jueves, 26 de febrero de 2026

EMMIE ARBEL. EL COLOR DE LOS RECUERDOS

Normalmente, mientras leo un libro voy escribiendo la reseña que publicaré después. Es un proceso paralelo: la lectura y la escritura sobre la lectura. Supongo que lo hago gracias a que la distancia que tomo al leer me permite pensar en lo que leo y conectarlo con otras ideas. Sin embargo, con este cómic no he podido tomar esa distancia. No he tomado ni una nota mientras lo leía. Ninguna idea me ha venido a la cabeza fuera de sus páginas. Ha sido una inmersión profunda sin conexión con el mundo exterior. Una inmersión en esos azules oscurísimos, casi negros, de muchas de las ilustraciones: el color de los recuerdos de Emmie Arbel. 

Emmie Arbel nació en Holanda en 1937 y con apenas cinco años fue deportada a un campo de concentración. Sus abuelos y sus padres murieron. Ella sobrevivió junto a sus dos hermanos. En tres frases se puede resumir todo el horror del mundo. Un horror visto y leído tantas veces, que, sin embargo, en esta novela gráfica encuentra nuevos modos de expresarse gracias a la maravillosa capacidad de Barbara Yelin para usar los dibujos y los colores, y para situar las palabras y su relación con ellas en un espacio seguro de delicadeza y silencio. 

Emmie Arbel vive ahora en Israel. Viaja repetidamente a Alemania para dar charlas como superviviente del Holocausto. Lo hace para dar testimonio. Siente que es su deber, por duro que le resulte. Su infancia y juventud estuvieron marcadas a fuego por la violencia, los abusos, el silencio y la soledad. Pero también por la rebeldía, el humor y una determinación poderosa que la mantuvo a flote en los momentos más difíciles. Hablar es lo que la protegió de la locura. Hablar con su terapeuta, con sus hermanos, con un público extranjero cada vez más ajeno a la tragedia de su vida. Las palabras, y tener con quien compartirlas en un espacio seguro, son las que la salvaron y la salvan. 

Por momentos, me ha recordado a Los surcos del azar o El abismo del olvido, de Paco Roca, no tanto por la estética sino por la forma de tratar la memoria histórica con un respeto y un cuidado admirables. Basándose en encuentros personales y numerosas conversaciones con Emmie Arbel, Barbara Yelin, la autora del maravilloso cómic Irmina, ha dado voz y pintura a unas memorias perturbadoras que ofrecen más preguntas que respuestas sobre el poder y el sentido de la memoria. 




lunes, 23 de febrero de 2026

VÍCTIMAS PERFECTAS

Los palestinos no son del todo seres humanos. Son ante todo víctimas. O terroristas. Cualquiera de estas dos categorías los sitúa en un plano ajeno a nuestra mirada. O los miramos con compasión o los miramos con condena, pero nunca a los ojos, de tú a tú. De yo a yo. Por eso mismo, los palestinos no son vistos como testigos fiables. Cuando aparecen en medios de comunicación no son entrevistados por las experiencias, los análisis o el contexto que puedan aportar. No reciben las condolencias que reciben sus homólogos israelíes. Los invitan para interrogarlos. Y no les dejan hablar hasta que condenan la violencia. La violencia que ellos, o alguien como ellos, han cometido o podría cometer, se entiende. No la violencia que reciben, esa violencia normalizada, omnipresente y tan invisible que a ningún israelí le preguntan nunca por ella. 

Los palestinos son víctimas sospechosas. Y para que sean aceptables, para que sean perfectas, necesitamos que sean pobres, mudas e individuales. Es decir, excluidas, sin relato propio y sin colectivo que comparta sus experiencias. Necesitamos que sean Anna Frank, pero no para estremecernos por el destino colectivo que su vida ejemplifica, sino para decirnos «pobre niña» con extrañeza y pasar a otra cosa. Los palestinos son los otros. Y mientras sigamos pensando así, seguiremos viendo su muerte —su genocidio— como algo ajeno a nuestra condición humana. Como algo que les ocurre a quienes no son como nosotros y, por lo tanto, con quienes no podemos llegar nunca a identificarnos del todo. 

