sábado, 28 de marzo de 2026

VACACIONES

Gente bonita:
Del lunes 30 de marzo al domingo 5 de agosto estaremos cerrados por descanso. 
Esperamos que paséis unos días con mucha lectura de reserva. Y si no, ¡nos vemos a partir del lunes 6 de abril!

















jueves, 26 de marzo de 2026

ERAN HERMANAS

«En este libro parece que no pasa nada, pero cuando lo terminas te das cuenta de la inmensidad de lo que te ha contado», me dijo una amiga hace unas semanas. Y no puedo estar más de acuerdo. 

Ambientado en la Inglaterra rural, la historia se centra en la vida doméstica de tres hermanas, muy distintas entre sí, que ven cómo el rumbo de sus vidas depende mucho de las personas con las que viven. Sus maridos son o demasiado buenos o no suficientemente buenos, lo cual termina casi siempre en desgracia. Sus vidas son un ejemplo de que la elección de la persona con la que decides compartir tu espacio determina tu vida hasta límites insospechados. 

Vera, Lucy y Charlotte se casan con tres maridos radicalmente diferentes: Lucy elige a un marido amigo y cómplice, algo desatento pero siempre dispuesto a apoyarla, que le trae una gran alegría; Vera se casa con un hombre sociable y complaciente, que no le pone límites y finalmente la aburre; y Charlotte se enamora perdidamente de un marido abusador y cruel que convierte a una joven ingenua y llena de energía en una mujer profundamente infeliz. La violencia conyugal contra las mujeres y su indefensión dentro del matrimonio es un tema frecuente en las novelas de Dorothy Whipple. Le tocó vivir una época en Gran Bretaña, antes de la reforma de las leyes de divorcio, en la que los hombres tenían plena libertad para dominar y sojuzgar la voluntad de sus mujeres y de sus hijos a su capricho, y reflejó esa realidad en sus novelas con una agudeza psicológica admirable. 

Me ha gustado mucho la descripción del vínculo tan fuerte que une a estas tres hermanas. Aunque a menudo les cuesta crear intimidad entre ellas, aunque el río de sus vidas tan diferentes, con todas las experiencias y circunstancias que no han podido compartir nunca, corre entre ellas sin que puedan imaginar cómo construir puentes para cruzar las aguas turbulentas, son hermanas y se quieren y no importan las circunstancias de sus vidas que puedan separarlas. Las une un vínculo más profundo y resistente que cualquier hombre o cualquier desgracia. 

Dorothy Whipple es una maestra en las descripciones del mundo de la infancia y sus emociones constantes, una infancia amenazada constantemente por la toxicidad de los adultos, pero que lucha por proteger su inocencia en cada juego y en cada ilusión. También transmite muy bien las dinámicas del abuso psicológico y el trauma que provoca en los niños, la angustia permanente, la hipervigilancia de cada gesto y cada palabra para no provocar una nueva oleada de violencia de su padre. Como si se pudiera evitar. Como si de alguna manera fuera su culpa. 

Lucy y su sobrina Judith son las luces de la novela. Uno querría ir siempre de vacaciones a cualquier sitio donde ellas estuvieran. Ellas nos recuerdan que nos pasamos la vida buscando personas con las que compartir nuestros placeres, que nos escuchen con verdadera ilusión y a las que escucharíamos durante horas sin interrupción. Cuando las encontramos nos damos cuenta de que eso que llamamos felicidad puede estar ahí, en una simple conversación compartida con ojos luminosos. 




lunes, 23 de marzo de 2026

CRECER CON PADRES DIFÍCILES

Es una sensación rara. Un dolor difuso que se arrastra en el tiempo. Años y años, de forma inconsciente. Por momentos no se nota. Parece que desaparece. Y luego vuelve y avasalla, y no deja espacio para nada más. Unas veces vuelve cuando las personas tienen hijos y revisan su relación con sus propios padres a la luz de su nueva responsabilidad parental. Otras veces va creciendo poco a poco cuando la madurez nos permite más perspectiva o cuando otras preocupaciones vitales se disipan y le dejan hueco. Lo he observado en conversaciones con amigos cada vez con más frecuencia. También en películas y libros recientes de autores de mi generación. Es un dolor que cuesta expresar. Que incluso cuesta identificar como dolor. Pero cuando se nombra, parece que todo el mundo sabe de qué está hablando. 

