jueves, 5 de marzo de 2026

PRIMA FACIE

Una chica de la periferia pobre de Londres consigue entrar en Cambridge y convertirse en una abogada penalista de éxito. Pero no todo es un camino de rosas. Las dudas la asaltan a cada paso. ¿Estará a la altura? ¿Qué pensarán sus compañeros cuando se enteren de dónde viene? ¿Podrá ocultarlo? ¿Conseguirá ser esa otra persona que todo el mundo espera que sea? Y si lo consigue, ¿cómo la alejará eso de su familia y sus orígenes? ¿Podrá ser a la vez la abogada de éxito y la hija de una limpiadora?
 
La primera parte de esta novela trata sobre la vergüenza de clase y el orgullo de clase entremezclados. La protagonista se siente a menudo avergonzada en los entornos elitistas en los que ha entrado gracias a su formación en Cambridge. Avergonzada no solo por su ignorancia, sino por no saber qué cosas no sabe. Siente que tiene que estar permanente alerta para no dejar traslucir que ella no pertenece a ese mundo, que en realidad es una impostora cuando se pone la indumentaria de abogada y se codea con la élite en el tribunal. Y, a la vez, qué orgullo haber llegado tan lejos gracias a su esfuerzo. Qué orgullo, también, poder mirar con conciencia crítica todo ese privilegio tan ostentoso que los niños ricos que la rodean exhiben con absoluta normalidad. Pero aun así, ¿qué hacer con ese sentimiento de extrañamiento y a la vez con la constante necesidad de aceptación y de validación?

Pronto este conflicto de clase —que tan bien describió Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí— va dejando paso a otro tema todavía más candente. Hasta la abogada defensora más inteligente y despiadada de Londres no es más que una víctima cuando siente que un hombre la está persiguiendo por calles oscuras de camino a su casa. El aplomo que demuestra cada día ante el juez y los jurados se desvanece y aprieta el paso, aun cuando quizá el hombre que la llama unos pasos por detrás solo quiera devolverle el móvil que se ha dejado en el pub. 

Ella está convencida de que si hace bien su trabajo, la justicia prevalecerá. Qué fácil es creer que si en el jurado de un juicio por agresión sexual hay mayoría de mujeres el veredicto será más favorable a la víctima. ¿Por qué a las mujeres les cuesta creer a otras mujeres? ¿Es porque el presunto agresor ha contratado a una abogada para defenderle y piensan que si esta lo considerara culpable no lo defendería? ¿O es porque si dan credibilidad al relato de la víctima tendrían que asumir que algo muy parecido también les ha pasado a ellas, o a sus hermanas, o a sus madres, y eso las obligaría a reabrir ese pozo de dolor que tan bien consiguieron cerrar en el pasado? 

Esta novela electrizante, que primero fue una obra de teatro y un guion cinematográfico, cuenta la historia de una abogada especializada en la defensa de agresores sexuales que cree ciegamente en la necesidad de demostrar la duda razonable en todo testimonio. Hay que ir siempre más allá de lo que a primera vista —prima facie— aparece ante el juez. Hasta que un día es víctima de la violencia que sufren al menos una de cada tres mujeres y se encuentra en el lado opuesto del banquillo, y descubre que las reglas que siempre ha defendido no están escritas para ellas. 

Me ha parecido una novela vibrante, demoledora. A veces he tenido que cerrar el libro y respirar porque la herida que cuenta crece y palpita entre las palabras y ya no se puede seguir tocando con la mirada. Ojalá muchos lean esta historia y entiendan. Es de los libros que sacuden y transforman. 






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