror, me quedo, sin duda, con las adaptaciones cinematográficas de la novela porque buscan el miedo y mantienen la intriga dejando al espectador más en vilo. Eso solo lo logra Stoker en varias escenas.

Pero en fin, qué voy a decir yo de una novela requeteleída con más de un siglo de vida. Hablar de los clásicos siempre es un placer aunque lo que se diga de ellos no sea más que lluvia sobre campo mojado, más y más de lo mismo. Si aún no has leído este, juzga por ti la historia y la forma como está escrita, disfruta de la creación de sus personajes y luego aderézalo con una de las películas, así el terror sí que sí se paseará por tu columna vertebral.


lunes, 16 de noviembre de 2020

MIQUIÑO MÍO

Tras los homenajes a Benedetti y a Delibes en sus respectivos centenarios que hemos hecho desde nuestro club de lectura virtual, nos faltaba dedicarle un libro a Galdós. Y decidimos hacerlo de una manera... digamos que indirecta, a través de los ojos de una autora que nos fascina y cuya figura es inigualable en nuestra literatura. Galdós tuvo correspondencia con muchos escritores de su época, y a pesar de su carácter reservado muchos lo conocieron de cerca. Pero ninguno se acercó tanto a él, física e intelectualmente, como Emilia Pardo Bazán. Y es que es ella la que fascina en estas cartas. Ella la que ocupa todo el lugar con su agudeza, generosidad, franqueza y arrolladora pasión por su miquiño querido.

"En cuantique te vea te como". 
"Te muerdo un carrillito y te doy muchos besos por ahí, en la frente y en el pelo y en la boca". 
"Estimo en ti lo que sólo en ti se encuentra, sin dejar de saborear lo otro, que es mejor por ser tuyo. En prueba te abrazo fuerte, a ver si de una vez te deshago y te reduzco a polvo. En cuanto yo te coja, no queda rastro del gran hombre". 

Yo no sé lo que debió de sentir Galdós, "el gran hombre", al leer estos arrebatos. Lo que sabemos es que después de leerlos invitó a su querida Emilia a un viaje por Alemania que fue la eclosión de su relación amorosa, por lo que dudo que le disgustaran. Y no dejo de imaginármelo, tan reservado él y tan circunspecto, ruborizado hasta el cogote por la pasión arrolladora y sin filtros de esta mujer poderosa y tierna que siempre bebió los vientos por él. 

En la lectura conjunta que hicimos el pasado domingo salieron muchos de los temas que unieron a estos dos maravillosos escritores. Como comentó P., después de leer sus cartas a todos nos tenía en el bote la buena de Emilia con esa expresividad tan expansiva suya que no se arredraba ante nada ni ante nadie. También todos teníamos la sensación de estar espiando por una mirilla cual voyeur, una mirilla privilegiada desde la que nos sentíamos espectadores un poco culpables pero sin duda emocionados y rendidos ante el espectáculo de una intimidad tejida con los sentimientos más universales: la admiración, el respeto, la complicidad, la pasión, el amor, la necesidad y el humor. 

Toda una vida cabe en estas cartas. La vida de una mujer sin par que luchó toda su vida por la libertad de las mujeres para amar y para expresarse y que amó, de tú a tú, al mejor escritor de su época. Una ventanita al mundo interior de una mujer-vendaval fascinante.



jueves, 12 de noviembre de 2020

ZULEIJÁ ABRE LOS OJOS

Zuleijá abre los ojos. Así empieza el primer capítulo de esta novela. Abre los ojos a la madrugada helada que dará comienzo a otro día gélido de trabajo inhumano en un pueblo cerca de Kazán, en la inmensidad de la estepa rusa. A lo largo de esta historia los enormes ojos verdes de la menuda Zuleijá se abrirán a muchas madrugadas descorazonadoras, que le irán mostrando que la adversidad es una hidra de muchas cabezas, y que en algunas de ellas a veces se esconde una oportunidad de aliviar el sufrimiento. Al final de la novela otros dos capítulos empezarán de la misma forma. Pero los ojos de Zuleijá, siempre enormes, siempre verdes, ya no serán los mismos que al principio. Sus ojos ya no sólo se abrirán al frío helador de la estepa rusa: habrán aprendido a abrirse también a una nueva forma de vivir, más amplia, más desconcertante e igual de terrible, pero sin duda más humana. 

La escritora rusa de origen tártaro, Guzel Yájina, ha escrito una novela en la que la brutalidad convive siempre con la belleza. Son dos colores puros lanzados al lienzo de la historia que no dejan de chocar y superponerse para ir, poco a poco, creando un color nuevo e indefinible. El color que se te queda en la retina cuando acabas de leer y cierras los ojos y piensas en esa mujer a la que la brutalidad no ha apagado la alegría en su interior, y evocas el frío que congela su existencia, la violencia que la rodea y su asombrosa capacidad de resistencia, tenaz y frágil como un colibrí suspendido sobre un campo nevado. 

Estamos en 1930 y el gobierno soviético ha empezado a expropiar la tierra de los campesinos, de los kulaks "enemigos del proletariado", deportándolos en masa hacia Siberia. En un proceso de una crueldad e incompetencia inimaginables, miles y miles de trenes cargados de campesinos (junto con intelectuales, burgueses, artistas y "enemigos" de toda índole) fueron enviados hacia el este en viajes que duraban meses, en trenes de ganado que a menudo quedaban parados en vías muertas durante semanas esperando instrucciones que nunca llegaban y durante los cuales murieron de frío, hambre y enfermedades decenas o hasta centenares de miles de deportados. Zuleijá es una de las pasajeras de estos trenes de la muerte. Zuleijá y la vida que lleva dentro de ella. 

Guzel Yájina
"Uno no se puede cortar la cabeza. Y piensa, piensa sin parar, y la cabeza se va llenando de ideas como las redes se llenan de peces". Y estas ideas, inquietas, esquivas y locamente esperanzadas, son las que mantienen con vida a Zuleijá durante todo su periplo por Siberia, un viaje tan extenuante e improbable como el de Ulises, en busca de un lugar al que llamar hogar. 

Por la omnipresencia de una naturaleza hostil me ha recordado a Agnese va a morir, de Renata Viganò, y por la ambición de universalidad de su aliento poético, a las novelas de Yan Lianke. Y me he quedado un poco huérfano, como siempre me pasa después de terminar una novela que me conmueve de esta forma, deseando leer más de Guzel Yájina, deseando volver a sumergirme en la violencia de sus colores contrapuestos y su forma de hacer saltar por los aires las convenciones, las tradiciones y las normas para construir un relato en el que todo es nuevo, y, a la vez, parece que surge con naturalidad de las más ricas herencias. 



lunes, 9 de noviembre de 2020

HIJA DEL CAMINO (firma invitada)

Leer Hija del camino, de Lucía Mbomío, me ha llevado directa al barrio de mi infancia, a mi colegio, a mi instituto y me ha puesto frente a mi yo de entonces, compartiendo calles, aulas y tiempo libre en la multiculturalidad de una ciudad dormitorio del sur de Madrid. Por aquellos años, además, formaba parte de mi familia una persona negra casada con un familiar. Y no sé muy bien por qué, yo me sentía orgullosa de tal excepcional acontecimiento.

