Solemos dar por hecho que, como seres humanos, vivimos en un plano distinto —y superior— al del resto de seres vivos. Incluso, en un plano distinto —y superior— al de la propia naturaleza en su conjunto. No es algo en lo que pensemos habitualmente. Al igual que comer carne o desplazarnos en coche, es algo que percibimos como la forma natural de vivir. Y tanto comer animales, desplazarnos en medios contaminantes como pensarnos superiores son algunas de las formas de expresión de una ideología invisible que podríamos llamar supremacismo humano. Como todas las ideologías, esta depende más de la cultura que de la biología, más de la ilusión y de la fe que de la evidencia. Al fin y al cabo, es extremadamente tentador creerse parte de una especie elegida —que se lo digan a los sionistas—. Pero precisamente la huella del sionismo en el último siglo debería alertarnos de que considerarse una especie elegida es no solo tentador, sino muy peligroso. Y nos lleva a caminos de destrucción irreversibles.
El supremacismo humano está ampliamente estudiado y defendido por voces científicas supuestamente autorizadas. Pero su poder no reside en los libros y artículos que todavía lo defienden, sino en que en realidad no necesita ninguna defensa porque pertenece al imaginario colectivo, a lo que solemos llamar sentido común. Sin embargo, como escribe Christine Webb en este magnífico ensayo, «esta ubicua forma de ver las cosas nos imbuye del sentimiento de dominar la naturaleza, de ser ajenos a ella y de disponer del derecho a explotar la Tierra y las demás especies para beneficio nuestro. Algo que se ha vuelto contra nosotros en la actualidad, porque ha provocado incendios forestales, la subida del nivel del mar, extinciones masivas y pandemias como el coronavirus». No solo es una ideología inmoral. Es una ideología suicida.
Como primatóloga, Christine Webb ha aprendido en su contacto con otras especies que los límites que creemos que nos separan de otras criaturas son artificiales, producto de un relato erróneo e interesado con el que nos han bombardeado desde la infancia y que hemos incorporado a nuestra forma instintiva de pensar. Aprender que estos límites son mucho más difusos de lo que creemos requiere altas dosis de humildad, respeto y mente abierta. Pero creo que es de vital importancia intentarlo, no solo por una obligación ética hacia el resto de especies, sino porque aprender las maravillosas formas de expresión de su inteligencia y sensibilidad nos puede ayudar a preservar nuestra capacidad de asombro y admiración. Y porque empezar a actuar políticamente como una parte integrante más de la naturaleza que somos nos puede literalmente salvar la vida individualmente y como especie.
Sentirte parte de algo más grande que tú mismo cambia tu percepción de los animales y de las plantas, te cambia los paseos por la naturaleza y tu interacción con el entorno. Te cambia la vida. La experiencia es parecida a una epifanía, a la recuperación de la curiosidad infantil que todos hemos tenido por los seres vivos y de nuestra conexión con el mundo que nos rodea. Esta conexión nos vivifica, nos rejuvenece. Satisface uno de nuestros deseos más antiguos y arraigados: el de pertenecer a un conjunto más amplio, a una comunidad que no es solo humana. Quien haya vivido en contacto directo con la naturaleza o convivido con animales lo puede entender: la conexión que se llega a crear es de una profundidad en ocasiones más profunda que la que creamos con otros seres humanos. Esta conexión más amplia, a la vez, nos empodera para realizar cambios efectivos gracias a una conciencia ecológica que muchos dirigimos a la defensa del medioambiente o de los animales. Cuando el mundo se percibe como un objeto consumible, siempre a nuestra disposición para satisfacer nuestra comodidad o nuestro paladar, su destrucción nos parece irrelevante. Sin embargo, cuando comprendemos que se trata de una entidad animada, de la que todos formamos parte, el activismo ya no es opcional. Se convierte en una forma de vida. Una vez derribadas las ilusiones de superioridad e independencia, ya no es posible asistir a la destrucción de la biosfera sin hacer nada al respecto.
Christine Webb ha escrito un libro interesantísimo y emocionante que se lee como una invitación, desde la ciencia, a pensar de otro modo. A dejar la arrogancia con la que nos miramos a nosotros en relación al resto de seres vivos para abrazar la humildad necesaria que nos permita entenderlos y entendernos mejor.
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