¿Y cómo sale en conversaciones con amigos? Pues a menudo con preguntas. ¿Cuando os vais de viaje vuestros padres también os piden el nombre de los sitios donde vais a dormir con el itinerario completo o me pasa solo a mí? ¿A vosotros vuestra madre os ha pedido perdón alguna vez? ¿Ha aceptado voluntariamente haberos hecho daño por un error suyo? ¿Vuestros padres también piensan que saben mejor que vosotros lo que os conviene, y os lo hacen saber a menudo? ¿También os hacen sentir que nunca están del todo satisfechos con vosotros, con cómo los tratáis o con la frecuencia con que los visitáis? ¿También juzgan vuestras decisiones como si no fuerais adultos del todo, como si quisieran supervisarlo todo, desde el sofá que os compráis hasta cómo educáis a vuestros hijos? ¿No sentís que siempre se están quejando de algo, que siempre son víctimas de algún agobio? ¿También exageran sus logros o mienten para ocultar lo que les da vergüenza asumir? ¿También os llaman egoístas en cuanto intentáis ponerles un límite? 

Muchas personas han crecido con padres difíciles. Que, a su vez, es muy posible que crecieran también en familias difíciles. Y, aunque quizá al convertirse en padres se propusieran no reproducir con sus hijos lo que vivieron en su infancia, sin una capacidad consciente de autocrítica es muy difícil que no reproduzcan los patrones que les resultan familiares. Salir de ese círculo vicioso es complicado. Requiere la capacidad para analizar los comportamientos propios a la luz de los ajenos y la voluntad de responsabilizarse de los errores con la voluntad de repararlos. Los padres difíciles que describe este libro pueden educar en la libertad, la autonomía, la seguridad y en todos los valores positivos para una vida plena y sana. Pero, a la vez, con sus conductas cotidianas pueden provocar en sus hijos sentimientos de culpa, baja autoestima, un exceso de responsabilidad emocional, una autoexigencia desproporcionada y, en definitiva, un trauma que afecte a su comportamiento y a su salud mental con efectos a largo plazo. 

Sarah Davies, psicóloga especializada en trauma relacional, defiende que los padres narcisistas no tienen por objetivo atacar a sus hijos de manera individualizada, sino que sus comportamientos responden a una manera natural de actuar y de ser. No suelen tener desarrollada la capacidad de observarse, criticarse y asumir la responsabilidad de sus actos o de sentir remordimientos como el resto, lo que hace que sea muy complicado que cambien sus conductas. En lugar de asumir su responsabilidad, culpan a otra persona, niegan los hechos o desvían la atención a otro lado, lo que supone una respuesta distorsionada y muy dañina para las personas que las rodean. 

El narcisismo parental y sus efectos están muy normalizados e integrados en lo más profundo de las dinámicas familiares. La mayoría de las personas los han presenciado o sufrido, aunque quizá no los hayan identificado como disfuncionales. Es lógico. Las conductas con las que uno se cría, en las que se desenvuelve y que nadie señala como tóxicas o dañinas se vuelven normales, parte del paisaje. Rasgos de carácter. «Es que él es así. Hay que aceptarlo como es». Más todavía en una cultura mediterránea como la nuestra, en la que la familia suele tener una importancia muy grande en nuestra socialización y en la que los padres se perciben durante todas las etapas de la vida como figuras centrales de autoridad. Por eso a veces cuesta tanto reconocer que se ha crecido en una familia difícil. ¿Qué hacer con el conflicto permanente que provoca? ¿El malestar que deja? ¿La tensión, el mal rollo, la sensación de fracaso y de culpa? Nada de eso es normal. No es responsabilidad de los que lo sufren. Nadie tiene por qué aguantarlo. 

