Esto es algo que me ronda la cabeza desde hace años como un mal pensamiento. Una sombra del ánimo que zumba incansable y que se proyecta en multitud de actividades cotidianas. No estamos reaccionando como la crisis climática parece exigirnos. Ni los políticos, ni las empresas, ni los medios de comunicación. Pero tampoco nosotros, en nuestras conversaciones, en nuestras preocupaciones. Hay una barrera invisible entre lo que está ocurriendo y nuestra capacidad para asumirlo. Ante esta disonancia cognitiva elegimos no ver, no hablar, no actuar. El mundo avanza sonámbulo hacia el precipicio, enfrascado en continuas disputas identitarias sobre temas efímeros que nos hacen creer que estamos despiertos y atentos, cuando la realidad es que no dedicamos ni un minuto de atención real a lo que se nos viene encima. Y lo peor, cuando se nos interpela, pensamos que no podemos hacer nada al respecto.
Es trágico que no haya consensos sobre políticas climáticas. Se trata de la supervivencia, al fin y al cabo. De garantizar la viabilidad de la especie humana y en general de la vida en la Tierra tal y como la conocemos. Y estamos inmersos, desde hace ya varias décadas, en una profunda desconfianza sobre cualquier posibilidad real de transformación social. El fin de la historia nos ha abocado al fin de la esperanza. Ya no creemos realmente en un futuro mejor. Vivimos en una época de esperanza cancelada. Pensar que las próximas generaciones puedan llegar a vivir igual de bien que las anteriores parece el colmo del optimismo. Cuando cada vez más gobiernos abrazan el negacionismo y más personas pierden la capacidad de imaginar un mundo mejor, ¿cómo pensar en revertir la emergencia climática?
Xan López, miembro del Insituto Meridiano de políticas climáticas y sociales, defiende que actuar ante la crisis climática es un imperativo moral y que debemos hallar un consenso al respecto que nos una como sociedad ante esta emergencia que nos afecta a todos. Frente a aquellos que se aferran a los combustibles fósiles, al negacionismo climático y a la desesperanza por un mundo definitivamente roto, ofrece esperanza para renovar una organización social que nos permita construir políticas a la altura de los retos que afrontamos. No podemos seguir esperando, no podemos seguir siendo pacientes. Hay que actuar. Cada acto cuenta.

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