viernes, 19 de junio de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: LIBROS QUE HURGAN Y LIBROS QUE ACARICIAN

Paso buena parte de la tarde recomendando libros para el verano. Es decir, generalmente libros ligeros, sin demasiada carga emocional ni intelectual, libros para pasar todas esas horas de vacaciones tan deseadas durante el resto del año que a veces, cuando llegan, vienen cargadas de aburrimiento o de compañías poco estimulantes. Debo decir que nunca falta la maravillosa (y excéntrica) excepción que arrambla con media sección de filosofía para pasar un agosto entretenido en la casa del pueblo, pero las peticiones de ayuda que recibo suelen ser del tipo:  

"Quiero un libro que termine bien. Que te deje con un buen sabor de boca, que para dramas ya está la vida." 
"Quiero un libro que no me haga pensar, entretenido, ya sabes."
"Quiero un libro facilón, así de verano, de playita."

Siempre sonrío cuando me piden estas cosas y me esfuerzo por encontrar y acertar con ese pedacito de felicidad intrascendente que me vienen reclamando. Pero a veces me pongo un poco más reflexivo y me pregunto si de verdad puedo contentarme con eso: con los finales felices, con buenos sabores, con no pensar. Con la comodidad de leer siempre variaciones más o menos originales del mismo libro, con sus tramas y sus finales cortados con el molde de nuestras expectativas y nuestros gustos prefijados. 

Pienso que cada vez que vivimos una experiencia nueva importante, tratamos de enmarcarla dentro de la lógica de nuestra memoria, comparándola con vivencias anteriores. Comparamos, inevitablemente, todo el rato. Si no, no podríamos apreciar la belleza de nada. Vemos una película o leemos un libro y solamente nos gusta en relación a otras películas o libros o situaciones personales que hemos incorporado a nuestra memoria.  

Es como los argumentos de las novelas. Cuántas veces oímos "¡pero cómo puede acabar así, ha destrozado el final!", simplemente porque un elemento del relato no se adapta a nuestras expectativas, a nuestros clichés. Es tan reconfortante la repetición. Que las historias terminen como han terminado tantas otras. O como nuestra lógica quiere que terminen. 

Pero en realidad es terrible. Yo prefiero que me sorprendan. Aunque duela. Aunque me indigne, aunque me disguste y me haga replantearme mi sentido ético y estético. Que un libro, una persona o una experiencia me muevan (y me arrojen sin contemplaciones, si es preciso) del confortable sofá de mis costumbres y me enseñen que no, que nada se repite, que si cedes a la tentación (grande tentación) de construir el relato de tu vida mediante ciclos imaginarios, acabarás indignándote siempre por la misma injusticia, persiguiendo siempre el mismo sueño y queriendo siempre a la misma persona en la piel de todas las personas con las que te cruces. 

No, incluso en verano, incluso para las horas de aburrimiento que puedan esperarme en compañías poco estimulantes (que espero que sean pocas o ninguna), quiero que un libro me hurgue y no sólo me acaricie, que me contradiga y me enfrente a la debilidad de mis argumentos, quiero que me deje una huella profunda que me permita apreciar la huella que venga después por comparación y no por asimilación. Y sí, reconozco que es más cansado, y a menudo más insensato, salirse de la zona de confort que uno se crea con sus ciclos imaginarios y querer vivir novedades constantemente, pero reconozco que no estoy hecho para plegarme al bucle reconfortante de las repeticiones. 


1 comentario:

  1. Fantástica reflexión en la que no puedo más que estar en total acuerdo. Me gustan las lecturas que agitan, que hurgan. No sé si es cansado o no, pero a mí me da una fatiga tremenda la zona de confort. Cada vez que me dejo caer en un libro de esos de evasión, de lectura vertical, estoy deseando terminarlo y volver a los libros que me inquieren, me remueven, me abrazan o me dan una bofetada.

    Un abrazo

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