Con los ojos de adulta de hoy en día, imagino que debieron de ser momentos difíciles para él y su mujer en una España que aún no había asimilado muy bien esa interculturalidad que hoy se da por hecho. La historia que leo en esta novela me confirma la dificultad de ser mujer, mestiza en una sociedad racista y que tenía un miedo atroz a lo diferente. Hablamos de finales de los años ochenta en adelante.

El periplo –o camino– de Sandra, en la novela, la lleva por diferentes países de Europa y después a la Guinea Ecuatorial de su padre en busca de una identidad firme. Imagino que el arraigo y el desarraigo forman parte constante de personas de orígenes diversos y Sandra no es una excepción. Entender que ella no es ni una cosa ni otra (ni española ni ecuatoguineana), sino ambas a la vez, le produce un desasosiego constante. Y también se lo produce el no sentirse ni lo uno ni lo otro en ningún sitio. Quizás se trate del eterno dilema de las personas mestizas: ser negras en un contexto blanco y blancas en un contexto negro.

Hija del camino ha sido para mí un Americanah a la española. Un texto imprescindible y necesario para conocer una parte de nuestra historia que se ha puesto por escrito pocas veces. Y que aún hoy nos causa extrañeza. Tendemos, siempre, a preguntarle a alguien cuya piel es de otro color de dónde es: el prejuicio de creer que todos los españoles somos blancos. Todavía hoy, cuando hay ya varias generaciones de hijos e hijas de inmigrantes nacidos y criados aquí.

Hoy, más que nunca, nuestra sociedad necesita una educación en la igualdad. Necesita comprender la diversidad de acentos, colores y orígenes que puebla nuestras calles y reconocer en ellos una parte importante de nuestra esencia. Igual que Sandra, la protagonista de esta historia, nuestra sociedad es diversa y aceptarla tal y como es nos hará entender mejor nuestra identidad.

Si tan importante nos resulta el movimiento estadounidense black lives matter, leamos también nuestros propios testimonios, acerquémonos a conocernos como sociedad, a entender nuestro pasado y forjar un presente que acoja e incluya. Ese es mi deseo y supongo que también el de Lucía Mbomío, quien ha puesto negro sobre blanco su propia realidad para hacer una pedagogía más que necesaria.




viernes, 6 de noviembre de 2020

ZENOBIA CAMPRUBÍ. LA LLAMA VIVA

Hace años la poesía de Juan Ramón Jiménez me deslumbró, con versos como estos de Platero: "Mira cómo el sol, pasando su agua espesa, le alumbra la honda belleza verdeoro, que los lirios de celeste frescura de la orilla contemplan extasiados... Son escaleras de terciopelo, bajando en repetido laberinto; grutas mágicas con todos los aspectos ideales que una mitología de ensueño trajese a la desbordada imaginación de un pintor interno."

Me acerqué, como hago con frecuencia, al autor, y descubrí un ser neurótico, enamoradizo, depresivo e hipocondríaco. Seguí admirando su obra, pero no a la persona. En cambio, la humanidad de Zenobia Camprubí me atrajo de inmediato. Como ya afirmaban sus contemporáneos, sin ella Juan Ramón no hubiera podido hacer su obra porque no estaba dotado para hacer frente a la vida. Ella le amó, porque sin amor habría sido imposible que hiciera todo lo que hizo por él. Fue su apoyo económico, material, emocional, lo fue todo para él. Creo que Zenobia debió de ser la compañera ideal para cualquier persona, con la que podemos soñar para transitar por la vida seguros de ser apoyados, respetados y amados.

Cuando conoció a Juan Ramón tenía veintiséis años y una vida intensa ya vivida. De una rica familia burguesa descendiente de puertorriqueños y norteamericanos, había viajado a Estados Unidos, a Francia, a Suiza. Nació en un precioso palacete de Malgrat, en Barcelona, y tuvo una maravillosa abuela materna y una madre protectora con la que contó siempre, incluso para pedirle dinero prestado cuando sus ingresos no alcanzaban para mantener su matrimonio.

Era valiente, emprendedora y muy generosa. Desde el inicio colaboró con su marido en la traducción de la obra de Tagore, inició empresas exportando artesanía española a Estados Unidos y vendía allí libros artísticos sobre los jardines en España con la única ayuda de postales y referencias que le enviaba Juan Ramón. Dependieron económicamente siempre de los ingresos de ella y tuvo carnet de conducir. Conducía por Madrid paseando a su marido, al que le encantaba, y realizó varios viajes desde Florida a Nueva York. No le gustaban el calor del sur ni el ambiente snob de Miami pero como él lo prefería se sacrificó. La última etapa de su vida transcurrió en San Juan de Puerto Rico, donde murieron ambos con una diferencia de dos años. 

A partir del año 1931 los primeros síntomas del cáncer hicieron su vida más difícil y el final, en 1956, fue un delirio. Tres días antes de su muerte tuvo la alegría de que a su marido le dieran el premio Nobel de Literatura y Juan Ramón Jiménez le dedicó ese premio diciendo que era ella la que lo merecía. Le ayudó en todo.

Esta es una biografía que me ha emocionado mucho. Me ha acercado aquella España de la guerra civil cuando en los primeros días el matrimonio acogió a doce niños a los que luego, cuando se vieron obligados a exiliarse, siguieron manteniendo. No es sólo el perfil espléndido de una mujer tan especial como Zenobia, también es un retrato del momento que le tocó vivir, la primera mitad del siglo XX, cuando una generación como la del 27 enriqueció la vida intelectual de este país, a pesar de que la cruel dictadura obligara a la mayoría de sus componentes a exiliarse.

Una llama viva sin duda que iluminará unos años oscuros de la España franquista para el lector que quiera acercarse a esta historia. 



martes, 3 de noviembre de 2020

EL LIBRO DE MIGUEL DELIBES

Hay gente que lleva muchos años viniendo a la librería con frecuencia. Sé cómo se llaman, sé qué libros prefieren, recuerdo muchos de sus gestos y reconozco su voz cuando dicen "hola, Óscar" por teléfono. Los conozco bien, o eso me digo cuando les recomiendo algún libro y se despiden con una sonrisa expectante. Sin embargo, ¿qué sé de ellos? Poca cosa, en realidad. No sé cómo se dirigen a sus madres o a sus hijos. No sé si les gusta su trabajo o si sueñan en otros idiomas. No sé qué voz ponen cuando hablan con alguien sin un mostrador de por medio. Doy por hecho quiénes son, pero lo que conozco de ellos es una esquinita de su identidad, la máscara de amante de los libros que se ponen para charlar con este librero que finge que les conoce y dejarse recomendar. 