Este ensayo trata sobre un malestar subterráneo, a veces silencioso, pero siempre presente, que recorre el día a día de muchas personas. Es muy difícil ponerle palabras a este malestar, a este tipo de trauma tan interiorizado, y empezar a encontrar soluciones que las alivien y les hagan sentirse y tratarse mejor, con más compasión y amabilidad. Creo que este libro ofrece un apoyo valioso que puede resultar muy útil. 



jueves, 19 de marzo de 2026

CUANDO EL MUNDO DUERME

«Cuando el mundo duerme, surgen los monstruos. Ya tenemos muchos monstruos entre nosotros. En primer lugar, nuestra indiferencia». Francesca Albanese es lo contrario de la indiferencia. Relatora especial de la ONU sobre la situación de los derechos humanos en Palestina, es una de las voces más claras y apasionadas de la conciencia occidental en relación al genocidio palestino. En este libro reúne a diez personas que han significado mucho para ella para ayudarla —ayudarnos— a entender mejor cómo vive y muere el pueblo palestino y a preservar contra viento y marea el «vicio de la esperanza». Escucharla y leerla me conmueve y me despierta, agita mi espíritu crítico y me da fuerza para seguir hablando de Palestina. 

«Generaciones de personas han crecido viendo cómo su tierra, día tras día, sigue siendo arrancada de debajo de sus pies como si fuera una alfombra, lo que ha desencadenado una lucha interminable por la casa, por la dignidad, por todo lo que debería darse por sentado». Con este libro he imaginado lo inimaginable para la mayoría de occidentales: qué ocurre, qué se siente cuando te quitan tu casa y destruyen tu escuela, tu lugar de trabajo, tu tierra. ¿Quiénes somos sin los lugares donde vivimos? Para muchos palestinos, la casa no es el lugar donde viven, es el hogar que tuvieron que dejar atrás, es el hogar arrebatado por los colonos israelíes, derribado por las excavadoras israelíes, destruido para siempre por las bombas israelíes. Cuando tu hogar se ha perdido y todas tus casas son refugios provisionales, ¿qué haces con esas raíces al aire que duelen cada día por el ansia de volver a enraizarse?

A los palestinos se les arrebata la infancia, se les intoxica la inocencia, la capacidad de creer en la convivencia pacífica con los ocupantes. Viven presos en un sistema que les inocula desconfianza y temor, ansiedad y odio. En sus incontables entrevistas con niños palestinos, Francesca Albanese no paraba de escuchar las mismas preguntas: «¿Cómo es posible que nos esté pasando esto, si se supone que todos tenemos garantizados tantos derechos?». Perciben la justicia como algo que merecen los demás, en otros lugares del mundo, en la tele, en los libros, pero no ellos. Para ellos, la justicia es algo inalcanzable. 

Cuando la gente habla de Israel como la única democracia de oriente próximo, pienso: ¿Qué legitimidad puede tener un país, de qué democracia puede enorgullecerse cuando trata a una parte importante de su población como una amenaza colectiva, como terroristas, como animales humanos? ¿Se puede hablar de «conflicto» en una situación como esta? Un conflicto requiere de dos partes relativamente comparables. Dos interlocutores que puedan al menos reconocerse como tales. Israel y Palestina no lo son. Israel nunca ha reconocido a Palestina como interlocutora. Israel es la ocupante y Palestina la ocupada, una es la colonizadora y la otra la colonizada. Solamente la voluntad de Israel, más allá de toda evidencia, de seguir presentándose como víctima ante el mundo en vez de como potencia colonial y genocida, permite seguir hablando de «conflicto». 

