lunes, 2 de febrero de 2026

EL JARDINERO Y LA MUERTE

Cuando era pequeño, muy pequeño, me iba a dormir con miedo. Miedo a la oscuridad. Mi madre dejaba la puerta de mi habitación un poco abierta y la luz apagada que entraba del pasillo mantenía a raya los temblores. Pero yo no me dormía. Y esperaba. Esperaba a que mi madre apagara la luz del salón. A que fuera a su habitación y se lavara los dientes. Registraba cada ruido que hacía con toda mi atención y un gusanillo de expectación en la tripa. Cuando se apagaba la luz de su habitación y oía el murmullo de su edredón, empezaba la cuenta atrás. Unos segundos. Un poquito más. Un poquito más. Y, sigiloso como un duende, me deslizaba al suelo, me armaba de valor para cruzar a toda velocidad el temible pasillo oscuro como boca del diablo, entraba en su habitación y me metía en su cama con la sensación triunfal de haberme salvado una noche más de todos los peligros. 

Este libro es un homenaje a un padre. A un padre que se muere. Como todos los libros de duelo, de alguna forma también es un canto a la nostalgia por una infancia perdida. A ese mundo flexible e infinito en el que había una figura grande y todopoderosa que nos salvaba de todos los peligros. 

El padre de Gueorgui Gospodínov tenía un jardín como quien tiene un idioma. «El jardín era su otra vida posible, la voz callada y todo lo que había quedado sin decir. Hablaba a través de él, y sus palabras eran manzanas, cerezas, grandes tomates rojos. Lo primero que hacía cuando yo llegaba eran enseñármelo. Cada vez era distinto». «Me pregunto si las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos que yacen bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos. Sí, mi padre era jardinero. Ahora es jardín». 

Hay poesía en cada página. Poesía desnuda que emociona como emocionan las cosas cotidianas cuando se las mira con calor. El autor habla de las palabras que no se dicen, de la difícil, casi imposible, comunicación emocional entre padres e hijos, especialmente cuando lo que se intenta tocar es la vulnerabilidad y la decadencia del cuerpo. Me ha recordado muchísimo a Cuando el final se acerca, de mi admiradísima Kathryn Mannix. «Por qué nadie nos enseña qué hacer con la muerte de los otros? ¿Por qué nadie nos enseña cómo se muere, cómo debemos morir?».  

«La enfermedad fuerza a que se den las conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada. De repente, la persona a tu lado, cuya presencia has dado por inalterable, empieza a brillar con su mortalidad, se vuelve traslúcida y frágil. El hilo de su vida se alumbra como aquellas telarañas bañadas en sol que se hacen visibles de repente en otoño». 

También escribe sobre un don que tenía su padre y que es raro y maravilloso y que también ha tenido siempre mi madre: la capacidad de asombro y de percibir lo sublime en las cosas cotidianas. Para el padre del autor, lo sublime podía estar en todas partes. En las cosas que la mayoría de la gente no ve, o simplemente desdeña. Con esta capacidad, hasta una boñiga de búfalo puede adquirir las cualidades de una catedral. La maravilla no está en el objeto, sino en la capacidad de captar lo excepcional. Si en la mirada no hay calor para prender la belleza de las cosas, estas nunca devolverán el calor que contienen a quien las contempla. 

Cuando un padre o una madre se mueren, a veces una parte de nuestra infancia muere también. El recuerdo de aquel refugio calentito se marchita, como las flores de un jardín sin su jardinero. Este libro quizá sea un intento de mantener con vida aquellas flores del recuerdo. Un refugio en el que la oscuridad nunca pueda dar miedo.