Los palestinos no son del todo seres humanos. Son ante todo víctimas. O terroristas. Cualquiera de estas dos categorías los sitúa en un plano ajeno a nuestra mirada. O los miramos con compasión o los miramos con condena, pero nunca a los ojos, de tú a tú. De yo a yo. Por eso mismo, los palestinos no son vistos como testigos fiables. Cuando aparecen en medios de comunicación no son entrevistados por las experiencias, los análisis o el contexto que puedan aportar. No reciben las condolencias que reciben sus homólogos israelíes. Los invitan para interrogarlos. Y no les dejan hablar hasta que condenan la violencia. La violencia que ellos, o alguien como ellos, han cometido o podría cometer, se entiende. No la violencia que reciben, esa violencia normalizada, omnipresente y tan invisible que a ningún israelí le preguntan nunca por ella.
Los palestinos son víctimas sospechosas. Y para que sean aceptables, para que sean perfectas, necesitamos que sean pobres, mudas e individuales. Es decir, excluidas, sin relato propio y sin colectivo que comparta sus experiencias. Necesitamos que sean Anna Frank, pero no para estremecernos por el destino colectivo que su vida ejemplifica, sino para decirnos «pobre niña» con extrañeza y pasar a otra cosa. Los palestinos son los otros. Y mientras sigamos pensando así, seguiremos viendo su muerte —su genocidio— como algo ajeno a nuestra condición humana. Como algo que les ocurre a quienes no son como nosotros y, por lo tanto, con quienes no podemos llegar nunca a identificarnos del todo.
En Tengo un nombre, Chanel Miller contó con sobrecogedora valentía la violación que sufrió y el proceso judicial que la siguió. E hizo mucho hincapié en cómo la opinión pública la forzaba a asumir su papel de víctima bajo unas coordenadas muy concretas. Me he acordado de ella al leer este ensayo de Mohamed El-Kurd porque, al igual que para empatizar de verdad con una mujer víctima de violación esta tenía que estar sobria e ir vestida de forma recatada, consideramos que las víctimas palestinas deben encajar en patrones estereotipados: deben ser mujeres, niños o ancianos, y si son hombres, deben mostrarse sumisos y derrotados. Como si la rabia, la agresividad o el desafío no fueran emociones aceptables tras una violación o tras el asesinato de los tuyos. Como si la única forma aceptable de reaccionar ante la violencia más innombrable fuera bajar la cabeza y lamentarse.
«No somos humanos de forma automática, por la virtud de ser humanos: nos humanizan según nuestra proximidad a la inocencia —esto es, a la blanquitud, la educación, la riqueza material, el compromiso, la colaboración, la neutralidad, la no violencia, la indefensión, la ausencia de futuro—».
El relato de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, que todos damos por sentado, fue que la virtud era luchar contra el ocupante: un francés resistente era un héroe, un francés neutral era sospechoso, un francés colaboracionista era un traidor. El relato de la resistencia palestina contra la ocupación sionista, que todos damos por sentado, es que la virtud es colaborar con Israel: un palestino colaborador es sensato, un palestino neutral es sospechoso, un palestino resistente es un terrorista.
Del héroe al terrorista hay un viaje muy corto: el francés se parece mucho más a nosotros que el palestino. El francés siempre será de los nuestros, el palestino nunca lo será. Y da igual lo que hagan y lo que piensen.
¿Por qué la violencia ejercida contra los nazis la consideramos legítima mientras que la violencia ejercida contra los sionistas la consideramos reprobable? Si te expulsan de tu tierra, te deshumanizan, te desprecian, te persiguen, te amenazan, te encarcelan, matan a tus familiares, matan a tus amigos, asaltan sus funerales, profanan tus creencias, entierran tu futuro en bombas y más bombas mientras te llaman escoria y alimaña, ¿no vas a tener el derecho a la dignidad de defenderte?
Este es el libro más brillante sobre Palestina que he leído nunca. Filosófico, apasionado, indignado, lírico, abrumadoramente clarividente, describe la desposesión de la identidad que el mundo occidental inflige a los palestinos para hacerlos encajar en el asfixiante corsé de una idea de víctima que humilla y deshumaniza. Los palestinos son mucho más que ese pueblo de pobres condenados, merecedores de la ira y la desconfianza, que, en el mejor de los casos, nuestra infinita piedad de misioneros elegidos elige salvar para calmar nuestra conciencia. Los palestinos podemos ser todos. Solo hay que dejar de verlos como víctimas o como terroristas, como víctimas perfectas, y empezar a verlos como son: seres humanos como nosotros, como todos.

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