martes, 16 de agosto de 2016

CUMBRES BORRASCOSAS (Firma invitada)

¿Puede haber algo comparable a un libro excelente leído en versión original? Muchos opinarán que no. Sin embargo, yo creo que sí lo hay: una buenísima traducción de esa misma obra. Me explico. Es maravilloso poder leer, desde el original, cualquier novela, y más si se trata de uno de los grandes clásicos de la literatura de todos los tiempos. Pero no lo es menos leer un gran clásico pasado por el filtro traductor, cuando este procede de otra autora clásica. Si esto ocurre, yo me atrevería a decir que es casi tan bueno el original como la versión traducida. Aunque dejo espacio para discutirlo con un buen té –ya que se trata de una autora inglesa– delante.

Eso me ha ocurrido a mí con la versión de Cumbres Borrascosas traducida por Carmen Martín Gaite y publicada de forma exquisita por la editorial Alba. Es un lujo de objeto para tener entre las manos y es un tesoro de texto para devorar en dos o tres sentadas como me ha ocurrido a mí, gracias a la prosa tan precisa y rica en matices de Austen y Martín Gaite en una combinación mágica.

Enumerar las maravillas de un texto que se publicó hace un siglo y medio y que buena parte de la población lectora del mundo ya ha leído me resulta bochornoso. Bochornoso por no haber accedido antes a él. Bochornoso por haberlo desdeñado en multitud de ocasiones y haberlo aplazado por otras lecturas que yo consideraba "más modernas". Sin embargo, la modernidad de Cumbres Borrascosas es una de sus múltiples virtudes. O mejor, su atemporalidad. El genio de esta obra reside, en mi opinión, en dos pilares básicos: la universalidad de sus personajes y el juego de los narradores empleados por Brontë. La universalidad de los personajes es lo que hace a la obra atemporal, fuera de todo espacio y todo lugar. Es cierto que los decimonónicos páramos ingleses donde se desarrolla esta novela son el lugar más idóneo para que se den personajes con la carga psicológica de Heathcliff o Catherine Earnshaw, pero no son exclusivos de allí. Son personajes que de puro ficticio son tan reales como nuestro vecino. Y la narración se hace de forma que sin que nos vayamos dando cuenta se desgrane la vida de toda una genealogía de habitantes de la Granja de los Tordos y la finca de Cumbres Borrascosas. Página a página, y sin respiro, la particular señora Dean nos presenta a todos los personajes desde la subjetividad de quien ha convivido con ellos desde siempre y quien los conoce mejor que nadie. Por cierto, que esta señora Dean también tiene su papel importante en los hechos que se narran. Casi como quien no quiere la cosa interfiere de manera decisiva en algunos de los acontecimientos.

Las vivencias brutales que, a veces, resultan desasosegantes, la descripción de la psicología de los personajes, los paisajes, la educación sentimental, la prosa fluida y fácil, la traducción genial de Martín Gaite... todo son razones más que suficientes para pasearse por primera vez o una vez más en los turbulentos sentimientos de los habitantes de Cumbres Borrascosas. No hay mejor plan para este agosto caluroso que tenemos encima.



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