Durante varios meses, Francesca Albanese estuvo entrevistando a niños palestinos para elaborar un informe para la ONU. Lo hizo por videoconferencia porque el gobierno israelí le negó una vez más la posibilidad de entrar en Israel. De sus entrevistas concluyó que los niños palestinos tienen cuatro miedos principales: miedo a morir de forma violenta, miedo a que sus padres mueran de forma violenta, miedo a ser arrestados o que arresten a sus padres y miedo a que les arrebaten o destruyan sus casas. La distancia entre estos miedos y los miedos de la mayoría de los niños occidentales es estremecedora.  

Francesca Albanese vive amenazada de muerte. Sus actos públicos han sido custodiados por furgones policiales antidisturbios porque los que acuden a escucharla son sospechosos de simpatizar con el terrorismo. Está en una lista negra de Estados Unidos (junto con los jueces y fiscales del Tribunal Penal Internacional que han acusado a miembros del gobierno israelí de genocidio) por connivencia con el terrorismo y ser una «amenaza para la economía global» y solo puede usar dinero en efectivo porque le han congelado las cuentas bancarias. No puede recibir transferencias, ni donaciones, ni su sueldo, ni comprar un billete de avión por internet. No puede dar conferencias ni entrar en Estados Unidos —a pesar de ser funcionaria de la ONU— ni colaborar con universidades, profesores u ONG. Poca gente se atreve ya a tener relación con ella. No porque no la apoyen, sino porque desde el verano de 2025 la Administración de Estados Unidos es una amenaza tal hacia todos que nadie se siente seguro. 

Y, a pesar de todo, desprende una generosidad y un arrojo que no dejan de admirarme. Transmite una corriente poderosa de energía y nos recuerda que la esperanza es una disciplina, una predisposición vital ante la vida. Un hábito que es indispensable cultivar para intentar llevar algo de luz en el reducido espacio que nos toca habitar. Y que la tristeza y la rabia son fuerzas poderosas que pueden transformarse en determinación para seguir creyendo en el fin del genocidio y de la opresión del pueblo palestino. 




lunes, 16 de marzo de 2026

GRANDE

«Érase una vez una niña con una gran sonrisa, un gran corazón y también sueños muy grandes». Era grande toda ella y a la hora de comer se lo zampaba todo con placer. Los adultos se reían de felicidad. Qué grande eres, le decían. Y ser grande era una cosa buena, saludable, admirable. Fue creciendo y sus sueños crecieron con ella. Y crecieron sus risas y creció todo lo que aprendía. Y seguía siendo una cosa buena. Hasta que todo empezó a cambiar. 

Las miradas cambiaron. Cambió la felicidad con que la miraban comer. Cambió su forma de estar entre los demás niños. Grande ya no sonaba tan bonito en la voz de los demás. Sonaba a susurro. A dedo que señala. Sonaba a vergüenza. Notaba las miradas y las risas de los niños y las niñas que no eran tan grandes como ella. Las notaba en el cuerpo, pegadas, como algo que picaba y dolía y que no podía quitarse de encima. 

«Empezó a sentirse una niña diferente, fuera de lugar, expuesta, juzgada. Y, a la vez, invisible». ¿Por qué tenía que ser diferente? ¿Por qué no podía ser normal, una niña como las demás? ¿Por qué todos se esforzaban por que cambiase? ¿Por qué a nadie le gustaba como era?

Este es un cuento precioso sobre una niña que es demasiado grande para las convenciones sociales. Las personas que la rodean se empeñan en encerrarla con palabras que hieren, en decirle de muchas maneras que su cuerpo no es correcto y que es culpa suya no ser como las demás. Que es culpa suya que se rían de ella, que la aíslen, que la señalen. Es un cuento para aprender a mirarnos la gordofobia con que nos han educado y decir basta. La protagonista solo quiere ser ella misma, habitar su cuerpo sin culpa. Sentirse bien. Como tú y yo. Como cualquiera. 





