jueves, 29 de enero de 2026

QUÉ QUEDARÁ DE NOSOTROS

Me pasa con la mayoría de los acentos de América Latina, pero reconozco una debilidad especial por el acento argentino. Y es que cuando lo escucho no es solo el acento lo que oigo: es la calidez en la melodía, la gestualidad implícita en las alteraciones del tono, esa teatralidad aspaventosa y a la vez intimísima que hace que quiera quedarme horas escuchando, solo por el placer de la musicalidad. He leído esta novela escuchando el acento argentino de todos los personajes y dejándome arropar por su tono. Y me ha hecho falta arroparme, porque en las Malvinas en otoño hace mucho mucho frío. 

La nueva novela de Eduardo Sacheri nos transporta a una guerra brevísima que la mayoría conocemos de forma indirecta. Una alusión aquí, una escena de una película o de una serie allá. Pero más allá de una disputa un tanto absurda por un territorio inhóspito perdido en el Atlántico, ¿qué sabemos de aquella guerra? Sacheri nos cuenta qué pasó y por qué, pero lo importante de esta novela —como buena novela— no es eso, sino quiénes lo vivieron y qué huella les dejaron aquellos dos meses de 1982. 

La guerra es una vivencia inenarrable. A muchos veteranos les cuesta años y un esfuerzo ímprobo empezar a digerir sus experiencias en el frente. Para protegerse se disocian. Se distancian de lo que perciben. A veces es eso o la locura. Y lo que cuentan a sus familiares y amigos en las palabras que les escriben mientras están en la guerra también da cuenta de esa disociación. Como uno de los chavales de esta novela: «por un momento fue como si saliese de su propia cabeza, de su propio cuerpo y pudiera verse desde afuera, y se dio cuenta de que estaba haciendo, con sus amigos, lo mismo que hace con sus viejos en las cartas que les escribe. Hay como una demora, apenitas, pero una demora, entre lo que piensa y lo que dice. Y en esa demora hay un giro, un cambio. Y lo que dice se aleja de lo que piensa, y se aleja tanto que son dos cosas distintas, dos mundos distintos». 

Los protagonistas de esta novela son un grupito de chavales demasiado jóvenes o demasiado inexpertos para entender de verdad lo que les está pasando. Para entender qué significa la muerte o por qué se tienen que pelar de frío a la intemperie en una isla perdida del Atlántico con la esperanza de que la bala de un inglés venido de la otra punta del océano no les acierte. Esta es la historia de una inocencia perdida, de la nobleza, el egoísmo, la valentía, la estupidez y la honestidad que se mezclan de las formas más trágicas y decisivas cuando está en juego la vida de cientos o miles de personas. 

Y es la historia de una pregunta, también. Con el tono reflexivo, a veces juguetón, que aparece casi siempre en sus historias, Sacheri nos plantea a través de sus personajes hasta qué punto la amistad puede vencer cualquier obstáculo y para qué sirve el patriotismo cuando vivir o morir se convierte en un juego del azar. Y cuando todo termine, cuando pasen lo años y el olvido haga su trabajo, ¿en qué quedará la cosa? «¿Se acordarán, allá, de que peleamos? ¿De todo lo que nos pasó? ¿De lo que hicimos acá? ¿O pasará el tiempo y la gente en una de esas prefiere olvidarnos?». 





lunes, 26 de enero de 2026

REVOLUCIÓN

De esta novela me ha gustado todo: el tono, el ritmo, el tema, los personajes, la historia y hasta el olor, un olor a pinaza y a casa antigua y a lo que el mar le hace a la pintura colorida de las fachadas de las casas. He aprendido un montón de cosas de la historia reciente de Portugal que desconocía y me he reafirmado en mi idea de que es un poco vergonzoso que vivamos tan de espaldas a nuestro país vecino cuando ellos viven por lo general tan de cara al nuestro. He estado una semana entera saboreando Portugal, aprendiendo su historia de hace nada, emocionándome, sufriendo y riéndome con las peripecias tragicómicas de estos tres personajes, estos tres hermanos, que ya para siempre me van a acompañar cuando piense en la revolución de los claveles. 

