jueves, 19 de septiembre de 2019

UNA MUJER INOPORTUNA

Son ricos. Descaradamente ricos. Llevan tantas generaciones nadando en millones que ni siquiera conciben que se pueda realmente vivir de otra forma. Son elegantes y directos, caminan por el mundo como si este les perteneciera y consideran normal dictar titulares y sugerir a los periodistas qué noticias es mejor que no publiquen. Tampoco tienen reparos en pedirle a un comisario que no investigue esta estafa o aquel homicidio. No hay nada que deseen que no puedan obtener y ningún error o crimen que su dinero no pueda borrar. Son gente acostumbrada a la veneración pública, y si su vida es tan perfecta e intachable es simplemente porque son demasiado importantes como para que sus corrupciones queden registradas en algún sitio.

Son poderosos. Descaradamente poderosos. Pero su poder se asienta sobre la imagen que proyectan en los demás. Sobre el miedo en los ojos del periodista o del comisario cuando escuchan su apellido por teléfono. Su poder depende de la fascinación que provocan. Y no saben que tanto el miedo como la fascinación son volátiles, que esa cosa intangible tan importante para ellos llamada reputación se puede romper en mil pedazos con un simple error. Que un deseo prohibido puede hundir su posición social como una ráfaga de viento haría con un castillo de naipes. 

Dominique Dunne ha retratado en esta novela la vida frívola y desmesurada de las clases altas californianas de los años noventa. El protagonista, Jules Mendelson, es un experto en asuntos financieros, acostumbrado a llevar una vida basada en la respetabilidad y en el poder, en la influencia sobre la sociedad ejercida siempre por detrás, en la sombra, siempre en beneficio propio. Porque lo que es bueno para la familia Mendelson es también bueno para los demás. Y no hay nada en lo que Jules Mendelson crea con mayor fe. Sin embargo, no todo es dinero en la vida de las clases altas. Ni cenas elegantes. Ni cotilleos, ni trapicheos en la sombra. También hay deseo. Y tentaciones. Y un montón de cosas sencillas y normales que la moral cicatera estadounidense consideraría pecado inadmisible. 

Me ha gustado la prosa elegante de Dunne. Escribe con la fluidez de un buen bailarín y he disfrutado de las casi seiscientas páginas de Una mujer inoportuna como de un baile incansable y embriagador. Y me ha hecho pensar en la importancia que damos a la opinión de los demás para definir nuestra identidad. En cómo una decisión íntima puede destruir la vida de una persona. Y cómo la moral, esa moral mezquina y miserable heredada de tantos siglos de mojigatería cristiana, puede hundir en la miseria a las personas que osan desafiar los convencionalismos sentimentales. 

Esta novela me ha enseñado una vida que nunca conoceré, pero que no termina de resultarme ajena. Qué lejos pueden quedar ciertos lujos y cierta omnipotencia. Y qué cerca la furia de los que se ofenden por las intimidades de las vidas ajenas. 




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