jueves, 12 de marzo de 2026

EL SENTIDO DE CONSENTIR

Llevo unos años dándole vueltas a la idea del consentimiento. A cómo las personas imponen su voluntad a las demás mediante un lenguaje que no admite réplica. O que, ofreciendo la posibilidad de una réplica, contiene en sí mismo una advertencia sobre las posibles represalias en caso de no ceder. Creo que es un aprendizaje. Todos cometemos errores. Todos, de una forma u otra, hemos usado un lenguaje coercitivo con otras personas en algún momento, vulnerando su consentimiento. Y todos hemos sido víctimas, de una u otra forma, de este tipo de dominación. Aprender a detectarlo cuando lo provocamos y cuando lo sufrimos es el primer paso para dejar de reproducir el daño que provoca y poner el consentimiento en el centro de todas las relaciones. 

Clara Serra escribe en este pequeño ensayo sobre el consentimiento sexual desde un punto de vista filosófico, jurídico y político. Publicado a principios de 2024, al calor de la polémica suscitada por la aprobación de la ley del «solo sí es sí», plantea la duda sobre si el consentimiento es un concepto lo suficientemente claro y transparente como para garantizar por sí solo relaciones saludables. Porque parece claro que en ciertos contextos puede haber un consentimiento viciado. Podemos decir sí a cosas que no queremos, solo porque pensamos que la alternativa puede ser peor. Incluso, también, porque sentimos que es imposible negarnos. Cualquiera que haya estado en una relación con una persona violenta sabe que dar consentimiento no siempre garantiza bienestar ni libertad ni buen trato: a veces solo sirve para evitar otra bronca, otro estallido, otro golpe.

Sin embargo, el consentimiento es fundamental. Sin él, ninguna relación humana puede establecerse en igualdad. Clara Serra argumenta que el consentimiento, aunque imprescindible, tiene límites. «No es una varita mágica que lo puede todo». Es una herramienta imperfecta que deberíamos usar para tratar de relacionarnos mejor, teniendo siempre en cuenta que el contexto determina cada situación de forma diferente y que el deseo habita en un margen de sombra que no se puede regular sin negarlo. 

Me ha parecido un ensayo muy estimulante, te confronta, te hace pensar fuera de ciertos marcos que nos suelen parecer intocables y te desafía a pensar sobre el consentimiento con radicalidad sin ceder a posturas de trinchera. 




lunes, 9 de marzo de 2026

EL ARCOÍRIS DE LA EVOLUCIÓN

La diversidad sexual y de género se ha considerado tradicionalmente una patología. Según la ciencia, las abuelas y Jeanette Winterson, lo virtuoso, lo correcto y lo deseable siempre ha sido ser «normal». Es decir, ajustarse al estrecho marco binario que la tradición y los prejuicios han construido a lo largo de los siglos para los seres vivos. Ser «normal» sigue siendo hoy en día la aspiración máxima de la mayoría de la sociedad, no solamente por miedo a que la diversidad ponga de manifiesto nuestra ignorancia, sino porque salirnos de la norma —quien no haya sufrido nunca la tiranía de los estereotipos de género miente o no se conoce— conlleva castigos inmediatos e implacables. 

Una educación basada en los roles sexuales y de género no es solo una educación que fomenta los prejuicios y la ignorancia: es una educación que fomenta el sufrimiento. La tiranía de lo normativo establece que lo más habitual debe ser norma y que todo lo demás debe ser ocultado, silenciado, sofocado, censurado o directamente suprimido. Ante esta tiranía, que cada vez amenaza más la vida de la gente al alcanzar puestos de poder en gobiernos y organizaciones de todo el mundo, me parece más necesario que nunca reivindicar la diversidad sexual y de género de la naturaleza y de las personas para defendernos de la violencia que se nos quiere imponer en nombre de mitos, prejuicios y mentiras.