Con algunos escritores me pasa un poco lo mismo. A fuerza de ver sus títulos con frecuencia pienso que los conozco bien. Como leí alguno de sus libros hace tiempo, hablo de ellos dándolos por hecho, como si su literatura formara ya parte de un paisaje cotidiano al que ya no interesa prestar atención, como si su belleza, al tenerla siempre a la vista, hubiera perdido su capacidad de fascinación. Los libros de Delibes forman para mí parte de ese paisaje cotidiano. Son los inmutables de la estantería de clásicos que se mueven sobre todo por imposición de los profesores de instituto y a los que llevaba años pensando que ya no hacía falta asomarme. Que ya los conocía. Qué equivocado estaba. 

He leído este Libro de Miguel Delibes del tirón, fascinado por este autor que creía conocer tan bien y que en realidad no conocía. No conocía su faceta de periodista contestatario con el régimen, de su dimisión como director del periódico El Norte de Castilla por presiones políticas, de cómo lo que no le dejaban publicar como periodista lo escribía en sus novelas (Las ratas, Cinco horas con Mario), a menudo de una forma mucho más dura y contundente. No sabía las tretas literarias tan complejas y tan inteligentes a las que recurría para eludir la censura, su avidez humilde por ver, por oír, por conocer, por ensanchar constantemente su mirada sobre el mundo, partiendo siempre de una humildad espontánea y honesta. 

Me ha gustado leer la importancia que Delibes le daba a encontrar un trabajo en el que uno pueda sentirse a gusto con quien es. Un trabajo en el que uno pueda aportar algo enriquecedor a los demás que a su vez le enriquezca. Me ha gustado sentirme identificado en esa búsqueda de un trabajo que no sólo sea un medio indispensable de subsistencia sino una fuente de satisfacción y un cincel que pueda ir perfilando los rasgos de tu identidad. Y me han emocionado las fotografías junto a Ángeles, su mujer, especialmente después de haber releído Mujer de rojo sobre fondo gris, en la que recuerda de una manera tan sencilla y emocionante a la mujer de la que toda su vida estuvo "tenazmente enamorado".  

El libro de Miguel Delibes es un rendido homenaje a uno de los escritores españoles más populares del siglo XX. Acompañados de multitud de fotografías, cartas, entrevistas y extractos de sus obras, los textos biográficos de Jesús Marchamalo me han permitido sacar los libros de Delibes de sus eternas estanterías de clásicos y quitarles el polvo de las lecturas obligatorias de instituto para empaparme de ellos, de las ganas de releerlos con otros ojos y, despojados de la máscara de la costumbre, conocerlos de verdad. 
 

lunes, 26 de octubre de 2020

EL ESPEJO DE NUESTRAS PENAS

Qué bien me lo paso con Lemaitre. Y qué final para su trilogía de entreguerras. Tras Nos vemos allá arriba y Los colores del incendio, novelas en las que la sed de venganza es el motor que espolea a los personajes a idear los planes más descabellados, me esperaba de esta tercera novela un ajuste de cuentas apoteósico. Y más aún teniendo en cuenta que el incendio premonitorio del que trataba la novela anterior era la segunda guerra mundial, cuyo fuego ya se intuía como telón de fondo, y sabiendo que toda la acción se sitúa en la invasión alemana de Francia en los meses de mayo y junio de 1940. Pues no. Lemaitre me ha vuelto a sorprender con una novela con toques picarescos, divertida y coral, una novela de redención, sí, pero en absoluto oscura y malvada como las anteriores. El espejo de nuestras penas es una novela luminosa sobre la búsqueda de un hogar, sobre cómo se transforma (y transformamos voluntariamente) nuestra identidad con el paso del tiempo y sobre cómo, en medio de un naufragio social sin precedentes, la decencia puede ser la balsa que nos salve.

Mi madre no lee a Lemaitre porque piensa, con razón, que sus novelas son violentas y crudas. Que disfruta explorando los abismos más tenebrosos y putrefactos del alma humana y que, con este mundo tan desquiciado que tenemos, una ya no está para meterse en tales inmundicias. Pero creo que esta novela le gustaría. Y lo primero que haré mañana será recomendársela. Le diré: mamá, no dejes de leerla. Sí, ya sé que es Lemaitre, sí, pero aquí no hay monstruos, o si los hay siempre se les puede salvar o convertir. Aquí hay mucho amor y muchas aventuras. Hay una infancia desgraciada por una madrastra malísima de cuento. Hay dos amistades improbables que guían hacia la luz toda la novela. Y sí, es verdad que hay guerra y un país desgarrado por millones de refugiados cuya huida del avance alemán por las carreteras del sur de París es el terrible espejo de la pena de toda una nación. Pero también hay un cocinero gordo tan encantadoramente gruñón que sólo podía ser parisino. Y hay, sobre todo, una constante voluntad de maravillar al lector con la inagotable capacidad humana para reinventarse hasta coquetear con la impostura.

Mañana, cuando la vea, se quite la mascarilla con gesto impaciente y me abrace como cada día, le diré: olvídate de todo y lee esta novela. Sé que me harás caso, mamá. Y que la empezarás con frenesí, como empiezas cada cosa en la vida, y que buscarás la flecha del escalofrío y la maravilla esa de la que hablo en cada página, y que las encontrarás. Y que a lo mejor algún pasaje se te hará largo o te faltarán capítulos de ese personaje o aquel otro tan maravilloso que sin duda podrían haber tenido más protagonismo. Y también sé que luego la comentaremos y te reconciliarás un poco con los monstruos de Lemaitre y hablaremos de las guerras y los naufragios y las balsas que nos salvan. Y del frenesí, claro que sí, hablaremos del frenesí que lleva Lemaitre en la sangre y tú también, ese que a ti te lleva volando por la vida desde hace siete décadas, y que a un personaje de este libro le empuja a hacer cosas que estoy seguro que han poblado más de una vez tus sueños más felices. 



jueves, 22 de octubre de 2020

LOS CHICOS DE LA NICKEL

Vaya novelón. 

Ya me impresionó su anterior novela, El ferrocarril subterráneo, en la que Colson Whitehead nos llevaba por las rutas clandestinas que ayudaban a los esclavos negros del sur de Estados Unidos a escapar a los estados del norte en el siglo XIX. Como aquella, Los chicos de la Nickel también es un homenaje vibrante a esa minoría de hombres y mujeres que prefirieron la muerte casi segura a una vida entera de esclavitud. Que sufrieron persecuciones, chantajes, violaciones, torturas, apaleamientos y violencias de todo tipo por el color de su piel y que, pese a todo, siguieron adelante en busca de un sueño que consideraban legítimo. Ese sueño estaba inscrito en mármol en la constitución de su país. Ese sueño decía que todos los hombres habían sido creados iguales, y que todos tenían derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad. Todos los hombres. ¿No eran ellos hombres, acaso?

