viernes, 19 de febrero de 2016

LOS ASESINOS DEL EMPERADOR

Casi nunca releo un libro. ¿Para qué? Hay tantísimos libros maravillosos que nunca tendré tiempo de leer, que releer me parece un vicio indefendible. Aburrido, además. Es como viajar siempre al mismo lugar, esa idea tradicional que nunca entenderé de los veraneos en la casa de la playa. Con lo estimulante que es salir a conocer sitios nuevos, arriesgarse con los destinos y dejarse sorprender por lo que venga. 
Releer es como refugiarse en ideas antiguas con las que ya estuvimos de acuerdo para huir de aquellas más nuevas que pueden ponernos en un aprieto. Arrebujarse en el sofá de siempre a ver fotografías ya vistas. 

Sí, releer es un vicio indefendible. Así que no voy a tratar de defenderlo ahora. Y menos cuando acabo de releer un mamotreto de 1224 páginas con una excitación que me recuerda a cuando me embarqué por primera vez junto a la tripulación de Long John Silver rumbo a la isla del tesoro.
Despertarme, desayunar, leer leer leer, ir a trabajar, comer, volver al trabajo y contar las horas que faltan para volver a leer leer leer. Un frenesí de chiquillo, de deslumbramiento ante una historia que no pierde encanto ni frescura con la relectura. Debe de ser una cuestión de química neuronal provocada por la evocación de la antigua Roma. Sí debe de ser eso: la construcción del Coliseo, guardias pretorianos, traiciones, envenenamientos, la erupción del Vesubio, gladiadores y gladiadoras, emperadores conspiranoicos y unos asesinos armados hasta los dientes reptando sigilosamente por las cloacas de la ciudad más populosa del mundo para llevar a cabo un plan imposible. Todo eso junto y bien contado es como la chispa que enciende una hoguera, como escuchar el tema musical de La Comarca al inicio de la película El Señor de los Anillos y volver a un estado de excitación infantil que no se experimenta casi con nada más. 

1224 páginas. 
P. me mira entre curiosa e incrédula: ¿en serio? 
Sí, porque es el primer volumen de una trilogía sobre la vida de Trajano, el primer emperador romano de origen hispano, y no he leído la continuación, Circo Máximo, y el tercero sale ya, el 23 de febrero y no me acuerdo bien de éste, y es que me lo paso bomba. 
Y poco importan, al final, las pequeñas torpezas lingüísticas del texto, las erratas aisladas y el hecho un poco incomprensible de que ni el autor ni el corrector de las pruebas sepan que en español, además de "porque", "porqué" y "por qué", existe también "por que". La historia y el pulso narrativo de Posteguillo lo pueden todo. Y me olvido de la precisión literaria (como me olvido de los gazapos de mis películas favoritas) porque hay muy pocos libros, poquísimos, que tengan el poder de hacérmelo pasar tan bien. 

En la librería lo suelo recomendar como el mejor escritor español de novela histórica. Lo suelto sin más, sin pretender herir a nadie ni arriesgarme a muchas comparaciones. Porque es una evidencia. Nadie escribe con el rigor histórico, la pasión y la eficacia de Santiago Posteguillo. 
Sus libros son como monumentos. Novelones a los que uno regresa con admiración infantil, con los ojos de acercarse, por ejemplo, al acueducto de Segovia o al teatro romano de Mérida, acariciar las piedras y mirar hacia arriba mientras viajamos en el tiempo.


martes, 16 de febrero de 2016

CARTAS A KATHERINE WHITMORE

Con un placer especial, esta semana he vuelto a tener en mis manos una nueva edición de las Cartas a Katherine del poeta Pedro Salinas, unas cartas que se publicaron por primera vez en 2004 después de que hubieran transcurrido veinte años de la muerte de Katherine, según fue su voluntad. Abarcan desde 1932 a 1947.

Esas maravillosas y apasionadas cartas cambiaron la perspectiva que hasta entonces se había tenido de la vida de Salinas y especialmente de la identidad de la persona que había inspirado lo mejor de su poética, la trilogía formada por La voz a ti debida, Razón de amor y Largo lamento.

Cuando las leí por primera vez hace doce años me deslumbraron. Antes había leído su poesía, pero después de leer las cartas tuve que volver de nuevo a ella con otra mirada porque su significado cambió. En esa correspondencia y también en la que mantuvo tantos años con su mejor amigo el poeta Jorge Guillén, con su mujer, Margarita, con sus hijos, con tantos amigos poetas de la Generación del 27 donde también estaban las mujeres, aquellas que llamaban "Sin Sombrero" como María Zambrano o Rosa Chacel, descubrí su nostalgia, su profundo amor por España y también su dolor por el exilio, por no haber podido regresar a su país, del que se marchó de forma provisional para realizar un curso como profesor invitado y al que la guerra civil impidió regresar, como le pasó a la mayoría de la disidencia intelectual. 

Escritores, poetas y artistas tan importantes como Alberti, León Felipe, María Zambrano, Jorge Guillén, Luis Cernuda, Max Aub, Ayala, Bergamín, Buñuel, Sender, Pau Casals, Halffter, Madariaga, Margarita Xirgu..., todos tuvieron que exiliarse.

Una reflexión sobre su poesía que refleja la nostalgia del exilio: "estos poemas los escribí lejos de mi país, cada vez más mío en mi querer y sueño..., abrazado a mi idioma como incomparable bien".

En estas cartas, Salinas refleja de forma bellísima y explícita el "amor en vilo" que en su madurez le inspiró Katherine, una profesora norteamericana de literatura con la que compartió un tiempo breve pero intenso de esa vida poética, donde exponía y deshacía sus juegos intelectuales, sus pasiones, sus temores y sus esperanzas más recónditas.

Dentro de mí, Pedro Salinas sigue viviendo en su poesía. Ha sido uno de los regalos más importantes que he recibido en mi larga travesía como lectora y librera.


domingo, 14 de febrero de 2016

SPOTLIGHT

Ayer fui al cine a ver Spotlight. Me alegró mucho ver la sala llena y formar parte del silencio sepulcral en el que se quedó el público al terminar la película. Está nominada a seis Oscars. Se los merece todos. 

Esta no es una reseña de un libro, porque lamentablemente no hay ningún libro disponible actualmente, ni en inglés ni en español, sobre este caso. Si lo hubiera, no dudaría en llenar escaparate, mostrador y estanterías con decenas de ejemplares. Cualquier cosa, cualquiera, para contar esta historia.

Un cura escoge a un niño, preferiblemente pobre, de familia desestructurada, con pocos recursos y dependiente de la beneficiencia católica. Le demuestra afecto, le protege, le acaricia, le sonríe. Y al cabo de unas semanas, le viola. Durante meses. Un año. Dos. La curia lo sabe y antes de que la familia se queje o el niño crezca lo suficiente como para reunir coraje para denunciarlo, lo traslada a otra ciudad. Donde el cura escoge a otro niño, preferiblemente pobre, de familia desestructurada, le demuestra afecto, le protege, le acaricia, le sonríe. Y le viola. Al cabo de otros dos o tres años, otro traslado. Y así, una y otra vez. Diez curas. Cincuenta, cien, quinientos, miles de curas en todo el mundo. Miles de curas abusando de niños, violando niños.

A veces, algún niño saca fuerzas suficientes para superar el trauma y la vergüenza y denunciar a su violador. A veces, tiene la suerte de encontrar a un abogado con la fortaleza y la sensibilidad necesarias para llevar el caso a los tribunales. Entonces, la curia se reúne con la parte demandante para llegar a un acuerdo, con un cheque encima de la mesa y un pacto de silencio sobre un hecho aislado, "una manzana podrida", según sus palabras, que no merece salir a la luz y enturbiar la buena obra de la Iglesia en la sociedad. 

Miles de curas católicos que violan a niños bajo la protección de sus superiores. Con la complicidad de sus superiores. Y cuando estalla el escándalo, cuando un grupo de cuatro periodistas de The Boston Globe publica un reportaje con los datos de 87 curas pedófilos solamente en la ciudad de Boston que violaron a niños durante décadas con la connivencia de sus superiores, el cardenal Law, máximo responsable de la impunidad de estos violadores, dimite de su cargo en la ciudad y es nombrado, apenas dos años después, arzobispo de la Basílica di Santa Maria Maggiore en Roma por el papa Juan Pablo II, en lo que éste último calificó de "un paso importante en el proceso de curación". 