En Tengo un nombre, Chanel Miller contó con sobrecogedora valentía la violación que sufrió y el proceso judicial que la siguió. E hizo mucho hincapié en cómo la opinión pública la forzaba a asumir su papel de víctima bajo unas coordenadas muy concretas. Me he acordado de ella al leer este ensayo de Mohamed El-Kurd porque, al igual que para empatizar de verdad con una mujer víctima de violación esta tenía que estar sobria e ir vestida de forma recatada, consideramos que las víctimas palestinas deben encajar en patrones estereotipados: deben ser mujeres, niños o ancianos, y si son hombres, deben mostrarse sumisos y derrotados. Como si la rabia, la agresividad o el desafío no fueran emociones aceptables tras una violación o tras el asesinato de los tuyos. Como si la única forma aceptable de reaccionar ante la violencia más innombrable fuera bajar la cabeza y lamentarse. 

«No somos humanos de forma automática, por la virtud de ser humanos: nos humanizan según nuestra proximidad a la inocencia —esto es, a la blanquitud, la educación, la riqueza material, el compromiso, la colaboración, la neutralidad, la no violencia, la indefensión, la ausencia de futuro—». 

El relato de la resistencia francesa contra la ocupación nazi, que todos damos por sentado, fue que la virtud era luchar contra el ocupante: un francés resistente era un héroe, un francés neutral era sospechoso, un francés colaboracionista era un traidor. El relato de la resistencia palestina contra la ocupación sionista, que todos damos por sentado, es que la virtud es colaborar con Israel: un palestino colaborador es sensato, un palestino neutral es sospechoso, un palestino resistente es un terrorista. 
Del héroe al terrorista hay un viaje muy corto: el francés se parece mucho más a nosotros que el palestino. El francés siempre será de los nuestros, el palestino nunca lo será. Y da igual lo que hagan y lo que piensen.

¿Por qué la violencia ejercida contra los nazis la consideramos legítima mientras que la violencia ejercida contra los sionistas la consideramos reprobable? Si te expulsan de tu tierra, te deshumanizan, te desprecian, te persiguen, te amenazan, te encarcelan, matan a tus familiares, matan a tus amigos, asaltan sus funerales, profanan tus creencias, entierran tu futuro en bombas y más bombas mientras te llaman escoria y alimaña, ¿no vas a tener el derecho a la dignidad de defenderte? 

Este es el libro más brillante sobre Palestina que he leído hasta ahora. Filosófico, apasionado, indignado, lírico, abrumadoramente clarividente, describe la desposesión de la identidad que el mundo occidental inflige a los palestinos para hacerlos encajar en el asfixiante corsé de una idea de víctima que humilla y deshumaniza. Los palestinos son mucho más que ese pueblo de pobres condenados, merecedores de la ira y la desconfianza, que, en el mejor de los casos, nuestra infinita piedad de misioneros elegidos elige salvar para calmar nuestra conciencia. Los palestinos podemos ser todos. Solo hay que dejar de verlos como víctimas o como terroristas, como víctimas perfectas, y empezar a verlos como son: seres humanos como nosotros, como todos. 




jueves, 19 de febrero de 2026

POR QUÉ AMAMOS A LOS PERROS, NOS COMEMOS A LOS CERDOS Y NOS VESTIMOS CON LAS VACAS

Vivo en un país en el que la dieta vegana está al alcance de cualquiera que tenga un supermercado cerca y la voluntad de no provocar sufrimiento innecesario a los animales. Hoy en día, el 90% de los animales que existen en nuestro planeta son animales de granja destinados al consumo humano. Es decir, destinados a una vida de sufrimiento, agonía y muerte porque sus cadáveres nos saben rico. «Miles de millones de animales con un rico mundo de sentimientos, emociones, sensaciones, necesidades y miedos se pasan la vida como máquinas para producir carne, leche y huevos en cadenas de producción industrial». Es un sufrimiento industrializado y optimizado. Como el transporte de judíos por los nazis. Como el bombardeo de Gaza por los israelíes. La misma disociación entre la sensibilidad del que mata y la sensibilidad de la víctima. ¿Quién quiere estar de parte del que mata?

