viernes, 30 de agosto de 2013

AQUÍ YACEN DRAGONES

Los libreros somos a veces lectores desconfiados. Inspeccionamos con lupa todos los detalles de un libro, sus solapas, su olor, su peso, su tacto, su inteligencia y su capacidad instantánea de seducción. Debo reconocerlo, podemos ser amantes difíciles. Y tampoco solemos dejarnos aconsejar. Como nos pasamos la vida recomendando, desconfiamos irracionalmente de los consejos ajenos, como si temiéramos vernos reflejados en nuestro propio espejo. Sin embargo, hay excepciones felices, como la de este libro. Una clienta encantadora de toda la vida aprovechó uno de los pocos momentos en los que andaba con la suspicacia descuidada y me convenció del valor de Aquí yacen dragones. Y acertó de pleno. Gracias, Amelia, por el descubrimiento y por darle la vuelta al espejo.

El director de cine Fernando León de Aranoa ha escrito un libro muy curioso. Son 113 piezas breves (para un total de 196 páginas) en las que predominan la fantasía y el gusto de jugar con el significado de las palabras. Me ha recordado al Galeano de El libro de los abrazos por el concepto de pincelada breve que deja tras de sí una potente onda expansiva y por la denuncia social y política de alguna de sus piezas (saharauis, indígenas sudamericanos, bipartidismo). También, en ocasiones, a Benedetti, por cierto humor cercano y sutil y por el ritmo poético de muchas frases. Y para completar el cuadro de reminiscencias, no he podido evitar pensar en el gran Gianni Rodari de los cuentos de fantasía, especialmente al leer cómo un personaje se pierde en otras historias y busca desesperadamente la manera de volver a su cuento sin conseguirlo.
Me ha encantado la forma que tiene el autor de darle la vuelta a la realidad más previsible. Cuando las palabras, los besos, los personajes de cuento, las brújulas, la lluvia, los mapas cobran vida y empiezan a tomar decisiones por su cuenta, la vida se convierte en una aventura impredecible. Y mucho más interesante.
Ya he apuntado mis piezas favoritas, aquellas que me han dejado más poso y que no se gastan con las relecturas, aquellas que tienen el misterioso y raro poder revelador de las epifanías. Como ejemplo, os dejo con la que empieza el libro. Y que levante la mano quien, después de leerla, no se queda con ganas de más y de más y de más.
EPIDEMIA
Se decía en los cafés, en las plazas, en los mercados: las palabras están muriendo.
Murió Eucalipto, murió Colectivo, murió Paraguas, tan querida por todos. Murió Curioso y murió Rebelión. Murió Ditirambo, pero a pocos les importó, porque pocos la conocían. Agonía tuvo una muerte coherente, larga y dolorosa. Al entierro de Pan acudieron millones en masa.
Caían por docenas, contagiadas.
Alarmadas, las autoridades racionaron las palabras. Cada ciudadano podrá utilizar treinta al mes. Se persiguieron las perífrasis y los circunloquios, se declararon proscritos los rodeos: el lenguaje se volvió exacto, los oradores, cirujanos. Los locuaces fueron encarcelados y puestos a disposición de los jueces en vistas que nunca más volvieron a ser orales. Incomunicaron a los charlatanes y los mudos se erigieron al fin en modelos sociales, pero lo celebraron en silencio.
Se pusieron de moda las medias palabras. Los enamorados aprendieron a decírselo todo con la mirada, los amantes, con las manos.
Lingüistas, académicos y semiólogos trataron de explicar el origen de la epidemia, pero no encontraron las palabras. Las autoridades pusieron protección a algunas de ellas en virtud de su relevancia: Democracia, Quiniela y Sistema Financiero serían escoltadas en todo momento desde sus domicilios hasta las frases donde a diario se ocupan.
Y el lenguaje se llenó de ausencias. Los diccionarios se convirtieron en cementerios: morgues de papel alfabéticamente ordenadas, necrológicas encuadernadas de la A a la Z.
En secreto, los enamorados guardaron diez, doce palabras, para decírselas en el momento exacto.
También los poetas hicieron provisión. En un sótano húmedo, sin ventanas, amontonaron trescientas palabras. Se sabe que entre ellas estaba Mañana, estaba Mantel, estaba Esperanza. Y se sabe también que, apostados sobre ellas con sus rifles, se aprestaron a defenderlas con la vida.

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