No sabemos a qué curación se refería, si a la de la pobre alma atormentada del viejo cardenal o a la imposible curación de los miles de niños violados por curas católicos de todo el mundo, niños que vivirán ya toda su vida con ese trauma y cuyos violadores han quedado y siguen quedando, en su inmensa mayoría, impunes, protegidos por una Iglesia corrupta y criminal. 


viernes, 12 de febrero de 2016

ELLA, TAN AMADA

Melania G. Mazzucco ha llevado a cabo una recreación memorable en esta novela inspirada en la apasionada y azarosa vida de Annemarie Schwarzenbach, uno de los personajes más inquietantes de la intelectualidad europea. Escritora, arqueóloga, fotógrafa, periodista, pianista y viajera, excepcional por su valentía, siempre huyendo y también siempre en espera de algo que nunca alcanzó porque una muerte temprana y accidental se la llevó con 34 años.

Su madre Renée, en un fatal juego de espejos, la amó y la odió profundamente, primero haciéndola exactamente como ella hubiera querido ser y después, cuando su hija se manifestó libremente sin prejuicios ni ataduras al convencionalismo de la época, no aceptó sus pasiones y siempre la castigó incluso con violencia, cuando se dio cuenta de que establecía relaciones demasiado íntimas con profesoras, compañeras o primas.

Renée siempre había respetado las apariencias encerrando en el sagrado círculo de lo privado sus secretos, el más importante la relación sentimental que mantuvo con Emmy Krüger, cantante de ópera que formó parte de la familia más tiempo que su propio matrimonio.

Huyendo del papel que su madre le había asignado, tuvo una apasionada relación con los dos hijos de Thomas Mann, Erika y Klaus, y se casó con Claude Clarac, un diplomático francés con el que convivió durante seis meses en Irán y con el que tuvo una peculiar relación casi fraternal. 

Mi primer contacto con Annemarie fue a través de El camino cruel, libro escrito por Ella Maillart donde relata un viaje desde Suiza hasta Afganistán que realizaron estas dos mujeres solas en 1939 en un Ford huyendo de la barbarie nazi que se estaba extendiendo por toda Europa. Como periodistas y fotógrafas, emprendieron un camino de huida, en el caso de Annemarie que pasaba por una etapa de intoxicación por drogas. Parece que hubo una forma de amor platónico.

Es una novela intensa, apasionada, de 560 páginas, que me ha dejado con frecuencia sin aliento y he tenido que aparcarla por un tiempo, sabiendo que no podía dejarla, que me estaba esperando, porque una vida como la de Annemarie no puedes perdértela y si te la cuenta Melania G. Mazzucco, además es una obra de arte.

lunes, 8 de febrero de 2016

CANSASUELOS

Me gustan los libros que te mueven a hacer cosas. Se meten en tu circuito sanguíneo con algún párrafo especial o una ocurrencia insólita y la adrenalina que te inoculan ya no te deja en paz. Libros cojoneros, a veces, que se te quedan zumbando en la cabeza y hasta que no vas a visitar a tu tía la del pueblo que hace mil años que no ves o te decides por fin a adoptar un perro bonachón que no suelte mucho pelo, no hay forma de que se callen. Libros que no están hechos para leer en plan erudito, con la tacita de té y el bloc de notas y la barbilla ligeramente levantada para pretender mirar el mundo desde un poco más arriba. Libros que te pinchan las ganas y están dispuestos a darte una buena patada en el culo como te rindas a la pereza dominguera de acumular lecturas sin terminar en el sofá. 

He leído este libro en ratitos robados a un sábado en la librería. A veces entraba un cliente silencioso y tardaba en darme cuenta, o no me daba cuenta en absoluto, hasta que venía al mostrador con cara de no quería molestarte, pero... y me sacaba de la historia para consultarme sobre un autor. Ojalá muchos más libros se dejaran leer así, a ráfagas, con deleite y vorazmente, sin sentir que el autor te obliga a pensar cada frase y admirar la arquitectura artística de sus juegos literarios. Una primera frase resultona. Un propósito. Un placer para compartir. Y adelante con tu viaje. 

Este libro tiene muchas historias. Seis días a pie por los Apeninos, en buena compañía, dan para mucho. Sobre todo si viajas, como Ander, con la imaginación alerta para distinguir nazis entre la maleza, penes minúsculos que según desde dónde los mires pueden recuperar su tamaño verdadero, exprimidores de limones en cúpulas renacentistas y sutiles dilemas morales sobre qué hacer con un caracol que cruza un camino de montaña. He señalado pasajes para leérselos a P. en nuestras pausas, con la voz de mira mira mira esto, que no te lo puedes perder, y eso no lo hago casi nunca. Y sobre todo, Cansasuelos me ha transmitido el virus de la montaña, ese que te hace desear a toda costa desgastar suelas por senderos no asfaltados y respirar la naturaleza al ritmo silencioso de tus pasos. 

Me gustan los libros que te mueven a viajar. Y éste es uno de ellos. 
De hecho, si me quedaran un poquito más cerca los Apeninos y tuviera seis días libres seguidos, no habría dudado en proponerle a P. una escapadita para triscar por los montes y buscar todas esas ruinas antiguas, vestigios nazis, trocitos de calzadas romanas y naturaleza casi virgen que invita al silencio que describe el autor de este libro. De momento, nos conformaremos con esperar a las próximas vacaciones y tirar para el norte de España con mapa, provisiones y cantimplora, para añadir nuestras huellas a todas las huellas de viajeros que a lo largo de los siglos han probado a cansar el suelo sin conseguirlo y, por qué no, terminar de decidir qué hacer con los caracoles suicidas que se lanzan a cruzar los caminos sin mirar. 

Ander Izagirre

miércoles, 3 de febrero de 2016

SHAKESPEARE Y LA BALLENA BLANCA

No tengo ni idea de cómo nació este libro, pero me imagino que pudo ser algo así: un escritor joven llamado Jon Bilbao, fascinado con Shakespeare y con Melville, decide meter a los dos autores en el mismo saco como si fuera un prestidigitador itinerante, removerlo todo bien, decir sus palabras mágicas (esas que nadie más que él conoce) y sacar esta fábula asombrosa de la chistera para encandilarnos y dejarnos a todos con la boca abierta.
Lo he pensado despacio, le he buscado un poco las cosquillas a la estructura de la novela, y aún no sé cómo lo ha hecho. ¿Shakespeare soñando con llevar la historia de Moby Dick a las tablas de su teatro? ¿Convertir a una ballena y la obsesión de su perseguidor en protagonistas creíbles de una función? ¿Shakespeare soñando los sueños de Melville? ¿En serio?
Pues sí.

La historia transcurre en 1601 a bordo de un buque de guerra vaciado de sus componentes bélicos para transportar una misión diplomática a Dinamarca. Marineros curtidos, viejos soldados, un puñado de nobles entre los cuales se encuentra Henry Wriothesley, probable inspirador de los sonetos del dramaturgo, si no de otras pasiones más mundanas, y el propio William Shakespeare. En medio del Atlántico, unas nubes densas y de color extraño se ciernen sobre el buque y acercan tanto el cielo y el mar que ambos acaban confundidos en una misma humedad azul verdosa. Este hecho sume en el desconcierto a todos los tripulantes y, como si fuera un heraldo de sucesos extraordinarios, anuncia la llegada de la gran ballena blanca, monstruo fabuloso que el dramaturgo ya no podrá sacarse de la cabeza. Es lo que siempre había ansiado, un protagonista excepcional, un ser portentoso que llegaran a conocer incluso aquellos que nunca hubieran pisado un teatro. Un Aquiles moderno, un Edipo, "un personaje que fuera sinónimo de una actitud. Un personaje de nombre contundente y sonoro, al mismo tiempo un grito y un lamento". 

Moby Dick. 
Shakespeare. 
El sueño de una obra de teatro en la que aparezca una ballena en escena, con la locura logística y conceptual que eso supone.
Una historia poderosa que no se deja representar, como si "poseyera vida propia y anduviera a la búsqueda de un cuerpo en el que encarnarse, pero ninguno se ajustara a sus dimensiones". 
Y una travesía en barco de la que nadie, ni los posibles personajes en la cabeza del autor, conseguirán salir ilesos. 

