domingo, 16 de julio de 2017

TANTOS DÍAS FELICES

Vincent y Guido son dos amigos con la vida resuelta y ganas de enamorarse. Inteligentes, ricos y despreocupados, son lo suficientemente jóvenes para desear salir por las noches a "pegar patadas a neumáticos y estallar botellas contra las paredes" pero, sin duda, demasiado distinguidos para semejantes desmanes. Guido conoce a Holly, una chica impenetrable, excéntrica y elegantísima que pronto se convierte en su obsesión, "mejor que cualquier fantasía, mejor que esos sueños adornadísimos que, por la mañana, dejan tras de sí un dulce sabor de felicidad inexplicable". Y Vincent, poco después, se topa con Misty, una compañera de trabajo nada nebulosa que, con su pesimismo combativo de clase proletaria, ejerce de perfecto contrapunto para el dandismo benevolente y pacífico del galán enamorado. Guido vive volcado en el arte, y aunque no hace más que vivir el momento, se pasa la vida analizando sus emociones. Mientras que Vincent, que como científico se dedica a analizar la realidad, se limita a vivir sin prestar atención a cálculo alguno. Con estos dos personajes, y sus respectivas parejas, Laurie Colwin ha creado una comedia encantadora y perspicaz sobre las complejidades del amor.

Ya me pasó con Felicidad familiar. Internarse en la literatura de Laurie Colwin es un chute de buen rollo y sutileza, con ese entusiasmo descontrolado y un pelín neurótico de las películas más alegres de Woody Allen. Es como volver de cenar con amigos y ponerse a analizar en el coche con tu pareja todos los detalles de la cena: fíjate lo que le ha dicho, y cómo se ha quedado callado cuando le has respondido que no podías ir, pues les he visto mejor que el año pasado pero, ¿has visto?, no se han tocado ni una sola vez, esta chica lo va a volver loco, pues yo creo que le va a a venir fenomenal, qué dices, que sí, le hace falta que alguien se lo ponga un poco difícil, que vaya por delante, que le haga esforzarse, mmm, pues quizá tengas razón, que lleva años acostumbrado a conquistas fáciles y ya le toca luchar un poco, y te has fijado que... Un cotilleo animado y mordaz, como todo buen cotilleo, ingenioso, cariñoso, con ese colmillito malévolo que convierte toda charla intrascendente en una fiesta del ingenio. 

Hablar de amor es hablar de misterio. De la perplejidad, a veces resignada, a veces feliz y entusiasta, que provocan sus vaivenes. Incluso cuando todo va bien y la vida fluye y la rutina se disfruta como un dulce, Holly siente la necesidad de buscarle alguna pega, de estropear un poquito el cuadro perfecto de su vida para hacerlo real y comprensible y así disfrutarlo mejor. Y se marcha sola a Francia tres semanas para experimentar la sensación de añoranza buscando la belleza a través de la imperfección, buscando romper la simetría que hace de cualquier relación algo armónico y estable, sólido y duradero, pero poco estimulante. 

Laurie Colwin
Los libros de Laurie Colwin podrían rozar la frivolidad si no realizara, con cada personaje, un análisis profundo y conciso de su cualidad humana. Están llenos de ideas sobre la vida, ideas divertidas, disparatadas, filosóficas, irónicas y extrapolables a cualquiera que haya sentido el vértigo de adentrarse en la vida adulta sin saber cómo hacerlo. No recuerdo a ningún escritor que trate a sus personajes con el cariño que les demuestra Laurie Colwin a los suyos. Su tono parece decir: queridos míos, qué locos estáis ¡y cómo os quiero!

Me cuesta escribir sobre los libros de esta autora y no decir tonterías. Mi cuaderno de notas está lleno de comentarios elogiosos, edulcorados y cursis como la carpeta de un adolescente que acaba de descubrir a Bécquer. Sus libros proporcionan esa felicidad efervescente de las comedias de Woody Allen y salgo de ellos medio enamorado, sintiendo el suelo blandito y una euforia íntima incontrolable. Y quiero más. Por favor, Libros del Asteroide, quiero más. Volver a ella. A su tono. A sus diálogos mordaces y sus personajes excéntricos y entrañables. Quiero más. Encerrarme con todos sus libros en una habitación y no salir en días, hasta que sus palabras me dejen la cabeza y el corazón con las sábanas revueltas. 



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