Porque la revolución del título es esa. La revolución de los claveles. Un hecho histórico que en mi cabeza consistía en la transición admirablemente pacífica que habían conseguido hacer los portugueses para pasar de la dictadura de Salazar a la democracia que disfrutan todavía hoy. Como todas las explicaciones simples de procesos históricos, mi idea se parecía muy poco a la realidad. Aunque este no es un libro de historia ni pretende contar exactamente qué ocurrió, los personajes históricos principales están ahí y la vida que late y vibra y estalla en cada página puede servir quizá mejor que cualquier manual de historia para comprender qué pasó durante esa transición y cómo la vivieron muchos portugueses. 

Como muchas novelas de Almudena Grandes (he pensado mucho en ella al leer esta novela), esta historia cuenta un conflicto entre la familia y la causa política. Para un personaje, «no tener una familia es como estar muerta». Pero ¿qué pasa cuando todo aquello en lo que crees, todo aquello que te hace sentirte viva y conforma tu identidad es incompatible con lo que vives todos los días entre las cuatro paredes de tu casa familiar? ¿Es posible llegar a aprender a conjugar familia e ideología? «Solo años más tarde comprendería que las relaciones familiares eran un laberinto de luces y sombras, crueldad y benevolencia». 

A Maria Luísa, la mayor de los tres hermanos, el compromiso político no tarda en llevarla a conocer demasiado bien a la Policía Interna de Defensa del Estado, la PIDE. Una policía secreta, represora, temida y odiada a partes iguales, que siguió operando en la clandestinidad después del fin de la dictadura. «El objetivo de la PIDE era no solo lograr que el preso hablara, sino también silenciar a todos aquellos que, al otro lado de esos muros, tuvieran intención de alzar la voz contra el régimen. Se agredía de forma preventiva, para que los relatos sobre las torturas mantuvieran a raya a un pueblo supersticioso, temeroso de Dios y la autoridad, que no cuestionaría los poderes casi sobrenaturales de una policía que todo lo sabía, y estaba en todas partes, a todas horas. En casa esquina, un soplón. En cada calle, un agente. En cada casa, un lacayo». 

Y además de la existencia de la PIDE, he aprendido lo poco bucólica que fue en realidad la revolución de los claveles. Al ver las imágenes de los fusiles coronados de flores, cualquiera diría que los portugueses dieron un ejemplo al mundo de pacifismo y entusiasmo al abrazar la democracia. Y aunque en conjunto fue una revolución relativamente pacífica, no faltaron las manifestaciones católicas contra la decadencia de las costumbres que asociaban al comunismo y al fin de la buena y santa dictadura, y que apelaban al «deber católico de actuar contra los que pretendían silenciar la voz de Dios». No faltó la feroz —aunque a menudo chapucera— oposición a la democracia y los sueños de una «nueva reconquista cristiana» ante los procesos de independencia de las colonias portuguesas. No faltaron el terrorismo de extrema izquierda y extrema derecha, los asaltos a los bancos, las bombas en sedes de partidos políticos, secuestros al más puro estilo ETA, batallas campales. En aquellos años, Portugal era un país en un estado de efervescencia y esperanza, pero también «sumido en un caos de hierro, fuego, pedradas, porrazos, disparos y cócteles molotov». «Demasiados años de represión, tortura, guerra. Demasiadas voluntades aplastadas, demasiados gritos ahogados, demasiados ajustes de cuenta que saldar. Nada de eso desaparece de la noche a la mañana». 