Jon Bilbao ha escrito un libro originalísmo. Una fiesta de los sentidos y de la imaginación. 


viernes, 29 de enero de 2016

Editoriales afines (I): Libros del K.O.

Que la filosofía editorial es importante lo sabe cualquier autor que haya pasado de una editorial a otra. Importan el proyecto, la coherencia y la sensibilidad a la hora de elegir la publicidad. Importan la ambición de llegar hasta el lector, la relación con los libreros y los buenos materiales. Importan, claro, el papel, el diseño de portadas y que sea reconocible en medio de cualquier otra. El tipo de letra, las fajas, qué palabras utiliza para promocionarse, los textos de las contraportadas, las tapas, el olor, el cosido o el pegado. 
Importan tantas cosas que a la hora de inaugurar un proyecto editorial, uno debe de volverse loco eligiendo. Como un niño con miles de piezas dispares que ensamblar y sólo un resultado posible: el que tiene ya en la cabeza y con el que lleva soñando semanas, meses, años. 

A veces leo libros por la editorial que los publica. El mismo libro en otra editorial no me llamaría en absoluto la atención. Hay editoriales que tienen implícito un sello de garantía. Se lo han ganado, año tras año, por haber conseguido ensamblar un proyecto sólido y atractivo en el que uno se siente reflejado.
Libros del K.O. es una de esas editoriales. Hace años, Jordi Herralde, editor de Anagrama, dijo en una conferencia que una editorial de no ficción era inviable en España. Ellos demuestran cada día hasta qué punto se equivocaba. 
Aquí os dejo las dos reseñas de Libros del K.O. que hemos publicado en nuestro blog. Son dos libros estupendos, no os los perdáis.

lunes, 25 de enero de 2016

LOS BASTARDOS DE PIZZOFALCONE

Ay, qué bueno es este hombre. Ocho libros lleva. Ocho libros suyos que he devorado con pasión, con avidez infantil y complacida por la certeza de disfrutar siempre con su forma de llevarme por sus tramas y su Nápoles de ayer y de hoy. 

Esta vez al comisario protagonista le acompañan cinco bastardos. Cinco policías que, como él, cargan con pasados conflictivos. Turbios, enigmáticos, indeseables en sus lugares de origen, van a parar a la comisaría maldita de Pizzofalcone. Los bastardos de Pizzofalcone. Todos ellos con algo que ocultar, con vidas secretas inconfesables, todos ellos furiosos y heridos, dispuestos a cualquier cosa para redimir su pasado y encontrar un equilibrio para sus pasiones. 

Cuando les asignen el asesinato de Cecilia de Santis, una dama de la alta sociedad, empezarán a buscar por donde siempre: el dinero y el odio. Buscarán en las relaciones cansadas, en los rencores nimios que se van acumulando, año tras año, hasta formar una masa compacta de frustración y desprecio. Buscarán en los contratos y sus intereses, en el estatus que da el dinero y la pose y al que, una vez alcanzado, ya es imposible renunciar. Buscarán por donde buscan todos. Pero quizá sólo ellos, los despreciados bastardos de Pizzofalcone, sepan buscar también donde nadie busca. En las mentiras, en los suspiros y en la piel que se ofrece sin reticencia. Quizá sólo ellos prueben a buscar en el amor. Porque tal vez ahí, precisamente, esté la razón de todo, "en una amistad de hace tiempo, en una mirada que alguien fijó en los ojos de otra persona durante más de una fracción de segundo. Porque así es como se genera una ilusión, con una mirada y una fracción de segundo. Y se imagina algo, y se acuna ese algo en brazos como un recién nacido para que crezca, y se alimenta ese algo hasta que se hace grande y ocupa todo el espacio."

Recibí este libro ilusionado, como un niño al que le plantan delante una de sus tartas favoritas y le dicen: es para ti. Pero la ilusión se convirtió en asombro, en incredulidad, y al instante en risas de felicidad cuando leí la faja promocional que la editorial le había puesto y descubrí que era una frase, sacada de este mismo blog, de la reseña que escribí sobre el primer libro de la serie, El método del cocodrilo. Y ahora, cada vez que paso por delante del libro en la librería, no puedo evitar guiñarle el ojo al bueno de Maurizio de Giovanni, pensando que la librería Benedetti le recubre la cintura con elogios, y no hay mejor reclamo que una librería rendida a la maestría de un autor.





jueves, 21 de enero de 2016

Presentación de UN PERRO en la librería

Cuando hace un par de meses, Alejandro Palomas se puso en contacto con la librera madre para anunciarle que vendría a la librería a presentar Un perro, la alegría no pudo ser mayor entre todos nosotros. Uno de nuestros escritores fetiche, autor de libros que habíamos leído y recomendado con tanto gusto, nos vendría a visitar y a hablarnos de su última novela. Aquella era una excusa fantástica, porque sabíamos que en realidad vendría a hablarnos de los grandes temas e intereses de su obra: la familia, la soledad, la emoción, la risa, la intensidad o la propia vida, sin más.

Y así fue. Ayer nos reunimos todos en un rincón de nuestro centro comercial, en círculo, alrededor de él, para escucharle hablar sobre sus novelas y para, como en una reunión con amigos de toda la vida, intentar averiguar por qué escribimos y leemos, cuáles son las fuentes de los personajes de sus novelas y cómo es eso de escribir.


La presentación corrió a cargo de Isabel, que no desaprovechó la ocasión para hablarnos no sólo de su pasión por la obra de Alejandro, sino también para reflexionar sobre la lectura y la escritura. Luego comenzó el diálogo y supimos que la vida y la obra de Palomas se rozan constantemente, que buena parte de lo que es Amalia, es él mismo o es su madre, y que lo que él quiere es que "la gente quiera a esta familia, porque es la mía". Y la queremos. Para los que hemos leído Una madre y Un perro, Amalia, Fer, R, Ingrid, Emma y Silvia son como nuestros vecinos simpáticos. Sacaríamos a pasear a R si Fer nos lo pidiera y reiríamos ante las ocurrencias de Amalia un día de paseo por el parque.

Alejandro Palomas e Isabel tejieron una conversación interesantísima sobre el mundo de la escritura y de la publicación de textos; y aprendimos que este autor ha sido capaz de crear su particular mundo con pequeñas piezas de un rompecabezas que va encajando poco a poco mediante la interrelación de pasado, presente y futuro. También aprendimos que escribió Un perro en dos meses y medio. Encerrado en su casa de campo, escuchando sin cesar el piano de Satie, modificó algún episodio para incluir en la novela las carpas que tan bellamente habían diseñado para la portada, reescribió la novela entera y devanó la creatividad para hacer creíble y entrañable el personaje de Amalia, el más lúcido y a la vez más desternillante de la novela. En esa casa de campo, acompañado por su perro Rulfo, dejó que los personajes le fueran hablando. Los escuchó y les fue dando vida de la forma tan natural como la leemos en su novela. Y, sin darse cuenta, dio nombre y vida a las realidades de todo aquél que se acerca a su obra y que ya no puede despegarse de ella por la atracción que ejercen su estilo, la sombra de Virginia Woolf en sus páginas y sus personajes.

Estamos agradecidos a todos los que os acercasteis ayer a conocer un poco más a Alejandro Palomas y su obra. Y, por supuesto, queremos mostrar nuestra gratitud al autor que hizo un alto en la Librería Benedetti y nos regaló su tiempo y su compañía y nos advirtió de que si nos habían encantado Una madre, Un hijo, o Un perro, no dejáramos de leer la que para él es, sin duda, su mejor obra, El tiempo que nos une.


Por Patricia Bejarano

lunes, 18 de enero de 2016

UN PERRO

Creo que el amor es lo que nos da seguridad y por eso es tan importante en nuestra vida, pero el miedo es un lastre terrible que hace naufragar los mejores sentimientos. Sólo cuando se vence el miedo empieza la vida a ser merecedora de disfrutarse, y el amor. ya sea familiar, de pareja o hacia un animal, puede ser experimentado en toda su grandeza. El amor, si conseguimos que se convierta en la mayor realidad de nuestra existencia, da sentido a la vida aun cuando esta parezca no tenerlo.

