Al igual que le sucedió a muchas personas de mi generación, cuando terminé la carrera nadie me estaba esperando. El final de aquel camino largo de especialización académica era una soledad inesperada. Un limbo. Vi que el camino podía seguir, pero no llevaba a ninguna parte que a mí me compensara ir, en parte porque continuar habría supuesto tener que fingir que podría asimilarme en la docencia, y en parte porque las personas que había dejado atrás llevaban tiempo reclamándome que volviera. Y volví. Pero, en realidad, de un camino así no se vuelve. Mi sitio no era la enseñanza, pero tampoco estaba ya allí, en ese origen perdido con el que ya no me identificaba, cuyo lenguaje me sonaba ya extraño y, de alguna forma, irrecuperable.
Este breve ensayo de Noelia Ramírez toca muchos temas en los que creo que mi generación se puede ver muy reflejada. Además, conecta con libros que me han abierto muchas ventanas (como La mala costumbre, de Alana S. Portero, o Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera) y ese unir las voces como puntadas de un mismo hilo me ha parecido maravilloso. El desclasamiento de los millennials se produce a muchos niveles, y quizá no siempre hace falta compartir biografías para sentirte como un extraño tanto en tu familia como en los círculos profesionales a los que te ha llevado tu formación. Es un sentimiento de no pertenencia, de ambigüedad vital, que es difícil de habitar.
La lectura de este libro coincidió con la boda de unas amigas y contemplar la mezcla de familias biológicas y elegidas en un mismo espacio me dio para reflexionar sobre cómo nuestros apegos nos definen. Sobre la emancipación de los orígenes familiares y afectivos que la mayoría vivimos a partir del final de la adolescencia y la imposibilidad de terminar de emanciparnos del todo de esos vínculos que tiran y tiran de nosotros hacia atrás, tratando de retrasar todo lo posible nuestra entrada en el mundo adulto. Y cómo esa emancipación a menudo es vista como una traición propia de quien se cree superior a sus orígenes.
El anhelo de encajar es un fantasma que nos sobrevuela sin cesar. Encajar en una comunidad que te acepte plenamente y que puedas reivindicar como tuya. Qué difícil es encontrarla. Y, llegado un momento, después de muchas decepciones y soledades no deseadas, se acaba vislumbrando la necesidad de abandonar esa ansia de aceptación, y nos planteamos dejar de aspirar a un nosotros homogéneo, porque esa comunidad como tal no existe y allá donde vayamos seremos de alguna manera extranjeros, siempre con un pie fuera, siempre hablando con acento porque hemos perdido nuestra lengua materna y la nueva que hemos desarrollado no la habla nadie.
Cuando ves que tus viajes, reales e interiores, te han exiliado involuntariamente y que ya no perteneces de verdad a ninguna comunidad, cuando en todas partes te sientes desplazado y un poco intruso, te das cuenta de que «es en los umbrales donde hallarás refugio». Creo que aprender a habitar esos umbrales, esos limbos, y encontrar a quienes quieran habitarlos contigo para transformar la vergüenza en orgullo, es una tarea imprescindible y preciosa: la tarea de una vida.

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