Un homenaje vibrante y una defensa encendida de la dignidad como refugio, la dignidad como única forma de sobrevivir al infierno. Estamos en la década de los años sesenta, la década de los autobuses por la libertad, de las sentadas pacíficas, de los discursos que inspiraron a tantos, de la posibilidad, tan poderosa y tan ingenua, de que el amor pudiera triunfar contra el racismo. Elwood es un chico negro que confía en que su acceso a la universidad pueda romper con las convenciones marcadas por el color de su piel y por su clase social. Pero el día que va a hacer la matrícula, la mala suerte y el racismo institucional se cruzan en su camino y lo envían a la Nickel, un reformatorio con un método educativo que esconde una trastienda tenebrosa. 

Esta es una novela contundente, importante y durísima sobre la educación, el respeto y la memoria. Sobre la posibilidad, y a menudo sobre la necesidad, de mantener siempre la cabeza bien alta, “aunque las consecuencias acechen en esquinas oscuras al llegar a casa”.

Medio siglo después de aquella década gloriosa que parecía poner punto y final a siglos de barbarie, el color de la piel sigue determinando si un chico muere asfixiado en una detención policial o sale ileso con una reprimenda, sigue determinando el valor de una persona, su derecho a la vida, a la libertad y a la búsqueda de la felicidad.

Medio siglo después, aún queda mucho camino por recorrer.



lunes, 19 de octubre de 2020

LA BANDA DE LOS CALCETINES PIRATAS (firma invitada)

¿Sabías que los calcetines en busca de aventuras y libertad se escabullen por el agujero de debajo de la lavadora? ¿Y que tienen sentimientos de nostalgia, envidia y miedo como cualquiera de nosotros?

En La banda de los calcetines piratas te enteras de eso y de muchas más cosas. Es un libro desternillante que nos lleva de paseo por el planeta y nos descubre las hazañas de Negro de Felpa (que esconde un secreto) y de su banda. El libro retoma la tradición de literatura juvenil de piratas, pero también lo mejor de los clásicos griegos. Por sus páginas se pasean las sirenas y descubrimos el carácter fiero de algunos dioses y la belleza y bondad de algunas diosas. La historia que nos cuenta este libro habla de amistad, de lazos familiares irrompibles, de ansias de libertad y de la importancia de seguir los impulsos y tomar las decisiones propias.

La banda de los calcetines piratas es una aventura llena de humor y muchos guiños culturales para los adultos. Un libro lleno de personajes que recordaremos siempre: Negro de Felpa, Nico el Pálido, Frambuesa con Fresa, Pinkerton, los peces-pájaro o los malvados guantes blancos, que hacen un trabajo de lo más fino...

Ideal para lectores a partir de siete años. Ideal para las tardes de otoño frías y ventosas en las que leer bajo las mantas con los pies bien abrigados con calcetines calentitos. Ideal, sin más.

Os recomendamos mucho este genial texto de Justyna Bednarck traducido maravillosamente del polaco por Karolina Jaszecka y con las divertidas ilustraciones de Daniel de Latour. Y publicado con el mimo que caracteriza a Duomo, una delicia para todos.



viernes, 16 de octubre de 2020

LA ODISEA VISTA POR PENÉLOPE Y SUS DOCE CRIADAS

"Porque nada hay más dulce que la patria y los padres, ni siquiera cuando uno habita un hogar opulento bien lejos, en tierra extraña, alejado de su familia". 
La Odisea es una historia de añoranza. Del anhelo universal que siente aquél que desea constantemente regresar a su hogar. Una historia del poder de las raíces. Un canto bellísimo sobre las tentaciones y penalidades sin medida que logra vencer un hombre por amor a su patria y a su mujer. En un ejemplo de tenacidad y audacia, de inteligencia y camaradería, Odiseo nos enseña que hasta para afrontar la muerte uno debe mantener siempre los ojos bien abiertos y la imaginación despierta. 

Pero la Odisea que todos leemos y admiramos es sólo una versión de la historia. Es la versión heroica de Odiseo. Odiseo el valiente, Odiseo el "maestro de enredos". Incluso cuando Homero nos lo presenta como "embaucador y taimado" lo queremos como lo quiere Atenea, la de los ojos glaucos, porque ¿qué otra cosa podemos hacer con un héroe favorecido por los dioses sino admirarlo y amarlo? 

La Odisea es una historia de un hombre rodeado de otros hombres. Pero, a diferencia de la Iliada, también es la historia de un hombre rodeado de mujeres. De diosas y ninfas y sirenas que tratan de tentarlo en sus viajes, por un lado. Y de su mujer y sus criadas, por el otro, que esperan durante años y años su improbable regreso. Penélope ha sido durante veintiocho siglos un símbolo universal de fidelidad conyugal. Pero, ¿qué sabemos de ella, aparte de su inteligencia y su abnegación? Gracias a su hijo postadolescente, que la manda callar siempre que puede, tampoco sabemos lo que le gustaría decir. Y por supuesto, no tenemos ni idea de lo que se le pasa por la cabeza durante esos interminables veinte años, además de tejer, destejer y llorar. Margaret Atwood ha decidido que ya está bien de silencio, que ese personaje merecía tener por una vez una voz propia para reivindicar su papel en esta historia y dejar de encarnar esa sosa figura edificante: "un palo con el que pegar a otras mujeres", menos dignas, menos consideradas, quizá menos dispuestas a esperar veinte años el improbable regreso de su improbable héroe. 

Pero Atwood no sólo transforma a la aristócrata Penélope en aedo para que nos cuente su propia versión, rotunda y enojada, de la Odisea. También da voz a las doce criadas que el gran Odiseo y su hijo Telémaco asesinan al final de la historia por haber "confabulado" con el enemigo. A través de ellas la autora rescata esas voces humildes que los mitos callan, las vidas de las que no nacieron reinas ni nobles y sufrieron por ello, las vidas de las que también lloraban como Penélope, pero no de añoranza sino de dolor tras la última violación, o de hambre, escondidas en un granero vacío. Mujeres válidas para ser vendidas, usadas, canjeadas, desechadas. No engendradas con amor y esperadas con anhelo sino simplemente arrojadas a la brutalidad de la vida, espontáneamente, como las flores en los campos o los renacuajos en las charcas. 