Alejandro Palomas retoma los personajes de Una madre para seguir ahondando en sus relaciones familiares, desnudando sus almas y el vacío dejado por el padre ausente, que hizo todo el daño necesario antes de desaparecer para que el miedo se incrustara en el alma de su mujer y sus hijos. El amor que une a esta familia salva todos los escollos en una historia que, a través del hilo conductor de R, el perro del protagonista, va desplegándose poco a poco con los recuerdos familiares llenos de abandonos y soledades.

Alejandro Palomas nos divirtió enormemente con Una madre, nos emocionó hasta las lágrimas con Un hijo y ahora vuelve a remover los cimientos de nuestra sensibilidad con la singularidad de unos personajes que radiografía en sus más íntimos sentimientos.

(Recomendado por Isabel)



sábado, 16 de enero de 2016

POESÍA ÚLTIMA DE AMOR Y ENFERMEDAD

Un silencio sobrevuela la poesía de Lois Pereiro. Un tipo de delicadeza cotidiana en las relaciones humanas, conversaciones telefónicas que callan mucho más que lo que dicen y no logran enmascarar la distancia que define su soledad, y su necesidad de sortearla. Un silencio enfermo, también. El silencio de un hombre que sabe que no llegará a viejo, que por sus venas corre, a toda prisa, desbocada, la muerte. El silencio de quien acepta su derrota, y apura, apasionada y sabiamente, toda la calidez y el amor a los que puede tener aún acceso.

Hay un libro de Lois Pereiro que siempre está bien visible en nuestra sección de poesía. Lo editó una editorial ya desaparecida llamada Libros del Silencio y se llama Poesía última de amor y enfermedad. Es de esos libros que uno saca de su estante cada cierto tiempo, abre al azar y lee. Para impregnarse de algo que en su vida cotidiana suele quedarse fuera de su alcance.

Hoy lo saco del estante para leerlo y para compartir un poema que hemos grabado Patricia Bejarano y yo, voz y piano, en nuestro blog Los sábados, un poema. Por Lois Pereiro, los Beatles, Galicia y la poesía silenciosa. 

miércoles, 13 de enero de 2016

NO VIOLENCIA

Siempre me ha llamado la atención la cantidad de violencia a la que estamos expuestos en nuestra vida cotidiana. Un conductor exasperado que pega el morro de su coche a tu maletero y te dispara ráfagas de luces largas porque si no va más rápido no se siente realizado, el turista que te empuja y que apenas murmura una disculpa porque está más pendiente de la foto que quiere sacar que de las personas que le rodean, los familiares que se gritan de todo en las cenas de navidad porque ya no pueden acumular más frustración o complejos o envidia o lo que sea que no han sido capaces de gestionar. 
Violencia que soportan los profesores y los alumnos diariamente en las aulas, las mujeres al cobrar menos que los hombres por los mismos trabajos e incluso nosotros, los que estamos detrás de un mostrador y tenemos que responder con calma y mano izquierda a las provocaciones de la gente que no sabe tratarnos con respeto. 
Siempre he pensado que hay otra forma de tratarse, más humana, más comprensiva y, sobre todo, más inteligente. Porque, como demuestra este libro con decenas de ejemplos, la violencia no resuelve nada; siempre produce más violencia. 

La no violencia es un concepto para el cual no existe una palabra. Al contrario que el pacifisimo, es una forma de persuadir, una técnica para el activismo político, un sistema que aspira a prevalecer. Un sistema, además, que requiere valor e imaginación. Es mucho más complicado ejercer presión mediante boicots, sentadas, huelgas y desobediencia civil que armar a un grupo paramilitar y señalarle su objetivo. Hace falta voluntad e inteligencia para aceptar las razones del contrario y tratar de llegar a un acuerdo. Lanzar una piedra o un misil siempre es más fácil. Pero lo que parece que no entienden, ni han entendido nunca, los dirigentes de nuestra sociedad, es que optar por la violencia para tratar de resolver un conflicto significa, en la inmensa mayoría de los casos, perpetuarlo. 

Mark Kurlansky hace un breve repaso por la historia, desde los primeros cristianos hasta hoy en día, señalando las repercusiones de la violencia en la resolución de conflictos, y cómo los métodos no violentos siempre fueron despreciados, ignorados, cuando no directamente reprimidos y exterminados. Por ejemplo, destaca el origen no violento de las religiones monoteístas y cómo, al hacerse con el poder, olvidan su compromiso con la paz y la concordia y se vuelven asesinas. Y también al revés, estados plurales y tolerantes que, al abrazar una fe exclusiva, se vuelven dictaduras represoras. Quizá el caso más llamativo de esta contaminación en ambos sentidos fuera el triunfo estatal del cristianismo en el Imperio Romano: como dice el autor, una "calamidad de la que la Iglesia nunca se ha recuperado". 

La violencia ha sido siempre esgrimida como un recurso necesario para el cambio. Locke, Hobbes, Rousseau, Robespierre, Marx o Lenin estuvieron de acuerdo en defender las revoluciones como movimientos armados. Lo cierto es que a las principales revoluciones violentas (la francesa, la rusa) les siguieron años, incluso décadas, de guerra civil, masacres y terror. Y sin pretender hacer historia-ficción, me pregunto: ¿no era el recurso fácil? ¿No había soluciones alternativas al uso de la fuerza? ¿No será que el origen de la violencia no está en la naturaleza humana, como creía Hobbes, y que la guerra no es más que el resultado de una clamorosa falta de imaginación por parte de quien la declara?

Mark Kurlansky
Guerras consideradas "justas", como la Guerra de Secesión americana o la Segunda Guerra Mundial, fueron, al fin y al cabo, conflictos brutales parecidos a los demás cuyos objetivos tuvieron mucho más que ver con intereses económicos y geopolíticos que con la emancipación de los negros o la liberación de los judíos. Al echar un vistazo a las motivaciones y los resultados de las guerras en la historia occidental, es imposible no asombrarse de la incapacidad de los gobernantes para aprender del pasado y dejar de utilizar la violencia para responder a la violencia. Es comprensible que Gandhi, cuando le preguntaron por su opinión de la civilización occidental, respondiera: "creo que sería una estupenda idea".

La no violencia ha cosechado éxitos importantes en la lucha contra las dictaduras y la represión: jugó un papel fundamental en el desmoronamiento de la URSS, en la dictadura argentina con las madres de la Plaza de Mayo, en la igualdad racial en EEUU con Martin Luther King o en la caída del Apartheid en Sudáfrica con Nelson Mandela. Es una idea poderosa. Cualquiera que ostente poder en el mundo lo sabe. Y por ese motivo es necesaria: porque es la manera más eficaz de desafiar los abusos, de controlar los desmanes y de responder a la violencia. De aspirar a convivir con respeto y en paz. 


viernes, 8 de enero de 2016

EN MOVIMIENTO

En febrero hará un año que Oliver Sacks nos anunció que un cáncer amenazaba de forma seria su vida mediante un bellísimo artículo en el que nos decía: "en el tiempo que me queda tendré que arreglar mis cuentas con el mundo".

El tiempo se le acabó en agosto pasado. Perdimos a una gran persona, un profesor de neurología y un escritor que supo acercarnos los trastornos de la mente de forma divulgativa en libros tan interesantes como "El hombre que confundió a su mujer con un sombrero", "Un antropólogo en Marte", "Despertares", "Veo una voz", "Musicofilia" o "Alucinaciones".

Nos ha dejado sus memorias en este interesante libro que a mí me ha sorprendido tanto. La imagen que yo tenía de Sacks era la de un amable y serio profesor condecorado por la reina Isabel de Inglaterra, recibido por la reina Sofía, merecedor de tantos premios, y sin embargo en este libro nos desvela una juventud contradictoria, apasionado de las motos, de la natación, culturista y adicto a las drogas hasta los 35 años. Supo conducir todas esas experiencias hacia la sabiduría mediante el conocimiento de su profesión de médico y neurólogo. Describe también la intensa relación que tuvo con su madre, que en aquella época (años 50 del siglo XX) no pudo asimilar la homosexualidad de su hijo, y con su hermano esquizofrénico en un ambiente exquisito de Londres, donde sus padres eran prestigiosos médicos.

Huyendo de la rígida Inglaterra, se fue a Estados Unidos con veintipocos años y su condición de judío le ayudó a relacionarse con otros médicos, que de alguna forma le apoyaron para abrirse camino en su profesión. 

