Vaya historión. Madre mía. Hacía mucho tiempo que no leía una novela tan intensa, tan contundente en sus conflictos y tan delicada en la forma de describirlos y resolverlos. ¿Cómo es posible que sea la primera novela de su autora? Pensé lo mismo cuando leí Comerás flores, de Lucía Solla Sobral. Si esto es lo primero que publica, ¿qué maravillas nos tiene reservadas? Yael van der Wouden ha escrito una historia tensa, desasosegante, que se siente como una blusa demasiado estrecha, un aliento confuso pegado a la piel. Se lee con la respiración entrecortada y una fascinación oscura y obsesiva por ver cómo crece y se ramifica la tensión.
Holanda, verano de 1961. Isabel vive sola en la casa de campo donde se ocultó casi veinte años atrás con su madre y sus dos hermanos huyendo de las bombas y del hambre que sufrían en Ámsterdam. No ve a casi nadie, apenas sale y su vida está regida por rutinas férreas que le dan seguridad. Hasta el día en que su hermano mayor le pide que aloje temporalmente a Eva, una novia suya, mientras él está de viaje por trabajo. Y todo en lo que creía firmemente va poco a poco desplazándose hasta lugares más ambiguos, amenazando con derrumbar por completo el edificio previsible de su vida.
«Eva se aposentó en la casa con agitado alboroto, como una abeja aprisionada en un cuarto con todas las ventanas cerradas. Manoseaba las cosas, comentaba las cosas que manoseaba, preguntaba sobre ellas, se paseaba por los jardines con un cigarrillo en la mano, toqueteando los brotes de los arbustos y los troncos de los árboles. Isabel la evitaba. Isabel la observaba desde las ventanas de arriba. Isabel se clavaba las uñas en las muñecas y exhalaba el aire lentamente por la nariz».
En esta novela se mastica la inquietud en cada página. Hay silencios que no se cortarían ni con el mejor cuchillo. Mientras el calor del verano se vuelve asfixiante, la tensión entre Eva e Isabel va subiendo y subiendo sin que podamos ver hacia dónde ni cómo se podría resolver. Isabel vive obsesionada con que las cosas desaparecen de su casa. Desaparecen porque se las roban. La criada, quizá. Y ahora, Eva. ¿Adónde va a parar todo lo que no encuentra? Y la rabiosa indignación de siempre a veces se transforma sorprendentemente en «una sensación confusa de pérdida, como si a ella también la hubiesen sustraído de algún lugar y dejado donde no le correspondía».
Le he leído más de un párrafo a P. en voz alta para que se hiciera una idea del tono. Y esta es otra de las delicias de esta novela: hay decenas de párrafos memorables que me gustaría haber copiado, párrafos que tienen palabras como dardos exactos que siempre encuentran la diana del tono para causar el mayor efecto. Perturba, impacta, atrapa, La guardiana trata muchos temas interesantísimos con una fuerza psicológica en cada detalle que te arrolla y te deja deseando más.

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