El que mata (tus padres, el carnicero del Alcampo, el 95% de la población) lo hace porque vive —vivimos— en una cultura alimentaria de la muerte. Esta cultura, llamada carnismo, nos permite pensar que es correcto y normal matar animales para alimentarnos. Ojo, pero solo ciertos animales. Pollos, cerdos, vacas, corderos, conejos, salmones, truchas, sardinas, en fin, todos sabemos cuáles son. Y todos sabemos cuáles no son. ¿A quién le apetece un perro a la brasa, un gatito en pepitoria, patitas de koala al pilpil? Hay animales para amar y animales para comer. Unos los veneramos y otros los torturamos y los descuartizamos para tragarnos sus pedazos. Todos nos dan satisfacción de alguna manera.  

Es fácil seguir comiendo carne cuando, como la inmensa mayoría de la población occidental, lo has hecho toda la vida. Basta con seguir haciendo lo que has hecho siempre. Ni lo piensas. Coges las bandejas de pollo, la leche entera y la docena de huevos en el supermercado con la misma naturalidad inconsciente con la que te lavas los dientes o te montas en el coche para ir a trabajar. Si alguien te preguntara, responderías con extrañeza: ah, ¿pero es que se puede hacer de otra manera? La clave del éxito del carnismo es que es una ideología invisible. Su propio nombre, carnismo, es desconocido para la mayoría. Si no tiene nombre, no podemos hablar de ello. Y si no podemos hablar de ello, no podemos cuestionarlo. 

Pero que no tenga nombre no es un hecho casual. A la industria cárnica le interesa mucho que el carnismo no entre en ninguna conversación y que, por lo tanto, no exista en la mente de la mayoría una alternativa a consumir sus productos. Y dedica enormes esfuerzos económicos a esconder de tu vista a los miles de millones de animales cuyos cadáveres terminan en tu plato. La razón es sencilla: saben perfectamente que si los vieras vivos, si convivieras con ellos, si fueras realmente consciente de su existencia —y, por lo tanto, de su atroz sufrimiento—, es muy probable que no te los comerías. Por lo general, a las personas nos resulta insoportable ver cómo sufren los animales. A la industria cárnica no solo le interesa que no lo veamos: lo que necesita para mantenerse es que la violencia intrínseca en la que se sustenta nos parezca tan normal como para defenderla y pagar por ella. 

Este libro explica los mecanismos que permiten que la mayoría de los seres humanos apoyen prácticas inhumanas sin darse cuenta ni siquiera de lo que hacen. Prácticas inhumanas que no solo envenenan y matan a los animales: nos envenenan y nos matan a todos. La industria cárnica es de las más contaminantes del planeta y produce alimentos que se ha demostrado reiteradas veces que son extraordinariamente peligrosos para la salud. Además, se lleva ingentes cantidades de dinero público. Nosotros, todos nosotros, somos los daños colaterales del carnismo. 

Comer animales no es normal, no es natural y no es necesario. Y en España, en 2026, es facilísimo dejar de hacerlo. Solo hace falta un poco de información, un poco de empatía y convencernos de que la crueldad no tiene cabida en nuestra vida. Hacerme vegano ha sido una de las decisiones más transformadoras de mi vida. Comprometerme, como decía Leonardo da Vinci, a que «mi cuerpo no sea ya nunca más la tumba de otros animales», me ha cambiado por dentro. He dejado de disociar mis conductas alimentarias de mis principios y esto me ha conectado con convicciones profundas. Integrar mis decisiones diarias con mis valores me ha dado una nueva forma de estar en el mundo. La convicción de que todos y cada uno de los días mis hábitos alimentarios contribuyen a un mundo menos violento, más igualitario y más compasivo es muy poderosa. Es un viaje sin retorno. 



