Me pasa con la mayoría de los acentos de América Latina, pero reconozco una debilidad especial por el acento argentino. Y es que cuando lo escucho no es solo el acento lo que oigo: es la calidez en la melodía, la gestualidad implícita en las alteraciones del tono, esa teatralidad aspaventosa y a la vez intimísima que hace que quiera quedarme horas escuchando, solo por el placer de la musicalidad. He leído esta novela escuchando el acento argentino de todos los personajes y dejándome arropar por su tono. Y me ha hecho falta arroparme, porque en las Malvinas en otoño hace mucho mucho frío.
La nueva novela de Eduardo Sacheri nos transporta a una guerra brevísima que la mayoría conocemos de forma indirecta. Una alusión aquí, una escena de una película o de una serie allá. Pero más allá de una disputa un tanto absurda por un territorio inhóspito perdido en el Atlántico, ¿qué sabemos de aquella guerra? Sacheri nos cuenta qué pasó y por qué, pero lo importante de esta novela —como buena novela— no es eso, sino quiénes lo vivieron y qué huella les dejaron aquellos dos meses de 1982.
La guerra es una vivencia inenarrable. A muchos veteranos les cuesta años y un esfuerzo ímprobo empezar a digerir sus experiencias en el frente. Para protegerse se disocian. Se distancian de lo que perciben. A veces es eso o la locura. Y lo que cuentan a sus familiares y amigos en las palabras que les escriben mientras están en la guerra también da cuenta de esa disociación. Como uno de los chavales de esta novela: «por un momento fue como si saliese de su propia cabeza, de su propio cuerpo y pudiera verse desde afuera, y se dio cuenta de que estaba haciendo, con sus amigos, lo mismo que hace con sus viejos en las cartas que les escribe. Hay como una demora, apenitas, pero una demora, entre lo que piensa y lo que dice. Y en esa demora hay un giro, un cambio. Y lo que dice se aleja de lo que piensa, y se aleja tanto que son dos cosas distintas, dos mundos distintos».
Los protagonistas de esta novela son un grupito de chavales demasiado jóvenes o demasiado inexpertos para entender de verdad lo que les está pasando. Para entender qué significa la muerte o por qué se tienen que pelar de frío a la intemperie en una isla perdida del Atlántico con la esperanza de que la bala de un inglés venido de la otra punta del océano no les acierte. Esta es la historia de una inocencia perdida, de la nobleza, el egoísmo, la valentía, la estupidez y la honestidad que se mezclan de las formas más trágicas y decisivas cuando está en juego la vida de cientos o miles de personas.
Y es la historia de una pregunta, también. Con el tono reflexivo, a veces juguetón, que aparece casi siempre en sus historias, Sacheri nos plantea a través de sus personajes hasta qué punto la amistad puede vencer cualquier obstáculo y para qué sirve el patriotismo cuando vivir o morir se convierte en un juego del azar. Y cuando todo termine, cuando pasen lo años y el olvido haga su trabajo, ¿en qué quedará la cosa? «¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos?».

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