Vivo en un país en el que la dieta vegana está al alcance de cualquiera que tenga un supermercado cerca y la voluntad de no provocar sufrimiento innecesario a los animales. Hoy en día, el 90% de los animales que existen en nuestro planeta son animales de granja destinados al consumo humano. Es decir, destinados a una vida de sufrimiento, agonía y muerte porque sus cadáveres nos saben rico. «Miles de millones de animales con un rico mundo de sentimientos, emociones, sensaciones, necesidades y miedos se pasan la vida como máquinas para producir carne, leche y huevos en cadenas de producción industrial». Es un sufrimiento industrializado y optimizado. Como el transporte de judíos por los nazis. Como el bombardeo de Gaza por los israelíes. La misma disociación entre la sensibilidad del que mata y la sensibilidad de la víctima. ¿Quién quiere estar de parte del que mata?
El que mata (tus padres, el carnicero del Alcampo, el 95% de la población) lo hace porque vive —vivimos— en una cultura alimentaria de la muerte. Esta cultura, llamada carnismo, nos permite pensar que es correcto y normal matar animales para alimentarnos. Ojo, pero solo ciertos animales. Pollos, cerdos, vacas, corderos, conejos, salmones, truchas, sardinas, en fin, todos sabemos cuáles son. Y todos sabemos cuáles no son. ¿A quién le apetece un perro a la brasa, un gatito en pepitoria, patitas de koala al pilpil? Hay animales para amar y animales para comer. Unos los veneramos y otros los torturamos y los descuartizamos para tragarnos sus pedazos. Todos nos dan satisfacción de alguna manera.
Es fácil seguir comiendo carne cuando, como la inmensa mayoría de la población occidental, lo has hecho toda la vida. Basta con seguir haciendo lo que has hecho siempre. Ni lo piensas. Coges las bandejas de pollo, la leche entera y la docena de huevos en el supermercado con la misma naturalidad inconsciente con la que te lavas los dientes o te montas en el coche para ir a trabajar. Si alguien te preguntara, responderías con extrañeza: ah, ¿pero es que se puede hacer de otra manera? La clave del éxito del carnismo es que es una ideología invisible. Su propio nombre, carnismo, es desconocido para la mayoría. Si no tiene nombre, no podemos hablar de ello. Y si no podemos hablar de ello, no podemos cuestionarlo.
Pero que no tenga nombre no es un hecho casual. A la industria cárnica le interesa mucho que el carnismo no entre en ninguna conversación y que, por lo tanto, no exista en la mente de la mayoría una alternativa a consumir sus productos. Y dedica enormes esfuerzos económicos a esconder de tu vista a los miles de millones de animales cuyos cadáveres terminan en tu plato. La razón es sencilla: saben perfectamente que si los vieras vivos, si convivieras con ellos, si fueras realmente consciente de su existencia —y, por lo tanto, de su atroz sufrimiento—, es muy probable que no te los comerías. Por lo general, a las personas nos resulta insoportable ver cómo sufren los animales. A la industria cárnica no solo le interesa que no lo veamos: lo que necesita para mantenerse es que la violencia intrínseca en la que se sustenta nos parezca tan normal como para defenderla y pagar por ella.
Este libro explica los mecanismos que permiten que la mayoría de los seres humanos apoyen prácticas inhumanas sin darse cuenta ni siquiera de lo que hacen. Prácticas inhumanas que no solo envenenan y matan a los animales: nos envenenan y nos matan a todos. La industria cárnica es de las más contaminantes del planeta y produce alimentos que se ha demostrado reiteradas veces que son extraordinariamente peligrosos para salud. Además, se lleva ingentes cantidades de dinero público. Nosotros, todos nosotros, somos los daños colaterales del carnismo.
Comer animales no es normal, no es natural y no es necesario. Y en España, en 2026, es facilísimo dejar de hacerlo. Solo hace falta un poco de información, un poco de empatía y convencernos de que la crueldad no tiene cabida en nuestra vida. Hacerme vegano ha sido una de las decisiones más transformadoras de mi vida. Comprometerme, como decía Leonardo da Vinci, a que «mi cuerpo no sea ya nunca más la tumba de otros animales», me ha cambiado por dentro. He dejado de disociar mis conductas alimentarias de mis principios y esto me ha conectado con convicciones profundas. Integrar mis decisiones diarias con mis valores me ha dado una nueva forma de estar en el mundo. La convicción de que todos y cada uno de los días mis hábitos alimentarios contribuyen a un mundo menos violento, más igualitario y más compasivo es muy poderosa. Es un viaje sin retorno.

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