De esta novela me ha gustado todo. Pero creo que lo que más me ha gustado ha sido el tono. Quizá solo en Portugal se puedan contar cosas tan serias y terribles y trascendentales sin perder el sentido del ridículo y una sombra de humor en la comisura de la boca. El autor consigue impedir que ningún personaje se suba al altar de sus heroicidades enseñándoles humildad a base de no ocultar nunca sus flaquezas. Y construye una historia tragicómica y un punto desconcertante, como cualquier realidad, más si está bañada en ese carácter portugués que mezcla melancolía con humor, que nunca se toma a sí mismo demasiado en serio y cuya visión trágica de la vida está siempre dispuesta a volverse transigente y suciamente humana, como cualquier vida. 






jueves, 22 de enero de 2026

MIL COSAS

En vísperas de empezar las vacaciones, en un clima de calor asfixiante incompatible con la vida, las cosas se aceleran y aceleran, punteadas por llamadas al móvil que no atienden, como todos silenciamos y dejamos perderse tantas llamadas de números desconocidos. Son una pareja con un niño pequeño a los que la vida les sobrepasa, siempre atentos a las mil cosas que hacer. Siempre «predispuestos a abarcarlo todo, a no bajar la guardia, a no fingir que las cosas no están pasando [...]. Ojalá supiesen vivir como si nada, pero viven como si todo». 

La nueva novela de Juan Tallón es de esas que te sacan varias carcajadas mientras te remueves inquieto en el sillón. Nada felices, las carcajadas. Un poco ansiosas y medio heladas. Te ríes como diciendo uf, uf, venga, dime que esto va a mejorar. Tallón nos cuenta una historia desquiciada y loquísima. Y en la que muchos se reconocerán con una mezcla de diversión y horror, preguntándose qué nos hace la vida para acabar viviendo así. 

Muchas parejas, especialmente aquellas que tengan niños pequeños, se van a ver muy reflejadas en la historia de esta pareja abocada a una velocidad vertiginosa, a hacerlo todo rápido y mal y a sufrir por ello sin poder hacer nada por evitarlo. Una pareja a la que la vida y sus urgencias les pone todos los días de rodillas. «Parece que la vida nunca está hecha y haya que hacerla continuamente». Una vida agotadora, implacable, llena de constantes obligaciones insignificantes que imponen su tiranía sin piedad y que impiden que puedan pensar que vivir es algo más que mantenerse a flote un día más.

La máxima victoria que uno puede rascar de una vida así es conseguir terminar el día sin demasiados contratiempos. Pero ay... 

Filosófica, juguetona, ingeniosa, mordaz, esta historia me ha recordado un poco a Malaherba, de Manuel Jabois, por esa capacidad milagrosa de hacerte subir hacia la risa y, al mismo tiempo, helarte el corazón. 



lunes, 19 de enero de 2026

LOS AMNÉSICOS

Su abuelo paterno fue miembro del partido nazi, y su abuelo materno fue gendarme en la Francia ocupada, así que Geraldine Schwartz sabe bien lo que es tener lo que el historiador José Álvarez Junco llama un pasado sucio. En este libro apasionante la autora reconstruye la parte de su historia familiar vinculada al nazismo en un ejercicio de memoria que defiende la importancia de aceptar la suciedad de nuestro pasado para defender la pluralidad democrática. 

Aceptar y reconocer los errores del pasado es el mejor camino para no volverlos a cometer. Pero es difícil, y lo más habitual es refugiarse en el silencio. Más si cabe cuando el silencio es colectivo y hay un pacto implícito de no romperlo. Esto ha ocurrido con mucha frecuencia después de los traumas colectivos. Existe una vergüenza por lo vivido que comparten víctimas y victimarios. Vergüenza, miedo y un deseo compulsivo de pasar página. Pero se ha demostrado una y otra vez que la memoria hay que preservarla, y para ello es necesario romper los pactos de silencio y exponer la herida a la mirada de todos. La herida como el relato que nos enseñe a no volver a infligirla. 

