martes, 1 de noviembre de 2016

SPQR

En uno de los primeros exámenes en la facultad me preguntaron algo sobre la fundación de Roma, su datación y sus repercusiones. Recuerdo que por entonces me lo tomaba muy en serio y me esmeraba en redactar con claridad todo aquel embrollo de Rómulo y Remo y la política de raptos y violaciones en masa como método para conseguir ciudadanía. De hecho, no se me ha olvidado aquella fecha, 753 a. C. Hoy me pregunto si los profesores disfrutaban confundiéndonos, si se irían después de clase a sus despachos riéndose maliciosamente por hacernos creer que lo que nos contaban eran hechos históricos. O si por el contrario se creían todo aquello, si pensaban que Eneas era de carne y hueso y había vuelto efectivamente de la Troya de Homero, prolongando su vejez unos quinientos años para fundar después la ciudad de Roma. Me pregunto si de veras creían que las ciudades se fundan, así, por decreto, o que los famosos gemelos sobrevivieron gracias a una loba de pezones acogedores. 

Es curioso cómo lo que nos cuentan en nuestra formación académica se nos queda ahí incrustado y lo difícil que es después desembarazarnos de ello. Por eso, aunque todo el mundo sepa que ciertas cosas no pudieron suceder tal y como nos las contaron por simple sentido común, viene muy bien que alguien autorizado nos lo diga y aproveche el detalle concreto para poner en duda todo el contexto que lo sustenta. "El trabajo de un historiador, y más si su campo es el mundo antiguo, es tratar de diferenciar entre hecho y fantasía", dice Mary Beard. Yo añadiría: diferenciar entre lo que es probable y lo que es improbable. Porque ya se sabe que el pasado es en realidad el relato de ese pasado. Y todo los relatos construyen, asocian e inventan la realidad que quieren contar. Una de las razones por las que me gustan tanto los libros de historia es esta: enseñan a desconfiar del pasado tal y como nos ha llegado y a dialogar con lo que posiblemente fue, en vez de asumir lo que sus protagonistas insisten en hacernos creer. Sirve para aprender historia antigua, por supuesto, pero también para comprender por qué aquel político ha mencionado a sus abuelos para insultar a otro político. Y sobre todo, para comprenderse mejor a uno mismo y establecer una relación con el propio pasado, y su relato, lo más flexible y dialogante posible. 

Mary Beard recibió hace unas semanas el Premio Princesa de Asturias. Es catedrática de Clásicas en Cambridge y una de las más reconocidas historiadoras del mundo en su campo. El mundillo académico, como tantos otros, es un coto privado de hombres, por lo tanto, que una mujer sea su referente global es una excelente noticia. Pero lo mejor es que Mary Beard es lo opuesto a lo que estamos acostumbrados a encontrar en un historiador: es mujer, es divertida, es feminista, viste de forma desenfadada (para muchos, estrafalaria) y le gusta tratar a Cicerón más como a un colega que como a una eminencia (trato que Cicerón no aprobaría, por cierto, ¡es una mujer!). El desparpajo de esta señora es un soplo de aire fresco en los rancios círculos de los historiadores. Y su relato de la historia de Roma es un diálogo divertido, refrescante e inteligentísimo entre su cabeza privilegiada y las fuentes escritas, en el que admira y saca los colores por igual a los historiadores antiguos con su mezcla de rigor y descaro.

SPQR es una historia de Roma en seiscientas páginas. ¿Qué decir sobre los casi diez siglos de historia (desde los inicios en el siglo VIII a. C. hasta el 212 d. C., año en que el emperador Caracalla concedió la ciudadanía a todos los habitantes del Imperio Romano) que recoge este libro? Por supuesto, por él desfilan los grandes personajes que aparecen en las guías turísticas, las grandes batallas y los grandes acontecimientos. Sin embargo, no se puede comprender la historia de una civilización solamente a través de las biografías de sus hombres ilustres. Sería como leer una biografía de Franco y pensar que ahí están las vidas de nuestros padres y abuelos. Conocer la vida de los grandes hombres (nunca de las mujeres, por cierto) no nos permite casi nunca ver de cerca el mundo en el que vivieron. Cómo eran las calles, a qué olían los portales de las casas, cuánto costaba una barra de pan o qué peligros conllevaban los embarazos. Lo cierto es que la población no notaba grandes cambios entre un gobierno y otro. El 99% de la población vivía al margen de las intrigas palaciegas y las grandes gestas, que ocupan a su vez el 99% de lo que nos cuentan los relatos contemporáneos y los libros de historia tradicionales. 

Una vez que sabemos lo que las fuentes nos quisieron contar, una vez que hemos aprendido de qué va la función, es mucho más interesante y divertido levantar una esquinita del telón y curiosear entre bambalinas. Ver a las mujeres y a los esclavos, a los indigentes y a los niños no deseados berreando desconsolados en los vertederos. Arrojar algo de luz en toda esa zona de sombra que ocupa la inmensa mayoría de la población y que constituye la verdadera esencia de esta civilización tan revolucionaria y asombrosa. Ahí es donde se suele cocer lo más jugoso de las historias y donde Mary Beard nos lleva con su mirada. Con muy pocos restos arqueológicos, sin apenas fuentes escritas, sin testimonios de primera mano, la vida cotidiana en la época romana es esencial para comprender su civilización. Y sin ella, su historia se queda en poco más que una consecución de batallitas más o menos emocionantes de unos hombres obscenamente ricos.

Los romanos no son un ejemplo pero nos enseñan muchas cosas. Muchas de sus ideas nos parecen injustas y sádicas, y otras, sin embargo, tan modernas que hasta finales del siglo XIX no se han dado las circunstancias necesarias para poder recuperarlas. Nuestra forma de entender el poder, la ciudadanía, la responsabilidad, la violencia política, el lujo, la tolerancia y la belleza es heredera directa de aquella civlización, y Mary Beard, con este libro excepcional, nos muestra que dialogar con los clásicos no solamente es divertido y apasionante, sino que nos enseña muchas cosas de nuestra propia manera de ver el mundo.

Mary Beard



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