lunes, 23 de marzo de 2026

CRECER CON PADRES DIFÍCILES

Es una sensación rara. Un dolor difuso que se arrastra en el tiempo. Años y años, de forma inconsciente. Por momentos no se nota. Parece que desaparece. Y luego vuelve y avasalla, y no deja espacio para nada más. Unas veces vuelve cuando las personas tienen hijos y revisan su relación con sus propios padres a la luz de su nueva responsabilidad parental. Otras veces va creciendo poco a poco cuando la madurez nos permite más perspectiva o cuando otras preocupaciones vitales se disipan y le dejan hueco. Lo he observado en conversaciones con amigos cada vez con más frecuencia. También en películas y libros recientes de autores de mi generación. Es un dolor que cuesta expresar. Que incluso cuesta identificar como dolor. Pero cuando se nombra, parece que todo el mundo sabe de qué está hablando. 

¿Y cómo sale en conversaciones con amigos? Pues a menudo con preguntas. ¿Cuando os vais de viaje vuestros padres también os piden el nombre de los sitios donde vais a dormir con el itinerario completo o me pasa solo a mí? ¿A vosotros vuestra madre os ha pedido perdón alguna vez? ¿Ha aceptado voluntariamente haberos hecho daño por un error suyo? ¿Vuestros padres también piensan que saben mejor que vosotros lo que os conviene, y os lo hacen saber a menudo? ¿También os hacen sentir que nunca están del todo satisfechos con vosotros, con cómo los tratáis o con la frecuencia con que los visitáis? ¿También juzgan vuestras decisiones como si no fuerais adultos del todo, como si quisieran supervisarlo todo, desde el sofá que os compráis hasta cómo educáis a vuestros hijos? ¿No sentís que siempre se están quejando de algo, que siempre son víctimas de algún agobio? ¿También exageran sus logros o mienten para ocultar lo que les da vergüenza asumir? ¿También os llaman egoísta cuando intentáis ponerles un límite? 

Muchas personas han crecido con padres difíciles. Que, a su vez, es muy posible que crecieran también en familias difíciles. Y, aunque quizá al convertirse en padres se propusieran no reproducir con sus hijos lo que vivieron en su infancia, sin una capacidad consciente de autocrítica es muy difícil que no reproduzcan los patrones que les resultan familiares. Salir de ese círculo vicioso es complicado. Requiere la capacidad para analizar los comportamientos propios a la luz de los ajenos y la voluntad de responsabilizarse de los errores con la voluntad de repararlos. Los padres difíciles que describe este libro pueden educar en la libertad, la autonomía, la seguridad y en todos los valores positivos para una vida plena y sana. Pero, a la vez, con sus conductas cotidianas pueden provocar en sus hijos sentimientos de culpa, baja autoestima, un exceso de responsabilidad emocional, una autoexigencia desproporcionada y, en definitiva, un trauma que afecte a su comportamiento y a su salud mental con efectos a largo plazo. 

Sarah Davies, psicóloga especializada en trauma relacional, defiende que los padres narcisistas no tienen por objetivo atacar a sus hijos de manera individualizada, sino que sus comportamientos responden a una manera natural de actuar y de ser. No suelen tener desarrollada la capacidad de observarse, criticarse y asumir la responsabilidad de sus actos o de sentir remordimientos como el resto, lo que hace que sea muy complicado que cambien sus conductas. En lugar de asumir su responsabilidad, culpan a otra persona, niegan los hechos o desvían la atención a otro lado, lo que supone una respuesta distorsionada y muy dañina para las personas que las rodean. 

El narcisismo parental y sus efectos están muy normalizados e integrados en lo más profundo de las dinámicas familiares. La mayoría de las personas los han presenciado o sufrido, aunque quizá no los hayan identificado como disfuncionales. Es lógico. Las conductas con las que uno se cría, en las que se desenvuelve y que nadie señala como tóxicas o dañinas se vuelven normales, parte del paisaje. Rasgos de carácter. «Es que él es así. Hay que aceptarlo como es». Más todavía en una cultura mediterránea como la nuestra, en la que la familia suele tener una importancia muy grande en nuestra socialización y en la que los padres se perciben durante todas las etapas de la vida como figuras centrales de autoridad. Por eso a veces cuesta tanto reconocer que se ha crecido en una familia difícil. ¿Qué hacer con el conflicto permanente que provoca? ¿El malestar que deja? ¿La tensión, el mal rollo, la sensación de fracaso y de culpa? Nada de eso es normal. No es responsabilidad de los que lo sufren. Nadie tiene por qué aguantarlo. 

Este ensayo trata sobre un malestar subterráneo, a veces silencioso, pero siempre presente, que recorre el día a día de muchas personas. Es muy difícil ponerle palabras a este malestar, a este tipo de trauma tan interiorizado, y empezar a encontrar soluciones que las alivien y les hagan sentirse y tratarse mejor, con más compasión y amabilidad. Creo que este libro ofrece un apoyo valioso que puede resultar muy útil. 



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