Berlín es un ejemplo magnífico de ciudad abierta en canal a su memoria histórica. No he visto nunca en tan poco espacio tantas heridas históricas expuestas y explicadas a plena luz del día. La segunda guerra mundial y el muro de la guerra fría palpitan dolorosamente en cada barrio. Y Geraldine Schwartz argumenta que es precisamente este ejercicio de memoria histórica, esta forma de aceptar y reconocer el pasado sucio, lo que fortalece las democracias y las vacuna contra la tentación totalitaria, algo que no en toda Alemania es tan visible (la impunidad de muchísimos nazis y la dificultad para juzgarlos tras el fin de la guerra fueron notorias). Es una teoría interesante, imbricada de forma fantástica en el relato estremecedor de la complicidad silenciosa de tantos millones de alemanes que eligieron mirar para otro lado durante los años del Tercer Reich. Quizás habrá que ver adónde llega el ascenso de la extrema derecha alemana en los próximos años para comprobar hasta qué punto no esconder un pasado sucio y luchar contra la amnesia colectiva puede ayudar a prevenirlo. 

Y tras la lectura del libro me he quedado pensando en otro aspecto que quizá influya en la pervivencia en nuestras sociedades occidentales de una mirada benévola hacia el autoritarismo. No conozco a nadie que prefiera un sistema autoritario frente a uno democrático. Y, sin embargo, tampoco conozco ninguna familia cuyos miembros adultos se relacionen entre ellos con naturalidad de forma democrática. Creo que en la gran mayoría de familias hay una jerarquía que se mantiene cuando los hijos se convierten en adultos, y se podría pensar que esta falta de trato democrático en las relaciones cotidianas de las familias, que no solamente no menoscaba la cohesión y los apegos sino que muchas veces los fortalece mediante la dependencia, puede influir en que muchos vean la sociedad como una extensión de la vida privada y piensen que un sistema similar en la política puede ser perfectamente válido. Quién sabe. Lo que parece seguro es que el ascenso progresivo de los autoritarismos en los últimos años es un alarma que no podemos ignorar, y buscar sus raíces, ya sea en la memoria histórica o en las dinámicas privadas, puede ayudarnos a entenderlo mejor y tratar de combatirlo. 




jueves, 15 de enero de 2026

ESTAR EN SU LUGAR

¿Cuál es nuestro lugar en el mundo? ¿Y en nuestra casa? ¿Dentro de nuestra familia? ¿Cómo se transforma con el paso del tiempo —y de las múltiples experiencias— el lugar que ocupamos entre los demás? Social, geográfico, simbólico, afectivo y político, el lugar que ocupamos determina la historia íntima de todas las personas: nos define como seres humanos. 

La búsqueda de un lugar que nos proporcione bienestar es uno de los mayores retos que enfrenta cualquier persona. Al estar en perpetuo cambio, siempre estamos buscando acomodar un lugar a nuestras transformaciones. Un lugar que, en la medida en que depende de los demás, también se desplaza continuamente. Y no solo buscamos un lugar para nosotros: al establecer vínculos afectivos también aspiramos a convertirnos en un lugar que acoja a los demás. Pero no siempre es fácil. «A veces los lugares que ocupamos nos coartan, nos sujetan a una identidad que ya no es la nuestra. ¿Qué dice aún de mí ese lugar tan familiar? ¿No es solo el recuerdo de quien fui?».

Llegué a este ensayo filosófico de Claire Marin por una cita de Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí, un librito estupendo sobre ese sentirse siempre un poco fuera de lugar cuando uno se mueve por el ascensor social. Y me ha tocado muchas fibras, igual que a ella, los capítulos que dedica al lugar que ocupamos en los entornos familiares. Claire Marin nos habla de la dificultad de habitar el lugar familiar cuando nuestra educación nos ha alejado de la cultura aprendida. Cómo volver a la habitación de la infancia cuando ya no somos niños. Qué lugar habitar en esas comidas en las que los roles siguen siendo muy parecidos a aquellos que abandonamos fuera de casa años, a veces décadas atrás. Cómo seguir sintiéndonos protegidos por un paraguas que ya no necesitamos, y que nos impide en muchas ocasiones desarrollar las capacidades para aguantar bien a la intemperie. Nos dijeron que nos fuéramos lejos, que viéramos mundo, que viviéramos todas las experiencias que ellos no pudieron vivir, y, al mismo tiempo, nos pidieron que al volver siguiéramos siendo los mismos y aceptáramos ocupar siempre el mismo lugar subordinado dentro de la familia. Cómo aprender a volar y seguir siendo polluelo. Qué lugar puede ser ese. 

