¡Qué historia más bonita! Al leerla he pensado en un buzo. Un buzo que pasa horas nadando en profundidades donde los demás solo ven oscuridad. Y que, gracias a ese esfuerzo y esa paciencia, a veces encuentra tesoros ocultos para los que vivimos en la superficie. Alix Garin escribió esta historia en 2021, cuando tenía tan solo veinticuatro años, y me parece un prodigio que se atreviera a bucear a tamaña profundidad y que, además, supiera transmitir los tesoros que encontró con tanta generosidad y delicadeza.
La abuela de Clémence decae día a día desde que vive en la residencia. Cada vez reconoce menos su entorno, se siente prisionera y, cuando tiene oportunidad, se escapa. No para de decir que quiere ir a la casa de su infancia, la que tenían sus padres en la playa, que la están esperando, que deben de estar muy preocupados, por favor, que la dejen ir. Hasta ahora la han encontrado siempre ilesa, pero su salud se va resintiendo poco a poco, y a su nieta le parte el alma verla así cada vez que va a visitarla.
Un día, incapaz de soportar ser testigo de ese deterioro, Clémence decide hacer una locura: hacer caso a los ruegos recurrentes de su abuela y llevarla a la casa de la playa. A más de diez horas de coche. Quizá, quién sabe, así podrá su abuela conectar con su pasado, ver la casa con sus propios ojos y asumir el paso del tiempo. El Alzheimer, como siempre, tiene sus propias reglas y tiende sus trampas de las maneras más insospechadas.
Alix Garin ha escrito una historia dulce y emocionante, sencilla y triste, sobre los impulsos que mueven el amor y sobre un reencuentro que también es una despedida. Me ha recordado un poco a Las gratitudes, de Delphine de Vigan, por ese temblor que te produce en las profundidades de la emoción mientras te saca una sonrisa cómplice. Esta novela gráfica recibió multitud de premios en 2021, creo que se los merece todos.
