De esta novela me gustado todo: el tono, el ritmo, el tema, los personajes, la historia y hasta el olor, un olor a pinaza y a casa antigua y a lo que el mar le hace a la pintura colorida de las fachadas de las casas. He aprendido un montón de cosas de la historia reciente de Portugal que desconocía y me he reafirmado en mi idea de que es un poco vergonzoso que vivamos tan de espaldas a nuestro país vecino cuando ellos viven por lo general tan de cara al nuestro. He estado una semana entera saboreando Portugal, aprendiendo su historia de hace nada, emocionándome, sufriendo y riéndome con las peripecias tragicómicas de estos tres personajes, estos tres hermanos, que ya para siempre me van a acompañar cuando piense en la revolución de los claveles.
Porque la revolución del título es esa. La revolución de los claveles. Un hecho histórico que en mi cabeza consistía en la transición admirablemente pacífica que habían conseguido hacer los portugueses para pasar de la dictadura de Salazar a la democracia que disfrutan todavía hoy. Como todas las explicaciones simples de procesos históricos, mi idea se parecía muy poco a la realidad. Aunque este no es un libro de historia ni pretende contar exactamente qué ocurrió, los personajes históricos principales están ahí y la vida que late y vibra y estalla en cada página puede servir quizá mejor que cualquier manual de historia para comprender qué pasó durante esa transición y cómo la vivieron muchos portugueses.
Como muchas novelas de Almudena Grandes (he pensado mucho en ella al leer esta novela), esta historia cuenta un conflicto entre la familia y la causa política. Para un personaje, «no tener una familia es como estar muerta». Pero ¿qué pasa cuando todo aquello en lo que crees, todo aquello que te hace sentirte viva y conforma tu identidad es incompatible con lo que vives todos los días entre las cuatro paredes de tu casa familiar? ¿Es posible llegar a aprender a conjugar familia e ideología? «Solo años más tarde comprendería que las relaciones familiares eran un laberinto de luces y sombras, crueldad y benevolencia».
A Maria Luísa, la mayor de los tres hermanos, el compromiso político no tarda en llevarla a conocer demasiado bien a la Policía Policía Interna de Defensa del Estado, la PIDE. Una policía secreta, represora, temida y odiada a partes iguales, que siguió operando en la clandestinidad después del fin de la dictadura. «El objetivo de la PIDE era no solo lograr que el preso hablara, sino también silenciar a todos aquellos que, al otro lado de esos muros, tuvieran intención de alzar la voz contra el régimen. Se agredía de forma preventiva, para que los relatos sobre las torturas mantuvieran a raya a un pueblo supersticioso, temeroso de Dios y la autoridad, que no cuestionaría los poderes casi sobrenaturales de una policía que todo lo sabía, y estaba en todas partes, a todas horas. En casa esquina, un soplón. En cada calle, un agente. En cada casa, un lacayo».
Y además de la existencia de la PIDE, he aprendido lo poco bucólica que fue en realidad la revolución de los claveles. Al ver las imágenes de los fusiles coronados de flores, cualquiera diría que los portugueses dieron un ejemplo al mundo de pacifismo y entusiasmo al abrazar la democracia. Y aunque en conjunto fue una revolución relativamente pacífica, no faltaron las manifestaciones católicas contra la decadencia de las costumbres que asociaban al comunismo y al fin de la buena y santa dictadura, y que apelaban al «deber católico de actuar contra los que pretendían silenciar la voz de Dios». No faltó la feroz —aunque a menudo chapucera— oposición a la democracia y los sueños de una «nueva reconquista cristiana» ante los procesos de independencia de las colonias portuguesas. No faltaron el terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, los asaltos a los bancos, las bombas en sedes de partidos políticos, secuestros al más puro estilo ETA, batallas campales. En aquellos años, Portugal era un país en un estado de efervescencia y esperanza, pero también «sumido en un caos de hierro, fuego, pedradas, porrazos, disparos y cócteles molotov». «Demasiados años de represión, tortura, guerra. Demasiadas voluntades aplastadas, demasiados gritos ahogados, demasiados ajustes de cuenta que saldar. Nada de eso desaparece de la noche a la mañana».
De esta novela me ha gustado todo. Pero creo que lo que más me ha gustado ha sido el tono. Quizá solo en Portugal se puedan contar cosas tan serias y terribles y trascendentales sin perder el sentido del ridículo y una sombra de humor en la comisura de la boca. El autor consigue impedir que ningún personaje se suba al altar de sus heroicidades enseñándoles humildad a base de no ocultar nunca sus flaquezas. Y construye una historia tragicómica y un punto desconcertante, como cualquier realidad, más si está bañada en ese carácter portugués que mezcla melancolía con humor, que nunca se toma a sí mismo demasiado en serio y cuya visión trágica de la vida está siempre dispuesta a volverse transigente y suciamente humana, como cualquier vida.

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