Se acaba de publicar la quinta y última parte de la colosal biografía novelada sobre la vida de Mussolini, de Antonio Scurati. Llevaba años queriendo leerla y posponiendo el momento, quizá esperando a tener la obra completa, para poder devorarla del tirón. Aunque un atracón de tal calibre entraña sus riesgos: la exposición prolongada al fascismo no es muy recomendable para la salud mental. Puede producir desasosiego, abatimiento e, incluso, erupciones de ira extemporáneas difíciles de combatir. Pero con el veneno, Scurati nos regala también el antídoto, pues su prosa es a la vez retrato fiel y advertencia: todo lo que una vez pasó puede volver a ocurrir. No bajemos la guardia.
Esta historia monumental me ha removido mucho. Por muchos motivos. Y he aprendido hasta qué punto la historia del siglo XX sigue furiosamente viva en el siglo XXI. Por ejemplo, en todo lo que tiene que ver con la misoginia. Scurati cuenta que, tras la primera guerra mundial, las manifestaciones lideradas por mujeres dejaban a los hombres como Mussolini profundamente consternados. Que ellas se sumaran al debate político, que ambicionaran una participación en la vida pública resultaba intolerable para la dignidad masculina tal y como la entendían ellos. «A ese macho comerciante, autoritario, patriarcal, misógino, el grito antimilitarista y antipatriótico de mujeres y niños le hacía presagiar algo aterrador e inaudito: un futuro sin él».
Pero no solo veían a las mujeres como un peligro. Estos «jóvenes impregnados del romanticismo de la guerra» consideraban que los socialistas ponían en peligro el futuro que anhelaban. La victoria en la guerra les había sabido a derrota, porque no había habido nadie en su país para recibirlos con honores, y ahora no sabían qué hacer con la vergüenza, la frustración y la ira. Mussolini les daba una salida y un sentido de pertenencia que conectaba con una gloria ansiada y nunca alcanzada: la de una victoria triunfal en un país que los acogiera como héroes.
El fin de la guerra más devastadora que se recordaba había acelerado la historia. Europa estaba conmocionada ante la dimensión de la destrucción y de la muerte que ella misma había provocado. Y ahora, además, se veía atacada por todos los frentes por la gripe española, la peor pandemia desde la Edad Media. Se respiraba un aire a apocalipsis, a mundo nuevo que estaba naciendo con sangre, violencia y utopías. Revoluciones proletarias se incendiaban al sur y también al norte de los Alpes. Las mujeres salían a las calles a reclamar una igualdad inaudita. Los mapas cambiaban de la noche a la mañana. La inflación se disparaba. Los imperios desaparecían. Y millones de hombres jóvenes buscaban certezas en un nuevo sentido de patria. En esa patria de la que hablaban los fascistas.
Pero ¿qué eran los fascistas? Nadie lo sabía a ciencia cierta. Tampoco hoy. Se sabe qué no son. No son burgueses, no son socialistas, no son monárquicos. Son patriotas. Pero practican la antipolítica. Y la búsqueda de una identidad debe detenerse ahí. Así lo piensa Mussolini y sus secuaces. O lo deducen sin darle muchas vueltas. Tampoco son grandes pensadores. Se jactan de actuar sin pensar demasiado. La mayoría solo responden a la fuerza. Se emocionan cuando cantan sobre el honor y la muerte, y necesitan el odio para mantener el rumbo. Y a veces ni con esas se sabe qué pretenden. «Lo importante es ser algo que permita evitar los obstáculos de la coherencia, el lastre de los principios. Las teorías, y su consiguiente parálisis, Benito Mussolini se la deja de buena gana a los socialistas».
Scurati ha hecho una genial descripción de la posguerra europea: una época convulsa, inestable, «pura borrasca», caos constante, una época fértil para un movimiento como el fascismo italiano que renegaba de cualquier etiqueta y basaba su fuerza en la acción, en la explotación del rencor y en la impulsividad agresiva.
Describe algo terriblemente actual: cómo la retórica de la crueldad ensancha el marco de lo aceptable. Mientras sean otros los que dan palizas, los que matan, los que se ensucian las manos para que nosotros mantengamos nuestros privilegios, nosotros seguiremos mirando para otro lado o participando activamente desde la distancia, con la complicidad de las palabras, de los silencios y de los votos. Es una crueldad no solo normalizada, sino despreocupada. Juvenil, entusiasta, contestataria, afirmada desde emociones positivas de camaradería y espíritu alegre. Por eso cautiva. Porque para la mayoría, todo lo que provenga del entusiasmo cohesiona y atrae.
Es sobrecogedor el momento en el que la clase burguesa, que posee la riqueza, el ejército, la judicatura y la policía, se desmarca de la legalidad y se arma contra el proletariado para preservar sus privilegios. La violencia se ha dado por buena, todos los que no simpatizan con los comunistas consideran a los fascistas como un mal menor, un agente patógeno, virulento pero necesario para la supervivencia del organismo social. «Una especie de vacuna inoculada bajo la piel contra el socialismo». Esta «vacuna» tardaría apenas dos años en destruir por completo la democracia que pretendía salvar.
Mussolini les vendió a los italianos la idea de que solo los fascistas podían acabar con la violencia que ellos mismos habían promovido y desencadenado. Y que lo harían convirtiendo a los matones y a los asesinos en garantes de la justicia y custodios de la paz. Y la mayoría de los italianos bajaron la cabeza y le compraron la idea.
El desenlace de esta historia fue de los más terribles de la historia universal. Todos lo conocemos. ¿Qué ideas compraremos en un futuro para apaciguar nuestra angustia? ¿Ante qué violencias bajaremos la cabeza? ¿Qué nos obligará a mirar para otro lado una y otra vez hasta que no haya ningún otro lado en el que esconder la mirada?
