lunes, 11 de abril de 2016

CENTENARIOS, AFINIDADES Y ENTRADA 300

Abril tiene un espíritu festivo así que vamos a celebrar cosas.
Hace cuatrocientos años morían un soldado manco llamado Miguel de Cervantes y un empresario sin estudios llamado William Shakespeare. El primero más bien pobre. El segundo más bien rico. Poco o nada sabían uno del otro, pero casualmente ambos escribían para el teatro, dedicaban poemas poco conocidos a musas enigmáticas y nunca tuvieron ni idea de la fama que alcanzarían una vez muertos.

El soldado
Hoy todo el mundo los conoce, aunque poca gente los disfruta. Perviven en las lecturas de los jóvenes a través de adaptaciones con dibujitos y películas que siempre olvidan la razón por la que se hicieron famosos: la maestría apabullante de su escritura. Los molinos de viento, en un lugar de La Mancha y Sancho Panza son casi tan universalmente conocidos como Romeo, Ofelia y Macbeth. Y digo casi porque mientras que en España el patrimonio cultural ha sufrido un desprecio altivo y persistente a lo largo de toda nuestra historia, en Inglaterra lo exponen y lo exportan con orgullo desde que tienen memoria de nación. En cualquier caso, lo shakesperiano y lo cervantino pululan por miles de libros y series de televisión, otorgando a las tragedias y a los dramas dimensiones épicas, cubriendo de una pátina de prestigio aquello que acompañan. Y todo a pesar de que tanto el soldado como el empresario basaron la mayoría de sus historias en obras anteriores, reciclando argumentos y mezclando tramas, ya para burlarse de ellas, ya para satisfacer las expectativas de su público. Pero lo hicieron de una manera inigualable, inventando géneros nuevos o dotando a los antiguos de nuevas formas, y pese a que sus nombres llevan cuatrocientos años siendo manoseados de manera constante para los fines más disparatados, Miguel y William siguen impertérritos en sus respectivos pedestales, ajenos a todo, geniales y a salvo.

El empresario
Debo reconocer que me siento mucho más cerca del empresario que del soldado, quizá porque los personajes del inglés me parecen humanos, terrible y deliciosamente humanos, mientras que a los del español me cuesta verlos como algo más que caricaturas (y aquí es cuando mis profesoras de literatura se arrepienten amargamente de aquellos aprobados y notables con que obsequiaban mis exámenes de lengua y desearían con toda su alma atizarme con un buen Quijote en tapa dura). Hamlet, Julieta, Shylock, me parecen escandalosamente cercanos y actuales y creo que gozan de una actualidad y una universalidad que nunca desaparecerán. Y además, prueba irrefutable del genio de su autor, no recurren nunca a la religión ni al honor para legitimarse. Eso me parece sencillamente maravilloso. Casi escalofriante.
Que hace cuatrocientos años un autor de éxito no nombrara nunca al dios católico en sus obras (ni una sola mención, señores, ni una), y la única ocasión en que aparece el honor sea en un monólogo irónico (Falstaff), es para hacerle una reverencia tras otra. Mientras tanto, en España, nuestros genios del Siglo de Oro llevaban a dios y al honor por bandera en cada obra, tanto que los convertían casi en protagonistas, firmando así la fecha de caducidad de su interés. Bien es cierto que la Inglaterra isabelina había roto con la iglesia católica y vivía en una especie de humanismo pagano mientras que en España la Inquisición hacía de la quema de herejes el espectáculo más exitoso del reino, pero aun así, obras como La TempestadSueño de una noche de verano son producto de una libertad de credo y una inventiva lírica que creo que están fuera del alcance de cualquier genio español contemporáneo. 

Pero mi predilección por el empresario inglés también se debe a mi afinidad por todo lo que venga del norte: desde Asturias, Inglaterra y Escandinavia hasta los caminantes blancos más allá del muro en Juego de Tronos. Y fruto de esta afinidad, hemos elegido a Nórdica como editorial del mes de marzo, con un espacio propio y el mimo que sale espontáneamente cuando uno se dedica a aquello que sólo da placer. Y así hemos vivido el inicio de la primavera, chapoteando en autores escandinavos, en pequeños libros de poesía ilustrados con primor, especialidad de nuestros amigos nórdicos, y recomendando a diestro y siniestro una joyita de Edna Ferber llamada ¡Así de grande! que ya reseñamos por aquí y que sin duda se va a convertir en nuestro libro del 23 de abril y del día de la madre. 

Y por último, termino con un agradecimiento para todos aquellos que hayan tenido la bendita paciencia de llegar hasta aquí: esta es la entrada 300 de este blog y la verdad es que nunca habríamos tenido la osadía de escribir esta cantidad obscena de recomendaciones literarias sin vuestros clics, comentarios y entradas triunfales a la librería exclamando: "dame el libro ese que has recomendado en el blog". Gracias, de corazón. 


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