lunes, 19 de enero de 2026

LOS AMNÉSICOS

Su abuelo paterno fue miembro del partido nazi, y su abuelo materno fue gendarme en la Francia ocupada, así que Geraldine Schwartz sabe bien lo que es tener lo que el historiador José Álvarez Junco llama un pasado sucio. En este libro apasionante la autora reconstruye la parte de su historia familiar vinculada al nazismo en un ejercicio de memoria que defiende la importancia de aceptar la suciedad de nuestro pasado para defender la pluralidad democrática. 

Aceptar y reconocer los errores del pasado es el mejor camino para no volverlos a cometer. Pero es difícil, y lo más habitual es refugiarse en el silencio. Más si cabe cuando el silencio es colectivo y hay un pacto implícito de no romperlo. Esto ha ocurrido con mucha frecuencia después de los traumas colectivos. Existe una vergüenza por lo vivido que comparten víctimas y victimarios. Vergüenza, miedo y un deseo compulsivo de pasar página. Pero se ha demostrado una y otra vez que la memoria hay que preservarla, y para ello es necesario romper los pactos de silencio y exponer la herida a la mirada de todos. La herida como el relato que nos enseñe a no volver a infligirla. 

Berlín es un ejemplo magnífico de ciudad abierta en canal a su memoria histórica. No he visto nunca en tan poco espacio tantas heridas históricas expuestas y explicadas a plena luz del día. La segunda guerra mundial y el muro de la guerra fría palpitan dolorosamente en cada barrio. Y Geraldine Schwartz argumenta que es precisamente este ejercicio de memoria histórica, esta forma de aceptar y reconocer el pasado sucio, lo que fortalece las democracias y las vacuna contra la tentación totalitaria, algo que no en toda Alemania es tan visible (la impunidad de muchísimos nazis y la dificultad para juzgarlos tras el fin de la guerra fueron notorias). Es una teoría interesante, imbricada de forma fantástica en el relato estremecedor de la complicidad silenciosa de tantos millones de alemanes que eligieron mirar para otro lado durante los años del Tercer Reich. Quizás habrá que ver adónde llega el ascenso de la extrema derecha alemana en los próximos años para comprobar hasta qué punto no esconder un pasado sucio y luchar contra la amnesia colectiva puede ayudar a prevenirlo. 

Y tras la lectura del libro me he quedado pensando en otro aspecto que quizá influya en la pervivencia en nuestras sociedades occidentales de una mirada benévola hacia el autoritarismo. No conozco a nadie que prefiera un sistema autoritario frente a uno democrático. Y, sin embargo, tampoco conozco ninguna familia cuyos miembros adultos se relacionen entre ellos con naturalidad de forma democrática. Creo que en la gran mayoría de familias hay una jerarquía que se mantiene cuando los hijos se convierten en adultos, y se podría pensar que esta falta de trato democrático en las relaciones cotidianas de las familias, que no solamente no menoscaba la cohesión y los apegos sino que muchas veces los fortalece mediante la dependencia, puede influir en que muchos vean la sociedad como una extensión de la vida privada y piensen que un sistema similar en la política puede ser perfectamente válido. Quién sabe. Lo que parece seguro es que el ascenso progresivo de los autoritarismos en los últimos años es un alarma que no podemos ignorar, y buscar sus raíces, ya sea en la memoria histórica o en las dinámicas privadas, puede ayudarnos a entenderlo mejor y tratar de combatirlo. 




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