Hijo de un zapatero pobre de provincias, Christopher Marlowe murió asesinado a los veintinueve años en una pelea de taberna en circunstancias poco claras. Fue un espía al servicio de la reina, muy conocido por sus obras de teatro y sus poemas transgresores, aunque no se publicó nada con su nombre mientras vivía. No se conocen ni se conserva ningún documento escrito por él. Gran parte de lo que sabemos sobre su vida procede de los informes de espías y confidentes o de declaraciones obtenidas mediante tortura. «No obstante, Marlowe es el hilo que nos guía a través de un laberinto de pasillos, muchos de ellos poco iluminados, peligrosos y plagados de secretos, y nos conduce hacia la luz. En el transcurso de su inquieta, desafortunada y breve vida, en su espíritu y en sus magníficos logros, Marlowe despertó el genio del Renacimiento inglés».
Stephen Greenblatt es un escritor fantástico. Lo descubrí leyendo El giro, un ensayo extraordinario sobre cómo el descubrimiento en el siglo XV de un manuscrito perdido de Lucrecio contribuyó a crear el mundo moderno. Leí también un par de libros suyos sobre Shakespeare que me parecieron amenísimos, y al recibir esta novedad sobre Marlowe, el gran rival de Shakespeare, no me pude resistir. Aunque al acabar este libro, me ha quedado la idea de que, más que rival de Shakespeare, fue en buena medida su precursor. Marlowe abrió el camino de una expresión teatral que antes de él no existía en Inglaterra, y el éxito de Shakespeare despegó después de la muerte de Marlowe.
Acompañado de unas descripciones jugosísimas sobre la vida teatral londinense, el retrato que Stephen Greenblatt hace de Marlowe es apasionante. Fue un hombre que cortejaba el peligro, que sentía una inclinación natural por las intrigas, las dobles vidas y las emociones desbocadas. Quizá sentía la emoción de los equilibristas, la adrenalina que da saber que un paso en falso puede provocar la muerte, y vivía con la seguridad insensata de sentirse capaz de salir airoso de cualquier situación. Con su carácter imprevisible e impetuoso, no se cortaba nunca de compartir con cualquiera sus opiniones sobre cuestiones como la religión, la jerarquía o la sexualidad en una época en la que la obsesión por las conspiraciones católicas contra la reina y la rigurosa moral protestante provocaban que por muy poco cualquiera pudiera acabar en el patíbulo.
Con sus obras, especialmente con Tamerlán, El judío de Malta y Fausto, «Marlowe encontró una manera de sacar los pensamientos prohibidos de los rincones oscuros y llevarlos a los escenarios públicos». En sus palabras, lo inaceptable y lo perseguido por la censura era aclamado por un público enfervorizado. Marlowe fue un genio perturbador. Sus obras buscaban provocar y lo conseguían. «Decían cosas sobre el poder, el dinero, los judíos, el infierno, la religión y el sexo que nunca se habían dicho así, al menos en público. Sobre todo, las decían con una franqueza asombrosa y una elocuencia fabulosa e inaudita».
Es inevitable pensar en el contraste enorme entre este hombre pendenciero y desaprensivo y el prudente y discretísimo William Shakespeare, poco dado a meterse en ninguna aventura. Junto a Thomas Kyd, Ben Jonson y un grupito reducido de hombres de letras, Marlowe y Shakespeare abrieron la grieta por la entró en tromba el renacimiento en Inglaterra. Fue un renacimiento oscuro, asaltado por epidemias de peste recurrentes, asesinatos, fervor por historias violentas y una censura moral feroz que obligaba a la poesía a contorsionarse para expresar su belleza. Este libro vibrante y apasionado, lleno de vida, es su homenaje.

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