
A lo largo de toda la novela suena una melodía imperceptible, tan leve que en realidad uno la percibe de verdad solamente cuando cesa: es Rose Lewellyn y su forma de silbar muy bajito mientras realiza sus tareas domésticas. Un silbido que es también una infancia, un hogar, una mano en la mejilla que dice: el mundo está lleno de posibilidades, y está aquí, para ti, esperando. Un silbido que colorea el silencio, y sin el cual este se vuelve vacío e incómodo. Rose Lewellyn, esa ama de llaves que "no cocina, pero tampoco muerde", es un personaje que por sí solo llenaría de vida y de felicidad cualquier novela. Y yo ya estaba contentísimo con ella de protagonista hasta que el bueno de Ivan Doig puso en escena a su hermano Morris. Y ahí ya definitivamente me enamoré.
Morris es... Ay, cómo describirlo. "Trabajar con él era a la vez estimulante y exasperante. Podría volverme loco con la leña, como si en vez de leños estuviéramos apilando diamantes, y al instante siguiente se embarcaba en una excursión mental que me dejaba sin aliento". Eso es, Morris es un hombre que te deja sin aliento. Ya sea hablando de leña, de Platón o de la rotación de los planetas ante una decena de niños con la boca abierta. Pero Morris no es sólo un hombre: es un hombre y su bigote. Cuando se lo acaricia, sonríe como si este le soplara las ideas, siempre con la misma expresión de complacida sorpresa, como si acabara de descubrir esa maravilla bajo su nariz. Morris es el maestro, el padre o el amigo que todos hemos soñado alguna vez con tener.
Una temporada para silbar es un novela sobre lo que la educación puede hacer en la mente de unos niños despiertos y curiosos. Es sin duda el libro más feliz que he leído en mucho tiempo. Su música, su silbido, me acompaña todavía y cuando cierro los ojos y pienso en él, estoy allí, con Morris y Rose, viendo el cometa Halley desde las interminables praderas de Montana, saboreando una vida siempre renovada.
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