Y también, qué lugar queda cuando los hijos alzan el vuelo. El famoso nido vacío puede convertirse en un lugar hostil, un lugar deshabitado que reclama una atención desoladora. Y constante, porque el nido vacío no es solo una habitación cerrada y silenciosa. También es ese lugar en la mesa ocupado por el hijo o la hija que desertó de su lugar familiar y que solo vuelve a regañadientes, ocupando un nuevo lugar esquivo, erizado de recelos, inhabitable. Cómo enseñar a volar y seguir aspirando a acoger en el nido, a proteger una vulnerabilidad que ha cambiado de naturaleza. Qué tipo de nido puede ser ese. 

«Estar en su lugar es una experiencia física. Estoy en mi lugar cuando mi voz es firme, cuando es la mía y no una voz silenciada por la censura o las voces dominantes, una voz prestada, sofocada por la angustia o la coacción. Tal vez estar en su lugar empiece por liberar la propia voz, una voz sepultada cuya tesitura debemos redescubrir». 

Este libro habla de la libertad necesaria para encontrar nuestro lugar entre los demás. Un lugar que sea propio y no invada el de nadie, un lugar que sea refugio para los demás y no encierre ni coarte. Asociamos tener un lugar con echar raíces, pero a veces las raíces también nos impiden ver más allá de nuestra ventana. A veces no tener raíces en ninguna parte podría ser una ventaja. No tener un lugar, ser capaz de trasladarse de un espacio social a otro con normalidad, puede proporcionarnos la capacidad de ponernos en el lugar de los demás con mayor facilidad. «No sentirse nunca del todo en sintonía, percibir en todo momento cierto desfase, es algo que nos protege de la adhesión ciega». Es un desasosiego que a la vez otorga su propia calma gracias a la lucidez que regala. 

De la mano de escritores como Georges Perec o Annie Ernaux, Claire Marin nos invita a pensar sobre cómo habitamos nuestro lugar en un libro para leer despacio: un viaje íntimo, filosófico y transformador. 




lunes, 12 de enero de 2026

KING Y LAS LIBÉLULAS

«Estarás bien. A veces no lo parece, ¿verdad? Lo sé. Lo sé. Pero hay plumas y música y luces, un montón de luces como estrellas, y estarás perfectamente». 

A King le gustaba mucho escuchar a su hermano mientras dormía. Escucharle hablar en sueños, a veces palabras ininteligibles, a veces frases enteras enigmáticas y bellas como un paisaje al amanecer. Un paisaje sacado de un sueño, con libélulas de colores, firmamentos de color púrpura. Le gustaba escucharle porque lo sentía cerca, más cerca que nunca, con todo ese borbotón de palabras saliendo libres de su imaginación, solo para él. Ya no puede sentirlo así. Cada día que pasa lo busca en el bayou, en las libélulas que alzan el vuelo a su paso. En las palabras misteriosas que escribe para preservar su recuerdo. 

Los padres de King hablan de él pero nunca en su presencia, como si fuera demasiado frágil para escuchar lo que piensan. Como si no tuviera doce años, sino tres y no supiera aún que su hermano Khalid ha muerto. Como si no sintiera su presencia cada día en su sitio vacío de la mesa. En una Luisiana atravesada por los bayous, ríos tan lentos que casi parecen pantanos, y por las viejas heridas de la segregación racial, King tiene que afrontar una vida erizada por el duelo, los roles de género de sus padres, el racismo y la homofobia, con la compañía de un amigo que aparece cuando menos se lo espera y con la fuerza inagotable que parece emanar de él como la humedad del suelo. 