lunes, 16 de febrero de 2026

ORGULLO Y PREJUICIO

Después de leer el libro sobre las novelas de Jane Austen de Cristina Oñoro me pregunté: ¿me gustarán a mí tanto como a ella? Es el peligro de las alabanzas, te ponen las expectativas por las nubes y luego uno no para de dar saltitos como loco intentando hacerlas bajar al mundo real sin conseguirlo. A veces P. me dice después de leer el blog: jo, es que me gustan más los libros en tus reseñas que después de haberlos leído. Lo cual me deja entre halagado y preocupado por si mi admiración me estará llevando a sentirme demasiado a gusto en el superlativo. En fin, pienso que siempre es mejor pecar de admirativo que de criticón. Y quiero pensar que a veces consigo ajustar bien mi entusiasmo a su objeto. Igual que sin duda hizo Cristina Oñoro en su libro, como he podido comprobar y disfrutar con la lectura de Orgullo y prejuicio. 

Ha sido un placer continuo. No es que no me lo esperara. Pero, a pesar de conocer la historia por la película protagonizada por Keira Knightley, me lo he pasado pipa con todos los giros y recovecos de la historia, en ningún momento se me ha hecho larga o aburrida, y me ha dejado el cuerpo a gustito y el ánimo despierto y ligero, dispuesto a seguir el ejemplo de la maravillosa Elizabeth Bennet y tomármelo todo con su ligereza irónica a prueba de ansiedades, ceños fruncidos y grandiosidades. 

En los tiempos que corren, leer a Jane Austen no es solo refugiarse hacia dentro en un mundo pasado, es también armarse de herramientas emocionales primordiales para afrontar este loco y quebradizo mundo actual. Así que las razones para volver a este clásico son muchas, lúdicas y prácticas, y el placer continuo de leerlo se lo tengo que agradecer también a la fantástica traducción de Concha Cardeñoso, a la cuidadísima edición de Alma en esta edición ilustrada y exuberante, a la compañía de P., que lo ha leído casi a la vez y con la que he compartido un montón de párrafos e impresiones de los personajes, a la serie de la BBC de 1995 con Colin Firth y Jennifer Ehle que hemos visto a la vez que leía la novela y a poder imaginar la voz de Jane Austen en el carácter de su protagonista, una de las mejores heroínas de novela clásica que he leído nunca. Aunque a años luz en estética e intenciones, a la altura de los mejores personajes femeninos de Galdós. 

¿Con qué me quedo? Con tantas cosas. Por ejemplo, con la ironía de Elizabeth, con su socarronería, su ligereza, su increíble libertad para expresar sus opiniones y no adaptarse ni conformarse con la voluntad ajena. También con la vergüenza que a veces siente por algunos miembros de su familia cuando los mira con los ojos de los demás —lo que me ha conectado en una pirueta un poco inverosímil con la vergüenza de los desclasados que describe Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí—. Con su forma de afrontar las adversidades con la mejor de las disposiciones y de no tomarse en serio nunca nada más que lo estrictamente necesario. En fin, un lujo, un bálsamo. Y me queda el anhelo de tener a una tía Jane siempre cerca. Una voz que estimula, sana y abriga. 




jueves, 12 de febrero de 2026

EL RENACIMIENTO OSCURO

Hijo de un zapatero pobre de provincias, Christopher Marlowe murió asesinado a los veintinueve años en una pelea de taberna en circunstancias poco claras. Fue un espía al servicio de la reina, muy conocido por sus obras de teatro y sus poemas transgresores, aunque no se publicó nada con su nombre mientras vivía. No se conocen ni se conserva ningún documento escrito por él. Gran parte de lo que sabemos sobre su vida procede de los informes de espías y confidentes o de declaraciones obtenidas mediante tortura. «No obstante, Marlowe es el hilo que nos guía a través de un laberinto de pasillos, muchos de ellos poco iluminados, peligrosos y plagados de secretos, y nos conduce hacia la luz. En el transcurso de su inquieta, desafortunada y breve vida, en su espíritu y en sus magníficos logros, Marlowe despertó el genio del Renacimiento inglés». 