A veces pienso en estos señores que se ofenden profundamente cuando les sugieres que, ya que no se van a molestar nunca en limpiar las salpicaduras de orina que dejan en la taza y en el suelo todos los días, al menos podrían mear sentados. ¿Qué pensarían si supieran que en el mundo animal existen familias de múltiples géneros, que los roles sexuales son reversibles, que las ovejas macho más heterosexuales mean sentadas y son abrumadoramente «femeninas», que hay matriarcados por doquier y que muchas sociedades son más cooperativas que competitivas, que hay hembras veinte veces más grandes que sus machos respectivos, que algunos machos y hembras bisexuales y homosexuales tienen relaciones sexuales en parejas, tríos o cuartetos, y que existen miles de formas diversas de expresión sexual y de género que dejan a nuestro binarismo como un intento ridículo de poner diques al mar? Ay, Darwin, qué vieja se quedó tu teoría de la selección sexual. Hoy en día, con el conocimiento científico a nuestro alcance, identificarse fielmente con una masculinidad tradicional es el camino perfecto a una ridícula insignificancia. 

Este ensayo fascinante de Joan Roughgarden desafía desde una perspectiva biológica buena parte de lo que nos han enseñado sobre la identidad de género y la orientación sexual. Explica cómo la diversidad natural se desarrolla a partir de la acción de genes y hormonas y cómo las personas llegamos a diferir entre nosotros en todos los aspectos del cuerpo y del comportamiento. Defiende que las distinciones que hacemos entre grupos de población y que dan origen al privilegio y la exclusión y todo tipo de discriminación tienen mucho más que ver con mitos sociales que con realidades científicas. Si miramos a nuestro alrededor con la curiosidad y la objetividad que nos brinda la ciencia, nos daremos cuenta que nuestra comprensión de la diversidad humana hará mucho más difícil que señalemos al otro como extraño. 

La tolerancia hacia lo diferente o lo diverso está menguando. El miedo y la vuelta a valores conservadores —concebidos como refugio para contrarrestar la sensación de que nos han robado la esperanza— dirigen la intolerancia hacia las personas diversas, culpándolas de todos los males imaginables. Este libro lúcido y valiente, en la línea del maravilloso Hembras, de Lucy Cooke, o incluso de Trans, de Shon Faye, es el auténtico refugio contra las políticas de la crueldad. Y, a la vez, un arma poderosa de conocimiento que ofrece resistencia, luz y esperanza para imaginar una convivencia humana y natural más respetuosa y compasiva. 



jueves, 5 de marzo de 2026

PRIMA FACIE

Una chica de la periferia pobre de Londres consigue entrar en Cambridge y convertirse en una abogada penalista de éxito. Pero no todo es un camino de rosas. Las dudas la asaltan a cada paso. ¿Estará a la altura? ¿Qué pensarán sus compañeros cuando se enteren de dónde viene? ¿Podrá ocultarlo? ¿Conseguirá ser esa otra persona que todo el mundo espera que sea? Y si lo consigue, ¿cómo la alejará eso de su familia y sus orígenes? ¿Podrá ser a la vez la abogada de éxito y la hija de una limpiadora?
 
La primera parte de esta novela trata sobre la vergüenza de clase y el orgullo de clase entremezclados. La protagonista se siente a menudo avergonzada en los entornos elitistas en los que ha entrado gracias a su formación en Cambridge. Avergonzada no solo por su ignorancia, sino por no saber qué cosas no sabe. Está permanentemente alerta para no dejar traslucir que ella no pertenece a ese mundo, que en realidad es una impostora cuando se pone la indumentaria de abogada y se codea con la élite en el tribunal. Y, a la vez, qué orgullo haber llegado tan lejos gracias a su esfuerzo. Qué orgullo, también, poder mirar con conciencia crítica todo ese privilegio tan ostentoso que los niños ricos que la rodean exhiben con absoluta normalidad. Pero aun así, ¿qué hacer con ese sentimiento de extrañamiento y a la vez con la constante necesidad de aceptación y de validación?

