martes, 17 de diciembre de 2013

CÓMO GOBERNAR UN PAÍS

La primera impresión al hojear este librito de 128 páginas (en edición bilingüe, por cierto) es que lo que dice es muy evidente, muy obvio. Para los que hemos nacido en una democracia, nos parece impensable cualquier otra forma de gobierno. Nos parece de manual de Historia, de algo de otra época. Cicerón vivió en el siglo I a. C. y fue testigo de la degradación de los valores democráticos de la República Romana. De hecho, murió asesinado por orden de Marco Antonio en uno de los crímenes políticos más trascendentes de esos años. A partir de entonces, cuestionar la tiranía mediante la palabra iba a convertirse en una actividad de alto riesgo.

Este librito es una selección de los escritos políticos de Cicerón, que abarcan desde los requisitos necesarios para que un político merezca la responsabilidad de gobernar, hasta los problemas de corrupción, de inmigración o de libertad de expresión que hay que controlar. Todo muy lógico y extremadamente razonable. Pero pocos años después de su muerte, Roma se convertiría en un Imperio y la práctica democrática (aunque fuera una democracia de representación mucho menos directa que la nuestra) desaparecería de Occidente. Durante diecisiete siglos. Diecisiete siglos de política salvaje, amparada en la codicia, en la religión, en la legitimación divina de su tiranía. Desde Augusto a Napoleón, pasando por los Reyes Católicos y Luis XIV, diecisiete siglos durante los que los escritos de Cicerón no fueron más que una utopía. Luego llegaría la Revolución Gloriosa en Inglaterra (1688) y sobre todo la Independencia de EEUU (1776), cuya constitución redactarían prudentes lectores de los escritos políticos de este libro, para traernos de vuelta, muy poco a poco, el que quizá sea el menos malo de los sistemas políticos posibles. 

Si la primera impresión que produce este libro es la obviedad, la segunda es la perplejidad por su modernidad. Ningún político de este país está a la altura de las exigencias de integridad de Cicerón. Éste le sacaría los colores a cualquiera de ellos en un debate en el Congreso. Me atrevería a decir que le dejaría mudo, acomplejado y con ganas de meterse debajo de la cama una temporadita. Y también me parece preocupante que este libro parezca tan obvio. La corrupción, la cobardía y la ambición criminal de una clase política pueden liquidar una democracia de muchas maneras. Para conjurar ese peligro y mantener el estado de alerta, propongo que leamos un poquito a Cicerón, así, como en este libro, a cucharaditas dirigidas. Quién sabe qué diecisiete siglos nos esperan. 

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