Stephen Greenblatt es un escritor fantástico. Lo descubrí leyendo El giro, un ensayo extraordinario sobre cómo el descubrimiento en el siglo XV de un manuscrito perdido de Lucrecio contribuyó a crear el mundo moderno. Leí también un par de libros suyos sobre Shakespeare que me parecieron amenísimos, y al recibir esta novedad sobre Marlowe, el gran rival de Shakespeare, no me pude resistir. Aunque al acabar este libro, me ha quedado la idea de que, más que rival de Shakespeare, fue en buena medida su precursor. Marlowe abrió el camino de una expresión teatral que antes de él no existía en Inglaterra, y el éxito de Shakespeare despegó después de la muerte de Marlowe. 

Acompañado de unas descripciones jugosísimas sobre la vida teatral londinense, el retrato que Stephen Greenblatt hace de Marlowe es apasionante. Fue un hombre que cortejaba el peligro, que sentía una inclinación natural por las intrigas, las dobles vidas y las emociones desbocadas. Quizá sentía la emoción de los equilibristas, la adrenalina que da saber que un paso en falso puede provocar la muerte, y vivía con la seguridad insensata de sentirse capaz de salir airoso de cualquier situación. Con su carácter imprevisible e impetuoso, no se cortaba nunca de compartir con cualquiera sus opiniones sobre cuestiones como la religión, la jerarquía o la sexualidad en una época en la que la obsesión por las conspiraciones católicas contra la reina y la rigurosa moral protestante provocaban que por muy poco cualquiera pudiera acabar en el patíbulo. 

Con sus obras, especialmente con Tamerlán, El judío de Malta y Fausto, «Marlowe encontró una manera de sacar los pensamientos prohibidos de los rincones oscuros y llevarlos a los escenarios públicos». En sus palabras, lo inaceptable y lo perseguido por la censura era aclamado por un público enfervorizado. Marlowe fue un genio perturbador. Sus obras buscaban provocar y lo conseguían. «Decían cosas sobre el poder, el dinero, los judíos, el infierno, la religión y el sexo que nunca se habían dicho así, al menos en público. Sobre todo, las decían con una franqueza asombrosa y una elocuencia fabulosa e inaudita». 

Es inevitable pensar en el contraste enorme entre este hombre pendenciero y desaprensivo y el prudente y discretísimo William Shakespeare, poco dado a meterse en ninguna aventura. Junto a Thomas Kyd, Ben Jonson y un grupito reducido de hombres de letras, Marlowe y Shakespeare abrieron la grieta por la que entró en tromba el renacimiento en Inglaterra. Fue un renacimiento oscuro, asaltado por epidemias de peste recurrentes, asesinatos, fervor por historias violentas y una censura moral feroz que obligaba a la poesía a contorsionarse para expresar su belleza. Este libro vibrante y apasionado, lleno de vida, es su homenaje. 




lunes, 9 de febrero de 2026

EL FIN DE LA PACIENCIA

Esto es algo que me ronda la cabeza desde hace años como un mal pensamiento. Una sombra del ánimo que zumba incansable y que se proyecta en multitud de actividades cotidianas. No estamos reaccionando como la crisis climática parece exigirnos. Ni los políticos, ni las empresas, ni los medios de comunicación. Pero tampoco nosotros, en nuestras conversaciones, en nuestras preocupaciones. Hay una barrera invisible entre lo que está ocurriendo y nuestra capacidad para asumirlo. Ante esta disonancia cognitiva elegimos no ver, no hablar, no actuar. El mundo avanza sonámbulo hacia el precipicio, enfrascado en continuas disputas identitarias sobre temas efímeros que nos hacen creer que estamos despiertos y atentos, cuando la realidad es que no dedicamos ni un minuto de atención real a lo que se nos viene encima. Y lo peor, cuando se nos interpela, pensamos que no podemos hacer nada al respecto. 

