«En este libro parece que no pasa nada, pero cuando lo terminas te das cuenta de la inmensidad de lo que te ha contado», me dijo una amiga hace unas semanas. Y no puedo estar más de acuerdo.
Ambientado en la Inglaterra rural, la historia se centra en la vida doméstica de tres hermanas, muy distintas entre sí, que ven cómo el rumbo de sus vidas depende mucho de las personas con las que viven. Sus maridos son o demasiado buenos o no suficientemente buenos, lo cual termina casi siempre en desgracia. Sus vidas son un ejemplo de que la elección de la persona con la que decides compartir tu espacio determina tu vida hasta límites insospechados.
Vera, Lucy y Charlotte se casan con tres maridos radicalmente diferentes: Lucy elige a un marido amigo y cómplice, algo desatento pero siempre dispuesto a apoyarla, que le trae una gran alegría; Vera se casa con un hombre sociable y complaciente, que no le pone límites y finalmente la aburre; y Charlotte se enamora perdidamente de un marido abusador y cruel que convierte a una joven ingenua y llena de energía en una mujer profundamente infeliz. La violencia conyugal contra las mujeres y su indefensión dentro del matrimonio es un tema frecuente en las novelas de Dorothy Whipple. Le tocó vivir una época en Gran Bretaña, antes de la reforma de las leyes de divorcio, en la que los hombres tenían plena libertad para dominar y sojuzgar la voluntad de sus mujeres y de sus hijos a su capricho, y reflejó esa realidad en sus novelas con una agudeza psicológica admirable.
Me ha gustado mucho la descripción del vínculo tan fuerte que une a estas tres hermanas. Aunque a menudo les cuesta crear intimidad entre ellas, aunque el río de sus vidas tan diferentes, con todas las experiencias y circunstancias que no han podido compartir nunca, corre entre ellas sin que puedan imaginar cómo construir puentes para cruzar las aguas turbulentas, son hermanas y se quieren y no importan las circunstancias de sus vidas que puedan separarlas. Las une un vínculo más profundo y resistente que cualquier hombre o cualquier desgracia.
Dorothy Whipple es una maestra en las descripciones del mundo de la infancia y sus emociones constantes, una infancia amenazada constantemente por la toxicidad de los adultos, pero que lucha por proteger su inocencia en cada juego y en cada ilusión. También transmite muy bien las dinámicas del abuso psicológico y el trauma que provoca en los niños, la angustia permanente, la hipervigilancia de cada gesto y cada palabra para no provocar una nueva oleada de violencia de su padre. Como si se pudiera evitar. Como si de alguna manera fuera su culpa.
Lucy y su sobrina Judith son las luces de la novela. Uno querría ir siempre de vacaciones a cualquier sitio donde ellas estuvieran. Ellas nos recuerdan que nos pasamos la vida buscando personas con las que compartir nuestros placeres, que nos escuchen con verdadera ilusión y a las que escucharíamos durante horas sin interrupción. Cuando las encontramos nos damos cuenta de que eso que llamamos felicidad puede estar ahí, en una simple conversación compartida con ojos luminosos.

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