lunes, 28 de septiembre de 2026

ÚLTIMA ESCALA

Marta San Miguel ha escrito esta novela desde el cariño. Así lo he sentido yo. Lo he sentido en cada anécdota de la vida de Granados, en cada descripción de su carácter y de su música, que aquí revive y resuena tocada por la gracia de una escritura cálida y evocadora. 

Es muy difícil escribir sobre música. Los músicos que en ocasiones también escribimos lo sabemos bien. Hay miles de trucos manidos que parecen que funcionan, pero que finalmente se revelan máscaras vacías que no logran transmitir lo que la música expresa sin esfuerzo. Pero, sin dedicarse a un instrumento, y precisamente quizá gracias a eso mismo, Marta San Miguel logra tocar la tecla adecuada en muchos pasajes de esta vida de Granados para desvelar la belleza de su música y el misterio de la creación artística. 

«Y entonces los dedos de Enrique atacan, pero esta vez no interpretan, más bien se meten entre las teclas como se cuela el viento entre las ramas de los árboles: las notas aparecen sin saber por dónde, penetran en el aire hasta el oído y terminan lentamente dentro, como si apagaran la luz». 

La vida de Granados no fue fácil. Arrastró siempre una salud frágil y un sistema nervioso que una y otra vez lo llevaba al borde del colapso. Fue un estudiante tardío que tocaba de oído y por instinto, más que por estudio y disciplina. Era nervio puro, un despiste constante, no podía dejar de improvisar, de inventar y de crear sobre la marcha, y le costaba horrores atenerse a normas, partituras, horarios, presupuestos. Sentía en lo más hondo que él era algo más que músico, se sentía un artista, en el sentido de que la música que creaba, la que sonaba a todas horas en su cabeza, era también luz, pintura, voz, quejido, lluvia. 

Me ha gustado la evocación vibrante de la Barcelona modernista, con la explosión artística de la Renaixença y la explosión política con las huelgas, atentados y represión. En esa Barcelona en la que los arquitectos se convertían en escultores y dejaban su impronta vegetal y onírica en cada fachada, Granados se ganó la vida dando clases y tocando su música, de una forma precaria que no conoció nunca la holgura económica. Le aterraba el mar y, cuando llegó con su mujer Amparo a Nueva York para estrenar su ópera Goyescas, pensaba que se iba a morir. Corría el año 1916 y la guerra también se libraba bajo el agua. Allí conoció por fin la fama internacional, tocó para el presidente Wilson en la Casa Blanca, lo que retrasó su viaje de vuelta, haciendo que el matrimonio tuviera que volver haciendo escala en Inglaterra, la ruta peligrosa. 

«Desea no ser mediocre; desea dejar atrás las clases por horas y silenciar el llanto nocturno de su madre; desea cerrar las tapas de los pianos desafinados y aplastar los dedos de los que hurgan en la música como en sus narices; desea salvarse, desea más». El 24 de marzo de 1916 Enrique Granados tenía mil proyectos en la cabeza. Deseaba más, mucho más. Veía un futuro abierto y prometedor, liberado por fin de la precariedad económica y de la continua preocupación por el bienestar de su familia. Pero un submarino alemán vino a truncar todos sus planes. 

Última escala es una novela preciosa y contemplativa sobre la vida y la música de uno de los compositores y pianistas más talentosos de la historia de la música española, y una indagación profunda sobre la capacidad del arte para trascender su misterio y su época. 






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