sábado, 7 de marzo de 2015

UNA JAULA EN SU PELO

Una vez escuché una canción que hablaba de una mujer triste recogiéndose el pelo frente a un espejo. Inmediatamente pensé en esa soledad de los cuadros de Hopper, espacios desnudos apenas habitados por mujeres que se han quedado solas. Pensé que puede haber muchos motivos para que una mujer se esmere en recogerse el pelo, triste y sola, frente a un espejo. Y que uno de ellos, al menos, había que combatirlo, que sacarlo de su jaula y liberarlo en unas cuantas palabras. Porque hay muchas tristezas comprensibles, pero hay un tipo de tristeza que me resulta simplemente inaceptable. 
Una vez escuché una canción que hablaba de una mujer triste recogiéndose el pelo frente a un espejo. Y escribí esto: 


UNA JAULA EN SU PELO

Se mira al espejo y se recoge el pelo
en un moño cuidadosamente desordenado,
¿qué te parece?, me sonríe, insegura,
él lo prefiere así.
Se analiza, tratando de gustarse
con los ojos masculinos que más tarde
brillarán de deseo
o de reprobación.

Tararea una melodía de cuando éramos niños,
hermosa y exuberante como en la víspera
de una conquista soñada hace tiempo,
y no para de probarse combinaciones de lencería
entre risas y nervios y expectativas de adolescente.
Contiene el aliento cuando él la llama
y habla en susurros, con la voz oscurecida,
promete, repite, se pliega, concede,
y de repente el brillo de su piel parece emborronarse.

Me habla de su inteligencia, de lo brillante que es,
y para cada sombra por la que le pregunto
encuentra una excusa a medida de su devoción,
me dice que él no lo hace adrede, que no sabe,
que no puede evitarlo pero que se da cuenta,
y está aprendiendo, está aprendiendo,
y además, fíjate, siempre me llama después
para pedirme disculpas. 

Me dice que se siente querida, que vuela con él
adonde nunca nadie antes la había llevado,
que la protege de sus decepciones
y que ella también puede salvarlo.
Se siente feliz, inundada de promesas
y se despierta sonriendo cada mañana
como una ciudadana contenta y sufridora
en un país en quiebra que demora sus reformas.
Anhela una esquina de su afecto,
un mensaje tierno antes de dormir,
unos minutitos de su día arrancados a sus amigos,
y nunca espera más que lo que él le da,
¿cómo podría pedírselo?, me pregunta, asustada.

Le digo
no sé, a veces no te reconozco, antes no eras así,
hay miles de hombres maravillosos ahí afuera,

pero ella no me escucha,
se mira al espejo
y se recoge el pelo
exactamente de la manera que él prefiere.

A veces me llama cuando no puede más,
cuando le duelen las traiciones y no puede dormir
y su bebé grita escandalosamente a través de su pena.
La saco de casa, damos un paseo,
me cuenta sus fracasos y le acaricio el pelo,
por un ratito es libre,
contigo salgo de mi rutina, me dice,
me gusta respirar tu aire, es un aire bonito,
y me mira tierna y triste
sabiendo que no puede escaparse.

Más tarde la hago reír, como puedo,
un poco como un hermano mayor,
vagamente incestuoso, cuando ella quiere,

su bebé casi podría ser el mío, aunque no tiene mis ojos
ni mi boca ni mi aire ni mi futuro,
pero se me agarra a las gafas con una sonrisa que sabe
que pase lo que pase, yo nunca lo suelto.

La miro mientras se viste y se maquilla despacio
con una sonrisa tensa en equilibrio sobre sus labios,
le digo lo guapa que está
y cómo la voy a echar de menos,

pero ella no me escucha,
se mira al espejo
y se recoge el pelo
exactamente de la manera que él prefiere.

http://acariciarelfuego.blogspot.com.es/2015/01/una-jaula-en-su-pelo.html




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