Joseph Joanovici. ¡Vaya personaje! Este cómic de Fabien Nury y Sylvain Vallée, monumental por el contenido y por el tamaño, me ha tenido fascinado dos días enteros en los que no pensaba en otra cosa que en seguir leyendo y descubriendo a este Joseph. Me ha recordado a esos personajes oscuros y poliédricos que tanto le gustaban a Stefan Zweig y que tan bien retrató en algunas de sus biografías. Si el escritor austriaco hubiera vivido una década más para descubrir la dimensión de este judío rumano, seguro que le habría fascinado igual que a mí.
Nacido a principios de siglo en lo que hoy es Rumanía, Joseph Joanovici llegó a París en 1925 con su mujer embarazada, sin dinero y sin saber leer ni escribir. Trabajó de chatarrero en la empresa del tío de su mujer, al que rápidamente sustituyó en la dirección, y se hizo rico gracias a sus extraordinarias dotes para la gestión de los negocios y a su carisma personal con la gente. Hizo negocios con los alemanes durante la ocupación nazi de Francia a la vez que los timaba a lo grande. Hizo creer a los colaboracionistas franceses que era de los suyos mientras ayudaba a cientos de personas a escapar de la cárcel. Ocultó su identidad judía sin esconderse mientras financiaba a la resistencia francesa y se convertía en el hombre más rico del país. Se arriesgó de mil maneras, se codeó con lo mejor y con lo peor de la sociedad francesa, descendió todos los peldaños del infierno y siempre parecía salir ileso y cada vez más rico y con mejores contactos. Parecía.
Poseía una astucia fuera de lo común. Una inteligencia social sofisticadísima y una ambición sin límites. Pero incluso a una persona astuta, inteligentísima y ambiciosa, la suerte no le dura eternamente. Como decía Oscar Wilde, citado en el cómic, «ningún hombre es lo suficientemente rico como para comprar su pasado». Y el pasado de Joanovici es de los que no se olvidan.
El dibujo de Érase una vez en Francia tiene una energía portentosa y una fuerza expresiva apabullante. Los autores consiguieron aunar dibujo y guion para profundizar de una manera increíble en una mente complejísima que fascina precisamente porque es imposible llegar a comprenderla del todo. Este señor Joseph, tan amado y tan odiado, tan cruel y tan bondadoso, es un maravilloso ejemplo de que por más capas que uno pueda ir descubriendo de una persona, siempre quedarán zonas de sombra y rincones inexplorados que ni siquiera la propia persona sospecha.
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