Esta es la historia también de las famosas doce criadas, de las que Homero apenas cuenta nada. Doce criadas que, como en el teatro clásico, son el coro burlesco que desafía la nobleza trágica de la historia. Aunque aquí, más que burla, sus intervenciones son dedos acusadores que maldicen al héroe por haberlas asesinado, cuando su delito no era otro que haber sido carne gratuita a disposición de la lujuria de una panda de rufianes. Dedos acusadores que persiguen a Odiseo hasta el Hades y por los siglos de los siglos seguirán llenando sus sueños de pesadillas de sangre. 

En este libro, Atwood agarra el poema épico, lo arroja al polvo, lo despoja de su elocuencia grandilocuente y nos lo devuelve en toda su impureza y cercanía. Con un tono mordaz e irreverente, esta versión de la historia resulta mucho más creíble que la "versión oficial" de los aedos. Tanto que, después de leerla, uno se lleva las manos a la cabeza pensando cómo es posible que alguien en su sano juicio alguna vez haya podido dar crédito a esos embusteros lacayos del poder. 




martes, 13 de octubre de 2020

LA ODISEA Y SUS TRADUCCIONES

A la vuelta de vacaciones, P. me propuso leer a la vez que ella la Odisea. Un canto al día, veinte minutos de lectura, y en veinticuatro días nos hemos liquidado el clásico. Tic, otro imperdonable superado. Y a ello nos pusimos. Ella eligió la edición en verso de Gredos (traducida por José Manuel Pabón), y yo la más reciente en prosa de Alianza (perpetrada por Carlos García Gual). Ambas eruditas, ambas sin duda filológicamente fieles al original. Ambas erizadas de un vocabulario y una sintaxis capaces de disuadir a cualquier lector desarmado de penetrar en sus fortalezas. 

A mí, que he llegado a la Odisea sin haber leído prácticamente nada de literatura griega clásica, me asombran estas traducciones. ¿Por qué?, no dejaba de preguntarme mientras leía. ¿Por qué esos arcaísmos, esos retorcimientos de la gramática, esas redundancias y ese uso indistinto de tiempos verbales? Nadie escribe así en español, nadie usa la lengua así para nada, ¿por qué García Gual pensó que era buena idea traducir así la Odisea? Tardé la mitad del libro en empezar a acostumbrarse a ese español que no se parece a ningún español más que a sí mismo, en asociar la historia de Odiseo a ese lenguaje con sabor a antiguo, pero a un antiguo que no existe. ¿Por qué ese regusto arcaizante, entonces? ¿Por qué no traducir la Odisea a un español del siglo XXI que suene natural, que no venga erizado de construcciones extrañas y por el que cualquier lector pueda transitar sin tener la sensación de ir sorteando obstáculos?

Pues bien, cuando ya enfilábamos P. y yo los últimos cantos y ya se perfilaba su desenlace gore a lo Tarantino, nuestros queridos editores de Blackie Books estrenaron colección de clásicos con esta fastuosa edición de la Odisea, traducida por Miguel Temprano García de la versión inglesa de Samuel Butler. "Desde hace milenios todos leemos lo mismo", defienden en el prólogo. La Odisea ha sido la protagonista de "un club de lectura que atraviesa los siglos". Y su objetivo con esta edición no es otro que tratar de incorporar nuevos socios al club. Y vi la luz. La respuesta a mis preguntas. Ahí estaba: una Odisea fluida y sencilla, un camino despejado de obstáculos por el que internarse sin molestias por los cantos de Homero. Eso sí, los jardineros habían hecho tan bien su trabajo que no quedaba gran cosa del aliento épico ni de las grandilocuencias poéticas. El gran poema de Homero se había convertido en una deliciosa novela burguesa (en palabras de Borges sobre la versión de Butler), una versión de la historia que los ignorantes del siglo XXI, tan alérgicos a las traducciones arcaizantes, por fin podemos entender. 

Los expertos resoplarán: es una traducción del inglés. No es fiel, no es válida. Y yo me pregunto: ¿por qué la fidelidad es más importante que la naturalidad? Si al acercarte todo lo posible al texto original, tu traducción se aleja de los lectores a los que va dirigida, ¿merece la pena? Y sobre todo: ¿por qué tendríamos que elegir? ¿Por qué la precisión filológica no puede ir acompañada de una prosa fluida, eficaz y actual? 

Esta Odisea es el primer título de la colección que los editores de Blackie Books han llamado Clásicos liberados, liberados de su condición de obras para eruditos, de tesoros destinados a unos pocos elegidos. Y creo que han acertado de pleno. Pero no sólo han liberado la Odisea de su fortaleza filológica, sino que la han enriquecido con las sugestivas y divertidas ilustraciones de Calpurnio, las notas al margen que explican el origen de algunos personajes, las apariciones fugaces de Góngora, Mary Beard o Dante, y los textos al final del volumen que demuestran hasta qué punto este clásico lleva veintiocho siglos influyendo decisivamente en la cultura occidental. Entre estos últimos textos sobresale Penélope y las doce criadas, de Margaret Atwood, que me ha gustado tanto y que me ha ayudado tanto a comprender la Odisea que lo comentaré en la siguiente reseña. 

Feliz semana homérica, liberada y enriquecida, amigos. 




jueves, 8 de octubre de 2020

LA INVENCIÓN DE ESPAÑA

Que las naciones son símbolos y no realidades inmutables es un hecho más que sabido. Al igual que el dinero, las religiones o las leyes, no existen fuera de la imaginación de las personas, y, por lo tanto, están sujetas a todo tipo de interpretaciones y transformaciones. Es decir, a todo tipo de invenciones. De hecho, si no lo estuvieran (es decir, si no pudieran inventarse y, sobre todo, reinventarse), no existirían. 

Partiendo de esta premisa, no dejan de resultar sorprendentes los comentarios de ciertos políticos que alertan contra la "destrucción de España" que provocaría, por ejemplo, la posibilidad de un cambio en la estructura territorial o en la jefatura del Estado. Como si la nación hubiera brotado de la tierra tal y como está ahora y cambiar algún artículo de su Constitución significara herirla de muerte. Como si la Constitución misma no se actualizara todos los años. Cuando hablan de la "destrucción de España", estos políticos se refieren a la destrucción de lo que ellos consideran que es España, es decir, a la suma de emociones, invenciones, mitos y vínculos afectivos que han ido desarrollando a lo largo de su vida por el país en el que viven. Y que, por mucho que piensen que es la de todos, sólo les pertenece en esencia a ellos. 

Quizá porque yo no tengo ningún apego emocional al país donde vivo y porque lo que entiendo por España no creo que nunca pueda ser ni herido ni ofendido, me interesa especialmente lo que piensan los demás de nuestro país y qué les lleva a reivindicar su bandera con orgullo. Y sobre todo, cómo han desarrollado ese sentimiento y a través de qué ideas históricas se ha ido formando ese nacionalismo español que tan rápido y tan virulentamente ha vuelto a florecer en los últimos años. 