Es trágico que no haya consensos sobre políticas climáticas. Se trata de la supervivencia, al fin y al cabo. De garantizar la viabilidad de la especie humana y en general de la vida en la Tierra tal y como la conocemos. Y estamos inmersos, desde hace ya varias décadas, en una profunda desconfianza sobre cualquier posibilidad real de transformación social. El fin de la historia nos ha abocado al fin de la esperanza. Ya no creemos realmente en un futuro mejor. Vivimos en una época de esperanza cancelada. Pensar que las próximas generaciones puedan llegar a vivir igual de bien que las anteriores parece el colmo del optimismo. Cuando cada vez más gobiernos abrazan el negacionismo y más personas pierden la capacidad de imaginar un mundo mejor, ¿cómo pensar en revertir la emergencia climática?

Xan López, miembro del Insituto Meridiano de políticas climáticas y sociales, defiende que actuar ante la crisis climática es un imperativo moral y que debemos hallar un consenso al respecto que nos una como sociedad ante esta emergencia que nos afecta a todos. Frente a aquellos que se aferran a los combustibles fósiles, al negacionismo climático y a la desesperanza por un mundo definitivamente roto, ofrece esperanza para renovar una organización social que nos permita construir políticas a la altura de los retos que afrontamos. No podemos seguir esperando, no podemos seguir siendo pacientes. Hay que actuar. Cada acto cuenta. 



jueves, 5 de febrero de 2026

LA GUARDIANA

Vaya historión. Madre mía. Hacía mucho tiempo que no leía una novela tan intensa, tan contundente en sus conflictos y tan delicada en la forma de describirlos y resolverlos. ¿Cómo es posible que sea la primera novela de su autora? Pensé lo mismo cuando leí Comerás flores, de Lucía Solla Sobral. Si esto es lo primero que publica, ¿qué maravillas nos tiene reservadas? Yael van der Wouden ha escrito una historia tensa, desasosegante, que se siente como una blusa demasiado estrecha, un aliento confuso pegado a la piel. Se lee con la respiración entrecortada y una fascinación oscura y obsesiva por ver cómo crece y se ramifica la tensión. 

Holanda, verano de 1961. Isabel vive sola en la casa de campo donde se ocultó casi veinte años atrás con su madre y sus dos hermanos huyendo de las bombas y del hambre que sufrían en Ámsterdam. No ve a casi nadie, apenas sale y su vida está regida por rutinas férreas que le dan seguridad. Hasta el día en que su hermano mayor le pide que aloje temporalmente a Eva, una novia suya, mientras él está de viaje por trabajo. Y todo en lo que creía firmemente va poco a poco desplazándose hasta lugares más ambiguos, amenazando con derrumbar por completo el edificio previsible de su vida. 

«Eva se aposentó en la casa con agitado alboroto, como una abeja aprisionada en un cuarto con todas las ventanas cerradas. Manoseaba las cosas, comentaba las cosas que manoseaba, preguntaba sobre ellas, se paseaba por los jardines con un cigarrillo en la mano, toqueteando los brotes de los arbustos y los troncos de los árboles. Isabel la evitaba. Isabel la observaba desde las ventanas de arriba. Isabel se clavaba las uñas en las muñecas y exhalaba el aire lentamente por la nariz». 

En esta novela se mastica la inquietud en cada página. Hay silencios que no se cortarían ni con el mejor cuchillo. Mientras el calor del verano se vuelve asfixiante, la tensión entre Eva e Isabel va subiendo y subiendo sin que podamos ver hacia dónde ni cómo se podría resolver. Isabel vive obsesionada con que las cosas desaparecen de su casa. Desaparecen porque se las roban. La criada, quizá. Y ahora, Eva. ¿Adónde va a parar todo lo que no encuentra? Y la rabiosa indignación de siempre a veces se transforma sorprendentemente en «una sensación confusa de pérdida, como si a ella también la hubiesen sustraído de algún lugar y dejado donde no le correspondía». 