Amsterdam, un lugar que marcó una etapa de su vida, las intensas relaciones con sus pacientes, con actores como Robert de Niro o Robin Williams con los que colaboró en la adaptación al cine de sus obras, forman parte de una autobiografía inusual, espléndida y singular, como su autor.

(Recomendado por Isabel)


domingo, 3 de enero de 2016

EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS

Cada navidad elegimos dos o tres libros estrella para recomendar a todo aquél que nos pregunte por una buena historia. Otros hacen listas de lo mejor del año, nosotros elevamos un podio sin vencedores en el que, este año, por ejemplo, han triunfado por igual la inteligencia, los bares, la risa loca, la lagrimilla, el drama familiar y la tragedia colectiva. Sin números uno ni orden de ningún tipo. Este año comparten podio "Una madre", "La familia Karnowsky" y "El bar de las grandes esperanzas". Y ya que todos, esta vez, están aquí reseñados por nuestra librera madre, me apetece ahora soltar un par de apuntes sobre este último, que acabo de terminar, para que si no lo leéis sea únicamente porque aún no os lo han regalado. 

"Cuando oía a mi padre por la radio, mi madre no oía sus bromas, ni su encanto, ni su voz. Lo que oía era la cuota de manutención que él no le pasaba." Y las broncas, los gritos y quizá el cuchillo de cocina que apareció de repente en la mano de él mientras se le acercaba amenazante con los ojos vidriosos de alcohol. Brutalidad e indiferencia. Un hombre-castigo. Pero para J.R. es La Voz, el vacío de un padre cuya ausencia permite rellenar solamente con las inflexiones melodiosas y seductoras de esa voz omnipresente. El hijo sabe ciertas cosas de su padre y por eso trata de ocultar el anhelo y la fascinación que le provoca su voz en la radio. La madre hierve de rabia y frustración por haberse casado con un hombre así pero por discreción y respeto a su hijo se oculta tras una máscara de calma fingida como si se escondiera detrás de un biombo. Y así va creciendo J.R., esquina de un triángulo desigual que intentará equilibrar durante toda su vida acudiendo al bar Publicans, maravilloso microcosmos de vidas itinerantes, en busca de ejemplos masculinos que rellenen la carencia que deja La Voz en su interior. 
"Mi madre era la palabra impresa: tangible, presente, real; mientras que mi padre era la palabra hablada: invisible, efímera, convertida al instante en memoria."

J.R. quizá haya escrito este libro autobiográfico para atrapar la palabra de su padre, convertirla en real y despojarla de los mitos con los que construyó su personaje. Un libro-búsqueda. Como todos, en realidad. Pero éste, en concreto, de búsqueda explícita por las propias raíces, por los recovecos de la fragilidad de la infancia y de un amor inestable e imposible, que no deja de plantar semillas de árboles bajo cuya sombra nunca podrá refugiarse. 
¿Por qué hemos aupado este libro al podio de lo más recomendable? Pues porque cuando lo recomendamos, nuestra sonrisa previa al argumento define mejor nuestro entusiasmo que cualquier resumen de su historia que se nos pueda ocurrir. 
Felices lecturas para 2016.


martes, 22 de diciembre de 2015

TANIA VAL DE LUMBRE

Un delicioso relato que inaugura Nórdica Infantil, una editorial que se precia por la exquisitez en la publicación de sus libros.

La autora Maria Parr y unas preciosas ilustraciones de Zuzanna Celej recrean el mundo de Tania en Val de Lumbre, un valle paradisíaco en medio de montañas nevadas donde hay cabañas de viviendas tuteladas para mayores, un camping donde no se admiten niños porque hacen ruido, un bosque encantado, la ciudad a 63 kilómetros de distancia y donde, sobre todo, está Tania, con rizos pelirrojos que a veces nos recuerdan a Pippi Calzaslargas.

Tania vive con su padre porque su madre tiene un trabajo muy interesante a muchos kilómetros, relacionado con el calentamiento global de la Tierra y sus efectos en el polo Norte. Vuelve a casa de vez en cuando y entonces es una gran fiesta, pero no por eso Tania deja de echarla de menos. Para mitigar la nostalgia tiene a su padrino Gunnvald de 74 años, con quien es feliz compartiendo los trineos que fabrica y que ella prueba arriesgando muchísimo su integridad física.

Gunnvald esconde una vida anterior que no le ha contado a Tania y, de pronto, ocurren muchas cosas que desvelan situaciones insospechadas, acercándonos a unos valores que la sociedad actual nos pone en disyuntiva: los afectos filiales, su vulnerabilidad, la lealtad, la necesidad de afecto, de ternura...

Un libro ideal para regalar estas Navidades, sus 236 páginas se leen con fruición y sus lectores, como Tania, pueden tener diez años o noventa y nueve. Yo lo he disfrutado mucho y tengo setenta y dos.

(Recomendado por Isabel).


viernes, 4 de diciembre de 2015

VOCES DE CHERNÓBIL

26 de abril, 1986. Un reactor de la central nuclear de Chernóbil explota y produce una de las mayores catástrofes medioambientales de la historia. En decenas de kilómetros a la redonda, la tierra queda contaminada, los animales enferman y mueren con extraños síntomas y los seres humanos no saben cómo reaccionar. Los gobiernos soviéticos de Ucrania y Bielorrusia eluden responsabilidades y en el Kremlin se establece un pacto de silencio. No ha pasado nada. Un incendio. Todo controlado. Sin embargo, a la gente del lugar los ojos le lagrimean y las gargantas le escuecen, la radiactividad arde en la ropa, en el agua, en las paredes y en la piel de los que no fueron advertidos del peligro. Algo pasa. Algo no está bien. En pocos días, los efectos de la radiación empiezan a cobrar forma: pérdida de sensibilidad en las extremidades, fiebre, piel supurante, ampollas, debilidad, pérdida del cabello, hemorragias espontáneas. Y ante el espanto de una enfermedad que no se ve ni se puede curar, una enfermedad que arde en el agua, en la tierra y en el aire, la gente no sabe qué hacer ni qué decir. Los gobiernos callan. La gente calla. Una calamidad innombrable, sobrecogedora, peor que cualquier guerra, ha venido para quedarse. Porque las guerras pasan, acaban. Y esto vive en nosotros. 

Aparte de la radiación, la gente de los alrededores de Chernóbil puede morir de muchas cosas: de frío, de hambre, de una fiera salvaje escapada, de soledad. Y de los propios pensamientos. Los habitantes de la ciudad evacuada echan de menos sus camas, sus cocinas, las puertas en las que, a lo largo de los años, fueron marcando con lápices de colores el crecimiento de sus hijos. Aún no saben que jamás podrán volver, ya que la radiación tardará, no décadas ni siglos, sino muchos miles de años en desaparecer del aire y los objetos. Los campesinos, en cambio, sí intuyen ese exilio definitivo al que el reactor incendiado los ha enviado y entonan un llanto colectivo y estremecedor por su querida tierra, ya para siempre envenenada. 

Chernóbil ha resucitado el olvidado léxico estalinista. Parece que hemos vuelto a 1937. Se vuelve a hablar de héroes, de salvación nacional, de gestas heroicas del imbatible pueblo ruso. Una catástrofe de este calibre necesita héroes. La gente quiere figuras ejemplarizantes. No interesa la verdad. Se reprimen las noticias. Se clasifican los informes. La medicina y la ciencia se someten al dictado de la política, que no puede permitirse un pueblo informado, porque entonces cundiría el pánico. Se castigan las preguntas y las protestas con penas de cárcel y se trata a la población como si fueran niños pequeños, dando instrucciones minuciosas y ridículas sobre cómo lavarse o medir la radiación. Y así, el socialismo soviético vuelve a sus orígenes, a aquella esencia que la Perestroika de Gorbachov estaba dejando en el olvido, a su funesta mezcla de prisión y jardín de infancia.

