Clarita se pregunta por qué con fría curiosidad. Por qué no ha encajado nunca en su entorno. Qué tendría que hacer para encajar. Qué significa encajar. Sabe que no basta con ser educada, amable, discreta. No basta con no hablar demasiado ni con ser complaciente y no dar nunca problemas. Se pregunta por qué con genuina curiosidad. Por qué la vida es más difícil para ella que para muchos de los que la desprecian.
¿Qué provoca que ciertas personas sean rechazadas y metódicamente despreciadas desde la infancia?
Porque esto que le pasa a Clarita viene de lejos. De siempre, de hecho. No recuerda haber sentido nunca la sensación de pertenencia que tantísimas personas parecen compartir de forma tan naturalmente placentera. Durante un tiempo la buscó. Pero hace ya muchos años que se convenció de que era inútil. Y se acostumbró. Por la fuerza aprendió que con demasiada frecuencia la vida duele y la distancia protege. Se acostumbró a ser la rara, la solitaria. Y eso la ha llevado a este día, su último día de trabajo en este banco al que ha dedicado treinta años de vida laboral, y cuyos empleados solo reparan en su existencia para mofarse.
Aun así, Clarita busca confirmar que existe cierto orden subterráneo en el mundo. Y lo hace colocando su mesa de una forma determinada, tocándose la oreja, haciendo clic con su bolígrafo Parker un número concreto de veces o encontrando significados —no siempre placenteros— en cualquier combinación de números que se le presenta. Pero su último día de trabajo no va a transcurrir como estaba previsto. Algo nuevo, totalmente nuevo, va a quebrar su rutina. Y tendrá que buscar nuevas maneras, que solo ella puede imaginar, para restablecer el orden.
Esta novela te saca una sonrisa mientras te acelera el pulso. Por su deliciosa protagonista y por su ritmo trepidante, creo que le va a entusiasmar a muchísima gente.

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