Este ensayo de Henry Kamen da muchas pistas sobre los mitos históricos que han contribuido a crear la idea de España. Desde el asedio de Numancia, pasando por la batalla de Covadonga, la conquista de América o la idea de decadencia perpetua desde el siglo XVII, nos muestra cómo la historia siempre se ha contado para dar forma a un relato, y que ese relato, cambiante e interesado, ha ido conformando los múltiples aspectos de la identidad española a través de sus invenciones. 

Las naciones no existen más que en nuestra imaginación. Y están tan vivas precisamente porque la idea que tenemos de ellas está en perpetua transformación. Alertar de la "destrucción de España" no sólo es una afirmación agresiva que canaliza el odio de la población hacia un enemigo político: es una afirmación absurda. España no puede destruirse, sólo transformarse. Y esperemos que los políticos sigan contribuyendo a transformarla activamente año tras año para que sea un lugar cada vez más pacífico y abierto y plural en el que todos podamos convivir en paz: una nación que todos podamos inventar y reinventar para darle nuevos significados. 





lunes, 5 de octubre de 2020

MI LAZARILLA, MI CAPITÁN

Cada pocas semanas, desde que volvimos a abrir tras el confinamiento de primavera, vienen una chica y su hija a buscar novelas para la primera y cuentos infantiles para las dos. Se quedan un buen rato eligiendo, ojeando con detenimiento, haciendo pequeñas pilas con sus favoritos. Hablan en voz baja y son muy cuidadosas, y si la afluencia de gente lo permite, me gusta observarlas de reojo y escuchar qué se dicen, cómo tratan el delicado hilo que se pasan todos los días una madre y una hija para ir tejiendo su convivencia. 

Mientras leo este cuento de Gonzalo Moure, preciosamente ilustrado por Maria Girón, pienso en ellas. En su forma de tratarse con cuidado, de compartir ese amor por los libros de manera tan sencilla y tan alegre. Pienso en que también van por el mundo caminando de la mano, unos dedos muy pequeños aferrados al calor de una mano grande. A menudo es la pequeña la que pregunta todo el rato, la que pide permiso, la que reclama atención. Pero a veces ve cosas que su madre no ve y se las señala con el dedo. Y se ríen las dos. 

Al igual que el papá de esta historia, avanzan juntas "por una selva de luces y sombras. Y de sonidos". Y de libros. Cualquiera diría que es la madre la que guía a su hija y le compra cuentos con una espontaneidad encantadora. Pero mirándolas de cerca, me he dado cuenta de que cada una se deja guiar por la otra sin pensarlo, cada una escucha y asiente, señala y se asombra, abre los ojos y aprende. 

Cuando se marchan, como piratas con su botín al hombro en una bolsa de tela, las miro y de repente veo ardillas, lirones y monos asomando de las ramas de un árbol. Una jirafa estirándose para alcanzar la hoja más sabrosa me guiña un ojo mientras un coro de cacatúas improvisa un estribillo. Y allí van, de la mano, como salidas de este cuento, tan compenetradas cantando su canción que no sabría decir quién es la lazarilla y quién el capitán. 






jueves, 1 de octubre de 2020

UNA HABITACIÓN COMPARTIDA

Siempre me han gustado las biografías, las confesiones de otras personas con las que siento algún tipo de afinidad, especialmente en el terreno de la literatura. No en vano han sido ya más de seis décadas las que he pasado en estrecho contacto con los libros, mi pasión. Es como una pulsión por saber cómo es esa otra persona para entenderme a mí misma, quizá una necesidad de formarme un juicio de valor con respecto a mí, porque siento que nos hacemos a través de los demás. 

Inés Martín Rodrigo, una joven periodista de 37 años, ha realizado treinta y una entrevistas muy inteligentes a escritoras importantes dentro de la literatura universal actual. Las ha ordenado cronológicamente, empezando por la más joven, Carmen María Machado de 34 años, y terminando por Ida Vitale, de 97, haciendo así un recorrido de casi un siglo a través de los perfiles humanos y literarios de escritoras como Zadie Smith, Nicole Krauss, Jeanette Winterson, Siri Hustvedt, Rosa Montero, Alma Guillermoprieto, Svetlana Alexiévich, Isabel Allende, Anne Tyler, Margaret Atwood, Maryse Condé, Vivian Gornick, Elena Poniatowska o Edna O´Brien, entre otras.

Siri Hustvedt, en una de sus siempre brillantes respuestas, comenta: "Cuando las orquestas empezaron a hacer audiciones a ciegas comenzó a haber muchas más mujeres. Había un telón, escuchaban la música y las contrataban, o no, sólo por el oído. De repente, la mitad de las orquestas empezaron a ser femeninas. Es una prueba bastante evidente de cómo nuestras percepciones están sesgadas por nuestras expectativas de lo que hace un hombre o una mujer".

Sus reflexiones abarcan temas muy dispares como el feminismo, la política, la literatura, la poesía, el compromiso político, su forma de buscar el sentido de las cosas a través de sus relatos. Margaret Atwood, en este caso sobre la política de Estados Unidos, comenta: "Ahora estamos donde estamos debido, en parte, a lo que sucedió en Afganistán en 1979. Estados Unidos intervino y creó básicamente a los talibanes; luego esa gente ganó y Estados Unidos no cumplió sus promesas, les abandonó. Luego cometieron un error táctico muy importante, que fue invadir Irak en vez de ocuparse de Afganistán. Se inventaron las razones. Decidieron que el 11-S era Irak, pero no lo era".
 
Esta reflexión de Margaret me ha recordado un libro que leí recientemente (Las niñas clandestinas de Kabul, de Jenny Nordberg, Capitán Swing) sobre las niñas que hacen pasar por niños en Afganistán por el estigma que supone no tener hijos varones, una de tantas barbaridades como han instaurado los talibanes en ese país aupados por EEUU. Un lamentable episodio que ha propiciado de nuevo un retroceso y un sufrimiento y humillación de la población femenina.

Hay unanimidad en las opiniones contrarias a Trump, y la más joven de las entrevistadas, Carmen María Machado, afirma: "Existe la idea errónea de que la historia es progresiva y tiende a ser mejor, pero no es cierto. La historia es cíclica, las cosas mejoran y luego empeoran, se contraen y luego se expanden. Ahora mismo estamos en una contracción terrible, todo se está cerrando, la gente siente odio alimentado por políticos oportunistas como Trump, Bolsonaro, por el racismo...".