Svetlana Alexievich

Los comisarios políticos arengan a los miles de voluntarios que se han presentado para combatir el desastre. Liquidadores, los llaman. Y a eso van, a liquidar al enemigo. Hay que vencer, les dicen. Resistir y vencer. Y poco a poco, en grupos, y en turnos de pocos minutos para exponerse lo menos posible a la radiación, se suben a los tejados, retiran el grafito ardiente, cavan túneles, sellan fisuras. Allí donde los robots creados para reparar la central se paran, se averían y mueren con las entrañas quemadas, los fieles soldados soviéticos se afanan, corriendo con sus trajes inútiles y sus guantes de goma, funcionando sin problema. Hasta que vuelven a sus casas, tras meses de exposición constante al aire ardiente, y enferman. Y la fiebre les consume, en la cama. Y sus hijos les preguntan: papá, ¿qué ha pasado allí? Una guerra, hijo. Una guerra. Y quizá sigan oyendo las voces de los comisarios políticos lanzándolos al ataque: hay que vencer; resistir y vencer. Y quizá se pregunten: vencer, sí, pero ¿a quién? ¿Al átomo? ¿A la física? ¿Al cosmos?
Rusia no tendrá rascacielos como Estados Unidos ni seguros sociales como Europa, pero tiene héroes. Los pobres, tristes héroes de Chernóbil. Todos enfermos, desconcertados, todos vencidos por un enemigo invisible al que no se puede vencer. Un enemigo que ha penetrado en sus huesos y al que han pasado a pertenecer. Yo ya no soy bielorruso, dicen. Ni ucraniano. ni ruso. Soy de Chernóbil. Chernóbil, el estigma de una nacionalidad envenenada. De una guerra interminable. 

Svetlana Alexievich ha escrito un libro coral compuesto de las voces de la gente que sufrió directamente la catástrofe de Chernóbil. Voces, voces, voces. Atronadoras, gimientes, enfurecidas, sollozantes, serenas, enloquecidas. Voces que componen un mosaico inmenso, inabarcable en la diversidad de sus quejas, insoportable en la intensidad de su dolor. 



lunes, 30 de noviembre de 2015

DE VIAJE POR EUROPA DEL ESTE

En 1957 tenía veintinueve años y apenas había publicado nada aún. Lucía unos bigotes magníficos que a los europeos seguramente les recordaban a Pancho Villa, porque no dejaban de tomarle por mexicano. En Frankfurt, sin nada provechoso que hacer, aburrido de ver películas alemanas en alemán, conoció a un corresponsal italiano y a una diagramadora francesa, y juntos decidieron probar a cruzar la frontera con Alemania Oriental, el famoso Telón de Acero. Y hacerlo, además, sin avisar, de incógnito, porque "a los países, como a las mujeres, hay que conocerlos acabados de levantar." Los meses que pasaron recorriendo Europa del Este quedaron retratados en esta estupenda crónica, rescatada ahora del olvido, en la que un jovencísimo y casi desconocido Gabriel García Márquez anotó sus impresiones de ese mundo vasto y desconocido regido por el comunismo soviético.

Lo primero que le llamó la atención al joven Gabo fueron las autopistas: después de haberse tenido que abrir paso entre las multitudes de automóviles americanos de último modelo para salir de Frankfurt, las autopistas de la RDA parecían fantasmales. Kilómetros y kilómetros de asfalto vacío, desierto, como de una civilización extinguida.
Después, la gente. Cuerpos desarrapados, deprimidos, convalecientes de una guerra que parecía no querer terminar dentro de su cabeza, doce años después. Y lo más sorprendente: su tristeza. ¿Cómo era posible que un pueblo que había tomado el poder y los medios de producción, que por fin era dueño de su soberanía y había accedido a una sociedad de derecho igual para todos, se hubiera convertido en un pueblo tan triste? El trío de periodistas occidentales no salía de su asombro y vagaba por las calles desconcertado por este mundo nuevo, en pleno centro de la revolución, en el que todas las cosas parecían "anticuadas, revenidas y decrépitas".

Mientras que en Alemania Oriental se notaba inmediatamente que la revolución había sido injertada desde Rusia de una forma brutal y chapucera, en Praga la vida se parecía mucho a la de cualquier capital capitalista. No había signos visibles del servilismo oficial hacia el Kremlin, tan palpable en Berlín Este o en Hungría, ni la ropa o las costumbres de la gente parecían anacrónicas. De hecho, García Márquez tuvo serias dificultades para encontrar gente asustada o rincones de pobreza en la población checa. Hasta que, una madrugada, al salir de una fiesta, observó que una mujer se quitaba las medias en plena calle y se las guardaba en el bolso, antes de volver a casa. "Hay que cuidarlas. Las medias de nylon cuestan un dineral." Y sonrió, al contemplar los detritus de la revolución, con el mismo alborozo que al descubrir la suciedad de las playas de Niza en la que remojan sus pies los millonarios. Nunca hubiera pensado que encontraría la sombra del comunismo en unas medias de nylon. 

Gabriel García Márquez

Cuando oyen hablar de los soviéticos, los polacos se desatan en improperios. Es una cólera temerosa. Resentida. Alimentada por siglos de masacres, expolios y traiciones. Los polacos, tan antiamericanos como antisoviéticos, fervientes socialistas, marxistas puros, filo-franceses, intelectuales, elitistas, católicos, introvertidos y susceptibles, son un pueblo inmanejable. Entre la militancia comunista y la militancia católica, viven "atascados en definir matices doctrinarios mientras la situación económica adquiere proporciones dramáticas." Y mientras reconstruyen ciudades arrasadas por los nazis que el Ejército Ruso dejó agonizar y muestran los horrores de Auschwitz con una imperturbabilidad escalofriante, conviven con su miseria con una elegante e inalcanzable sobriedad emocional. 

Los soviéticos son, para el autor, el pueblo más interesante. "Un poco histéricos al expresar sus sentimientos, se alegran con saltos de cosacos, se quitan la camisa para regalarla y lloran a lágrima viva para despedirse de un amigo. Pero en cambio son extraordinariamente cautelosos y discretos cuando hablan de política." En la Unión Soviética no había ninguna dificultad en encontrar las sombras de la revolución. El aislamiento de décadas impuesto por el gobierno, a menudo hacía que su pueblo quedara en ridículo frente a los extranjeros sin saberlo. Al no tener ninguna noticia del exterior, los obreros soviéticos estaban convencidos de haber inventado muchas cosas que en Occidente llevaban décadas en uso. Vivían paralizados por la burocracia, hasta el punto de que la palabra "burócrata" se había convertido en uno de los insultos más graves. Las librerías eran escasas y apenas se encontraban obras de autores nacidos en países capitalistas. Hasta ciertas obras de Dostoiesvki, como "El idiota" o "El jugador", estaban censuradas por considerarse "degeneradas y derrotistas". Por supuesto, no había ni un solo libro de Kafka disponible en la Unión Soviética. Y García Márquez se lamentaba, puesto que probablemente no habría habido mejor biógrafo de Stalin que el checo. 

Por último, Hungría. Budapest en 1957 era una ciudad paralizada por el miedo y la desconfianza. Diez meses después de la revuelta aplastada por los tanques soviéticos, el colombiano llegó con la primera delegación de corresponsales extranjeros autorizada a entrar al país. También autorizada a ver sin tocar, ver sin preguntar, sin hablar, sin andar por las calles ni comprar el pan. Ver lo que las autoridades quisieran mostrarles, y volverse. Todos los intérpretes de la delegación estaban tensos. Como advirtió el delegado francés, no solamente iban armados: estaban muertos de miedo. Dispuestos a impedir cualquier movimiento no planificado, cualquier contacto extranjero con una población aterrorizada por una represión gubernamental feroz. Budapest no parecía una ciudad. Parecía un campo de refugiados. Calles andamiadas. Gente cabizbaja. Pobreza y miedo. 

Budapest 1956

Un crónica estupenda, decía. Sin artificios, sin ínfulas de pedagogía, sin excesivo desencanto, García Márquez nos pasea por la Europa del Este a través de la mirada de la gente, de la que se atreve a hablar y de la que se esconde en las sombras, y nos muestra cómo la revolución, además de un orgullo ideológico basado en una idea falsa de progreso, no aportó a la gente más que censura, pobreza, rabia y miedo. 


viernes, 13 de noviembre de 2015

ARENAS MOVEDIZAS

Henning Mankell, autor de estas memorias atípicas, moría el pasado 5 de octubre de un cáncer. Se lo diagnosticaron a principios del 2014, momento en que decidió escribir retazos de su vida acompañados de profundas reflexiones sobre temas tan diversos como las glaciaciones que en un futuro muy lejano pueden dejar bajo las aguas a países como Suecia y Noruega, los desechos nucleares radiactivos que desde los años 1950 llevan enterrando bajo toneladas de rocas en el interior de una montaña en Suecia o la esclavitud en sus diversas vertientes, desde su abolición hasta hoy.

