martes, 6 de mayo de 2014

LA LIBRERÍA MÁS FAMOSA DEL MUNDO

A finales de 1999, Jeremy Mercer era un periodista de sucesos en una ciudad mediana de Canadá. Investigaba robos, homicidios, cualquier hecho criminal que pudiera encontrar, y a menudo se desesperaba porque los canadienses de su ciudad tenían la mala costumbre de ser gente civilizada y relativamente tranquila. Aun así, el contacto directo con los quince o veinte asesinatos anuales le coloreó su percepción de la condición humana y embotó hasta cierto punto su capacidad de compasión. Se acostumbró a tratar con delincuentes y, en concreto, con un ladrón bastante violento que disfrutaba con la publicidad que le daban las crónicas de Jeremy sobre sus fechorías. Era una relación frágil y descontrolada, en la que el halago de la fama se podía convertir de la noche a la mañana en ira por ver aireados sus turbios secretos. Y así pasó. Una noche, Jeremy recibió una llamada en la que le amenazaban de muerte por haber roto un supuesto pacto de confianza al publicar un artículo especialmente explícito sobre dicho ladrón, y decidió que no podía más con aquello. Muerto de miedo, se fue a dormir a casa de un amigo, al día siguiente dejó su trabajo, canceló el leasing del coche, se deshizo de buena parte de sus pertenencias y cogió un vuelo a París dejándolo todo atrás.

En diciembre de 1999 bien podría haberme encontrado con Jeremy por las calles de un París gélido y esplendoroso. Yo estudiaba bachillerato y, aunque no había llegado huyendo de ningún ladrón enfurecido, compartía con él ese estado de ánimo en perpetuo deslumbramiento que provoca esta ciudad en cualquiera que se dedique a vivirla un poco a fondo. Vivir en París es un hechizo. Un hechizo a veces hosco como sus camareros, maloliente como su metro, frío y húmedo como su luz blanca reflejada en el Sena. Pero casi siempre un hechizo envolvente e irresistible para cualquiera que vaya buscando algo (en mi caso, la vida) o vaya huyendo de algo (en el de Jeremy, la muerte).

Durante varias semanas, Jeremy se dedicó a no hacer nada. Salir a recorrer la ciudad andando, leer toneladas de libros y dejar pasar los días en un anonimato absoluto. Pero vivir en París es, y ya lo era entonces, extremadamente caro, y a principios de 2000 se le acabó el dinero. Siempre podía recurrir a sus padres, pero nunca lo había hecho, y no quería tener que dar explicaciones en voz alta que tampoco quería darse a sí mismo para sus adentros. En uno de sus paseos, bajo un gran aguacero, se encontraba en la orilla izquierda, enfrente de la catedral de Notre-Dame, cuando vio una librería que hacía esquina y corrió a resguardarse. Compró una edición baratísima de segunda mano de Retrato del artista adolescente que sobresalía de la estantería apuntando en su dirección, le ofrecieron un té, le propusieron subir al piso de arriba y decidió que había encontrado la solución a todos sus problemas.

Shakespeare & Company no es una librería normal. Es un auténtico microcosmos. El dueño, George Whitman, la abrió en 1951, resucitando la fantasía ideada por Sylvia Beach en los años veinte como centro de reunión de “una generación no más perdida que cualquier otra”, y que llegaría a editar la primera edición del Ulises de Joyce y sería “liberada” de la ocupación alemana en 1944 por Hemingway. George Whitman tiene un lema peculiar: “coge lo que necesites, da lo que puedas”, y bajo este lema acoge en las tres plantas de su librería a cualquiera que lo necesite y que le inspire confianza. Las únicas obligaciones del inquilino son: ayudar en la librería, leer un libro al día y escribir. Y por supuesto, vivir la vida más loca y estrafalaria que uno pueda imaginar.

Jeremy llegó a Shakespeare & Company huyendo de un fantasma. Deseando encontrar un lugar, una manera, un tiempo distinto al vivido desde donde empezar de nuevo. Y en los meses que pasó allí, sin un céntimo, malviviendo de bocadillos baratos y lavándose en cafeterías o casas de amigos, dio con un mundo literario fuera del tiempo, con un pasado ilustre y unas reglas exigentes, en el que encontró una camaradería incomparable con unos seres que también venían huyendo de algo, que también estaban perdidos y necesitaban un estímulo, un desafío, algo que los sacara de sí mismos una temporada para poder cuestionar sus vidas pasadas y pensar en lo que querían hacer exactamente con sus vidas futuras. 

Este libro narra las peripecias del autor como huésped de Shakespeare & Company durante la primera mitad del año 2000. Y lo hace con humor, con melancolía, con una admiración sin límites por el microcosmos literario y social creado por el octogenario dueño y con la sensación de haber vivido la experiencia más descabellada y entrañable de su vida.

Si algún día vais a París lo más probable es que os paséis por Notre Dame. Bien, pues si tenéis quince minutos (o mejor, unas cuantas horas) por favor, cruzad el puente hacia la orilla izquierda del río y entrad en Shakespeare & Company. Os aseguro que serán unos minutos (o unas horas) fuera de cualquier realidad que podáis imaginar. Y quién sabe, a lo mejor os enamoráis de un libro, de un té, o de una sonrisa bonita, y convencéis a Sylvia, la hija del viejo George, de que os deje entrar por un tiempo en su mundo de fantasía. 

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