Me ha encantado acercarme a una escritora tan entrañable como Elena Poniatowska, que se duele tanto de la situación actual por la que pasa México, su país de adopción. La valentía de Vivian Gornick y el férreo compromiso con los más débiles de Svetlana Alexiévich los siento como un privilegio que la vida me ofrece. Me he enriquecido con todas las aportaciones de estas mujeres lúcidas e inteligentes.


lunes, 28 de septiembre de 2020

LA TREGUA

Volver a los libros es como volver a los paisajes. Uno nunca se los encuentra igual que los dejó. Este mes, en el que Mario Benedetti habría cumplido cien años, he vuelto a leer La tregua y me he encontrado con todos los relieves cambiados de sitio, con picos surgidos de la nada y heridas abiertas en donde antes sólo había laderas. Pero el valle de la ternura y de la bondad sigue ahí, intacto, perfecto, brillando en cada página con la misma luz que en mis recuerdos. 

La iniciativa surgió de P.: 
- ¿Por qué no celebramos el centenario de Benedetti con un grupo de lectura conjunta?
- ¿Un qué?
- Un grupo de lectura conjunta. Sí, hombre, como los que anuncian en Instagram, que reúnen a los integrantes en un grupo de Telegram y cada día o cada fin de semana van comentando por trozos una novela propuesta. 
- O sea, como un club de lectura telemático a plazos. 
- Lo has clavado. 
- ¿Te ocupas tú?
- Nos ocupamos los dos. 
- Mmm... Hecho. 

Y me metí en La tregua de cabeza sin pensar que desde mi primera lectura en 2003 había llovido mucho, en especial sobre mí, y que nada o casi nada sería lo mismo. Noté desde el principio una melancolía más oscura, una apatía más gris y todo un puntito más desolador de lo que recordaba. Me sentía volviendo a una casa de la infancia y descubriendo que alguien se había muerto allí en aquella esquina y lo había olvidado por completo. Sin embargo, como Martín Santomé se empeña en describirse en su diario como "un tipo triste que, sin embargo, tuvo, tiene y tendrá vocación de alegría", poco a poco las nubes se fueron aclarando y la esquina aquella perdió su lado lúgubre, y allí estaba, Avellaneda, con ese nombre que significa tantas cosas y que enciende una luz en cada entrada en la que aparece. 

Por ahí empecé a recorrer senderos conocidos. "La agitación de asistir a mi propia conmoción". ¿Comprendería esto mi yo de hace diecisiete años? ¿Se puede entender con veintiuno lo que siente un hombre de cuarenta y nueve con el mecanismo de sus sentimientos detenido veinte años atrás? "La viudez como dolor, luego como indiferencia, luego como libertad, finalmente como tedio". Para que un día llegue una señorita que "ni siquiera es definitivamente linda" y acabe de un golpe con todo eso. Eso sí, ese flechazo inexplicable lo entendí tan bien entonces como ahora. 

Decía que los relieves de este paisaje me los he encontrado todos cambiados de sitio. Y es verdad. ¿Cómo no me di cuenta entonces del paternalismo, de la misoginia enmascarada o "machismo asintomático" de Santomé -como apuntó una colega del grupo de lectura-? ¿Cómo pasé por alto su homofobia militante y con todos sus síntomas? Ni idea. Ha llovido demasiado. Pero en el fondo, al terminar la novela, todavía estremecido, me digo: ¿qué importancia tiene, si el tono permanece intacto? El tono, ese tono. Esa ironía mezclada con humor y con sonrisa triste y con astucia ingenua. Me quedaría a vivir en ese tono. Y en las últimas páginas también, que me han vuelto a dejar la misma huella (o quizá otra muy distinta pero igual de profunda). No voy a dejar que llueva mucho tiempo antes de volver a ellas.  

Con el corazón roto he terminado mi relectura de La tregua, sintiendo desbocada esa "cosa enorme que empieza en el estómago y acaba en la garganta". Alguien dijo hace poco que Benedetti le había dado un valor nuevo a algo tan poco prestigioso como la ternura. Y pienso que no sólo a la ternura, querido Mario. No sólo a la ternura. 



jueves, 24 de septiembre de 2020

NO CERRAMOS EN AGOSTO

En ciertas novelas hay lugares de los que me cuesta salir. Pongo el marcapáginas, cierro el libro y me olvido de la trama sin problema, pero ay cómo echo de menos ciertas calles, ciertas playas, ciertos olores. Me ha pasado recientemente con La Habana de Padura y con Toulouse y Plasencia en la última novela de Martínez de Pisón. Pero el lugar donde me he sentido más vivo últimamente ha sido la Barcelona cosmopolita y trepidante de esta novela policiaca de Eduard Palomares. Una Barcelona inundada de turistas, precaria y vibrante, con su zona alta que siempre se enfunda los guantes blancos para no mancharse al mezclarse con la plebe del resto de la ciudad. Una ciudad efervescente que Jordi, nuestro joven detective en prácticas, conoce al dedillo de recorrérsela casi siempre a pie por falta de pasta.

Porque, ¿quién tiene pasta en Barcelona?
No los jóvenes, desde luego. No esos millenials, jovenzuelos de mamá, cuya única patria es internet, que al terminar la carrera van dando tumbos con contratos basura, viviendo con sus padres porque no pueden pagar los precios imposibles de los alquileres, y acarreando esa fama de ser la generación mejor preparada de la democracia que dilapida su talento en fiestas golfas. No, ni Jordi ni sus amigos tienen pasta ni casa ni curro decente. Y aunque desearían muchas cosas con las que apenas alcanzan a soñar, quizá ninguna prosperidad les arrancaría de su bar de siempre, el Pirineus, un hogar con mesas de madera rústica y paredes decoradas con posters de esquiadores, el típico bar de los de antes que diez años atrás compró la familia Huang, manteniendo la cerveza y las bravas más baratas del barrio pero eso sí, cocinando la tortilla de patata con palillos. 

De Barcelona y de dinero va esta novela que se lee en un suspiro y que me ha parecido de las más divertidas, frescas e ingeniosas policiacas que he leído en mucho tiempo. Es un retrato mordaz de una generación en el que me he visto muy reflejado, una generación desorientada que tiene muy claras ciertas cosas, aunque nunca queden a su alcance. Es un retrato de una ciudad explosiva y maravillosa cuyas calles nunca me cansaré de patear. Y es el retrato de una época cínica y sin escrúpulos en la que campan a sus anchas la especulación inmobiliaria y la corrupción hipotecaria y en la que carroñeros vestidos de etiqueta se dan festines con el derecho de la gente a una vivienda y a una vida dignas. 

Quiero más aventuras de este Jordi, becario o no becario, detective en busca de una chica que no se ría de sus ínfulas novelescas. Aunque sólo sea para volver a esa Barcelona de mil caras y volver a sentir el corazón "como si quisiera desprenderse de mi caja torácica para irse a vivir su propia vida". 