Le he leído más de un párrafo a P. en voz alta para que se hiciera una idea del tono. Y esta es otra de las delicias de esta novela: hay decenas de párrafos memorables que me gustaría haber copiado, párrafos que tienen palabras como dardos exactos que siempre encuentran la diana del tono para causar el mayor efecto. Perturba, impacta, atrapa, La guardiana trata muchos temas interesantísimos con una fuerza psicológica en cada detalle que te arrolla y te deja deseando más. 




lunes, 2 de febrero de 2026

EL JARDINERO Y LA MUERTE

Cuando era pequeño, muy pequeño, me iba a dormir con miedo. Miedo a la oscuridad. Mi madre dejaba la puerta de mi habitación un poco abierta y la luz tenue que entraba del pasillo mantenía a raya los temblores. Pero yo no me dormía. Y esperaba. Esperaba a que mi madre apagara la luz del salón. A que fuera a su habitación y se lavara los dientes. Registraba cada ruido que hacía con toda mi atención y un gusanillo de expectación en la tripa. Cuando se apagaba la luz de su habitación y oía el murmullo de su edredón, empezaba la cuenta atrás. Unos segundos. Un poquito más. Un poquito más. Y, sigiloso como un duende, me deslizaba al suelo, me armaba de valor para cruzar a toda velocidad el temible pasillo oscuro como boca del diablo, entraba en su habitación y me metía en su cama con la sensación triunfal de haberme salvado una noche más de todos los peligros. 

Este libro es un homenaje a un padre. A un padre que se muere. Como todos los libros de duelo, de alguna forma también es un canto a la nostalgia por una infancia perdida. A ese mundo flexible e infinito en el que había una figura grande y todopoderosa que nos salvaba de todos los peligros. 

El padre de Gueorgui Gospodínov tenía un jardín como quien tiene un idioma. «El jardín era su otra vida posible, la voz callada y todo lo que había quedado sin decir. Hablaba a través de él, y sus palabras eran manzanas, cerezas, grandes tomates rojos. Lo primero que hacía cuando yo llegaba eran enseñármelo. Cada vez era distinto». «Me pregunto si las flores no son realmente los periscopios secretos de los muertos que yacen bajo ellas observando el mundo a través de sus tallos. Sí, mi padre era jardinero. Ahora es jardín». 

Hay poesía en cada página. Poesía desnuda que emociona como emocionan las cosas cotidianas cuando se las mira con calor. El autor habla de las palabras que no se dicen, de la difícil, casi imposible, comunicación emocional entre padres e hijos, especialmente cuando lo que se intenta tocar es la vulnerabilidad y la decadencia del cuerpo. Me ha recordado muchísimo a Cuando el final se acerca, de mi admiradísima Kathryn Mannix. «Por qué nadie nos enseña qué hacer con la muerte de los otros? ¿Por qué nadie nos enseña cómo se muere, cómo debemos morir?».  

«La enfermedad fuerza a que se den las conversaciones no mantenidas, la intimidad aplazada. De repente, la persona a tu lado, cuya presencia has dado por inalterable, empieza a brillar con su mortalidad, se vuelve traslúcida y frágil. El hilo de su vida se alumbra como aquellas telarañas bañadas en sol que se hacen visibles de repente en otoño». 

También escribe sobre un don que tenía su padre y que es raro y maravilloso y que también ha tenido siempre mi madre: la capacidad de asombro y de percibir lo sublime en las cosas cotidianas. Para el padre del autor, lo sublime podía estar en todas partes. En las cosas que la mayoría de la gente no ve, o simplemente desdeña. Con esta capacidad, hasta una boñiga de búfalo puede adquirir las cualidades de una catedral. La maravilla no está en el objeto, sino en la capacidad de captar lo excepcional. Si en la mirada no hay calor para prender la belleza de las cosas, estas nunca devolverán el calor que contienen a quien las contempla. 

Cuando un padre o una madre se mueren, a veces una parte de nuestra infancia muere también. El recuerdo de aquel refugio calentito se marchita, como las flores de un jardín sin su jardinero. Este libro quizá sea un intento de mantener con vida aquellas flores del recuerdo. Un refugio en el que la oscuridad nunca pueda dar miedo.