Pronto este conflicto de clase —que tan bien describió Noelia Ramírez en Nadie me esperaba aquí— va dejando paso a otro tema todavía más candente. Hasta la abogada defensora más inteligente y despiadada de Londres no es más que una posible víctima cuando siente que un hombre la está persiguiendo por calles oscuras de camino a su casa. El aplomo que demuestra cada día ante el juez y los jurados se desvanece y aprieta el paso, aun cuando quizá el hombre que la llama unos pasos por detrás solo quiera devolverle el móvil que se ha dejado en el pub. 

Ella está convencida de que si hace bien su trabajo, la justicia prevalecerá. Qué fácil es creer que si en el jurado de un juicio por agresión sexual hay mayoría de mujeres el veredicto será más favorable a la víctima. ¿Por qué a las mujeres les cuesta tanto creer a otras mujeres? ¿Es porque el presunto agresor ha contratado a una abogada para defenderle y piensan que si esta lo considerara culpable no lo defendería? ¿O es porque si dieran credibilidad al relato de la víctima tendrían que asumir que algo muy parecido también les ha pasado a ellas, o a sus hermanas, o a sus madres, y eso las obligaría a reabrir ese pozo de dolor que tan bien consiguieron cerrar en el pasado? 

Esta novela electrizante, que primero fue una obra de teatro y un guion cinematográfico, cuenta la historia de una abogada especializada en la defensa de agresores sexuales que cree ciegamente en la necesidad de demostrar la duda razonable en todo testimonio. Hay que ir siempre más allá de lo que a primera vista —prima facie— aparece ante el juez. Hasta que un día es víctima de la violencia que sufren al menos una de cada tres mujeres y se encuentra en el lado opuesto del banquillo, y descubre que las reglas que siempre ha defendido no están escritas para ellas. 

Me ha parecido una novela vibrante, demoledora. A veces he tenido que cerrar el libro y respirar porque la herida que cuenta crece y palpita entre las palabras y ya no se puede seguir tocando con la mirada. Ojalá muchos lean esta historia y entiendan. Es de los libros que sacuden y transforman. 






lunes, 2 de marzo de 2026

CINCO MESES DE INVIERNO

Diciembre de 1941. En Honolulu, capital de Hawái, la vida es apacible, a pesar de la actividad constante en las bases militares. El capitán del ejército, Joe McGrady, ahora incorporado a la policía de Honolulu, tiene que lidiar con un jefe que no le aprecia ni respeta en su primer caso: un asesinato extraño en un cobertizo apartado. La tensión va en aumento, en paralelo a la preocupación por un ataque japonés, y el caso va enredándose e implicando cada vez a más personas, algunas de ellas muy interesadas en resolverlo cuanto antes... O en no resolverlo de ninguna manera. 

James Kestrel ha escrito una novela que es mucho más que una investigación policial: es una historia épica de cómo impactó la segunda guerra mundial en el Pacífico y sus consecuencias visibles e invisibles en una serie de personajes que buscan respuestas para construir su identidad. James Kestrel vive en Hawái y ha pasado mucho tiempo en Taiwán, Hong Kong y Japón. Y se nota que conoce muy bien estos lugares cuando describe los viajes que se ve obligado a hacer el detective Joe McGrady tras la pista de su sospechoso, mientras la flota japonesa avanza en secreto hacia Pearl Harbor, dispuesta a lanzar el primer golpe de la confrontación militar más cruenta de la historia. 

La historia transcurre durante cinco meses de invierno, los cinco diciembres de 1941 a 1945, entre Hawái, Hong Kong y Tokio. Me ha encantado visitar esos lugares, no muy frecuentes en mis lecturas, y menos en aquella época tan convulsa. La escritura de James Kestrel es evocadora, dura, capaz de detenerse en detalles de una belleza conmovedora, pero siempre ágil en los diálogos y en el ritmo. El equilibrio entre investigación policial y trama histórica me ha parecido estupendo y me ha gustado mucho la indagación en temas universales como la traición, la supervivencia, el sufrimiento o el amor más allá de toda esperanza. Dennis Lehane, Stephen King o Lee Child la han elogiado mucho y no me extraña. Un gustazo de principio a fin.