¿En qué forma podrá advertirse del peligro de radiación cuando el idioma sea otro en épocas lejanas y las circunstancias imprevisibles? Hipótesis inteligentes sobre las desigualdades, el feminismo o el misterio que lleva a tanta gente al suicidio. Considera que la verdadera fuente de energía de los éxitos son las ganas y la alegría de vivir que se tengan, junto a la curiosidad por saber, por conocer.

Sobre el feminismo considera que los hombres tienen el poder y las mujeres la responsabilidad y para que surja un nuevo orden más justo, el hombre tiene que dar un paso atrás y dejar sitio a la mujer. Son temas fundamentales que mezcla con anécdotas de su vida privada que perfilan al escritor comprometido con África. Durante seis meses cada año se trasladaba a Maputo, en Mozambique, donde dirigía el Teatro Nacional Avenida y protegía a infinidad de niños de la calle. Sus vivencias africanas las trasladó a muchos relatos infantiles entre los que destaca "Comedia infantil" y la trilogía "La ira del tiempo".

Escribió doce novelas con el inspector Wallander de protagonista en las que aborda críticamente los retos de la sociedad actual a través de un personaje lleno de humanidad y sensibilidad, y también obras de teatro y relatos diversos de una amenidad que atrapa desde la primera página.

Mi homenaje a un escritor que seguirá viviendo en nuestra memoria gracias a sus palabras.

(Recomendado por Isabel)

Henning Mankell



viernes, 6 de noviembre de 2015

LAS INVIERNAS

Las Inviernas han vuelto. Después de años en el extranjero, alimentando en trabajos humildes el sueño de ser actrices, las Inviernas han regresado a su pueblo de Galicia para remover, quizá sin pretenderlo, las turbias tierras del pasado. Y han traído fantasmas. El fantasma de su abuelo, asesinado en la guerra por rojo y por su sed de ciencia. Y el fantasma de otro hombre del que nadie sabe, también muerto, que apenas osan nombrar. 

Las Inviernas han llegado buscando soledad. La cadencia de las repeticiones. La seguridad de una rutina conocida. Se sienten a gusto en la lentitud, en el silencio tranquilo de estar la una con la otra, sin palabras. Porque las palabras confunden, enredan y engañan, y ambas saben que no las necesitan para sentir. Se mueven por los márgenes de una conversación pendiente, palabras elusivas que evitan mencionar lo ocurrido. ¿Qué pasó? Nada, no pasó nada. Saladina y Dolores están de acuerdo: callar, callar, callaremos. 
Las Inviernas han vuelto. Y desde su llegada, ya nada en el pueblo volverá a ser igual. 

"Muchas cosas en este mundo son indescriptibles; pero lo maravilloso de la mente humana es cómo se adapta cuando ocurre lo peor. Más allá de lo peor, piensa, no puede haber nada. Lo inimaginable ha tenido lugar, y al otro lado está la muerte, el caos, el fin. Pero lo peor acaba de ocurrir y la mente sale del silencio. Sabe salir. Da palos de ciego, está conmocionada pero sale a flote. Sube hacia el ruido. Se pone en pie y se enfrenta. Se acostumbra. 
Remordimiento, un pulpo con tentáculos. 
Remordimiento, ¿de qué?
Sólo ellas lo saben."

Novela íntima, oscura, con personajes extraños y entrañables que ven el mundo que les rodea desde la perspectiva de las historias mágicas y ancestrales que se cuentan en las casas, al calor de la chimenea, en las noches negras de invierno. 
Novela sobre el remordimiento y la lucha por desembarazarse del pasado. "No se cambia nunca de vida", le dice Saladina a su hermana. "Por mucho que viajes, que busques fuera, tu vida seguirá siendo la que es, la que tienes ahora. La que vives "dentro de ti"."
Hasta que pase algo - una muerte, un descubrimiento, un secreto desvelado -, y deje de serlo. 



martes, 3 de noviembre de 2015

EL CAMINO CRUEL

Tener el privilegio de acercarse a dos mujeres tan insólitas, gracias a un relato de viajes tan apasionante como El camino cruel, ha sido un regalo inesperado.

Ella Maillart y Annemarie Schwarzenbach fueron dos mujeres suizas que, en 1939, cuando empezó la Segunda Guerra Mundial, cuestionaron la brutalidad del Nazismo y de las sociedades occidentales contaminadas por un capitalismo despiadado. Tenían 36 y  31 años, respectivamente, y decidieron marcharse en un viaje de seis meses desde Suiza hasta Afganistán en un Ford sin más compañía ni ayuda de nadie.

Ella Maillart era deportista, practicaba vela y esquí. Con 16 años fundó un club de mujeres para jugar al hockey, a los 21 años fue la única mujer en la Regata Olímpica suiza, con 27 años decidió viajar a Rusia, pero no tenía dinero y se fue a París a dar clases de inglés para recaudar fondos y, al tiempo, aprender ruso. Hizo amistad con la viuda de Jack London que le entregó cincuenta dólares para su viaje, una cantidad importante en aquella época. Como consecuencia de ese viaje, en el que cruzó por primera vez el Cáucaso, escribió su primer libro. Dedicó buena parte de su vida al periodismo y la fotografía. Fue una viajera llena de curiosidad y coraje. 

En 1935 inició un viaje de seis mil kilómetros con Peter Fleming, del periódico The Times, de Pekín a Srinagar, Cachemira, que duró siete meses. En 1937 cruzó la India, Afganistán, Irán y Turquía.

Llegó 1939, donde se inicia el relato de El camino cruel, y se unió a Annemarie Schwarzenbach, a quien llamaría "Cristina", para iniciar un viaje que las llevaría desde Ginebra, en seis meses de travesías increíbles, desde la perspectiva actual, hasta Kabul. Annemarie era una muchacha con trastornos psicológicos y adicta a la morfina, amiga de los Mann, padre e hijos. Thomas la llamaba "el ángel devastado". Tuvo amistad también con Carson McCullers y murió en un accidente de bicicleta con 34 años. Fue arqueóloga, filósofa, periodista, fotógrafa y novelista. Pertenecía a una familia inmensamente rica y, aunque se casó muy joven, su homosexualidad le creó graves trastornos y sufrimientos.

Años más tarde, cuando Ella vivía en Chandolin, a dos horas de Ginebra, la revista Altair le hizo una entrevista en dos partes, cuyos links añado más abajo, que incluyen comentarios muy interesantes.

Un libro para leer despacio, consultar los itinerarios y reflexionar, profundizando en el momento tan dramático y tan especial en que fue escrito.

http://www.altairblog.com/usuario/apadrol/blog/11/entrevista_a_ella_maillart_-_primera_parte
http://www.altairblog.com/usuario/apadrol/blog/11/entrevista_a_ella_maillart_-_segunda_parte

(Recomendado por Isabel)



domingo, 25 de octubre de 2015

¿PARA QUÉ SIRVE LA LITERATURA?

Yo nunca pienso en estas cosas. Quizá mi indiferencia respecto a la utilidad de la literatura se parezca a la de los religiosos respecto a la existencia de su dios: a ambos nos resulta una verdad demasiado evidente. Pero en la librería escucho con mucha frecuencia eso de "yo es que no leo novelas" y a veces me animo a abrir algún libro sobre la necesidad o la futilidad de la literatura para ver qué se cuece actualmente entre los estudiosos del tema. 

Esta tarde he estado un ratito leyendo este librito y, entre todos los argumentos que esgrime Compagnon para defender la utilidad de la literatura, me he encontrado con el siguiente: "La lectura de novelas sirve de iniciación moral en Occidente desde hace dos siglos. Fuente de inspiración, la literatura contribuye al desarrollo de nuestra personalidad, permite acceder a una experiencia sensible y a un conocimiento moral que sería difícil, incluso imposible, adquirir en los tratados de los filósofos. Contribuye, por lo tanto, de forma insustituible tanto a la ética práctica como a la ética especulativa."

