lunes, 27 de febrero de 2023

LOS INCOMPRENDIDOS

Esta es una historia sobre padres e hijos, sobre madres e hijas. Sobre las palabras que un buen día dejan de funcionar para salvar la distancia que les separa. Sobre esa distancia que, sin que se den cuenta ni se expliquen por qué, de repente se vuelve abismo. Se vuelve silencio. Se vuelve incomprensión. Esta es una historia sobre incomprendidos. Incomprendidos los padres y las madres en su agotador intento de comunicarse con sus hijos. E incomprendidos los hijos y las hijas en su agotador intento de comunicarse con sus padres. 

Inés es una adolescente que vive con miedo. Miedo al futuro, a lo que piensen de ella, a que no la quieran, a que no le dejen su espacio, a que la controlen, a que la hagan daño. Vive con miedo a ser mala persona. Pero el peor miedo es el que no tiene objeto distinguible. El que viene sin avisar y se instala en el estómago y repta hasta la garganta como una fiera posesiva. Vive presa en un laberinto llamado adolescencia, "esa edad de doloroso alumbramiento, de abrir puertas que chirrían, de cerrarlas, de llamar con los nudillos y que no te abra nadie, de tirarlas abajo a patadas". 

Javier, su padre, se crio en un barrio popular muy distinto de Boadilla, donde ahora viven. Un barrio que le dio una educación terrible y honesta, brutal y dulce, en una familia que rendía tributo a la austeridad como a una diosa hermosa y necesaria. Se crio en el entrenamiento feroz de apañarse con poco, de ser feliz con menos, para tratar por todos los medios de que lo importante, la dignidad y la felicidad, no dependieran de llegar holgadamente a fin de mes. Y ahora, ¿qué le dice a su hija que no ha vivido esa escasez? ¿A su hija, que parece que lo tiene todo, y cuya glacial indiferencia a veces ha terminado por agradecer, porque al menos no es la inquina y el odio y el ojalá te mueras?

Esta es una historia que va de adolescentes que no hablan. "De las interminables horas con la puerta cerrada de su dormitorio, de los mutismos, de los malentendidos, de la mecha de la rabia siempre ahí, de su frustración y también de la nuestra, del brillo de sus ojos y también de su silencio". De adolescentes que cuando por fin se dignan salir de su habitación para cenar, se sientan a la mesa como si sus padres les debieran algo, como si fueran las víctimas eternas de un agravio antiguo e inabarcable, una deuda que no entienden cómo es posible que sus padres sigan sin pagar. 

"Cómo hablar con el otro si el otro ahora no quiere porque ya es tarde. Cómo darle cariño si el otro lo desprecia, si el otro tira tu cariño por el retrete como una sopa que se ha puesto mala". 

Y la infancia de repente parece un árbol soñado del que el niño brutalmente se cae. Y se queda ahí, tirado en el suelo, convertido en un adolescente que no encuentra otra forma de crecer que apoyándose en un rencor difuso, más despiadado que cualquiera precisamente porque no se sabe de dónde viene, qué culpa terrible e irreparable pueden tener de un día para otro esos padres que eran tus dioses y ahora son tus peores enemigos. Y esos padres se miran dolidos, dolidos con cada portazo y cada desprecio, y se preguntan en silencio, cada uno por su lado, cuál es el precio de un abrazo, a qué valor prohibitivo cotizan ahora las sonrisas de su hija, qué tendrían que hacer para volver a sentirse en casa, sentirse a salvo, cuando están juntos. 

Pedro Simón consigue una ternura especial en la descripción de la infancia, de "esa edad en que los tesoros todavía no se buscan fuera de casa, sino dentro". Y a pesar de la pérdida de la inocencia, mantiene en todo momento esa capacidad de cuidar de sus personajes, de todos los incomprendidos que pueblan esta novela, para que no se extravíen, para que al final consigan, de alguna forma u otra, encontrar el camino que les salve de la oscuridad. 



1 comentario:

  1. Un auténtico descubrimiento las novelas de Pedro Simón.
    Sin embargo, me gustó mucho más "Los ingratos", incluso "Peligro de derrumbe".
    Cualquiera de sus novelas son recomendables.
    Gracias Oscar por este blog.

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