 


lunes, 21 de septiembre de 2020

UNORTHODOX

En los últimos años han tenido mucho éxito los libros de memorias sobre vivencias en comunidades religiosas fanáticas. Libros como Una educación, de Tara Westover, Boy erased, de Garrard Conley, o este de Deborah Feldman nos llaman la atención porque nos muestran qué sofisticadas maneras puede idear la gente para torturar y humillar a sus semejantes en nombre de una tradición religiosa. Es decir, nos llaman la atención precisamente porque son extremos, radicales, porque su brutalidad es tan salvaje que la repulsión que sentimos rozaría casi con la hilaridad si sus principios no resultaran tan aterradores. En definitiva: nos gustan porque nos muestran una realidad radicalmente distinta a la nuestra. 

Pero yo a veces me pregunto: ¿de verdad esa realidad es tan distinta? ¿No será que sus expresiones más llamativas no nos dejan ver que en el fondo a todos nos han educado en base a algún tipo de tradición fanática, tan interiorizada en nuestra forma de ser que nunca la asociaríamos con nada claramente reprochable?

Deborah Feldman nos cuenta en Unorthodox que su comunidad jasidí satmar de Brooklyn está llena de "gente arrastrada por la impetuosa corriente de unas tradiciones ancestrales". Gente a la que le enseñan que todo lo que viene de fuera de su comunidad es peligroso porque "vuelve el espíritu vulnerable, como un felpudo de bienvenida para el demonio". Gente que sólo se relaciona, se casa y se reproduce con miembros de su comunidad porque cualquier mezcla puede alterar su "pureza". Gente que, a fuerza de tener miedo de poner en entredicho la opinión mayoritaria, reprimen sus opiniones hasta que estas poco a poco desaparecen y terminan por volvérseles inimaginables. Gente encerrada en la cárcel del decoro y de la obediencia. Gente a la que le enseñan que "la asimilación fue lo que condujo al Holocausto. Intentamos integrarnos y Dios siempre castiga a quienes lo traicionan". 

Si retiro la capa externa de extravagancia local de cada libro, me doy cuenta de que estas vivencias extremas de Unorthodox, Una educación y Boy erased se dan todos los días en nuestra sociedad bajo las distintas formas de un mismo cóctel incendiario, al que tristemente ya vamos acostumbrándonos, hecho de nacionalismo, xenofobia y pensamiento mágico. Al final, todos los fanatismos identitarios se parecen, pero cada uno expresa sus locuras a su manera. 

Deborah Feldman

Me ha gustado mucho la descripción de Deborah Feldman de niña, una Matilda traviesa y revoltosa con ganas de descubrir su poder mágico para cambiar el mundo. Curiosidad y apetito por experiencias nuevas en una comunidad ultraortodoxa: ¿qué podría salir mal? Me ha hecho pensar también en todas esas chicas que alcanzan la edad adulta deseando experiencias que socavarían los propios cimientos de la comunidad en la que se han criado, que, a falta de otras experiencias, son los propios cimientos de su existencia. Qué bien contaba el eterno dilema de elegir entre la felicidad y la pertenencia Jeanette Wintersen en su maravilloso Por qué ser feliz cuando puedes ser normal

¿De verdad se puede abandonar el lugar, la gente y la cultura de la que procedes?
Deborah Feldman y el resto de autores citados en esta reseña escribieron libros para decir que sí. Que sí se puede. Y que aunque siempre merece la pena, el precio a pagar por tamaña osadía desgraciadamente nunca termina de pagarse. 




jueves, 17 de septiembre de 2020

LA CASA LA PLAYA

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Una casa que sea un poco mía y un poco también de mi familia, a la que vayamos todos juntos o por partes cada verano y donde me sienta a gusto y a salvo. Una casa con su jardín y su barbacoa, con su olor a mar en cada cortina, que pida una mano de pintura o la visita de un fontanero cada verano y en la que se depositen poco a poco los recuerdos familiares como los estratos de tierra que forman los paisajes. Una casa que sea un símbolo de pertenencia, un espejo en el que todos nos miremos y digamos, sonriendo: ese soy yo. 

Yo nunca he tenido una casa de la playa. Hasta ahora. Porque después de leer este cómic he decidido que mi casa de la playa es esta: una casa en la costa atlántica francesa, desde la que no se ve el mar pero se sienten y se huelen su humedad y su temperatura, y que todos los veranos reúne a una familia en torno a una mesa y unos recuerdos y va dejando su huella en el relieve del paisaje emocional de cada uno. 

He leído este cómic con una sonrisa melancólica. Hay una tristeza suave (y no tan suave) en los primeros trazos de la protagonista, cuando llega a su casa de la playa y empieza a recordar. Una presencia nueva va haciéndose notar en su vientre mientras que una ausencia ha llegado abruptamente a su vida para siempre. Y la casa de la playa, esa ancla a la que se aferra para remar contracorriente, de repente parece a punto de perder agarre y dejarla a la deriva. 

El dibujo de trazos juveniles, con líneas claras y planas, subraya la inocencia de la infancia, de esa infancia del papel pintado de globos de colores que nadie se atreve a cambiar, de esa infancia que todos rememoran porque sus júbilos y dudas laten en cada rincón de la casa. Más de medio siglo de familias y esperanzas se encuentran en las páginas de este cómic que me ha regalado un sentimiento de pertenencia a una casa, a un lugar. Algo que, quizá porque nunca lo he tenido, comprendo muy bien y siempre me emociona. 



lunes, 14 de septiembre de 2020

CIEN AÑOS YA, QUERIDO MARIO

A veces nuestros autores favoritos envejecen tan mal dentro de nosotros como el fuego de los amores más apasionados. Los versos que hace diez años nos hacían llorar hoy nos dejan indiferentes (o incluso nos dan un poco de pena). Las frases que copiábamos con buena letra en papeles y cartas ya no nos dicen nada nuevo del mundo. Crecer es también ir tapiando las puertas del asombro viejo para mudarnos a otras casas donde nos asombren estímulos nuevos.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cuatro
y acabo la planilla y pienso diez minutos
y estiro las piernas como todas las tardes
y hago así con los hombros para aflojar la espalda
y me doblo los dedos y les saco mentiras". 

Sin embargo, algunos pocos escritores, muy pocos, siguen colando su música por mis puertas tapiadas y reivindican su lugar, su asombro, con cada relectura a lo largo de los años.

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las cinco
y soy una manija que calcula intereses
o dos manos que saltan sobre cuarenta teclas
o un oído que escucha cómo ladra el teléfono
o un tipo que hace números y les saca verdades".

Hoy se cumplen cien años del nacimiento de Mario Benedetti, el autor al que dedicamos nuestra librería, un señor con bigote en un trabajo de oficina que con sus manos manchadas y su bondad tan sencilla imaginó un mundo capaz de emocionarme como la primera vez:

"Es una lástima que no estés conmigo
cuando miro el reloj y son las seis.
Podrías acercarte de sorpresa
y decirme "¿Qué tal?" y quedaríamos
yo con la mancha roja de tus labios
tú con el tizne azul de mi carbónico".


Mario Benedetti