Yo no sólo leo novelas para aprender, ni mucho menos. A veces pienso que las novelas que más me gustan son las que no me enseñan nada, o al menos nada que yo pueda verbalizar ni traducir en conceptos. Pero el argumento es válido, y en el fondo me gusta: leer novelas para aprender. Literatura como educación sentimental, más sutil, más indirecta, más indefinida y sin embargo, mucho más eficaz que cualquier tratado o ensayo que pretenda explícitamente enseñarnos algo. Aprender transversalmente, sin método, sin lecciones ni orden, sin doctrinas. Aprender porque nos encanta la novela o porque la aborrecemos. Aprender sin darnos cuenta de que aprendemos. Aprender mediante revelaciones íntimas e indefinibles todo eso que, novela tras novela, va definiendo las verdades individuales e intransferibles que nos hacen ser quienes somos.



domingo, 27 de septiembre de 2015

UNA HISTORIA CREPUSCULAR

Acantilado sigue proporcionándonos alegrías con la publicación de la obra de Stefan Zweig. En esta ocasión, es un relato corto de los muchos que escribió. Es de los mejores y cuando lo terminé pensé que el título que mejor hubiera reflejado el argumento habría sido "La invención del amor", porque de eso trata, un relato de un amor apasionado adolescente que se construye en su mente a partir de un encuentro fortuito en la oscuridad de un jardín, en horas nocturnas.

No hay ni siquiera un reconocimiento físico y de inmediato en la imaginación de un muchacho de quince años se construye la ilusión de un enamoramiento que poco a poco va alimentando y se convierte en un amor devastador. La maestría de Zweig para describir los sentimientos y la complejidad del corazón humano siempre son deslumbrantes.

Las últimas frases del libro: "...quería hablarte de un muchacho que se vio sorprendido por el amor, el suyo y el de otra persona. Pero las historias que se cuentan al atardecer enfilan siempre el sendero de la melancolía. El crepúsculo extiende sobre ellas su velo, toda la tristeza que anida en la noche, formando encima una bóveda sin estrellas; la oscuridad se filtra en su sangre, y todas las palabras brillantes y coloreadas que contienen adquieren entonces una sonoridad plena y grave, como si procedieran de nuestra vida más íntima."

¡Cuántas veces la imaginación es más poderosa que la evidencia! Construimos castillos en el aire incluso cuando sabemos que no hay base que los sustente. Es muy sugestivo sentir la chispa de un sentimiento tan poderoso como el amor y a veces es difícil sustraerse a la tentación de ficcionalizar acontecimientos que nos permiten apuntalar la fuerza de esa pasión. Hace casi un siglo, Zweig supo explicarnos de forma exquisita muchas de las contradicciones del ser humano.

(Recomendado por Isabel)



martes, 22 de septiembre de 2015

EL BAR DE LAS GRANDES ESPERANZAS

Después de terminar este maravilloso libro, mil ideas acuden a mi mente: la primera, que el título es sugestivo pero erróneo, mejor debería decir "El bar donde naufragan las esperanzas", o quizá "El bar, hogar de los que no lo tienen".

Curiosamente, el argumento de esta autobiografía contiene muchos elementos que me repelen: el alcohol como camino para no afrontar la vida, el tabaco, las apuestas en las carreras de caballos, el juego para conseguir sobrevivir en situaciones más que precarias, el boxeo, el deporte llevado al límite de las posibilidades del cuerpo, todos ellos elementos de una gran importancia en el contenido de este libro que me ha deslumbrado por ser un prodigio de imaginación y por estar escrito con exquisitez y brillantez. Voces diversas dicen que es la gran novela americana y posiblemente estén en lo cierto. Es un reflejo de la sociedad norteamericana más reciente, desde 1972, cuando el protagonista, J.R., ese niño maravilloso tiene siete años, hasta que cumple 36 al final de la historia.

El tema fundamental, la falta del padre, ausente pero cuya voz escucha el niño a través de las ondas porque es locutor y la radio le transmite una presencia engañosa, es una realidad flagrante en todo el mundo: la irresponsabilidad y la violencia del patrón masculino. El abuelo maltrata psicológicamente a su mujer de forma reiterada llamándola "mujer tonta", el padre intenta matar a su madre y ella le abandona y es la que con tesón y precariedad infinita saca adelante a su hijo poniendo todo el amor que lleva dentro. Su soledad durante todo el relato es sobrecogedora pero su tesón le permite seguir adelante: al final también ella es una víctima de la violencia y el abandono.

Las referencias literarias son constantes, desde Fitzgerald y su Gran Gastby hasta Yeats y Lorca, que representaron la muerte como cliente habitual de los bares. También, las canciones de Frank Sinatra nos acompañan durante todo el relato. El paso por la Universidad de Yale le permite adquirir a J.R. unos conocimientos que tiene que disimular cuando está con su tío Charlie y todos los habituales del Bar Dickens, bautizado luego como Publicans, porque allí lo que impera es el embrutecimiento buscando el olvido porque no pueden soportar la consciencia de sus realidades.

Los sentimientos de J.R. son siempre de una gran bondad y generosidad y quiere a cualquier hombre que le haga caso, incluso cuando se siente amenazado. Pasa por la etapa del romanticismo en la universidad, y el atentado del 11 de septiembre del 2001 contra las Torres Gemelas de Nueva York, a 26 kilómetros de Manhasset, donde reside, le hace tomar conciencia de la realidad.

Divertidas anécdotas, ausencias, pérdidas, años de vivencias y aprendizaje, hacen de la lectura de este libro un placer, al tiempo que nos hace reflexionar profundamente. Lo mejor que se le puede pedir a la literatura.

J.R. Moehringer fue premio Pulitzer a la mejor crónica del año 2000 y tuvo un éxito muy importante escribiendo la biografía de André Agassi en Open.

(Recomendado por Isabel)




viernes, 11 de septiembre de 2015

PARÍS

"París" es una novela histórica que se publicó en 2013 y que yo he disfrutado ahora mismo. Han sido unos días fantásticos, imbuida de esa preciosa ciudad, una de las más interesantes y bellas del mundo, con una historia formidable a sus espaldas que es lo que el escritor inglés  Edward Rutherfurd, seudónimo de Francis Edward Wintle, nos relata con un ritmo trepidante.

Desde el siglo XIII al XX, y a través de varias familias, acabamos sintiendo como nuestro el entorno de las calles, rincones y callejuelas de un París donde personajes como Luis XIV, Richelieu, Robespierre o De Gaulle nos sitúan en la política y el gobierno y Hemingway, Victor Hugo, Coco Chanel, Monet o el ingeniero Eiffel consiguen ponernos en la piel de escritores y artistas.

Un viaje a través del tiempo en 840 páginas y varias generaciones de familias, unas aristocráticas, otras burguesas, se van enlazando y separando en algún caso por los prejuicios, reuniéndose de nuevo en un relato que hasta la última página nos tiene sin respiro. Los tres últimos siglos, con la Revolución Francesa de 1789, y las dos grandes guerras, con la resistencia francesa contra los alemanes, ocupan un espacio muy destacado y son una verdadera lección de historia. 

Este autor ha escrito también sobre Inglaterra, Rusia, Irlanda y Nueva York. Serán mis próximas lecturas. 

(Recomendado por Isabel)


domingo, 6 de septiembre de 2015

CAMA Y CUENTO

¿A todos nos han contado cuentos a la hora de ir a dormir? Creo que es el sueño de cualquier niñ@. Aquí el personaje es una niña con un nombre tan bonito como Malva, que tiene la suerte de tener una madre que, todos los días, cuando llega la noche, le dice: "cama y cuento", convirtiendo así ese momento en el mejor del día. Le lee cuentos y muchas veces se los inventa, y esos son los que más le gustan.

Pero un día, cuando Malva ya ha crecido, su madre decide que ya es hora de que los cuentos los lea ella misma, y cada noche pone una excusa diferente para no leerle más: que si tengo que planchar, que si estoy cansada..., y a Malva le parece terrible y se desespera porque no se resigna a perderse esos momentos mágicos.

Después de darle muchas vueltas al asunto, se le ocurre una idea milagrosa y cuando llega la noche les dice a sus padres: ¡a la cama, que os voy a contar un cuento! Y así, repite con ellos lo que su madre hacía antes, consiguiendo que sus padres descubran el maravilloso placer de escuchar un cuento en boca de su hija.

Un relato muy interesante para niños y padres, reivindicando esa parcela que cada vez más está siendo usurpada por las maquinitas, los ordenadores y la dejación de un hábito que crea vínculos tan importantes que serán un estímulo y un precioso recuerdo para el resto de nuestra vida.

(Recomendado por Isabel)