lunes, 6 de mayo de 2024

CENIZA EN LA BOCA

Léeme despacio, me dicen las mujeres de esta historia. Léeme despacio, que nuestro veneno tiene que inocularse de a poquito. Léeme despacio, despacio, como acariciarías a una fiera de ojos inquietos que no sabes si te puede morder. Y eso hago. Leo despacio. Aunque la historia es urgente y me pide prisa, cierro el libro cada poco y me alejo de la fiera, digiero el veneno. No tiene sentido pasar corriendo por encima de todo este dolor. 

En el corazón de este dolor hay una niña rota por las ausencias de su mamá. Y una mamá rota por la desgracia de una vida sin horizontes, una mujer fea, flacucha, sin gracia, «fea de la voz, fea del sentido del humor», que «nadie en su sano juicio la iba a querer embarazar». Un enigma en torno a esa frase. Un precipicio de silencio. 

«La vida es así: las mamás queriendo abrazar a sus hijas lastimadas y las hijas lastimadas que no se dejan abrazar». No se dejan abrazar porque saben, quizá, que dentro de ese abrazo ha venido siempre la herencia del daño. 

La abuela le dice a la niña: 
«¿Para qué quieres saber quién es tu papá, para qué? Y yo bajaba la cabeza porque no sabía, pero quería saber. No sé qué quiero saber, pero quiero saber, le decía. Y entonces ella volvía al tema: Yo creo que la violaron, yo creo que eso fue lo que pasó, pero ya ves que tu mamá no dice nada y no suelta prenda y no quiere y no va a decir nada». 

En el corazón de esta historia late la xenofobia cotidiana de cada día. Las miradas que dicen: ¿de dónde eres?, ¿de qué país?, como forma educada y amable, e incluso bienintencionada, de dejar claro que tú eres de los otros, de los extranjeros, que tú no eres como el resto, que mientras tengas ese aspecto y hables así, tu origen siempre te va a impedir ser de aquí.

En el corazón de esta historia están las que les limpian el culo a tus padres cada día mientras tú tan feliz con haberlos aparcado en la residencia y verlos dos veces al mes y gracias. Son las que usan el transporte público y rompen las zapatillas de caminar cuando el bus no llega. Son las clandestinas, las de nombres invisibles porque el Estado español no las reconoce ni admite que se asienta sobre su trabajo precario y humillante. Son las que quieres que te agradezcan los trabajos que no les desearías nunca a tus hijos. Son las que no tienen derechos, las de piel oscura, cara distinta, andar esquivo, acento cálido. Son las que sostienen el engranaje de los cuidados, las indispensables durante la pandemia y tan intercambiables y desechables y siempre invisibles antes y después. Son los espejos de nuestro racismo cotidiano, nuestro clasismo espontáneo, los espejos de nuestras miserias en los que hemos aprendido a mirarnos sin ver. 

En el corazón de esta historia vive una familia con su México natal amputado. México no como país, sino como luz, como sabor, como baile y música a todo volumen, como vocabulario perdido en las brumas monocordes de Europa. 
«Yo te amaba, pero tú amabas el mar. ¿Quién llorará por mí si todos están ocupados llorándote a ti?»
Y, planeando toda la historia, todo el dolor, como un ave migratoria huyendo de la vida, está el salto al vacío, el impulso de romper con el dolor, de tragar todo el veneno de golpe, de buscarle los colmillos a la fiera a ver si es que muerde de verdad. Planeando toda la historia, la tentación del vacío: el miedo de que el dolor acabe triunfando sobre la propia voluntad. 




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