martes, 7 de abril de 2015

TARDE EN LA LIBRERÍA: AMAR LA HERIDA

Después del habitual ajetreo de las mañanas (abrir cajas, puntear libros, afrontar valientemente una bandeja de correo siempre exuberante), las tardes de los libreros suelen ser relativamente tranquilas. Nos da tiempo a ver qué ha llegado, qué novedades se salvan del aburrimiento y cómo colocamos los libros que más nos gustan en primera fila esperando secretamente que alguien no pueda resistirse a los clamorosos guiños seductores que desprenden sus portadas. Si la librería fuera nuestro cuerpo, digamos que dedicamos las tardes a ponernos guapos, a atusarnos el pelo y recolocar las pilas que no pueden estar ya más perfectas y preciosas a la espera de nuestro pretendiente.

Y para rematar la faena, en las horas más tranquilas, cuando los clientes llegan con la parsimonia y la sorpresa de las olas en un perfecto mar en calma, a veces cogemos un libro sugerente, nos sentamos cómodamente tras el mostrador y nos ponemos a leer. Leer como una actitud casi filosófica, una forma de estar donde uno debe estar, es decir, metido hasta el cuello en su historia. Leer como una voluntad de contagiar las ganas, de dar envidia por este trabajo tan bonito en el que podemos utilizar la lectura como reclamo, como placer y como arma de introspección masiva.

En función de qué libro estés leyendo, los clientes te mirarán de una forma u otra. La manera más eficaz para que me miren un poco raro es coger un libro de poesía. De poesía de autora desconocida, a ser posible. Con una portada sugerente como esta. Que me miren raro y con envidia. Y hasta con un miedito teñido de deseo. Con esa mirada que dice estoy dudando entre pedirte el teléfono y esperarte a la salida o huir de aquí como alma que lleva el diablo. 

El libro de poesía de autora joven y desconocida que tengo entre manos en esta tarde de mar en calma se llama Amar la herida. Y golpea. Y me mira con miedito teñido de deseo y no tengo ninguna, pero ninguna duda, de que a pesar de todas sus posibles e inútiles dudas, me estará esperando a la salida.

Pensando en el título del libro, se me ocurre que a nadie le gustan de verdad sus heridas. A nadie saludable que aspire a algún tipo de felicidad, quiero creer. Nadie querría tenerlas pero, desgraciadamente, nadie se salva. Todos presentamos al mundo y a los demás una serie de heridas camufladas bajo un envoltorio educado y cordial. Hasta bonito y atractivo, si nos ponemos. Pero lo que nos define quizá no sea la cantidad de heridas que llevamos dentro sino la relación que logremos mantener con ellas.
Algunos las ignoran. Otros niegan su existencia. Los más las sufren en silencio cuando no queda más remedio, sin atreverse a mirarlas de frente. Y otros, muy pocos, se arriesgan a cuidarlas para tratar de curarlas haciéndoles caso. Hablando de ellas. Buscándoles ejércitos de palabras que las definan y las protejan. Escribiendo sobre ellas. Desnudándolas aunque duelan.
Aunque parezca que de esta manera sólo consiguen abrirlas más, algunos, los menos, se atreven a amar sus heridas para curarlas. Para que la cicatriz quede bella y no olvide. Y nunca se reabra.



A LA TIERRA TIERRA

dice que no sabe
Alejandra Pizarnik

Yo no nos pretendía así, Alejandra,
perdidas como vos
en la noche en la concha en la palabra.

Yo no pretendía
el dolor el miedo
pero sobre todo
yo no pretendía
el amor, bien lo sabes.
No quería
tu genio, no quería
este quemar en el pecho.

Yo no pretendía
escribir pero escribo sobre 
los que escriben sobre
la Muerte. La Muerte que
tontea con los hombres-poetas
porque le cantan bellos versos
al oído. Les dice -a ellos- que son 
siempre el mejor jugando al juego
de letras encadenadas. Que 
les ensalzaré, que bordará
en la historia sus nombres. Que
los convertirá en eternos.

A casi todos les miente. 

A ellas no, a ellas no puede. Ellas,
las mujeres-poetas que escriben sobre 
la Muerte, son menos porque
a las mujeres que escriben sobre
la Muerte siempre las encierran.
A ellas les dicen
que las sanarán, les dicen
que la tristeza se cura, les dicen
que el quemar en el pecho
que las clavículas rotas
que los pedazos de invierno
no son más que un error en la 
dosis de los fármacos. A ellas, 
las mujeres que escriben sobre
la Muerte, siempre las entierran. A ellas no.

A ellos les besa en los dedos, les promete
que todo papel impreso 
llevará sus nombres.

A ellas las besa en la boca, las arrastra.
A ellas les dicen locas
y entonces
la Muerte se ríe un poco, pero
sus textos sí los guarda de veras porque
también la Muerte ha sido
una mujer
escribiendo
sobre la Muerte.

Ahora preferiría echar
a la tierra tierra
a la tierra cuerpo
a la tierra manos de poeta.

Alguien
debió explicarme
que el amor es miedo es muerte
que el amor es muerte es miedo.

Yo no nos pretendía así, Alejandra.
Yo no quería querer
yo no quería locura
yo no quería 
escribir escribir escribir
                                       sobre la Muerte. 



(Del libro Amar la herida, de Carmen Juan)




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