Qué libro más necesario e importante ha publicado Ana Marcos. He acabado la lectura lleno de admiración por su trabajo, por el tono que ha conseguido en estas páginas y la fuerza que trasmite desde la más honesta vulnerabilidad. Es un ensayo cortito (123 páginas) sobre la dificultad de identificar lo vivido como violencia. Como algo inaceptable. Como algo denunciable. Sobre la dificultad de identificarse como víctimas que sienten muchas mujeres que han sufrido violencia sexual.
Pasa con la mayoría de las violencias, pero con la violencia sexual es especialmente significativo. La violencia es lo que les pasa a las demás. Decir «a mí también me han violado» es un salto al vacío. Implica un coraje extraordinario. Admitir algo así es arriesgarse a que lo vivido vuelva una y otra vez, a reescribir la propia historia cada día y que duela cada día. Ante la violencia, el primer mecanismo de defensa es bloquear. Bloquear lo que ha pasado. Ignorarlo. Luego, minimizarlo. Quitarle importancia. No puede ser tan grave. El consentimiento se vuelve una línea difusa, sujeta a interpretación. Desoladoramente subjetiva.
«Vivimos en un sistema patriarcal muy efectivo en su misión de silenciar, cuando no integrar, las violencias contra las mujeres». El primer cuestionamiento es el que se hace una víctima a sí misma. Ana Marcos cuenta que cuando empezó a entrar en contacto con mujeres que habían vivido situaciones «raras» en el mundo audiovisual, le decían: «Vas a pensar que soy tonta». «Me escucho y parezco idiota». «¿Cómo me pudo pasar esto a mí?». Estos juicios sumarísimos que las víctimas se imponen, y que a menudo son el primer y definitivo dique contra la posibilidad de que sus testimonios salgan a la luz, son un ejemplo de lo bien cimentada que está la cultura de la violación.
Ana Marcos fue una de las tres periodistas cuya investigación en 2023 y 2024 destapó los abusos sexuales en el cine español e impulsó una serie de cambios culturales e institucionales. Y ha escrito este libro para contar cómo lo que ocurre en el mundo audiovisual es solo un ejemplo más de cómo opera la cultura de la violación y cómo las víctimas encuentran múltiples obstáculos para contar lo sucedido. «Ellas le habían abierto la puerta de su casa a su supuesto agresor porque, después de una noche de seducción, les apetecía. Los hechos que relatan sucedieron en un lugar donde solo había dos personas; sería su palabra contra la de un hombre reconocido en su sector profesional y protegido por un círculo de cineastas con cierto poder. ¿De dónde iban a sacar las fuerzas para explicarle a un policía, a una trabajadora social, a su propia psicóloga o tal vez a un juez lo que les había sucedido? ¿Por qué tenían que ser ellas las valientes? Puede que alguno de estos argumentos ayude a explicar por qué en España, según datos del Ministerio de igualdad, solo un 8% de las víctimas que sufren violencia sexual se atreven a denunciar».
«Ojalá sirva», se dice Ana Marcos —y les dice a las mujeres que le ofrecen su testimonio de violencia— cada vez que cierra un artículo, cada vez que se expone a la furia misógina por denunciar las violencias contra las mujeres. Este libro, junto con otros que he leído sobre este tema, me ha servido para volver un poco menos vergonzosa mi ignorancia, para nutrir mi capacidad de empatía, para entender que escuchar dignifica a quien escucha y a quien habla, para aprender, siempre, de situaciones que nunca viviré pero que siempre me tocan de cerca. Ojalá sirviera de más. Ojalá lo leyera más gente y su mensaje calara más. Pero ya sirve. Hablar, señalar, compartir, poner voz y cuerpo al maltrato, como hace Ana Marcos, siempre sirve.

No hay comentarios:
Publicar un comentario