«Pienso en Jasmine. Tiene la piel como la mía, incluso más oscura. ¿También la teme el mundo? Pienso en Sandy. En cómo dijo que recibe el mismo tipo de odio. ¿Y él qué? ¿Lo teme el mundo? ¿Es distinto porque a mí se me ve el color de la piel, pero nadie puede saber a quién quiere Sandy solo con mirarlo? ¿Y yo? ¿A quién quiero?».

King y las libélulas es un libro triste y feliz, frágil y poderoso, que aborda temas cruciales para la identidad en construcción de los adolescentes con una sensibilidad que emociona. 





jueves, 8 de enero de 2026

NADIE ME ESPERABA AQUÍ

Al igual que le sucedió a muchas personas de mi generación, cuando terminé la carrera nadie me estaba esperando. El final de aquel camino largo de especialización académica era una soledad inesperada. Un limbo. Vi que el camino podía seguir, pero no llevaba a ninguna parte que a mí me compensara ir, en parte porque continuar habría supuesto tener que fingir que podría asimilarme en la docencia, y en parte porque las personas que había dejado atrás llevaban tiempo reclamándome que volviera. Y volví. Pero, en realidad, de un camino así no se vuelve. Mi sitio no era la enseñanza, pero tampoco estaba ya allí, en ese origen perdido con el que ya no me identificaba, cuyo lenguaje me sonaba ya extraño y, de alguna forma, irrecuperable. 

Este breve ensayo de Noelia Ramírez toca muchos temas en los que creo que mi generación se puede ver muy reflejada. Además, conecta con libros que me han abierto muchas ventanas (como La mala costumbre, de Alana S. Portero, o Yeguas exhaustas, de Bibiana Collado Cabrera) y ese unir las voces como puntadas de un mismo hilo me ha parecido maravilloso. El desclasamiento de los millennials se produce a muchos niveles, y quizá no siempre hace falta compartir biografías para sentirte como un extraño tanto en tu familia como en los círculos profesionales a los que te ha llevado tu formación. Es un sentimiento de no pertenencia, de ambigüedad vital, que es difícil de habitar. 

La lectura de este libro coincidió con la boda de unas amigas y contemplar la mezcla de familias biológicas y elegidas en un mismo espacio me dio para reflexionar sobre cómo nuestros apegos nos definen. Sobre la emancipación de los orígenes familiares y afectivos que la mayoría vivimos a partir del final de la adolescencia y la imposibilidad de terminar de emanciparnos del todo de esos vínculos que tiran y tiran de nosotros hacia atrás, tratando de retrasar todo lo posible nuestra entrada en el mundo adulto. Y cómo esa emancipación a menudo es vista como una traición propia de quien se cree superior a sus orígenes. 

El anhelo de encajar es un fantasma que nos sobrevuela sin cesar. Encajar en una comunidad que te acepte plenamente y que puedas reivindicar como tuya. Qué difícil es encontrarla. Y, llegado un momento, después de muchas decepciones y soledades no deseadas, se acaba vislumbrando la necesidad de abandonar esa ansia de aceptación, y nos planteamos dejar de aspirar a un nosotros homogéneo, porque esa comunidad como tal no existe y allá donde vayamos seremos de alguna manera extranjeros, siempre con un pie fuera, siempre hablando con acento porque hemos perdido nuestra lengua materna y la nueva que hemos desarrollado no la habla nadie. 

Cuando ves que tus viajes, reales e interiores, te han exiliado involuntariamente y que ya no perteneces de verdad a ninguna comunidad, cuando en todas partes te sientes desplazado y un poco intruso, te das cuenta de que «es en los umbrales donde hallarás refugio». Creo que aprender a habitar esos umbrales, esos limbos, y encontrar a quienes quieran habitarlos contigo para transformar la vergüenza en orgullo, es una tarea imprescindible y preciosa: la tarea de una vida.